Herencia del exmarido o sorpresa de la suegra: Un legado inesperado tras años de distancia, una suegra difícil, y el descubrimiento de una herencia inimaginable en la España castiza

Herencia del exmarido o sorpresita de la suegra.

Como regalo de despedida, Ana recibió de su exmarido, amante dedicado de la bodega de la esquina, ni más ni menos que la custodia de su madre. Llevaban separados una década; y no solo porque a él le encantara empinar el codo, sino porque también se le iba la mano y nunca con cariño. El contacto entre ellos se rompió hace siglos. El único lazo, el hijo que tuvieron juntos, ya estaba casado y vivía en Valencia. Lo de hablar con su padre alcohólico, ni en pintura. Y el padre, por su parte, nunca fue precisamente el abanderado de la paternidad.

Y sí, claro, un soleado domingo, Ana recibe una llamada: el ex ha pasado a mejor vida, y resulta que no hay ni un alma caritativa que se ocupe del entierro. Al final, Ana y su hijo se arremangan y organizan un funeral como Dios manda. Al pan, pan; al vino, vino.

Pero quedaba el pequeño detalle de la abuela La suegra, longeva y enferma, y con el carácter de un guardia civil en día de fútbol. Si al menos hubiese sido normal, pero no. Toda su vida, lo único que supo hacer es poner patas arriba cualquier plan.

La buena mujer seguía instalada en su casita a las afueras de Ávila. Después del sepelio, el hijo de Ana recogió bártulos y se volvió con los suyos, que también bastante tenía. Así que la tarea de cuidar a la abuela refunfuñona recayó en Ana. No podía hacer otra cosa; la visitaba varias veces a la semana, le traía la compra, aunque la señora siempre encontraba algo que criticar (eso sí, lo engullía igual). Incluso la leña partía ella, y aunque fue faena dura, dejar a una persona desamparada la conciencia no se lo permitía.

Así pasaron tres meses, hasta que la anciana estiró la pata. Y aquí viene lo bueno: en su testamento, la suegra, en un arranque de generosidad propio de quien ya no puede desdecirse, dejó a Ana la casa y una suma de euros que no era precisamente calderilla. Así es la gratitud, un poco retorcida pero bienvenida.

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