—¿Y a dónde va a ir ella? Mira, Víctor, tienes que entenderlo: una mujer es como un coche de alquiler. Mientras le pongas gasolina y pagues las revisiones, va donde tú quieras. Pero mi Olguita, yo la compré con todo incluido hace doce años. Pago yo, así que la música la elijo yo. Es cómodo, ¿sabes? Sin opinión propia, sin dolores de cabeza. Es toda de seda, mi mujer. Una historia sobre la comodidad, el desprecio y el despertar de una esposa “invisible” que, tras doce años relegada a la sombra de su marido, decide ponerse los tacones, recuperar su vida profesional y demostrar que, en una familia, el verdadero valor no está en quién encarga la música, sino en quién sabe bailarla.

¿Y adónde va a ir? Tienes que entenderme, Víctor, una mujer es como un coche de alquiler. Mientras pongas gasolina y pagues las revisiones, va donde tú le digas. Y mi Olalla, la compré con todo incluido hace ya doce años. Yo pago, yo elijo la música. Cómodo, ¿lo pillas? Ni opinión propia, ni jaquecas. Es un primor, la mía.

Sergio alzaba la voz gesticulando con una brocheta, de la que la grasa goteaba sobre las ascuas encendidas de la barbacoa, chisporroteando. Su convicción era tan firme como la certeza de que mañana sería lunes. Víctor, ese viejo amigo de la facultad, solo resoplaba. Olalla, de pie junto a la ventana abierta de la cocina, cortaba tomates para la ensalada, el jugo escurriéndose entre sus dedos, mientras en su cabeza resonaba aquel insufrible yo pago, yo elijo la música.

Doce años. Durante doce años no solo fue esposa: fue sombra, borrador, airbag personal. Sergio siempre se creyó un genio del derecho, la estrella del bufete. Ganaba casos imposibles, llegaba a casa con sobres abultados y los lanzaba sobre la mesilla con la suficiencia de un ganador.

Cuando Sergio, agotado, dormía, Olalla sacaba cuidadosamente los expedientes de su maletín, aquellos con los que llevaba días peleando, y corregía errores, reescribía frases torpes, buscaba en bases de datos las últimas reformas legales que a él se le pasaban por alto en su soberbia. Por la mañana, disimulaba:

Sergio, he echado un ojo por encima. ¿Quizá convenga citar la Ley de Arrendamientos Urbanos? Te dejé una notita.

Él siempre despachaba el consejo:

Ya estás con tus manías de mujer. Bueno, lo miraré.

Y por la tarde volvía a casa como un héroe. Jamás, ni una sola vez en todos esos años, dijo: Gracias, Olalla. Sin ti me habría estrellado. Él estaba convencido de que el mérito era suyo. Olalla, para qué engañarse, solo cocinaba cocidos.

Aquel atardecer en la casa de campo, Olalla no montó ninguna escena ni salió al porche dando un portazo ni volcó la barbacoa. Simplemente terminó la ensalada, la aliñó con aceite y vinagre y la puso en la mesa. ¿Así que eliges la música?, pensó, mirando cómo Sergio masticaba la carne sin saborearla realmente. Pues vamos a escuchar el silencio.

El lunes por la mañana Sergio correteaba por el piso buscando la corbata.

Olalla, ¿dónde está mi azul de la suerte? Hoy tengo reunión con el promotor.

En la estantería, segunda balda respondió ella con voz sosegada desde el baño.

La voz era tranquila, demasiado tranquila. Cuando él salió y cerró la puerta, Olalla no terminó su café ni encendió la tele. Abrió una vieja agenda. El número de don Borja Herrero, antiguo jefe suyo y de Sergio, llevaba veinte años igual.

¿Don Borja? Soy Olalla. Sí, la esposa de Sergio. No, él no sabe nada. Quería preguntarle: ¿aún necesita gente en el archivo? O alguien capaz de poner en orden un caos imposible

Hubo un silencio al teléfono. Don Borja recordaba a Olalla: sus trabajos brillantes, su mirada para detectar lo esencial entre un mar de papeles inútiles. Él fue el único, doce años atrás, que sentenció: Mal has hecho, Olalla, metiéndote en casa.

Ven, gruñó al fin. Tengo un marrón al que nadie se atreve. Si lo sacas, te contrato de fijo.

Por la tarde, Sergio regresó de mal humor. El promotor era cabezota, el caso avanzaba fatal. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sillón del recibidor, preguntando de inmediato:

¿Olalla, hay algo de cenar? Me comería un toro. Y, por cierto, la camisa blanca para mañana, plánchamela.

Silencio. En la cocina, la encimera brillaba: ni cazuela, ni sartén. No había absolutamente nada a la vista. Solo una nota sobre la mesa: La cena está en la nevera, empanadillas congeladas. Estoy cansada.

¿Cómo? Sergio miró la nota como si estuviera escrita en chino.

En ese momento, la cerradura sonó. Olalla entró cargando una carpeta. Llevaba puesto un traje de chaqueta que Sergio no veía desde la graduación del hijo en primaria y unos tacones.

¿Dónde has estado? preguntó atónito. ¿A qué viene ese disfraz?

He estado trabajando, Sergio contestó tranquila, descalzándose y pasando a su lado. En tu despacho, en el archivo. Don Borja me ha tomado de ayudante.

Sergio soltó una risa amarga y crispada.

¿Tú, trabajar? Venga, no me hagas reír. Llevas doce años sin coger nada más pesado que una espumadera. ¿En el archivo? ¡Si te ahogarás en polvo en dos días!

Ya veremos.

Se sirvió un vaso de agua.

¿Y qué? ¿Ahora tengo que cenar empanadillas? Encima que yo traigo el dinero y mantengo la casa

Ahora yo también trabajo. No es mucho aún, pero da para empanadillas. Y la plancha sigue donde lleva diez años: tuya es la camisa.

Ese fue solo el primer toque de aviso. Sergio pensó que sería cosa de la crisis de los cuarenta: hormonas, o lo que le ocurra a las mujeres. En una semana se le pasa. Que corra un rato, se decía mientras masticaba la masa gomosa de las empanadillas. Cuando vea lo que cuesta ganar dinero, será de nuevo un primor.

Pero pasó una semana, luego otra. Y la crisis no se iba. La casa ya no era ese mecanismo invisible del que Sergio presumía. Los calcetines dejaron de aparecer limpios y emparejados en el cajón, acumulándose en el cesto del baño. El polvo, antes imperceptible, campaba por las estanterías. La plancha de las camisas resultó ser un infierno: siempre una arruga de más, o la manga mal doblada.

Pero lo peor fue que Olalla dejó de ser su escuchadora. Antes, él llegaba y una hora entera se la pasaba quejándose: que los jueces son tontos, que el cliente es ratilla Ella escuchaba, asentía, le preparaba una infusión de hierbabuena y, sobre todo, le daba aquellos consejos que él luego hacía pasar por suyos. Ahora intentaba empezar la conversación.

¿Sabes qué, Víctor? Este Gómez vuelve a tumbarme la demanda. Yo le digo: pero hombre

Sergio, baja la voz, por favor replicaba Olalla sin despegar los ojos del portátil, rodeada de códigos legales en la mesa de la cocina. Mañana tengo que revisar un caso antiguo de concurso de acreedores. Es un lío infernal.

Pero ¿a quién le importa ese concurso tuyo? estallaba él. ¡Yo tengo un acuerdo en juego!

Mi trabajo existe para mi dignidad.

Se enfadaba, sentía el suelo abrirse bajo sus pies. Sin los consejos de ella, comenzó a cometer errores, pequeños pero humillantes: olvidaba plazos, confundía apellidos en contratos. La jefatura, y don Borja, cada vez le miraban peor. Pero a Olalla le lanzaban miradas de respeto.

Resultó que aquel caos de archivo lo resolvió Olalla en tres días. Encontró documentos que creían perdidos. La subieron al área común, justo frente a los becarios. Sergio veía su espalda a diario: recta, orgullosa. Caminaba diferente, sin el arrastrar de ama de casa cansada. Sus tacones resonaban decididos.

La tormenta llegó al mes: un cliente de oro para el despacho. Doña Elena Vega, dueña de una red de clínicas privadas. Una señora de carácter y mano de hierro, sin una pizca de paciencia. Litigaba contra un antiguo socio que, según ella, intentaba quedarse con la mitad del negocio con documentos falsos. El caso se lo dieron a Sergio: su oportunidad para limpiar su imagen.

La reviento, presumía en casa, cortando chorizo directamente en la mesa porque ni una tabla encontraba limpia. Lo tengo clarísimo. Pedimos peritaje, traemos testigos.

Olalla seguía leyendo.

¿Me oyes? ¡Digo que el caso está chupado! Con el bono, te compraré un abrigo de piel. ¿Vuelves ya a la normalidad?

Ella bajó el libro despacio y lo miró, larga y enigmáticamente.

No quiero abrigos, Sergio. Solo que dejes de comportarte como un pavo real. La Vega no tolera la presión. Es de la escuela antigua. No vayas con prepotencia: hay que saber hablarle.

Bah, psicóloga de pacotilla bufó él.

El día señalado, la tensión en la sala de reuniones se cortaba a cuchillo. Doña Elena Vega, menuda y con ojos de taladro, presidía la mesa. Sergio iba de un lado a otro, tirando de tecnicismos, mostrando gráficos:

Bloquearemos sus cuentas. Les obligaremos a ceder.

No me escucha. No quiero arruinar a nadie. Ese hombre es mi ahijado. Actúa mal, pero no quiero verle en la cárcel. Quiero recuperar mis clínicas y que desaparezca de mi vida, sin escándalos. ¿Y usted qué me ofrece?

Sergio se atascó.

Pero, doña Elena, no hay otra manera Si flaqueamos en juicio

Está fuera del caso dijo ella, quedamente, poniéndose en pie y recogiendo el bolso. Don Borja, esto es muy decepcionante. Pensé que tenía usted profesionales, no bulldozers.

Don Borja se volvió pálido: perder ese cliente suponía un agujero de veinte mil euros en el presupuesto. Sergio sentía arder sus mejillas. En ese momento se abrió la puerta. Apareció Olalla con una bandeja de té. La secretaria estaba de baja, y pidieron ayudar a los nuevos. Ella vio la escena: la espalda de la Vega alejándose, la desesperación de su marido. Cualquiera se hubiera regodeado: Música pedías, pues baila. Pero Olalla era una profesional. La profesional que durmió apagada doce años, acababa de despertar.

Doña Elena dijo, suavemente pero con firmeza.

La Vega se detuvo sin girarse.

Perdone, solo le traía el té con tomillo, como le gusta prosiguió Olalla. Lleva razón sobre su ahijado. En el 98 hubo un caso idéntico. Se resolvió sin juicio con acuerdo privado y cláusula de silencio. Ambas partes salvaron así el honor.

La Vega se volvió. Su mirada taladraba.

¿Cómo lo sabe? Era un asunto confidencial.

Estudiando el archivo contestó Olalla, colocando la bandeja. No le temblaban las manos.

Y, si me permite, existe una opción técnica. El pagaré es nulo, no por la firma, sino por un defecto formal: le falta un requisito. No hace falta acusar de falsificación. Su ahijado no estará condenado, y usted tendrá tranquilidad.

Reinó un silencio de plomo. Sergio miró a su esposa como si le hubieran crecido dos cabezas. ¿Sabía él del defecto formal? Ni siquiera lo examinó: fue directo a la ofensiva.

La Vega volvió, se sentó.

¿Té con tomillo, dice? Por primera vez sonrió, el rostro ablandado. Sírveme y cuéntame ese defecto. Y tú, miró a Sergio, sin mirarle, siéntate y aprende.

Durante dos horas, dirigió Olalla la conversación. Sergio removía el bolígrafo entre los dedos. Escuchó a su mujer cómoda desmontar toda una ingeniería jurídica con palabras sencillas, sin avasallar, sugiriendo soluciones.

Cuando la Vega firmó el contrato, don Borja fue hacia Olalla y estrechó su mano:

Doña Olalla, le espero mañana en dirección. Hablaremos de su nuevo puesto. ¡Basta ya de archivos!

De regreso a casa, los dos callados. La radio sonaba con música comercial. Sergio solía poner las noticias, pero no quiso moverse. Su mundo, ese lugar donde él era rey y Olalla una figura práctica, se había venido abajo. Y de sus ruinas surgía una mujer extraña: fuerte, inteligente, brillante. Y lo peor es que ella siempre lo había sido. Solo que él estaba ciego.

En casa, la penumbra era total. El hijo aún no había vuelto. Sergio se descalzó, fue a la cocina y se sentó a la mesa vacía. Olalla entró al dormitorio y se cambió. Él miraba sus propias manos, abrumado por una vergüenza que quemaba: no por el descalabro laboral, sino por aquella frase en la finca: yo pago.

Olalla regresó en ropa cómoda, desmaquillada, el rostro relajado y vivo. Abrió la nevera, sacó unos huevos, encendió la sartén.

Olalla

La voz de Sergio se quebró. Ella no giró la cabeza, cascó un huevo contra la sartén.

Déjame hacerlo a mí.

Se acercó torpemente, dispuesto a coger la espátula.

Suelta, siéntate, estás cansada.

Olalla dejó la espátula y se fue a la mesa. Le miró batallar: el huevo se rompía, se le quemaba, él farfullaba en voz baja. Cuando puso el plato ante ella, era una tortilla irregular y requemada.

Perdóname dijo, mirando al mantel.

Olalla cogió el tenedor.

Creo que está comestible.

Hoy he comprendido le costaba articularlo. Tú has sido siempre quien me salvaba. No solo hoy. Sé que corregías mis documentos. Me acomodé, fui un engreído.

Le miró asustado, temiendo que ella se fuera. Ahora podía marcharse: tenía trabajo, respeto, dinero. Ya no dependía de él.

No me voy a ir, Sergio respondió ella a la pregunta no formulada. Al menos por ahora. Diez años dan para mucho. Pero las reglas cambian.

¿Cómo? preguntó ansioso. ¿Qué debo hacer?

Respetar.

Mordió un trozo de pan.

Solo respeto. No soy tu alfombra. Soy persona. Y tu compañera, en casa y fuera. Repartimos las tareas. No es ayudar a la esposa. Es hacer tu parte. ¿Lo entiendes?

Lo entiendo asintió él.

Y era verdad.

¿Puedo cenar ya? sonrió Sergio, cogiendo el tenedor.

La tortilla estaba insípida, algo quemada, pero le supo como ningún manjar en años. Porque aquella cena por primera vez no era un servicio. Era una cena de iguales.

Hoy aprendí que el respeto, más que el dinero, es la base sobre la que una pareja puede reconstruir su mundo. Y doy gracias por ello.

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MagistrUm
—¿Y a dónde va a ir ella? Mira, Víctor, tienes que entenderlo: una mujer es como un coche de alquiler. Mientras le pongas gasolina y pagues las revisiones, va donde tú quieras. Pero mi Olguita, yo la compré con todo incluido hace doce años. Pago yo, así que la música la elijo yo. Es cómodo, ¿sabes? Sin opinión propia, sin dolores de cabeza. Es toda de seda, mi mujer. Una historia sobre la comodidad, el desprecio y el despertar de una esposa “invisible” que, tras doce años relegada a la sombra de su marido, decide ponerse los tacones, recuperar su vida profesional y demostrar que, en una familia, el verdadero valor no está en quién encarga la música, sino en quién sabe bailarla.