Igual que la Tierra fue nivelada, Igor construyó para Marina parterres y una pérgola; en casa se notaba su mano firme. Sí, Marina eligió muy bien a su marido. Además, Igor trabajaba y la colmaba de regalos. —Tú no me querías. Te casaste conmigo sin amor. ¿Ahora me dejarás, que estoy enfermo…? —¡No te dejaré nunca! —le dijo Marina, abrazándole—. ¡Eres el mejor marido! Jamás te abandonaré… Marina lleva casada veinticinco años y, aun así, siempre ha gustado a los hombres. Incluso en su juventud, era la más cortejada, y ni siquiera era una belleza. Nunca se separó de su anterior marido, Vadim, a pesar de su carácter complicado. Juntos criaron a su hija, la casaron y ahora vive en Italia. Pero la vida no paró ahí… Vadim murió en un accidente de tráfico; Marina se quedó sola en su gran casa, la que ambos construyeron durante toda su vida. Para una mujer sola, la casa era inmensa y hasta un peso. Su hija sugería venderla e irse a Italia, pero Marina se negaba, bromeando por no querer dejar su hogar. Vadim tenía dos caras: podía ser dulce y atento, pero también destrozar los nervios de Marina en sus días malos. Veinticinco años vivieron así… Cuando Marina quedó viuda, no tardó en recuperarse y pronto se vio rodeada de pretendientes. Su madre no entendía nunca cómo era tan demandada; decían que los hombres se le caían rendidos a los pies. Después de casi treinta años desde aquella conversación materna, Marina, a sus 46, tenía dos pretendientes y ambos eran buenos. Uno era simpático, elocuente y encantador, pero poco práctico para la vida diaria. El otro, Igor, era un hombre sencillo y apañado: fuerte, trabajador y con carácter firme. Y aunque Marina sentía menos atracción, eligió a Igor por ser hombre de acción y no sólo de palabra. Se casaron y, casi sin tiempo de luto, sus amigas le decían en broma que ella siempre encontraba marido con apenas salir de casa. Igor transformó su hogar: plantó jardines, arregló el terreno, construyó una pérgola e hizo sentirse a Marina en un paraíso. Pero a los pocos años, Igor enfermó. Aparecieron fatiga, adelgazamiento… y, finalmente, una operación por un tumor, que resultó ser benigno, pero la recuperación iba a ser lenta. Igor temía que Marina le abandonara por no poder trabajar ni ser aquel hombre fuerte de antes. Ella, sin embargo, le tranquilizó: “Te quiero y nunca te dejaré”. Organizó su cumpleaños sin alcohol ni excesos, rodeados de amigos y juegos de mesa en la pérgola. Sentados bajo las estrellas, Igor se dio cuenta que, con Marina, todo era posible. Ella seguía a su lado, amándole, aunque ya no pudiera hacer tanto como antes. Y fueron felices…

La tierra flotaba, ondulada como la sábana de una cama recién tendida. Jacinta había plantado rosales en esas ondas movedizas que brotaban cada primavera, y allí mismo levantó un cenador, tan ligero que parecía suspenderse en el aire. La casa también olía a madera recién cortada y a mano de hombre, esas manos de Alonso que eran grandes y castellanas, como las manos que levantan muros y también los acarician.

No me querías. Te casaste conmigo sin amor, Jacinta Ahora que estoy enfermo, me abandonarás

¡No voy a dejarte jamás! dijo Jacinta abrazando a Alonso, mientras el mundo giraba a su alrededor como una verbena de feria. Eres el mejor hombre del mundo, Alonso. Ni se te ocurra pensar eso

Él no podía creerle, se le caía el ánimo por el pasillo como una cortina vieja Pero Jacinta, después de veinticinco años de matrimonio, seguía gustando a los hombres. En su juventud, todos los chicos del instituto corrían tras ella, y no por su belleza, porque nunca fue la más guapa, sino por algo indefinible, un aire de misterio, quizá.

No se separó de su primer marido, a pesar de que era un hombre difícil de medir. Vivió hasta el último día con él, con Rodrigo. Criaron a su hija, Leonor, y la casaron. El marido de Leonor, catalán de paso, la llevó a Roma, y desde allí mandaban fotos y las invitaban a visitarlas junto a las fuentes y las ruinas.

Pero Jacinta nunca fue. Rodrigo ya no la acompañaba. Un día, Rodrigo se estrelló con el coche, absurdo, con las luces de neón de una gasolinera soñada titilando a lo lejos, y le dijeron después que seguramente le dio un infarto al volante. Que perdió el control. Que quizás hasta soñó antes de morir.

Tal vez perdió el sentido suspiró Jacinta mirando la lámpara del pasillo, mientras su amiga, doctora, asentía:

Ya nunca lo sabremos. Politraumatismos pura pesadilla.

Jacinta vivía ahora sola en una casa grande que parecía flotar en mitad de la llanura, tan grande que los ecos le respondían cuando suspiraba. En dúo estaba bien, pero para una sola alma… resultaba inmensa, y ese peso la aplastaba con sueños y recuerdos.

La casa, por mucho que se diga, necesita presencia masculina, decía el eco.

Leonor vino para celebrar un adiós con acento romano, habló de vender la casa y comprarse un piso, incluso del posible traslado a Italia.

¡Eso sí que no! exclamó Jacinta mientras la cafetera hervía sola. Yo no levanté esta casa para venderla como si fuera una barra de pan. Italia ya la he visto en las revistas.

¡Mamá!

Ay, hija, qué corta eres, Leonor rió Jacinta entre lágrimas. Es broma, mujer.

Pues si bromeas, entonces no está tan mal la cosa.

Todo en la vida de Jacinta era ambiguo, como lo era Rodrigo. Un hombre a ratos tierno, a ratos un vendaval. Rodrigo podía con su mal genio dejarla sin fuerzas, pero luego se arrepentía, y Jacinta, sin rencor, lo olvidaba como si fueran migas en la mesa que barre el viento. Así pasaron veinticinco años, y sólo al mirar atrás parecía una locura.

Leonor se fue en AVE, deprisa, con unas agujas de punto en la maleta para mantener el fuego del hogar italiano. Jacinta se quedó sola, aunque, conociéndose, intuía que no por mucho tiempo.

Acertó. Lloró medio año, y al secarse la última lágrima se percató de que una corte de pretendientes desfilaba por su zaguán, como personajes de un sueño recurrente.

Hasta su madre, en otro tiempo, se maravillaba ante tanto éxito.

¿Qué ven en ti? ¡Si ni guapa eres! Caen rendidos en fila No lo entiendo.

Eres buena, mamá decía Jacinta mientras se pintaba los labios con una destreza irrepetible. La belleza no vale nada. Hay que tener encanto, ese algo especial, como quien lleva una brizna de canela en el alma.

Anda, sal ahí fuera, mujer reía su madre, que el novio se te va a cansar de esperar.

Vendrá otro, para qué preocuparse encogía los hombros Jacinta entre risas.

El tiempo pasó, como un tren en mitad de la niebla, casi treinta años desde aquella charla con su madre, y nada cambiaba. Las mujeres se quejaban de la escasez de hombres libres, pero Jacinta no comprendía ese problema. A los cuarenta y seis, tenía dos pretendientes, y ambos buenos.

El corazón de Jacinta se inclinaba hacia Mateo. Le atraía por fuera y por dentro: simpático, culto, agradable. Hablar con él era navegar por el Duero en verano, fresco y divertido. Pero Mateo era solo palabras; le gustaba charlar, no arremangarse. Jacinta, por experiencia, sabía que Mateo no era hombre para una casa tan grande.

El otro, Alonso, era un tipo robusto de manos de oro, capaz de beber una bota de vino en una fiesta, pero a la vez trabajar y arreglarlo todo. Hombre puro, con genio pero fondo dulce. En casa era un corderillo, pero volcaba montañas por amor. A Jacinta le parecía menos atractivo, cosas de la mente femenina, pero su fortaleza y laboriosidad la convencieron.

Alonso no era dado a discursos. Sobrío, en silencio, hasta que el vino le soltaba la lengua y hacía reír a todos con chistes y anécdotas. Podía beber, sí, pero de la resaca salía como si nada, duchas frías y a seguir. Jacinta le eligió.

Mateo se sintió herido, su cháchara no le sirvió de nada y desapareció.

Jacinta se casó con Alonso. Hizo una boda con más vino que razón, con jota y pasodoble, felicidad de verbena. Olatz, su amiga, la sonreía entre las guirnaldas:

No ha pasado ni un año desde lo de Rodrigo, ¡y ahí estás! Las demás mujeres no pescan ni uno y a ti te buscan a la puerta.

No me digas que no soy guapa rió Jacinta. Eso ya lo dice mi madre.

No lo diré, pero todo el mundo sabe que tienes un imán misterioso.

Habla con mi madre si quieres entenderlo Jacinta le guiñó un ojo y se fue a bailar con Alonso, que la llevó volando por la pista mientras los relojes se derretían en las paredes.

¿Qué importaba que Alonso fuera sencillo? Tenía fuerza, apañaba todo, aún estaba bien de ver. Y su silencio no era tan malo, pensaba Jacinta. ¿De qué sirve un hombre de palabras bonitas, si no puede plantar un jardín?

En pocos meses, Alonso transformó el solar de Jacinta en un edén irrepetible. Arrancó árboles, allanó la tierra, puso macizos de flores y construyó una pérgola de madera que olía a sueños. La casa tenía por fin mano firme.

Alonso, además, trabajaba y traía algún sueldo, compraba regalos que llenaban la casa de colores. Jacinta comparó aquellos años con sus veinticinco primeros y lamentó no haber conocido antes a Alonso. Oro puro de hombre.

En primavera y verano cenaban junto al cenador, asaban carne en la barbacoa, compartiendo pan y chorizo en la mesa que Alonso labró para ella.

Jacinta, saciada, se relamía como un gato gordo; Alonso la miraba sonriendo.

¿Qué te pasa, Alonso?

Nada. Soy feliz.

Él ya había perdido la fe en encontrar una mujer así, después de una exmujer que era como una nube gris. Ahora celebraban la vida como quien se sube a un tiovivo que no para, cuatro años de lunas y fiestas.

Pero un día Alonso comenzó a languidecer. El cansancio caía sobre él como un sudario; adelgazaba sin motivo y el vino ya no le sentaba bien.

Tienes que ir al médico, Alonso insistía Jacinta. ¿Qué esperas?

Bah, tonterías, Jacinta. Ya se pasará.

¿Medievo, Alonso? Lo que hay que oír. ¿Y si no se pasa? ¿Eres de esos hombres que les tienen miedo a los médicos?

No

Pero guardaba en secreto su temor: que, estando enfermo, Jacinta lo dejara. Él sabía que fue elegido más por sensatez que por gran amor. Pero amaba a Jacinta, como solo se ama en los sueños.

La vio en un mercadillo rebuscando monedas y sintió que quería protegerla para siempre, aunque su madre le preguntaba extrañada:

¿Hijo? No entiendo qué le ves, no es guapa ni joven. ¡Podrías tener a cualquiera!

Pero a Alonso nadie más le interesaba. Y ahora, si estaba enfermo, ¿seguiría Jacinta a su lado?

No accedió a ir al médico, hasta que en una cena, delante de la amiga Olatz, Alonso se desplomó. Llamaron a emergencias. Jacinta lo acompañó en ambulancia, le sostuvo la mano, rezó. Le operaron enseguida.

Tumor en el hígado.

¿Cáncer? Jacinta tembló.

Esperamos los análisis

El tumor, al final, era benigno, pero ya del tamaño de una pelota de fútbol. Los médicos prohibieron casi todo a Alonso y le advirtieron: la recuperación sería lenta y quizás no total. La edad pesa Duele.

En el hospital, su madre, doña Teresa, le trajo caldo y cariño. Alonso sólo miraba el techo.

¡No te reconozco, muchacho! Te ha tocado vivir, deberías alegrarte. Anda, come algo.

No quiero. No valgo para nada Jacinta sólo viene aún hasta que deje de venir.

No seas tonto. ¿De verdad crees que te dejará?

No sirvo para nada, sólo tengo cincuenta, ¡y ya soy un inválido! ¿A quién le importa un inválido?

Jacinta entró en la habitación como si flotara sobre un mar azulejo.

¿Qué pasa aquí, Alonso? sonrió. ¿Montando escándalo?

Su madre se fue, Jacinta se sentó junto a su hombre caído.

Deja ya de decir tonterías. Te quedan manos y pies. Todo lo demás sanará. ¿Sabes lo que he leído del hígado?

¿Qué?

Es el único órgano capaz de regenerarse. Con un cincuenta y uno por ciento basta. A ti te queda un sesenta Tiempo, Alonso. Todo volverá a su sitio.

¿De verdad tengo tiempo?

¿Qué dices?

¿Tengo tiempo?

¿Alonso, qué te escondes? ¿Qué no me cuentas?

Nada, nada

Le dieron el alta. Pero la vida se volvió cuesta arriba. Apenas trabajaba y se sentía inútil, como un jarro de barro agrietado. El aniversario se acercaba y sólo pensarlo le daba tristeza. Nada de vino, nada de queso manchego nada.

Pero Jacinta, ajena a la fatiga de Alonso, comía dieta con él, le hacía compañía y le sonreía.

Jacinta, ¿qué va a ser de nosotros ahora?

¿A qué te refieres?

Soy muy lento recuperándome. ¿Me vas a dejar? Dímelo ya.

¿Por qué iba a hacerlo? Estoy muy bien contigo.

Eso era antes, cuando lo hacía todo. Ahora ni yo puedo conmigo mismo.

Bueno, pues será cuestión de paciencia. ¡Vamos, Alonso!

Lo intento, pero ¡No aguanto ni coger el martillo dos veces!

Jacinta le abrazó por la espalda, pegó la mejilla a su cuello.

Te quiero. Y no te voy a dejar jamás. Tómate el tiempo que necesites.

¿Seguro que me quieres?

Te lo juro.

Y Jacinta no le dejó. Alonso, lento, se fue recomponiendo, como la ciudad vieja bajo la neblina. El aniversario lo celebraron sin alcohol, rodeados de amigos; comieron, jugaron a las cartas bajo la parra.

Te ha tocado una buena mujer, Alonso le decían sus amigos al irse.

Vosotros ahora respondía, ¿vais a celebrarlo por mí con unas copas?

Rieron, se marcharon. Al anochecer, Jacinta y Alonso se sentaron en el poyete, mirando las estrellas que bailaban chotis sobre el cielo de Castilla. Felices. Y por primera vez en meses, Alonso sintió que el mundo giraba otra vez bajo sus pies.

Sintió que tenía futuro, y que su mujer nunca le dejaría. Abrazó a Jacinta.

¿Qué pasa, Alonso?

Todo está bien contestó él.

Ya era hora dijo Jacinta, besándolo en la mejilla.

Fueron felices, como en los sueños más extraños y dulces.

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MagistrUm
Igual que la Tierra fue nivelada, Igor construyó para Marina parterres y una pérgola; en casa se notaba su mano firme. Sí, Marina eligió muy bien a su marido. Además, Igor trabajaba y la colmaba de regalos. —Tú no me querías. Te casaste conmigo sin amor. ¿Ahora me dejarás, que estoy enfermo…? —¡No te dejaré nunca! —le dijo Marina, abrazándole—. ¡Eres el mejor marido! Jamás te abandonaré… Marina lleva casada veinticinco años y, aun así, siempre ha gustado a los hombres. Incluso en su juventud, era la más cortejada, y ni siquiera era una belleza. Nunca se separó de su anterior marido, Vadim, a pesar de su carácter complicado. Juntos criaron a su hija, la casaron y ahora vive en Italia. Pero la vida no paró ahí… Vadim murió en un accidente de tráfico; Marina se quedó sola en su gran casa, la que ambos construyeron durante toda su vida. Para una mujer sola, la casa era inmensa y hasta un peso. Su hija sugería venderla e irse a Italia, pero Marina se negaba, bromeando por no querer dejar su hogar. Vadim tenía dos caras: podía ser dulce y atento, pero también destrozar los nervios de Marina en sus días malos. Veinticinco años vivieron así… Cuando Marina quedó viuda, no tardó en recuperarse y pronto se vio rodeada de pretendientes. Su madre no entendía nunca cómo era tan demandada; decían que los hombres se le caían rendidos a los pies. Después de casi treinta años desde aquella conversación materna, Marina, a sus 46, tenía dos pretendientes y ambos eran buenos. Uno era simpático, elocuente y encantador, pero poco práctico para la vida diaria. El otro, Igor, era un hombre sencillo y apañado: fuerte, trabajador y con carácter firme. Y aunque Marina sentía menos atracción, eligió a Igor por ser hombre de acción y no sólo de palabra. Se casaron y, casi sin tiempo de luto, sus amigas le decían en broma que ella siempre encontraba marido con apenas salir de casa. Igor transformó su hogar: plantó jardines, arregló el terreno, construyó una pérgola e hizo sentirse a Marina en un paraíso. Pero a los pocos años, Igor enfermó. Aparecieron fatiga, adelgazamiento… y, finalmente, una operación por un tumor, que resultó ser benigno, pero la recuperación iba a ser lenta. Igor temía que Marina le abandonara por no poder trabajar ni ser aquel hombre fuerte de antes. Ella, sin embargo, le tranquilizó: “Te quiero y nunca te dejaré”. Organizó su cumpleaños sin alcohol ni excesos, rodeados de amigos y juegos de mesa en la pérgola. Sentados bajo las estrellas, Igor se dio cuenta que, con Marina, todo era posible. Ella seguía a su lado, amándole, aunque ya no pudiera hacer tanto como antes. Y fueron felices…