Ser infiel a alguien mientras convivís bajo el mismo techo es una barbaridad de esas que sólo aparecen en sueños extraños, donde las paredes de la casa parecen fundirse y las sombras susurran secretos al oído. Compartís la misma cama, el lavabo del baño, la mesa donde cenáis la tortilla y el gazpacho; y aun así, te deslizas, como quien atraviesa los espejos del pasillo en la madrugada, hacia mensajes ajenos o brazos prohibidos. Después regresas a las sábanas que aún huelen a la persona que más confía en ti. No es sólo traiciónes una irreverencia precisa, calculada, tallada con frío acero en mitad de la siesta.
La miras a los ojos cada amanecer, en ese instante en que la luz de Madrid salpica los muebles de la habitación y las campanas de una iglesia lejana marcan las horas. Le das un beso de buenas noches, asientes mientras te confía sus inquietudes, mientras tu mente gira y esconde una verdad que podría derrumbar por completo su seguridad. Qué forma tan surrealista de crueldad, tan silenciosa como una plaza vacía en mitad de agosto. Ella se aferra a la creencia de que el hogar edificado juntos es refugio, y tú lo conviertes en el escenario de la mentira más grande que jamás soportó su almohada.
La traición es un puñal invisible, sí, pero hacerlo mientras compartes el cocido que ha preparado, ves esa serie que ella te recomendó en la televisión vieja del salón o dejas tus zapatos polvorientos junto a la puerta que ella cierra cada noche antes de dormir eso es otro nivel de frialdad, propio de un sueño donde ningún rostro conserva su forma, y las palabras se mezclan como colores en una paleta olvidada.
No te “deslizas” en un momento de debilidad; no, eliges conscientemente todos los días romper el honor de quien confía en ti, con el mismo empeño con que eliges la chaqueta cada mañana. Las acrobacias mentales que haces para esconderlovoltear el móvil al revés, duchas precipitadas tras paseos nocturnos por la Gran Vía, excusas de salidas inexplicables, mensajes secretos a las dos de la mañana en el baño envuelto en mosaicos azules, mentiras que saltan como ranas en una fuente de puebloson infinitas y te desgastan los sueños.
Aun así esperas su abrazo cálido cuando la puerta chirría al regresar. Absurdo, como cualquier cosa lógica dentro de un sueño. El daño es hondo. Cada frase compartida en el sofá antiguo, cada broma privada, incluso esos domingos perezosos bajo el sol de la terraza, se reescriben en su memoria una vez que la verdad la atraviesa. Ella comenzará a dudar de su intuiciónrebobinará una y otra vez los momentos más pequeños, preguntándose cómo no vio las señales. Esa duda plantada en su interior es la verdadera cicatriz que deja la infidelidad.
Si la infelicidad aprieta, sé honesto como quien confiesa un secreto en una tarde lluviosa de Salamanca. Si la tentación susurra, aléjate antes de cruzar el umbral de ese portal desconocido. No robes su paz mientras compartes su almohada bajo el mismo techo. El amor, en su forma ideal, debería sentirse como un refugio silencioso, no como una partida de ruleta rusa a medianoche.
Si eres capaz de traicionar al ser humano que te deja respirar en su espacio cada noche sin sentir ni una chispa de remordimiento, no es amor lo que te muevesólo utilizas la cercanía para forjarte una cómoda soledad y disfrazarla de intimidad.
Recuerda que la confianza no se renueva como el pan cada mañana en la tahona del barrio. Cuando la quemas entre esas cuatro paredes que deberían haber protegido dos corazones, no hay vuelta atrás, no existe peregrinaje ni milagro que devuelva el hogar a su forma primera.
Sólo quedan ruinas, fragmentos irreconocibles de lo que alguna vez fue un pacto sagrado bajo el mismo cielo español.







