Mi madre se probó mi vestido de novia y lo destrozó: se negó a pagar los 3.000 euros que costaba, así que recurrí a mi arma secreta

Tía, tienes que escuchar la historia que me ha pasado, porque de verdad parece de película. Todo empezó con mi futura suegra, que no dejaba de insistir en tema del vestido de novia. Al principio me lo tomaba a risa hasta que volví a casa y me encontré con que mi vestido de novia de 2800 euros había desaparecido. Te juro que casi me da un infarto.

A ver, tendría que haberme olido algo raro, porque Carmen, mi futura suegra, llevaba semanas preguntándome cada día por WhatsApp cosas en plan ¿Ya has elegido el vestido? o Espero que no elijas algo demasiado sencillo, cariño. No querrás parecer una servilleta, ¿no?.

Pero por mucha tabarra que diese, cuando la invitaba a venir de tiendas, siempre tenía una excusa: Ay, tengo migraña hoy, o Uy, imposible esta semana, que estoy liadísima. Hasta mi madre lo notó cuando nos recorrimos medio Madrid probándome vestidos.

Qué raro, tanta insistencia, y luego no mueve un dedo para mirar contigo, me soltó mi madre, al salir del tercer atelier en un mismo día.

Yo le dije: Pues mira, casi mejor, porque así no tengo que aguantar sus comentarios.

Total, que en una de esas tiendas, al fondo, vi el vestido perfecto: un corte en A, color marfil, con encaje finísimo y un escote corazón Te juro que fue ponérmelo y supe que era ese, por cómo caía, cómo brillaban los abalorios… En fin, el vestido de mis sueños.

Mi madre se emocionó tanto que se le escaparon las lágrimas y, aunque el vestido costaba 2800 euros, pensé que bueno, que la ocasión lo merecía.

Cuando llegué esa noche a casa, le mandé a Carmen unas fotos con el vestido y, al minuto, ella responde exigiendo que le lleve el vestido, que quería verlo en persona ya. Le dije que no, que lo iba a dejar en casa hasta el gran día y que mejor le pasaba fotos, pero ella nada, insistía e insistía.

Por supuesto, no pensaba arriesgarme a trasladar mi vestido de boda solo para que le echara el ojo, así que me mantuve firme.

Dos semanas más tarde, pasé la tarde en casa de mi madre planeando detalles de la boda. Cuando volví a mi piso por la noche, noté algo raro al entrar: un silencio incómodo y las zapatillas de David (mi pareja) no estaban en la entrada.

Llamé: ¿David?, tirando las llaves a la encimera. Nada. Fui a la habitación y casi me da algo: la funda donde guardaba el vestido no estaba en el armario. Te juro que supe de inmediato lo que había pasado.

Con las manos temblando llamé a David. El pobre contestó titubeando.

Le solté: ¿Te has llevado mi vestido a casa de tu madre?. Me soltó que sí, que ella solo quería verlo, y como yo no estaba

Le corté: Tráelo ya mismo, por favor.

Volvió como a la media hora, haciéndose el normal, pero podía ver la culpa en su cara. Abrí la funda despacio y fue como una pesadilla: el vestido estaba dado de sí, el encaje roto, la cremallera medio rota. ¿Te puedes imaginar? Empecé a llorar del susto y la rabia.

David, que si no era para tanto, que igual es que estaba mal cosido ¡Encima! No podía creerlo. Le pregunté: ¿Tu madre se ha probado mi vestido?. No supo qué decir.

Cogí el móvil y llamé a Carmen, con David delante y el altavoz puesto.

Le expliqué el destrozo, que solo la reparación costaba una fortuna y que me debían los 2800 euros para comprar otro. Carmen se echó a reír, sí, como lo oyes. No seas exagerada, mujer, le pongo una cremallera nueva y queda perfecto. Le dije que no, que no solo era eso, que la tela ya estaba arruinada.

Ella, pasando de todo. David ahí, mirando al suelo. En ese momento, me vine abajo, colgué y me encerré en el dormitorio a llorar abrazada al vestido destrozado.

Dos días después, apareció mi cuñada, Inés, en la puerta. Me dijo que estuvo allí cuando su madre se probó el vestido, que ella intentó impedírselo, pero nada. Sé que esto puede ayudarte, me dijo, y me enseñó unas fotos en su móvil donde se veía a Carmen, metida a presión en el vestido, riéndose delante del espejo, con la cremallera a punto de explotar.

Con esto va a tener que pagar sí o sí, me dijo Inés. Me explicó cómo podía usar las fotos para presionarla. Así que, armada con el móvil, le volví a escribir a Carmen: que o me pagaba el vestido o enseñaba las fotos a toda la familia.

Ella se la jugaba de digna: No te atreverías, imagina lo que pensaría la familia. Yo le dije: Pruébame.

Esa noche, temblando, publiqué en Facebook las fotos de Carmen intentando meterse en el vestido y el resultado del destrozo. Expliqué cómo se negó a hacerse responsable y la importancia que tiene un vestido así para una novia.

Al día siguiente, Carmen apareció furiosa, roja como un tomate, exigiendo que borrara la publicación porque la habían visto sus amigas, sus compañeras del coro, todo el barrio.

Te has puesto tú sola en ridículo, le solté. Carmen siguió armando el numerito, exigiendo que David me hiciera borrar la publicación.

David, por fin, tuvo un poco de sentido común y sugirió que su madre pagara el vestido. Carmen, pegando voces que se oían desde la escalera, decía que ni hablar.

Te juro que fue en ese momento cuando vi claro que ni David ni su madre iban a cambiar. Me quité el anillo de compromiso y lo dejé en la mesa, diciéndoles que no iba a casarme con alguien que no me defiende ni con una suegra que no respeta.

Les pedí que se marcharan. Cuando los vi salir, sentí de pronto un alivio enorme, como si me quitara un peso de encima.

En fin, la historia, aunque basada en hechos reales, ya sabes que la vida a veces necesita un poco de dramatismo para entender quién merece estar a tu lado y quién no.

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MagistrUm
Mi madre se probó mi vestido de novia y lo destrozó: se negó a pagar los 3.000 euros que costaba, así que recurrí a mi arma secreta