¡Hola, papá, mamá! irrumpió Clara una mañana de domingo, como caída de una nube. ¡Me caso! Diego me ha pedido matrimonio y he dicho que sí, sin pensármelo siquiera.
Madre mía, Clarita, nuestra niña ya es toda una mujer exclamó Pilar, abriendo los brazos soñolienta y mirando de reojo a su marido. Andrés seguía sentado, callado, digiriendo la noticia como quien mastica un dulce amargo.
Claro, ¿qué esperabais? He terminado la carrera, ya estoy trabajando en Madrid. Diego, mi Dieguito, también tiene trabajo, así que nos hemos lanzado a por todas.
A Diego chico de ciudad ya lo conocían bien los padres. Vivía con su madre, Nieves, en Alcalá de Henares. Era educado, tranquilo, con una sonrisa de esas que no se gastan. No veían problema en que fuera su yerno.
La boda la organizaron Pilar y Andrés. Ellos, que vivían en una aldea de la Sierra de Guadarrama y tenían su huerta, no esperaban ayuda más que la que Diego había logrado ahorrar. Pero Andrés fue rotundo:
Diego, guarda esos euros para cuando os toque buscar un piso. La boda corre de nuestra cuenta; y bueno, que tu madre, si quiere, eche una mano, claro.
Nieves, la madre de Diego, lo tuvo claro desde el primer momento:
Hija, yo no puedo permitírmelo. Crié al niño sola con un sueldo, apenas me llegan las pesetas Si eso, algo para un detallito puedo poner.
Pilar nunca reprochó nada, pero algo dentro de ella empezó a desconfiar de su consuegra. Decidieron celebrar la boda discretamente en una cafetería de Madrid, pequeña pero acogedora. Nada de lujos. Pero la celebración estuvo llena de sueños y vino peleón.
Tras la boda, los chavales pidieron una hipoteca para comprar piso; el primer pago salió del bolsillo de los padres de Clara. La nueva consuegra volvió a escurrir el bulto: muchas deudas, ningún ahorro.
Clara y Diego empezaron vida juntos en su piso de Vallecas. Pronto nació la nieta, Lucía. Pilar y Andrés, siempre con una cesta en la mano, iban de la aldea a la ciudad cargados de patatas, tomates, leche fresca y tarros de miel.
A veces Pilar llamaba a Nieves:
Oye, Nieves, ¿por qué no hacemos bote y le compramos a la nieta algo bonito? Que a esta edad nada les vale y todo cuesta.
¡Ay, Pilar! Si yo estuviera holgada Pero ya ves cómo vivo, sola, con lo justo a veces hasta sonaba a sollozo.
En el cumpleaños de Clara, los padres rurales aparecieron pertrechados de viandas: cordero, zanahorias, queso de cabra. Nieves trajo un billete de veinte euros, y Pilar sintió resquemor. Ellos, además, regalaron cien. Pilar entregaba todo gustosa, pero ese recelo por la quietud de la otra abuela, la roía.
Andrés, ¿por qué nosotros nunca nos guardamos nada para ayudar, y Nieves ni asoma la cartera? Siempre con ese teatro de pobrecita Da hasta grima. ¿A quién le va fácil en la vida? Si no te queda más remedio, te pones a trabajar, no a lloriquear. ¿Así querías tú a tu mujer, eh? Que se te subiera al lomo y no moviera un dedo Pero claro, yo aquí desde el alba en la huerta y la cuadra, y aún en casa, y tú callando.
Andrés callaba, como siempre. Sabía el carácter volcánico de su Pilar, lo había aprendido en veinticinco vendimias juntos.
Curiosamente, Pilar notaba que Nieves iba siempre bien peinada, uñas pintadas, ropa impecable. Se preguntaba de dónde sacaba el dinero, con tanto drama.
La reacción de su marido la sorprendió:
Bien por ella, que se cuida. Así se mantiene joven. No veo el problema Pilar se quedó boquiabierta.
La enfadó ver a Andrés defenderla.
¡Claro! Si tiempo tiene para regalar. Vive en un piso, sin huerta ni gallina, ¿cómo no va a mimarse? Pero en el campo Yo madrugo, ordeño, siembro, luego la casa A ver, ¿te animas tú a sacarme las patatas del huerto o a peinar las ovejas, Andrés? Se acabó: empiezo yo a cuidarme, y a ver qué haces tú con la vaca y el jardín.
Andrés, sereno, no contestaba. Sabía que si abría la boca, Pilar le soltaría un navajazo de palabras. Todo siguió igual: él ayuda algo, ella lo lleva casi todo. Andrés conduce el autobús del pueblo.
Lucía cumplió tres años y empezó en el colegio. Se resfriaba a menudo. Decidieron que, por ahora, la abuela Nieves cuidase de ella entre tos y estornudos.
Claro que sí, ¿qué voy a hacer yo? Estoy jubiladaaceptó Nieves.
¡Por fin! pensó Pilar. Algo de ayuda.
Pero con el tiempo, Pilar vio que Andrés iba mucho a Alcalá.
Pilar, recoge huevos y manzanas, voy a ver a los chicos, necesito pasar a por unas piezas de recambio de camino. Así aprovecho y les llevo algo.
Pilar hacía cestas, feliz de ayudar. En Madrid todo es carísimo. Lo nuestro es natural decía.
Andrés empezó a volver más tarde. No era normal. Iba a comprar, a arreglar el furgón, mandados varios, pero solía llegar puntual, no ahora
Al principio, Pilar no sospechó, hasta que la frecuencia y el retraso se hicieron rutina.
Dios mío, a este Andrés le ha dado por la consuegra Lo sé, está clarísimo. Voy a vigilarle, ya verá
En el siguiente viaje, Andrés preparaba la despensa maternal y Pilar le espetó:
Voy contigo, que echo de menos a la niña. Además, tengo que mirar pijamas en el centro.
Andrés se quedó frío, solo asintió.
En el camino, Pilar notaba a su marido nervioso.
¿Te pasa algo? preguntó.
Nada, que me duele la cabeza respondió él, sin convencimiento.
Llamaron al timbre de Clara. Nieves abrió en bata medio desabrochada, labios rojos y sonrisa radiante, que se apagó bruscamente al ver a Pilar entrando del brazo de Andrés.
Vaya No os esperaba. Adelante, por favor dijo, atusándose el lazo.
Jugaron con la niña, regalaron una muñeca, la pequeña se quedó dormida. Luego Nieves: ¿Un té? Sacaron el bizcocho y unas manzanas.
Pilar no perdió detalle: miradas cómplices, risas a media voz, rubor en las mejillas de la consuegra. Andrés eludía la mirada pero intervenía en ese teatro.
Verás tú, estos dos piensan que soy tonta del pueblo, y no me entero. Les va el juego Pilar hervía. No dijo nada, aún.
Salgo a la escalera a fumar anunció Andrés, y desapareció.
La abuela rural no dudó más. Se volvió a Nieves, seca y contundente:
No sigas haciéndote la corderita inocente, que ya os veo. Sé por qué mi marido viene tanto a tu casa. A Lucía no viene, hazme caso. Deja de hacerle carantoñas Si quieres hombre, búscate uno, pero el mío no lo toques. ¿No te da vergüenza andar con un casado, y encima con tu consuegro? Si sigues con el jueguecito, me vengo aquí yo a cuidar de la niña; y no te va a gustar. No destroces la vida de tu hijo, y déjate de zalamerías, que con la edad hay que tener dignidad.
Nieves se quedó colorada como un salmonete. No esperaba que la campesina la pillase tan pronto. La tomó por palurda, demasiado ocupada ordeñando para enterarse de nada… Pero la astuta lince la desenmascaró en un segundo.
De regreso al portal, Pilar murmuró:
No soy ninguna tonta de pueblo.
En el viaje de vuelta, descargó a gusto con Andrés:
No vas a volver a ir solo, ¿me oyes? Y esa pobrecita, esa ovejita, ya no te va a poner ojitos. Se lo he dejado claro.
¿Pero qué dices, Pilar? No hay nada, te lo juro negaba Andrés, acolorado.
Bueno, tú sabrás. Pero se acabó ir de visita a casa de una mujer sola, y menos si los niños no están. Si hace falta, me mudo con Lucía y te dejo aquí la huerta y las cabras a ver cómo te apañas. Lo sabes: no repito las cosas.
Esa noche, Clara llamó indignada:
Mamá, ¿qué te ha dado con Nieves? Gracias a ella la niña está cuidada, y tú ahí celosa de papá. ¿Qué tiene de malo que visite a la nieta?
Pilar, con el aguijón dentro, supo que Nieves había manipulado a la hija:
Niña, aún no sabes de la vida. ¿Te gustaría a ti si tu marido se tirase horas en casa de tu amiga, a tus espaldas? Tu suegra es mayor y debería saber lo que hace. Mal está que invite a un hombre casado todos los días y le regale piropos. Aquí nadie es tonto. Y recuerda: solo tienes una madre, y lo que tienes es gracias a lo que hemos hecho tu padre y yo. Pero los detalles en casa los saco yo. Como Nieves se lage de cuidar a Lucía, me planto yo allí.
Perdón, mamá Es que mi suegra me lo contó a su manera, dejando fatal a la pobre Pilar
Pues mira, se lo he dicho clarito. Pilar de simple nada; puso una cara, ya verás Y tú no te dejes liar.
Desde entonces, Andrés dejó de ir al pueblo sin su Pilar. Ya la llevaba siempre consigo y hasta empezó a ayudar más en el campo, proponía descansar juntos y hasta cogía él la azada.
Los hombres, ocupados, andan con menos tonterías se decía Pilar, confiada. Y, oye, ahora tengo tiempo para mí, me cuido, me pinto. ¿Acaso valgo menos que la otra abuela?
Gracias por dejarme soñar y ojalá la suerte y la dicha os acompañen siempre, entre limoneros y campos de trigo azul.







