Tengo veinticinco años y desde hace dos meses habito en la casa de mi abuela Pilar, como si el cielo de Madrid fuera apenas una sábana tendida entre sus recuerdos y los míos. Todo comenzó el día que mi tía Carmen su hija y única compañía se disolvió en el aire como el humo de las castañas que asan en la Plaza Mayor. Desde entonces, la casa quedó vacía, con las persianas a medio bajar y los relojes repitiendo la misma hora triste.
Antes, cada una llevaba su propia vida: yo, Lucía, iba de vez en cuando a visitarlas, compartíamos tortilla de patatas y silencios en el vestíbulo retorcido de Lavapiés. Pero la muerte de Carmen partió el tiempo en dos. Nunca conocí a mi padre no hay dramas ni misterios, simplemente no existió en las cartas ni en las sombras. Mi madre se fue cuando tenía diecinueve años, y aprendí a vivir con su ausencia como quien lleva una vieja peseta en el fondo del bolsillo.
Cuando enterramos a Carmen en el cementerio de la Almudena, la ciudad parecía andar del revés. La abuela Pilar dejó de llorar pronto, pero el dolor se hizo visible en sus gestos pequeños: olvidaba el puchero en el fuego, se quedaba mirando el gotelé de la pared, salía a tender la ropa y luego volvía con los molletes sin tostar. Pensé quedarme algunos días, pero esos días se fueron doblando como fardos de ropa hasta que, sin darme cuenta, mis camisetas descansaban en los cajones antiguos del dormitorio de invitados y yo ya no pensaba en irme.
Madrid y sus rumores no tardaron en opinar. Algunos decían que hacía lo correcto ¿cómo dejar sola a una mujer mayor que acaba de perder a su hija? Otros murmuraban que estaba desperdiciando mi juventud, que a los veinticinco una debería viajar por Europa, salir por Malasaña, tener novio, vivir la vida. Me preguntaban si no me sentía atrapada en esa casa de azulejos desportillados, si no me daba miedo quedarme sola más adelante, si no me sentía perdida.
Pero yo todo lo veo diferente.
Trabajo en un despacho diminuto, ahorro euros, mantengo la casa, acompaño a mi abuela Pilar a sus revisiones en el ambulatorio, cocinamos lentejas y por las noches vemos juntas viejos programas de la televisión. No siento que renuncie a nada. Siento que decido. No tengo pareja, no pienso en hijos ni en mudarme a Bruselas o Lisboa. Pienso en el arraigo, en la presencia, en no repetir la historia del abandono que conozco de memoria.
Pilar es la última hebra que me queda de mi familia más cercana. Sin madre, sin tía, sin padre No quiero que pase el final de sus días creyendo que es un estorbo. No quiero que cene sola cada noche ni que se duerma pensando que ya no le queda nadie. Quizás en el futuro viaje, me enamore o huya a otro país. Pero ahora, este rincón, esta casa llena de retratos y relojes que andan hacia atrás, es mi lugar. No por obligación ni por culpa. Estoy aquí porque quiero a mi abuela y porque, a su lado, también aprendo a quererme.
Y vosotros, ¿qué haríais si vuestra sombra os llevara a una casa así flotando por Madrid en mitad de un sueño?







