10 de marzo
Hoy he llegado a casa agotada, pensando únicamente en darme una ducha y cenar algo ligero antes de acostarme. Pero al abrir la puerta, el ambiente estaba tenso y cargado: sabía al instante que algo raro pasaba. Lo confirmé nada más pisar el salón: mi suegra, Carmen Fernández, estaba sentada en la mesa de la cocina frente a Alfonso, mi marido. Ambos me miraban con cara de interrogatorio de la policía nacional.
La verdad es que debía haberlo previsto: por la mañana ya me había llamado Alfonso para avisarme de que su madre había venido a hacerle compañía, lo que muchas veces significa que alguien ha venido a husmear en nuestra vida. Y más hoy, que me había tocado quedarme hasta tarde en la oficina en Madrid por culpa de una revisión inesperada del jefe.
Pero lo peor fue cómo empezó todo. Según me contó luego Alfonso, ni siquiera le saludó al entrar; directamente lo apartó de la puerta, se metió dentro como si fuera su piso y, con voz teatral, soltó: Alfonsito, escúchame bien. Me ha contado Rosario algo que no podía creérmelo.
Alfonso, resignado, le preguntó que qué ocurría. Y entonces soltó la bomba: que yo tenía otra vivienda, un piso en Lavapiés, que lo estaba alquilando y escondiendo el dinero de mi marido. Todo esto porque la sobrina de la vecina que sí, vive de alquiler en ese piso le había dicho a Rosario que pagaba seiscientos euros al mes muy a gusto porque, según ella, era todo un chollo para el centro de Madrid.
Allí estaba yo, al llegar, de retén delante de dos miradas como linternas. Carmen no tardó en lanzarse:
A ver, hijita, ¿qué secretos le escondes a mi hijo?
Me quedé un rato mirando a Alfonso, pero él estaba más intrigado que enfadado, así que respondí:
No oculto nada. ¿A qué viene eso?
Y, cómo no, mi suegra saltó como si le hubieran dado cuerda:
¡Vaya que no! ¿Y el piso de Lavapiés? ¿No será que lo tienes bien escondido, rentándolo a espaldas de mi hijo y gastándote el dinero?
Contesté lo mejor que pude, sin perder la calma:
Ese piso era de la tía de mi madre, Eulalia, que me lo dejó en herencia cuando falleció hace casi tres años. Alfonso, te lo conté entonces, y tú mismo dijiste que lo bueno de esa noticia es que tendría que dejar de ir a ayudarla. Cuando te pedí colaboración para el funeral dijiste que tenías mucho trabajo.
Carmen no soltaba prenda:
¿Y por qué tu marido ni sabía que lo alquilas? ¿Por qué no lo metiste en la cuenta común?
Suspiré, encontrando dentro de mí una mezcla de tristeza y hartazgo al tener que justificar siempre mis decisiones personales.
Porque esa herencia es mía. Es mi patrimonio personal, y lo utilizo para mis hijas y para lo que crea necesario. Nadie me preguntó tampoco cuando Alfonso gastó dos pagas extra en arreglar su coche por cierto, coche que apenas puedo usar porque siempre tiene una excusa. ¿Por qué tengo yo que cofinanciar los caprichos o los gastos que no tienen nada que ver conmigo? El dinero de ese alquiler va para lo que mis hijas necesiten, su universidad, sus necesidades. Ellas estudian y trabajan a la vez, pero si tuvieran que pagarse todo, no podrían sacar la carrera adelante.
La discusión subió de tono, y mi suegra dejó caer que solo pensaba en mí. No pude más y respondí:
Aprendo de los mejores, Carmen. Todavía recuerdo cómo presionaste a la mujer de tu hijo pequeño para vender su piso de soltera y poner la nueva casa del pueblo solo a tu nombre. Ella, ahora, ni puede ir cuando quiere. En cambio, sí tiene el privilegio de plantar tomates en tu huerto.
Alfonso estaba desconcertado, y no tardó en intervenir a favor de su madre, diciendo que podríamos haber hablado de estos temas en familia, que lo lógico es que todos los ingresos fueran comunes. Por dentro sentí rabia, pero también convicción: en esta familia, los intereses ajenos siempre pasan por delante de los propios, sobre todo si eres mujer y pretendes tener algo en propiedad.
Al final, le dejé claro a Carmen que esa herencia es para mis hijas y para mí, y que no pienso gastar ni un euro en la casa del pueblo ni en coches que ni uso. Que mi familia son Alfonso y nuestras hijas y que, a partir de ahora, quien quiera parte de mi herencia tendrá que buscarla en otros lados.
Sé que esta conversación no se va a quedar aquí. Carmen intentará sacar provecho más adelante, pero esta vez estoy decidida. Hay cosas que no pienso volver a ceder. A veces pienso que, si vas de buena, acabas como decía mi abuela: donde te sientas, ahí te quedas. Y yo, hoy, decido quedarme donde más segura me siento: protegiendo lo que es mío y, sobre todo, a las mías.







