Y yo nunca quise a mi marido

Diario de Lucía, 14 de octubre de 1999

Yo, a mi marido, en realidad nunca lo llegué a querer.
¿Y cuántos años estuvisteis juntos?
Haz cuentas, nos casamos en el setenta y uno.
¿Y cómo es eso de no quererlo, después de tantos años?

Hoy, mientras limpiaba la lápida de mi hijo en el cementerio de La Almudena, me senté en un banco junto a una mujer casi desconocida. Ella estaba quitando las hojas de otros nichos y al final, como suele ocurrir cuando las almas se reconocen aunque sólo sea por la pena, acabamos charlando.

¿Es tu marido? me dijo, señalando la foto del mármol.
Sí, era mi marido. Ahora va para un año que se fue No consigo acostumbrarme, le echo de menos, me duele, no sé vivir sin él. Paseo por aquí, hablo con él. Yo sí que lo quería, lo quise mucho y me apreté el pañuelo negro al cuello para no dejar salir el llanto.

La mujer que se me había acercado soltó un suspiro y, para mi sorpresa, confesó sin apartar la mirada de la tumba:
Pues yo nunca quise al mío.

Le miré de lado, sorprendida:
¿Y después de cuántos años juntos?
Desde el setenta y uno, como te digo. Pero fue más por despecho que por amor. Yo andaba colada por un chico, pero acabó liándose con una amiga mía. Así que, por rabia, decidí casarme la primera que pudiera. Entonces apareció Julián, bueno, Julián el calladito, que siempre me seguía, que decía que le gustaba, y al final pues eso.

¿Y qué pasó?
Ni te imaginas. Estuve a punto de salir corriendo en mitad de la boda. Todo el pueblo de Calatayud de fiesta, y yo llorando en un rincón, pensando que ahí se acababa mi juventud. Miraba a Julián pequeño, ya con las entradas, los oídos salidos. El traje le quedaba como un saco. Pero sonreía, tan feliz, los ojos clavados en mí Pero bueno, yo me lo busqué.

¿Y después?
Vivíamos con sus padres, como era costumbre entonces. Ellos me trataban como a una reina, me agasajaban. Yo, robusta, guapa, con ojos grandes y trenza gruesa. Sabía todo el mundo que no le pegábamos, que yo era mucho para él. Yo mandaba, gritaba, incluso a su madre la reñía. Pero en el fondo era porque me daba pena de mí misma, por no quererle.

A todos nos afecta eso
Así que un día propuso irnos al norte, a trabajar en el País Vasco, y separarnos de sus padres. A mí me pareció bien, yo entonces solo quería cualquier cambio, aunque fuera huir. Nos apuntamos a un grupo de jóvenes que iba a Bilbao a trabajar en el metro, lo típico entonces que todos los del sindicato ¡vamos a construir el metro! y yo, venga.

¿Y allí qué tal?
Nos separaron por sexos en los trenes. Julián se quedó apartado, sin comida, solo con una bolsa, mientras yo me lo pasaba estupendo en el vagón de chicas, nueva vida, nuevos amigos, fiesta para arriba y para abajo. Todo comunitario, compartíamos hasta los pasteles que su madre puso en mi mochila. Cuando vi a Julián en la primera estación, pidiéndome comida, me dio vergüenza. Le dije que se habían acabado, que lo sentía. Y él, para tranquilizarme, me dijo que había comido donde los chicos, que todos compartían. Era mentira, mi Julián nunca fue de pedir nada a nadie, pero me consoló. Y yo lo olvidé en ese momento.

Al llegar nos pusieron en una residencia de barracones, treinta y cinco mujeres en una sala, hombres por otro lado. Juraron que cuando se pudiera nos darían habitaciones familiares, pero a mí, en ese momento, me daba igual. Si venía Julián, yo ponía excusas, hacía como que tenía prisa, no quería verle. Las chicas hasta me decían: Oye, que es tu marido.

Dices que pensaste en divorciarte
Sí, sinceramente. Dos años allí y ni un solo niño. A veces dormía con él en el barracón, por lástima. Pero llegó Graciano, alto, moreno, guapo, fuerte. Yo era albañil entonces y allí trabajábamos todos a destajo, pero nos lo pasábamos bien, teníamos buen abastecimiento, jamón, cerveza, naranjas, cosas que jamás había visto en mi vida. El club organizaba bailes, venían artistas Vamos, otro mundo.

Y Graciano fue directo a mí, aunque varias amigas ya le habían echado el ojo. Yo me prendé, ciega de pasión.

Julián venía a pedirme explicaciones, a rogarme que lo dejara, que pensara. Pero yo, solo veía a Graciano. Le dije a Julián que quería separarme.

Nos dieron habitación con paredes finas, pero no fui. Julián seguía siempre cerca, preocupado. Pero yo estaba en otro mundo, era el amor.

La mujer de negro apenas respiraba escuchando
¿Y cómo lo aguantó?
Por amor, claro. Luego, Graciano se lió con Catalina, la contable. Cuando supe que estaba embarazada y se lo conté, hasta delante de todos me humilló, diciendo que yo me había agarrado a él porque mi marido era un calzonazos. Y la gente se encargó de decírselo a Julián. El pobre, que el amor le había dejado vacío, se fue a buscar a Graciano para pegarle. En la estación se enzarzaron. A Julián le ingresaron en el hospital. Me avisaron. Me sentí mala mujer. Fui a verle, insultándole casi:Pero tú eres tonto, ¿cómo se te ocurre?. El conductor, Sergio, me juzgaba en silencio. Y Julián, boca rota, la pierna con peso solo me dijo: Por ti fue

Me entró una lástima aún mayor. En la obra no querían mujeres embarazadas. Tocaba volver al pueblo y explicar que ese hijo no era de Julián y la vergüenza de que el pueblo hablara. Y, por qué no confesarlo aquí, ni siquiera yo estaba segura con Julián también había estado alguna vez.

Le llevaba comida al hospital, pero no por cariño, sino por responsabilidad. Cuando estuvo mejor, de pie con las muletas, me dijo: No te separes, vámonos a Castilla, ese niño para mí será mío y de nadie más.

Yo solo contesté: Haz lo que quieras.

Pero en el fondo me alegré de no tener que volver al pueblo, con el niño, más fácil juntos.

¿Y luego?
Pues nos fuimos a Albacete. Julián callado pero trabajador. Empezó a destacar en la empresa por lo buen técnico que era (él estudió ingeniería en Zaragoza), y le pusieron de jefe de grupo. Iba y venía por toda la provincia, pero volvía siempre con embutido para mí, chocolates, lo que pillara.

Mientras, yo trabajaba de administrativa. Cuando di a luz, nada más ver al niño, Juanito, supe que era hijo de Graciano, moreno como el padre, y Julián ni un mal gesto, hasta se le echó la lágrima cuando salió del hospital con él en brazos.

Juanito fue niño difícil, con mala salud, inquieto, se portaba mal desde siempre. Julián no podía imponerse. Yo sí, a veces con la zapatilla. Julián no me dejaba: No le pegues, ya aprenderá. Incluso me robaba el cinturón.

Pasó el tiempo, hasta que nació nuestra hija, Carmen en honor de la madre de Julián. Pensé entonces que podía cuidar a su madre, pues el padre ya se había ido. Pero a Julián no le tenía ni odio ni cariño, nada.

Con dos niños pequeños, sólo pedía ayuda. Julián cocinaba, planchaba, me dejaba dormir. Incluso trató de lavar la ropa él, pero casi tuvimos pelea: ¡¿El jefe de sección lavando mis bragas?!. Pero insistía: Si te enfermas, ¿quién cuida a los niños?. Me molestaba su excesiva dedicación, me ponía nerviosa.

Juanito, ya con trece años, acabó controlado por la policía juvenil. Yo, en comisaría, conocí a Enrique, el comisario, soltero, amable, que sabía calmar tanto a Juanito como a mí. Julián, tan débil, no podía ni castigar ni hacerse respetar. A veces lloraba de rabia.

Luego nos mudamos a Madrid por el un puesto mejor, un piso de protección oficial. A Julián lo mandaron a una formación en la capital, y entonces Enrique empezó a rondarme. “Déjale, no le quieres”, me repetía.

Aquí la voz se me quiebra. Me callo, remuevo unas hojas que el viento ha caído sobre la tumba.

¿Y tú? me pregunta la otra mujer, ya tuteándome.
Pues yo pensaba y pensaba Y Julián, desde Madrid, mandó una carta que aún guardo. En ella me decía que ya sabía que nunca le quise, que sólo le había tolerado, que si le escribía diciendo que no volviera, no volvería. Y que, aún así, mandaría la mitad de su sueldo, quería la felicidad para los niños y para mí. No contenía reproches, sólo cariño. Toda la pena se la guardó él solo.

Caían hojas del plátano sobre nuestras manos. Miré el cielo azul y respiré hondo.

¿Lloras? me preguntó.

Es que la vida se me hace un nudo al recordarla. ¿Y al final te fuiste con el comisario?

Ay No dormía. Juanito se desmandaba, y yo sin saber dónde ir. Aquella carta me hizo abrir los ojos. Una compañera del taller, más mayor, me dijo: Eres tonta, Lucía. A un hombre así había que llevarlo en palmitas.

De repente me levanté una mañana y dije: ¿Pero qué estoy haciendo?. Me puse a recordar; cómo Julián siempre estuvo ahí, cómo me cuidó incluso cuando estuve ingresada y los médicos apenas me daban esperanzas, y él no se movió de mi lado, cuidando, comprando todo lo que hiciera falta.

Otra vez, por Navidad, nos dieron una caja equivocada en el sorteo del sindicato; resultó ser de otra familia, en el pueblo de al lado. Julián, sin pensarlo, se la llevó andando bajo una nevada, volvió helado y enfermo. Esas cosas me hicieron entender que nadie me querría nunca como él.

Quizá no valía con una carta Eran demasiados años de desprecios, no me imaginaba escribiéndole nada con sentimiento.

Ya era otoño, como hoy, templado. Organicé a los niños, arreglé los papeles del trabajo y, de repente, subí al tren para ir a verle a Madrid.

El talgo ni avanzaba, qué ansia por verle. Mientras más se acercaba la estación de Atocha, más le recordaba: su calva, sus orejas, su tripa Todo me resultaba encantador.

En la residencia me dijeron que estaba en clase. Fui al edificio, no me dejaron entrar, así que esperé en la escalera. Salió con su grupo y casi no lo reconozco, tan elegante con su boina y el portafolio, pero supe que era él. Me quedé petrificada por amor.

El grupo pasó de largo. No me atreví a llamarle. Cuando ya se alejaban por la avenida, le grité.

Se giró, dudó si era él, y cuando nuestras miradas se cruzaron, corrimos a abrazarnos. Se cayó el portafolio, los apuntes volando, y solo nos abrazábamos, sin poder decir palabra.

¿Y qué decir en ese momento?

Sus compañeros bromeaban: ¡Eso sí que es amor, llevan toda la vida juntos y mirad cómo se encuentran!. Las lágrimas no me dejaban contestar.

¿Y entonces? ¿Ya vivisteis juntos hasta el final?
¿Final? dijo mirando la tumba de mi hijo No, ahí está mi Juanito, que murió sin llegar a los cuarenta, entre cárceles y problemas sufrimos mucho. Julián vive; gracias a Dios sigue aquí. Me ha traído hoy mismo al cementerio, ahora está con la hija haciendo recados.

Miré hacia la entrada y allí estaba Julián, con su chaqueta de cuero, boina y gesto bonachón. Saludó de lejos, amable y sonriente.

¿Cansado, Julián? Ya has hecho bastante.
No pasa nada, Lucía dijo levantando la herramienta y sonriendo.

Era el quien recogía todo del sepulcro del hijo, pero yo le quité los bultos pesados para no dañar su espalda. Caminamos juntos, cogidos del brazo, por el paseo de cipreses amarillo de hojas.

Al doblar la esquina, la mujer con la boina gris se volvió y me saludó. Julián hizo lo mismo. Yo me quedé mirando la foto de mi esposo, allí en la lápida, y pensé que la felicidad no es algo que se posea; la felicidad de verdad sólo nace cuando uno la acepta y la cultiva en el corazón.

Una única felicidad verdadera: querer y ser querido.

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