Inés, algo tenemos que hacer suspiró Carmen al otro lado del hilo, su voz deslizándose por el teléfono como el humo de un sueño viejo.
¿Qué pasa? contestó Lucía, la hermana pequeña, con un deje de inquietud extraño, una mosca de presagio revoloteando en el estómago. La llamada de la mayor ya le había tensado las ideas: casi siempre se mandaban audios fugaces por WhatsApp, pero Carmen había exigido hablar por teléfono aquella tarde de domingo, en la que el cielo de Valladolid era más blanco que nunca.
Mamá ya no puede seguir sola, Lucía acusó Carmen, como quien escoge el cuchillo más pulido del cajón. Si hablaras con ella más a menudo, lo sabrías. Pero claro dejó suspirar la frase, larga y ácida.
¡Venga, no empieces! Dímelo claro. ¿Qué me ocultas?
Fue un instante líquido en el que el pasado y el presente se mezclaron. Carmen suspiró, como quien cuenta sus costillas, sabiendo que Lucía, tan autosuficiente y respondona desde hacía años, saltaría al menor roce.
Te recuerdo que mamá tiene ya setenta y tres. La tensión nunca la deja en paz, y cada mañana se levanta más floja, como si se hubiera dejado la mitad de la vida entre las sábanas. Apenas tiene fuerzas para preparar la comida o barrer el suelo, y ya ni hablamos de ir a por barras de pan. Menos mal que la vecina, Pilar Arribas, le sube alguna cosilla.
¿Estás insinuando que mamá pasa hambre? contestó Lucía, tensa, como si temblara la voz en la travesía de un puente.
¡Claro que no! exclamó Carmen, con una mueca invisible. Yo voy cada dos semanas, le llevo de todo. Pero sin ayuda, ya no tira. ¿Y si un día se cae y se rompe algo? Con su peso, atenderla sola sería casi imposible.
Se hizo entonces un silencio tan grueso, que parecía que desde el auricular salían polillas. Carmen e Inés miraron dentro de esos vacíos que solo conocen los hijos. Su madre, Dolores Martín, siempre había sido más bien redonda, y con los años había engordado todavía más. Amante de la buena mesa y enemiga jurada de cualquier insinuación sobre dietas, montaba en cólera cada vez que sus hijas intentaban cuidarla.
Y está tan sola llora conmigo cuando me despido. Jura que nadie la quiere, que la hemos dejado en una esquina del mundo añadió Carmen. Esto es inaguantable.
¿Y entonces? ¿Qué propones? La voz de Lucía flotó en el aire, un poco estrangulada, como buscando orillas donde anclarse.
Carmen respiró hondo, y la bruma del sueño la envolvió más. Ya era un ritual: cada año hablar con Lucía era como escalar por una escalera de cristal.
Creo que deberías irte a vivir con mamá.
¡Qué barbaridad! ¿Y por qué no vas tú, Carmen? A ver déjame adivinar: que si tu Pedrito, tu marido maravilloso, y el hijo de él, Rubén, que tiene veinticinco y aún duerme en nido ¿Verdad?
Lucía, no te pongas así
¡Lo que no entiendo es por qué tienes esa manía de decidirlo todo tú! ¡Nunca cuentas conmigo! gritó Lucía. A su manera, las leyes familiares son siempre un corredor tapizado de espejos donde nadie quiere mirarse.
¿Y cuándo mamá daba vueltas entre papá enfermo y vosotras? Venía de la aldea con los tuppers, se quedaba a cuidar a María para que tú hija preferida, cómo no tuvieses hueco para descansar. ¿Te molestó entonces? ¿Te quejaste alguna vez?
Hubo una pausa. Lucía reconoció la verdad con ese temblor de las confesiones secretas. Sí, fue así: tras su breve y desastroso matrimonio con el padre de María, y una suegra que, aunque siempre sonriente, los había permitido vivir en su piso de Salamanca hasta que la niña cumpliese los dieciocho, la ayuda de sus padres fue una bendición casi sobrenatural. El padre de María apenas pagaba la pensión, y Lucía vivía como una ardilla entre empleos precarios, mientras su madre llenaba el vacío con croquetas y ternura.
Al fin, la exsuegra cumplió con su promesa: al soplar los dieciocho, pidió el piso y Lucía se fue a Madrid, encadenando trabajos y habitaciones alquiladas. Ya hacía años, y aunque la vida era dura, sentía una extraña paz, lejos de la aldea y los ruegos familiares, en una gran urbe donde la gente pasa como sombras.
¡Claro, tú que vas a saber de criar sola a una hija! le soltó ahora, como un dardo envenenado, con el filo frío del reproche. Ojalá te hubieses visto como yo.
Ahora fue Carmen la que tardó en responder. La suya, la vida que soñó, era un espejo astillado. Estudió contabilidad en Valladolid, creyendo que así lograría un buen matrimonio. Pero los hombres que se cruzaron en su vida borrachos, niños mimados, vividores, le llenaron el alma de años huecos. Finalmente, con treinta y nueve, apareció Pedro: tres más que ella, viudo con un hijo aún de pantalones cortos. Electricista de manos prodigiosas, reparaba cualquier cosa en la comunidad. No bebía, apenas hablaba, y era tan meticuloso que mirar cómo doblaba las camisas desgastaba los nervios.
Carmen se enamoró locamente. Llevaban catorce años de convivencia, y aunque nunca pudo tener hijos propios, Pedro y el hijo de él eran su familia. Ella no iba a perderlo todo por nada del mundo.
Pensé en traer a mamá a casa murmuró, la voz gastada , pero no quiere ni oír hablar de dejar la aldea.
¿De verdad? ¿Y Pedro no pone objeciones? ¿O ni se lo has dicho aún, porque sabías que ella no aceptaría? se burló Lucía. Siempre igual, Carmen.
¡Basta! No es momento de bromas respondió la mayor.
Ya hemos hablado bastante zanjó la pequeña. Y colgó.
Niebla.
Carmen apretó el teléfono, mirando sin ver la mesa de formica bajo la luz cruda de la cocina, como si esperara ver aparecer a su madre saludándola desde la esquina del pasillo.
La solución perfecta sería Lucía mudándose al pueblo. Carmen aportaría dinero, iría cada semana. Internet hay, así que Lucía podría trabajar online. Pero su hermana, la eterna niña mimada, no haría la vida fácil. No ahora.
Al día siguiente, Lucía envió un mensaje: He hablado con mamá. Dice que está bien, que no necesita niñeras. Ya basta de dramatizar. Carmen ni respondió. ¿Para qué? Lucía apenas llama a su madre una vez al mes. La vieja Dolores, por no preocuparla, le cuenta medias verdades y calla las penas.
Pero Carmen es muralla de huidas: escucha sollozos cada semana, duerme poco, y en casa hasta Pedro, poco dado a palabras, ya le pregunta si pasa algo. Carmen no quiere preocupar a su marido, pero tampoco encuentra salida. Ni para pagar una cuidadora le llega el sueldo: el euro se escurre entre los dedos como polvo de tiza.
¡A ver, Carmen! irrumpió Pedro, dejando caer el vaso como el badajo de una campana. Llevo tres meses viéndote rara. Dime de una vez qué te pasa, mujer.
Ella rompió a llorar, sólo un poco antes de recomponerse y explicarle la situación.
¿Por qué no me lo has contado antes? la miró Pedro, profundo y serio.
No quería cargarte musitó ella, con la cabeza baja.
Ya veo. Pedro se levantó. Gracias por la cena. Me voy a la cama.
Ni siquiera puso las noticias. Carmen se quedó, presa de la zozobra que sólo tienen los que desvelan secretos.
La noche fue una tormenta sin descanso, y al levantarse, con la alarma muda y el día colándose por la ventana, Carmen se sintió aún peor. Pero Pedro ya estaba en la cocina, tomando café y leyendo algo en el móvil.
¿Ya despierta? le dijo, con la voz ronca pero serena.
Sí, sí, Pedro. Ahora mismo te hago el desayuno balbuceó ella, buscando quehacer entre los cajones.
Siéntate, tenemos que hablar.
Carmen se hundió en el banco de la cocina, esperando el martillo.
He dado muchas vueltas. Nadie debe dejar a sus mayores solos. Mi madre no llegó a la vejez Ahora me toca a mí. Lo he pensado bien: vamos a mudarnos al pueblo, Carmen.
Ella casi se cae de la silla, los colores del sueño arremolinándose entre sus gestos.
¿Estás seguro, Pedro?
Completamente. ¿O crees que me he olvidado de lo bien que cuidó Dolores a mi hijo en los veranos? Ella es familia. Además, llevo años soñando con volver a la tierra. Si mi suegra está de acuerdo, claro.
Carmen le miró como si viese al hombre por primera vez, flotando entre la duda y el asombro. ¿Sería aquello una visión o una verdad derretida en la luz de la cocina?
¿Y Rubén? preguntó, sin saber si estaba despierta.
Rubén es un hombre hecho y derecho, con trabajo y piso. Le hará ilusión quedarse solo, ya lo verás.
¡Ay, Pedro! exclamó, lanzándose a sus brazos, olvidando por un momento lo poco que a él le gustaban los aspavientos.
Pero Pedro no la apartó. Le acarició los hombros, susurrando con ternura de tierra mojada:
Tranquila. Todo saldrá bien.
Carmen quería creerlo. Quizá, al fin y al cabo, sólo estaba soñando. O tal vez el sueño era este abrazo.







