Un día vi a mi hermana gemela, radiante de felicidad, paseando por una tienda de la Gran Vía del brazo de un hombre distinguido, ambos luciendo alianzas

Un día, veo a mi hermana gemela en una tienda de moda en pleno centro de Madrid, caminando de la mano de un hombre elegante y llevando ambos unas alianzas de oro.

Celia y su hermana gemela, Inés, siempre estuvieron unidas desde que nacieron. Eran mejores amigas, jugaban juntas, compartían sus secretos e incluso soportaban los castigos en compañía. Siempre se defendían la una a la otra. Sus padres las vestían igual, y aunque ya adultas podían escoger la ropa que querían, ellas preferían vestir de manera parecida; llevaban con orgullo ser gemelas.

La familia de las hermanas era humilde y los ingresos bastante justos. Cuando Celia se marchó a estudiar a la Universidad Complutense, Inés intentó seguir sus pasos, pero no le fue posible. Fue una enorme decepción tanto para ella como para sus padres. Sin embargo, sus padres hacían todo lo posible para pagarlas las matrículas, deseando que ambas tuvieran la oportunidad de formarse bien. Inés sentía un gran pudor porque el dinero no alcanzaba, y cada euro gastado en su educación parecía pesarle a toda la familia. Se sentía incluso avergonzada de la situación, pues aunque intentara ajustar el presupuesto, nunca llegaba al final de mes como debía.

Una noche, durante una cena familiar, la abuela de las gemelas, tras tomar un par de copas de vino de Rioja de más, empezó a murmurar y reveló un secreto bien guardado. Contó que, al enterarse de que tendrían dos hijas, sus padres pensaron en dar en adopción a la más pequeña por no poder afrontar el coste de ambas. Esa hija menor no era otra que Inés.

Inés no podía creer lo que oía. Se sintió herida y humillada por semejante injusticia. Aunque intentaron tranquilizarla, ya nada podía repararlo. Pensó que la querían menos que a su hermana, y decidió tomar cartas en el asunto: fue a la universidad y solicitó que se le dieran de baja todos los papeles.

Desde entonces, empezó a culpar a Celia de todo lo malo: si ella no hubiese estado, nadie habría pensado en separarse de Inés. Sentía que sería la más querida y mimada si su hermana no existiera. Eso fue el principio del fin para la familia: la buena relación entre las gemelas desapareció. Cada una empezó a hacer su vida de manera independiente.

Celia conoció a un hombre, se casó con él en la Iglesia de San Sebastián y tuvo un hijo precioso. Las hermanas dejaron de hablarse y sólo coincidieron una vez en casa de sus padres. Aquel día, Inés se comportó con gran altanería: no perdió ocasión para lanzar comentarios mordaces y criticar el aspecto de Celia.

La siguiente vez que se cruzaron fue por casualidad, en pleno centro comercial de Gran Vía. Inés iba vestida con mucha elegancia y de la mano de un caballero que por su presencia y traje parecía alguien de importancia. Llevaban anillos de boda a juego y Celia pensó que debía ser su marido.

Celia, incómoda pero esperando olvidar viejos rencores, se acercó deprisa para abrazar a Inés. Sin embargo, Inés dio un paso atrás y la miró como si fuera una desconocida. Celia se sintió fuera de lugar, paralizada, mientras su hermana se alejaba hacia un coche de alta gama que la esperaba en la puerta.

Más adelante, se vieron de nuevo en casa de los padres. Inés atacó a Celia con comentarios despectivos, diciéndole que su aspecto la deslucía, que no era digna de representar a la familia, y remarcando que no cuidaba su presencia.

En parte, Inés tenía razón. Celia llevaba el pelo rizado y nunca lo alisaba, usaba poco maquillaje y prefería ropa sencilla, a diferencia de Inés, que siempre iba impecablemente peinada, con lentillas, maquillaje y tratándose en los mejores salones de belleza.

Celia se sintió profundamente ofendida. No entendía cómo podía su propia hermana, con quien compartió tantos momentos de infancia, haberse convertido en alguien tan distante y mordaz. ¿De dónde había brotado tanto resentimiento?

Bastó con que su madre le suplicara que, por favor, no guardara rencor a Inés. Le pidió que le dejara ser feliz a su manera, que ni se acercara y que no interfiriera jamás en su vida.

Desde entonces, Celia solo puede visitar a sus padres en Salamanca si antes avisa por teléfono o recibe una invitación expresa, para así evitar cruzarse con Inés. Una sola confesión ha bastado para que la vida de toda la familia cambie para siempre.

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Un día vi a mi hermana gemela, radiante de felicidad, paseando por una tienda de la Gran Vía del brazo de un hombre distinguido, ambos luciendo alianzas