Los quisiste a los dos, pues ahora quédate y cría a los dos. Yo ya me he cansado, me voy, soltó su marido sin ni siquiera mirarla atrás.
La puerta se cerró despacio, casi sin ruido, pero el eco de aquel crujido se le quedó grabado en el alma a Lucía, como un recuerdo de los que nunca se marchan. No hubo portazo. No hubo gritos. Solo una despedida fría, de esas que se notan que son definitivas.
Javier no volvió. Ni siquiera giró la cabeza ni el corazón.
Meses antes, la vida de Lucía se había hecho pedazos delante de un test de embarazo, esa prueba que daba positivo… y una ecografía que mostraba dos corazones latiendo. Gemelos. Una doble bendición.
Para Lucía, fue una oleada de emociones: lágrimas, miedo y una alegría imposible de explicar. Para Javier, tan solo un problema más.
No tenemos medios, Lucía bastante justo llegamos a fin de mes nosotros. Ya no podemos ni con uno, menos aún con dos, le soltó él sin atreverse ni a mirarla a los ojos.
A Lucía le dolieron esas palabras más de lo que habría admitido jamás. Pero más doloroso fue cuando él le pidió que los dejara. Que renunciara a ellos.
A esas dos vidas que ya la hacían sentirse madre.
Esa noche, Lucía se quedó un buen rato quieta frente al espejo. Con las manos sobre su tripa, todavía plana, sentía esa conexión callada pero profunda.
¿Renunciar? ¿Vivir sabiendo que eligió el miedo antes que el amor?
Donde come uno, siempre hay sitio para el segundo, le contestó ella un día, con una voz temblorosa, pero una decisión imposible de romper.
Lucía siguió adelante con su embarazo.
Llevó a sus hijos con la cabeza alta, hasta cuando Javier se volvía cada vez más distante, más duro, más ajeno.
Ella todavía tenía esperanza creía que, cuando sostuviera a los gemelos en brazos, algo cambiaría en él.
Pero el cambio fue el opuesto.
Después del parto, el cansancio no se iba, los apuros se notaban más, y Javier se alejó del todo. Sus quejas pasaron a reproches, los reproches a silencios, y los silencios a muros.
Hasta que un día, sin más
Los quisiste a los dos, pues ahora te ocupas de los dos. ¡Yo me largo!
Y ya está.
Sin explicaciones.
Sin mirar atrás.
Lucía se quedó en el marco de la puerta, con dos bebés dormidos en la cuna, las manos temblando y el corazón roto pero sin dejarse hundir.
Vinieron días duros.
Noches en vela.
Momentos en los que lloraba bajito para que no la oyeran.
Pero también hubo mañanas en las que cuatro ojillos la miraban como si ella fuera todo su mundo. Sonrisas pequeñitas, suficientes para darle toda la fuerza.
Aprendió a ser madre y padre, apoyo y consuelo.
Descubrió que era mucho más fuerte de lo que pensaba.
Que el amor de verdad no se va cuando llegan las dificultades.
Los años pasaron y Lucía resurgió.
No porque la vida se hiciese fácil, sino porque ella se volvió valiente.
Luchó, trabajó, y sacó adelante a dos niños maravillosos, que siempre supieron que estaban queridos por encima de cualquier cosa.
Y un día, viendo cómo sus gemelos reían bajo el sol, Lucía entendió:
No la habían dejado sola.
La habían liberado. Ahora tenía dos corazones que la querían, no solo uno.
A veces, la felicidad llega no con quien promete quedarse, sino con quien de verdad permanece.
Y ella se quedó.
Por ellos.
Y por sí misma.
Manda un si piensas en todas esas madres que crían solas a sus hijos,
en las mujeres que siguieron adelante aunque alguien les dio la espalda. Cada corazón, un abrazo.







