¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me fui de casa, empecé a construir mi vida y, aun así, habéis venido a remover el pasado – Zina, ¡no te agobies tanto! Sé que siendo de ciudad te costará adaptarte al pueblo, ¡pero yo te ayudo! – intentaba tranquilizarla Dimi. – Lo tengo todo bajo control, puedo con esto solo. ¡Solo necesito que estés a mi lado!

¿No te gusta que quiera tener mi propia familia? Me escapé de vosotros, empecé a crear mi vida, y vinisteis y ¡todo vuelve a lo mismo de antes!
Tranquila, Lucía, no te pongas así la consolaba Jaime. Ya sé que a ti, siendo de la ciudad, te va a costar adaptarte al pueblo, pero yo te ayudaré. Lo conozco todo al dedillo, podré con ello. Solo quédate a mi lado.

La joven sentía un desasosiego flotante, como si las palabras fueran peces corriendo entre sus dedos. ¿Por qué había terminado enamorándose de alguien del campo? Y además, ¡de una forma que le temblaban hasta las rodillas, como si caminara por los tejados de Madrid en una noche de verbena!

Tenía veintiocho años y una carrera de éxito en la capital, mientras que Jaime, a sus treinta, vivía rodeado de parientes y un caserón a las afueras de un pequeño pueblo en Castilla, apenas a un suspiro de la ciudad.

Se conocieron aquella tarde estrambótica en el Parque de Atracciones, adonde Jaime llegó por equivocación mientras su madre se perdía entre los puestos del Mercado de San Miguel y a Lucía, sus amigas la sacaron casi a rastras para distraerla.

El destino, o tal vez el olor dulzón de los barquillos, los juntó: se presentaron, intercambiaron números de móvil y, casi sin querer, comenzaron a hablar. Jaime la sorprendía viajando a Madrid, siempre atento y sincero algo tan raro entre los chicos de entorno urbano que Lucía no pudo resistirse.

Jaime era, a diferencia de los chicos que ella había tratado, generoso y transparente, cálido como el pan recién hecho.

Un día, entre sueños y tazas de café, él le pidió matrimonio y ella aceptó, sin terminar de creérselo.

Bueno, hija, inténtalo dijo su madre mientras removía un vaso de horchata. Jaime es trabajador y noble, aunque sea del pueblo. Si no va bien, siempre puedes volver aquí, a la ciudad.

Lucía no tenía mucho que perder: podía trabajar a distancia, desde el portátil, y ya no era una jovencita de dieciocho años. Además, decían que el aire del campo era más limpio, casi como sueños sin remordimientos. Pero…

Jaime, ¿qué seré yo allí? preguntó ella sentándose en el borde de la cama.
Mi prometida. Dentro de un año nos casamos y luego nos vamos de viaje. Para entonces habré ahorrado lo suficiente. Así el dinero no nos pesará en los bolsillos dijo él, bajando la vista, como si temiera el juicio del viento.
Sé que tú estás acostumbrada a lo mejor añadió, mirándola con melancolía.

A pesar de las buenas intenciones, Lucía sentía cierta inquietud revoloteando en el estómago, como un petirrojo encerrado. Al final, se zambulló en la aventura: pidió una semana de vacaciones y, tras cerrar con llave su piso de dos habitaciones en Lavapiés, donde había invertido tanto esfuerzo, se marchó en su coche rumbo al pueblo, soñando colectivo bajo el sol castellano.

La primera noche le parecía casi irreal: el calor del verano fundía los relojes, las sombras eran largas y, juntos, regaron el huerto como si fueran niños jugando con el agua. Cocinaron al ritmo de las cigarras y se sintieron cómplices en cada tarea, aunque el tiempo pasara como si lo dirigiera Dalí.

Cariño, ¡mis padres están en camino! anunció Jaime aquel viernes, llegando más temprano de lo habitual.
¿Para qué? respiró Lucía, con el corazón saltando entre las costillas.
Para ayudarnos y conocerte. Y, además, vienen mi hermano y su esposa. Jaime caminaba inquieto como una aceituna rodando en la mesa.
¿Se quedan mucho tiempo? preguntó ella, temiendo que el pueblo se hiciese más pequeño de repente.
Espero que no… Tranquila, cariño, lo superaremos contestó Jaime con una tímida sonrisa.

Lucía se apoyó en su madre mediante llamadas: Piensa que es una prueba, y si no va bien, regresas. Lo esencial es que tienes un sitio esperándote. Haz lo que más cómodo te resulte. Que se acostumbren ellos, y si no, que se aguanten. Eso le toca a Jaime.

Sintiendo que nada podía ser tan terrible, terminó de poner la mesa cuando una furgoneta chirrió en el camino de gravilla.

Entraron los padres: una matrona enorme de sonrisa torcida y vestido estampado, su pelo corto y oscuro resaltando las sombras de sus pestañas, abrazó a Jaime como si quisiera esconderlo en su regazo. El padre, barrigón y solemne, asintió con la cabeza.

El hermano, alto y jocoso, saludó a Lucía con chistes; su esposa, una rubia de mejillas sonrosadas, escudriñó a Lucía de arriba abajo, como si evaluara un vestido en la Gran Vía antes de girarse hacia su marido.

¿A qué esperas ahí, venga a ayudarme con el equipaje! le espetó, alejándose con paso rápido.

Lucía intentaba mantener la cordialidad: la mesa llena, platos humeantes, las conversaciones flotaban como burbujas hasta que los comentarios empezaron a encresparse.

¡Menuda comida! Se ha lucido la niña aprobó la madre, Carmen Muñoz.
Grunt asintió don José Luis, el padre.
¿Qué es esto? ¿Pollo? ¿Y quién cocina así? protestó la cuñada, Elena. Ya inventan cosas raras y luego una tiene que tragárselas.

No digas eso, está delicioso replicó Vladimiro, el hermano de Jaime.
Contigo cualquiera, solo te importa llenar la panza le soltó Elena, dejando caer el tenedor como una sentencia.

Jaime miró a Lucía con compasión. Elena, ten respeto y no seas tan evidente con tu envidia. Lucía ha hecho esto para nosotros le reprochó él.
¿Y de dónde ha salido ese nombre, Lucía? Como la burra de la vecina, que también se llama así disparó Elena, venenosa como una adelfa.

Lucía sonrió para sus adentros.
¿Qué te hace gracia? murmuró Jaime.
Es que una amiga mía tiene una cobaya llamada Elena contestó Lucia en voz baja, pero toda la mesa lo oyó.
Carmen Muñoz frunció el ceño y los hombres reprimieron la risa, mientras Elena ardía como aceite en la sartén.

¿Pero quién te crees? le soltó, mirándola con odio encajonado.
Solo pensé que este tipo de conversación te resultaría familiar. Lucía se encogió de hombros.

Vladimiro la miró con admiración.
Yo soy la esposa legal de Vladimiro, y tú solo eres… bueno, la que convive alardeó Elena, alzando la voz.
Al menos tengo educación respondió Lucía, y si visito casas ajenas, no falto al respeto.
¡Pues yo no he venido a visitarte! gruñó Elena, triunfal.
Ni yo te invité añadió Jaime, cansado ya del ambiente. ¿Cuánto pensáis quedaros?
El silencio cayó redondo. Todos miraron a Jaime, como si el silencio se hubiera colado con los postres.

En cuanto enseñemos a la señorita lo que es la vida rural, nos iremos dijo Carmen Muñoz, encontrando consuelo en la idea.
Mamá, no hace falta, nos apañamos solos insistió Jaime.
Sí, claro, la señoritinga perezosa se va a encargar de todo bufó Elena.
Perezosa tenemos solo una en la familia, y no es Lucía zanjó Jaime. Bueno, queridos, gracias por la cena, id a descansar.

Jaime le ofreció la mano a Lucía y juntos recogieron la mesa bajo las miradas torvas de los demás.

Lucía pensó que tener un buen respaldo era un alivio, su propio fortín. Aquí no se dejaría pisotear, y si las cosas iban mal, Madrid seguiría esperando.

A la mañana siguiente, cuando el sol saltaba tras la sierra, la tranquilidad se desmoronó:

¡Pero bueno! ¿Qué hacéis en la cama a estas horas? Aquí en el pueblo nadie duerme hasta el mediodía interrumpió Carmen, tía de carácter ferruginoso. Además, va siendo hora de preparar el desayuno.

Lucía atisbó el móvil: las ocho. Tapándose hasta la barbilla, contestó despacio:
Carmen, en la nevera hay de todo para desayunar, ¿puedo vestirme primero?
Anda, mira qué frescura, la señorita elegante suspiró Carmen. Lo que hay en la nevera hay que cocinarlo, venga, arriba.

Dio un portazo saliendo de la habitación, mientras Lucía, ya vestida, bajó resignada a la cocina.

¿Ya te has levantado? le sonrió Jaime, preparando tortillas.
Claro. Y si yo no la despierto, sigue durmiendo bufó la madre.

Lucía apretó los dientes.
Mamá, ¿por qué entras en nuestra habitación? preguntó Jaime, desconcertado.
¡Vaya! ¿Tenemos otra remolona en la familia? intervino Elena, relamiéndose de ironía.
¡Nadie te ha pedido opinión! replicó Lucía, ya harta de la escena.
Esto es la vida rural, hay que madrugar. Cuando tengáis una vaca, habrá que ordeñarla a las seis vino a pinchar Elena.
No planeamos tener vaca respondió Jaime.
¿No? ¿Y el queso, la nata? ¡Ah claro! Lucía no sabe ordeñar. Y eso de madrugar tampoco. ¿A dónde vas, hija? se carcajeaba Elena.
Tú tampoco sabes y aquí sigues rio Jaime.
Desde que Lucía está contigo te has agriado dijo Carmen.
Jaime, me voy a casa. Cuando este circo se haya marchado, llámame si te apetece sentenció Lucía.

El escándalo explotó. Carmen alzó la voz con el dramatismo de una copla:
¡Desde que está aquí, mi hijo ya no es el mismo! No viene, no ayuda, no coge el teléfono. ¿Y encima quiere que te aceptemos? ¡Estás destruyendo la familia!

El grito de Jaime rompió el aire:
¡Basta ya! ¿Molesta que quiera una familia propia? Me fui para tener mi vida, y volvéis una y otra vez al pasado.

Hijo, has perdido el norte. Todo lo tuyo lo gasta ella, solo le interesas por el dinero gimió Carmen, quejándose como quien arrastra maletas por la cuesta del pueblo. ¡Se te sube a la chepa!
Mamá, Lucía se mantiene ella misma. Yo ahorro para la boda paró en seco Jaime, sujetando a Lucía, que ya iba a cerrar la puerta. Si queréis lo mejor para mí, regresad a casa. Aquí solo con invitación, y tú, Elena, la última en la lista.

Mientras el padre y el hermano miraban con la sabiduría de los olivos viejos, Carmen y Elena recogieron sus cosas con indignación.

Hijo, decide: o yo o ella le advirtió su madre, con el drama de una zarzuela.
Pero bien que aceptasteis a Elena replicó decepcionado Jaime.
¡Tú qué vas a comparar! bufó Elena.

El padre y Vladimiro miraban el espectáculo como si vieran chuva de confeti desde el balcón.
¿Entonces? incitó Carmen.
Yo elijo la felicidad dijo Jaime, mirándola a los ojos sin pestañear.
¡Pues ya no tengo hijo! y se fue, la maleta rebotando en las losas y Elena detrás, refunfuñando.

Don José Luis sonrió con picardía: Cuenta con nosotros, hijo. Yo me encargo de tu madre.
El hermano mayor abrazó a Jaime: Cuida de tu alegría, que nosotros tenemos que replantearnos la familia dijo antes de marcharse.

Lucía se sintió incómoda y, a la vez, vio que Jaime la valoraba de verdad. Volvieron a compartir tareas, apoyándose en las dificultades como dos equilibristas en cuerda floja. Y pronto, las cosas en la familia de Jaime dieron la vuelta.

¡Mamá, Elena! ¡Os hemos comprado una vaca! gritó Vladimiro entre carcajadas.
¿Qué, te has vuelto loco? interrogó Carmen, olisqueando como si la vaca estuviera bajo la mesa.
No. Elena la ordeñará cada mañana y la llevará al prado.
¡Vladimiro, esto no es serio! protestó Elena, furiosa.
Como tanto os empeñasteis en enseñarle a Lucía la vida rural, decidimos que os estaba faltando eso añadió don José Luis con fina ironía. Y por cierto, madre, a las siete el desayuno debe estar listo, así se hace en el pueblo: nada de tostadas frías, sino algo caliente de verdad.

Y así comenzó el adiestramiento rural para ellas. Todo lo que habían querido imponerle a Lucía, les cayó de vuelta, como por arte de un sueño circular y burlón.

La madre, por fin, entendió que se había pasado con la nuera y, aunque hizo las paces con Jaime, ya no se atrevía a ir a visitarlos. Por si Lucía sabía aún más de lo que aparentaba.

Al final, entre fiestas y risas, Jaime le pidió matrimonio formalmente a Lucía. La boda fue jolgorio puro, con música hasta el amanecer y toda la alegría de la Mancha se colaba por las ventanas.

Carmen y Elena nunca llegaron a amar a Lucía, pero aprendieron el valor del silencio. Y eso, en la familia, era toda una victoria.

Lucía era feliz: juntos lo hacían todo, apoyándose y dejándose llevar por el ritmo onírico de un pueblo donde los días siempre huelen a pan recién hecho y a siestas soñadas bajo los olivos. Ya nunca más temió a los huéspedes inesperados.

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MagistrUm
¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me fui de casa, empecé a construir mi vida y, aun así, habéis venido a remover el pasado – Zina, ¡no te agobies tanto! Sé que siendo de ciudad te costará adaptarte al pueblo, ¡pero yo te ayudo! – intentaba tranquilizarla Dimi. – Lo tengo todo bajo control, puedo con esto solo. ¡Solo necesito que estés a mi lado!