La casa de nadie Santiago se despertó sin alarma, como siempre, a las seis y media. El piso estaba en silencio, solo la nevera murmuraba quedamente en la cocina. Se quedó tumbado un minuto, escuchando ese sonido, y estiró la mano hacia la repisa para coger las gafas. Fuera empezaba a clarear; algún coche deslizaba su rumor sobre el asfalto mojado. Antes, a esa hora, él se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba al vecino encender la radio tras la pared. Ahora, el vecino seguía fiel a la radio, pero él permanecía acostado, pensando a qué dedicaría el día. Formalmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo según rutinas. Se incorporó, se puso un chándal y fue a la cocina. Puso el hervidor de agua, sacó un trozo de barra de pan de la panera. Mientras el agua se calentaba, se asomó a la ventana. Séptimo piso, bloque de hormigón, patio con columpios. Allí abajo, bajo su ventana, estaba su vieja “Renault 4” cubierta de polvo. Pensó, casi sin querer, que debería pasar por el garaje, asegurarse de que el tejado no goteara. El garaje estaba en el barrio de al lado, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí media vida, trasteando con el coche, cambiando el aceite, charlando con los vecinos sobre el precio de la gasolina o el fútbol. Luego, todo se fue volviendo más sencillo: talleres, tiendas en internet, pago a dos clics. Pero nunca abandonó el garaje. Allí se apilaban sus herramientas, neumáticos usados, cajas con cables, madera, “cosas de la casa”, solía decir. Y la casa de campo, el “chalet” de la sociedad de huertos a las afueras. De madera, con un porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cerraba los ojos y veía esos tablones, las grietas en el suelo, escuchaba la lluvia golpear el tejado. El terreno lo heredaron él y su esposa de los padres de ella. Hace veintitantos años iban casi cada fin de semana con los niños. Cavaban huertos, freían patatas, ponían la radio encima del taburete. Su mujer llevaba ya cuatro años ausente. Los hijos habían crecido, se habían mudado a sus propios pisos, fundando familia. La casa y el garaje seguían con él, como si le mantuvieran anclado en algún sistema reconocible. Aquí el piso, allí el campo, allá el garaje. Todo en su sitio, todo claro. El hervidor silbido. Santiago preparó el té, se sentó a la mesa. En una silla de enfrente estaba el jersey que dobló ayer. Comió el bocadillo, miraba el jersey y pensaba en la conversación de la víspera. Ayer por la tarde vinieron los hijos. El hijo con su mujer y el nieto pequeño. La hija con su pareja. Tomaron té, charlaron de las vacaciones. Luego el tema giró hacia el dinero. Como casi siempre últimamente. El hijo explicó que la hipoteca les ahogaba, los intereses subían. La hija se quejaba de la guardería cara, las actividades extraescolares, el gasto en ropa. Santiago asentía escuchando. Él también había contado las monedas hasta final de mes, pero entonces no tenía ni campo ni garaje. Solo una habitación de alquiler y esperanza. Entonces el hijo, vacilante, dijo: ― Papá, hemos estado pensando… y también lo hablé con Lucía. Quizá podrías vender algo. La casa de campo, por ejemplo. O el garaje. Apenas vas. Santiago lo tomó a broma, cambió el tema, pero por la noche no se dormía. “Apenas vas”, ese eco martillaba su cabeza. Terminó el desayuno, fregó la taza. Miró el reloj. Eran las ocho. Decidió que ese día iría al campo. Ver cómo estaba tras el invierno. Y de paso… demostrar algo, al menos a sí mismo. Se abrigó, cogió las llaves del garaje y del terreno, las metió en el bolsillo. Se detuvo un momento ante el espejo viejo del recibidor. En la imagen —canas, ojos algo cansados, pero aún firme. No tan mayor. Alisó el cuello del abrigo y salió. Paró en el garaje a recoger algunas herramientas. El candado chirrió, la puerta costó abrirla. Dentro olía a gasolina, polvo y trapos viejos. En las estanterías, botes con tornillos, cajas de cables, una cinta de casete marcada a rotulador. Telarañas bajo el techo. Santiago paseó la mirada. El gato hidráulico de su primer coche. Listones guardados para la banca del campo que nunca llegó a construir. Pero ahí estaban, esperando. Cogió la caja de herramientas, varias garrafas plásticas, cerró y se marchó. El viaje hasta la finca duró cerca de una hora. La nieve sucia aún manchaba las cunetas, aquí y allá asomaba la tierra negra. Por la urbanización reinaba el silencio. Demasiado pronto para que llegara mucha gente. La portera, envuelta en plumas, le saludó con la cabeza. La casa lo recibió con la misma quietud del entretiempo. La valla de madera, la cancela torcida, el sendero hacia el porche alfombrado de hojas secas. Dentro olía a madera y encierro. Abrió las ventanas. Sacudió la colcha de la cama. En la pequeña cocina seguía la olla esmaltada en que antaño preparaban compota. Un manojo de llaves, colgado en una alcayata, contenía la del cobertizo de las herramientas del huerto. Recorrió la casa, acarició con la mano las paredes, los pomos. En el cuarto de los niños se mantenía la litera. En la parte de arriba, el oso de peluche con una oreja desgarrada. Recordaba al hijo llorando por esa oreja, a él atándola con cinta adhesiva por no tener pegamento. Salió a la parcela. La nieve casi derretida, la tierra húmeda. En la esquina del solar permanecía la barbacoa oxidada. Recordó los días de carne a la brasa, las tardes con su mujer en el porche bebiendo té, oyendo las risas de algún vecino. Suspiró y se puso manos a la obra. Limpiar el sendero, arreglar la tabla coja del porche, revisar el tejado. En el cobertizo halló una silla de plástico vieja; la sacó, se sentó al sol. Ya calentaba. Miró el móvil, la lista de llamadas. El hijo anoche. La hija escribió por mensaje, “tenemos que hablar con calma, papá, no estamos en contra del campo, pero pensemos con cabeza”. “Con cabeza”, esa expresión cada semana más frecuente. Con cabeza: el dinero no debe estar parado. Con cabeza: un mayor no tiene que matarse con el campo y el garaje. Con cabeza: ayudar a los jóvenes mientras puedas. Él los entendía. Lo sabía bien. Pero sentado en la silla, oyendo ladridos lejanos, goteos del tejado, lo de pensar “con cabeza” quedaba al margen. Allí, no todo era cálculo. Santiago se levantó, dio otra vuelta al jardín, cerró la casa, colgó el candado pesado. Se metió en el coche y regresó a Madrid. A la hora de comer ya estaba en casa. Colgó el abrigo, la bolsa de herramientas en la entrada. Encendió el hervidor y solo entonces vio la nota en la mesa: “Papá, pasamos por la tarde, hablamos. S.” Se sentó con las manos sobre la mesa. Así que era hoy. Hoy hablaría en serio, sin chascarrillos. Por la tarde llegaron los tres. El hijo con esposa, la hija, dejaron al nieto con los suegros. Santiago abrió, saludó, los dejó entrar en el pasillo. El hijo, sin mirar, dejó el abrigo como de niño. En la cocina, rodearon la mesa. Santiago puso té, galletas, dulces. Nadie los tocó. Unos minutos de charla trivial: el nieto, el trabajo, el tráfico. Luego la hija miró al hermano; él asintió y ella dijo: ― Papá, vamos a hablar de verdad. No queremos forzarte, pero… tenemos que decidir algo. Santiago sintió un nudo. Asintió: ― Hablad. El hijo tomó la palabra: ― Mira, tienes este piso, el campo y el garaje. El piso es sagrado, ni lo mencionamos. Pero el campo… Tú mismo dices que cuesta mantenerlo. Año tras año hay gastos. ― He estado hoy, —dijo Santiago en voz baja—. Y está bien. ― Bueno, ahora está bien, —se metió la nuera—. ¿Y dentro de cinco o diez años? No vas a ser eterno, perdona que lo diga. Tenemos que pensarlo. Desvió la mirada. Aquello de no ser eterno sonó duro, aunque quizás no era su intención. La hija, más suave: ― Papá, no es que queramos deshacernos de nada. Pensamos que podrías vender el campo y el garaje, repartir el dinero. Parte para ti, para vivir tranquilo; parte para Santi y para mí. Amortizaríamos hipoteca. Siempre dijiste que querrías ayudarnos. Lo había dicho. Al jubilarse, aún con algún contrato. Entonces creía que aguantaría mucho, que podría seguir ayudando. ― Ya ayudo, —replicó—. Recojo al nieto, os compro víveres. El hijo soltó una risa nerviosa: ― Papá, no es eso. Ahora necesitamos una suma de verdad, para respirar. Los intereses, ya ves… No pedimos que lo des todo. Solo… hay propiedades ahí, paradas. Eso de “propiedades” sonaba extraño en esa cocina. Santiago notaba levantar un muro invisible de cifras y contratos entre ellos. Tomó su taza, un sorbo ya frío. ― Para vosotros son propiedades, —dijo despacio—. Para mí son… Buscó la palabra. ― …trozos de vida. El garaje lo construí con mi padre, él aún vivía. Íbamos los dos con los ladrillos. Y el campo… Allí crecisteis vosotros. Su hija bajó los ojos. El hijo dudó, luego habló más blando: ― Lo sabemos. De verdad. Pero apenas vas. Vemos que está parado. No vas a poder solo. ― Hoy he estado allí, —repitió—. Todo bien. ― Hoy, —contestó el hijo—. ¿Y antes? ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Clavado el rumor del viejo reloj desde el dormitorio. Era como hablar de su vejez como de una empresa: optimizar gastos, repartir activos. ― De acuerdo, —dijo—. ¿Qué proponéis exactamente? El hijo se animó ―se notaba que ya lo tenían hablado―: ― Conocemos a una inmobiliaria. Ha dicho que por el campo dan buen dinero. El garaje también lo vendemos. Nosotros nos encargamos de todo: visitas, papeles. Solo haría falta una autorización. ― ¿Y el piso?—preguntó Santiago. ― El piso no se toca —intervino rápido la hija—. Ese es tu hogar. Él asintió. “Hogar” sonaba distinto. ¿Es solo el piso? ¿El campo también? ¿El garaje donde pasaba horas, jurando contra los tornillos, pero sintiéndose útil? Se levantó, se acercó a la ventana. En el patio empezaban a encenderse farolas. Todo igual que hace veinte años; solo cambiaban los coches, y los críos ahora jugaban con móviles. ― ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin volverse. Más silencio. Por fin la hija, cauta: ― Es tuyo, claro. Tú decides. No podemos forzarte. Solo… nos preocupá. Tú mismo dices que te cuesta. ― Me cuesta, —admitió—. Pero aún decido yo a qué dedicarme. El hijo suspiró: ― Papá, no queremos discutir contigo. Pero honestamente, parece que te aferras a las cosas y nosotros lo pasamos mal. Pensamos en qué pasará si te pones enfermo. ¿Quién irá al campo, quién se ocupa de eso? Sintió un pinchazo de culpa. Él también lo había pensado: ¿qué harían si faltase de repente? Los hijos ceñidos a trámites, herencias, papeles, decidir a quién corresponde cada cosa. Sí, sería duro. Volvió a la mesa, se sentó. ― Y si… —empezó, dudó—. Si pongo el campo a vuestro nombre, pero sigo yendo mientras pueda? Se miraron los dos. La nuera frunció el ceño: ― Papá, entonces el problema seguiría. No podríamos ir tanto como quieres. Tenemos trabajo, niños… ― No pido que vayáis. Yo solo. Mientras pueda. Luego… vosotros veréis. Sabía que ofrecía un compromiso. Para él, conservar el sitio que era más que tierra. Para ellos, asegurarse la titularidad, sin líos hereditarios. La hija lo meditó: ― Es una opción, —dijo—. Pero siendo sinceros, dudo que lleguemos a usar el campo. Tenemos otros planes. Y pensamos, quizás hasta mudarnos de ciudad. Allá la vida es más fácil. Santiago se estremeció. No lo sabía. El hijo también alzó las cejas. ― Eso no lo sabía, —repuso él al hermano. ― Solo estamos pensándolo, —respondió la hija—. Pero para nosotros el campo no es lo que fue para ti. No vemos futuro en él. Captó esa palabra, “futuro”. Para ellos, en otros lugares, planes, pisos. Para él, el futuro cabía en unas coordenadas fijas: piso, campo, garaje. Lugares que conocía palmo a palmo. La charla se enredó veinte minutos. Ellos daban cifras, él recuerdos. Ellos salud, él la certeza de acabar consumido si le privaban de tarea. El hijo, cansado, soltó con brusquedad: ― Papá, no vas a estar siempre cavando. Llegará el día que no puedas ir. ¿Entonces? ¿Se vendrá todo abajo? ¿Iremos una vez al año a ver las ruinas? Santiago notó encenderse rabia. ― ¿Ruinas? —dijo—. ¡¡¡Jugabas ahí de niño… en esas ‘ruinas’!!! ― De niño, —respondió el hijo—. Pero he crecido. Ahora tengo otras prioridades. Palabras suspendidas. La hija trató de suavizar: ― Santi, por favor… Ya era tarde. Santiago vio, brutalmente claro, que hablaban idiomas distintos. Para él, el campo era la vida vivida. Para ellos, un pasado entrañable, pero prescindible. Se puso en pie. ― Está bien —zanjó—. Dejadme pensarlo. Hoy no. Ni mañana. Dadme tiempo. ― Papá, —la hija titubeó— tampoco podemos esperar mucho. Vence la próxima cuota… ― Entiendo —le cortó él—. Pero vosotros entendéis: esto no es como vender un armario. Se hizo el silencio. Empezaron a prepararse para irse. En el recibidor se entretuvieron con los zapatos. La hija le abrazó, la mejilla pegada. ― No es que odiemos el campo, papá, —murmuró—. Solo tenemos miedo por ti. Él asintió, sin confiar en la voz. Cuando se cerró la puerta, el piso se llenó de silencio. Santiago fue a la cocina, se sentó. Quedaban las tazas a medio beber, el plato de galletas. Las miró y sintió una fatiga enorme. Quedó allí sentado sin encender la luz. Afuera oscurecía, las ventanas de enfrente se iban iluminando. En algún momento se levantó, buscó en el armario la carpeta de los papeles. DNI, escrituras del campo, el garaje. Hojeó, se detuvo en el plano de la finca. Un rectángulo diminuto, dividido en cuadros del huerto. Pasó el dedo por las líneas, como por caminos de verdad. Al día siguiente fue al garaje. Hacía falta hacer algo físico. Dentro estaba fresco. Abrió la puerta para dejar entrar la luz. Sacó las herramientas, revisó cajas. Parte del viejo trasto la decidió tirar: piezas rotas, tornillos oxidados, cables “por si acaso”. El vecino, Justo, más mayor, asomó: ― ¿Qué, tirando trastos? ― Poniendo orden, —repuso Santiago—. Viendo qué me sirve aún y qué no. ― Muy bien —asintió el vecino—. Yo vendí el mío, el garaje. El chaval necesitaba dinero para el coche. Ahora sin garaje, pero mi hijo contento. Santiago no dijo nada. El vecino se fue, él permaneció entre sus cajas y pensamientos. Vender — hijo contento. Como una chaqueta vieja. Tomó una llave inglesa, pesada, la empuñadura pulida. La manejó como si apretase un tornillo. Recordó cuando el hijo, niño, pedía también girar tornillos. Entonces creyó que estarían siempre cerca. El garaje, el campo, el coche, casi una lengua común. Ahora esa lengua era ajena para su hijo. Por la noche volvió a sacar los papeles. Quedó sentado largo rato, acabó llamando a la hija. ― Lo he decidido, —anunció—. El campo lo ponéis a medias Santi y tú. Pero no lo vendemos aún. Yo sigo yendo mientras pueda. Después… veréis. Pausa. ― ¿Estás seguro, papá? —preguntó ella. ― Seguro —contestó, aunque la seguridad no era plena. Sentía que perdía algo vital, pero no veía otra salida. ― Vale —aceptó la hija—. Mañana nos vemos y lo organizamos. Colgó y siguió sentado. La casa en silencio. Sintió, junto al cansancio, cierto alivio. El tipo de decisión a la que no puedes volver la espalda. En una semana fueron al notario. Hicieron la donación. Santiago firmaba notando el pulso en la mano. La notaria indicaba con tranquilidad dónde firmar, qué documentos. Los hijos agradecidos. ― Gracias, papá, —decía el hijo—. Nos salvas. Él asentía, sabiendo que tanto como salvalos, también le salvaban de pensar en el “después”. Ahora el “después” estaba sellado oficialmente. Decidió guardar el garaje para sí, de momento. Los hijos insinuaron venderlo, pero fue firme. Ellos aceptaron. Les explicó que el garaje le servía para no quedarse en casa viendo la tele todo el día. Eso sí lo comprendieron. En apariencia, todo siguió igual. Vivía en su piso, iba a la casa, ahora como invitado en un lugar ya oficialmente ajeno. Pero tenía las llaves, nadie le prohibía ir. La primera vez, ya formalizada la donación, fue solo, en un día tibio de abril. En el coche pensaba que ya no era suyo, era de otros. Pero abrir la puerta, oír los goznes, pisar el sendero familiar, despejaba esa muda extranjera. Entró, colgó el abrigo en el clavo junto a la puerta. Todo estaba igual: la cama, la mesa, el oso con la oreja remendada. Se sentó en el taburete junto a la ventana. Un rayo marcaba polvo sobre el alféizar. Pasó la mano por la madera, sintiendo cada grieta. Pensó en los hijos, sus vidas de números y proyectos; en sí mismo, cuyo horizonte se reducía a estaciones: llegar a la próxima primavera, labrar otra vez el huerto, otro verano en el porche. Entendía que vender el campo era solo cuestión de tiempo: quizá un año, cinco. Cuando ir ya le resultase imposible, pondrían en venta la casa. Tenían razón, en parte. Pero por ahora, la casa seguía; el tejado aguantaba; las palas en el cobertizo; en el huerto ya asomaban los primeros brotes verdes. Aún podía caminar el terreno, agacharse, palpar la tierra. Salió fuera, rodeó la casa. Se detuvo en la valla, miró los huertos vecinos. En uno alguien sembraba, en otro se secaba ropa. La vida continuaba. Santiago advirtió que su miedo no era solo perder el campo o el garaje; temía volverse sobrante, innecesario para sus hijos, incluso para sí mismo. Aquellos lugares probaban que aún valía, podía arreglar, pintar, cavar. Ahora ese “testimonio” era frágil. Los papeles decían una cosa, la costumbre otra. Pero sentado en el porche, descubrió que la pertenencia va más allá de los documentos. Sacó el termo, sirvió té. Probó un sorbo, se escuchó por dentro. Un regusto amargo, pero menos agudo que aquel anochecer en la cocina. La decisión estaba tomada. El precio entendido. Había entregado a sus hijos una parte de lo que consideró suyo, pero a cambio conservaba algo distinto. El derecho a estar allí, no por papeles, sino por memoria. Miró la puerta, el candado, su llave. La giró en la mano. Algún día la tendría el hijo o la hija, o extraños que compren la casa. Usarán la llave sin saber el peso real de ese gesto. Pensar así le hizo sentirse triste, pero también, curiosamente, tranquilo. El mundo cambia, las cosas pasan de mano en mano. Lo primordial es poder vivir un tiempo en tus lugares, mientras sean tuyos, aunque solo sea por sensación. Acabó el té, se levantó. Fue al cobertizo por la pala. Había que remover al menos un surco de tierra. Para sí. No para futuros dueños, ni para hijos ya contando billetes. Para sentir la tierra bajo los pies y en las manos. Clavó la pala, empujó con el pie. La tierra cedió. El primer terrón se volteó, negro y húmedo. Santiago aspiró ese aroma, volvió a agacharse. Trabajó despacio. Dolía la espalda, pesaban los brazos. Pero cada palada le aligeraba por dentro, como si removiera también los miedos ocultos. Al caer la tarde se sentó en el porche, secó el sudor en la frente. En el huerto, las filas de terrones frescos. El cielo, con un matiz rosa. Una voz de pájaro. Miró la casa, sus huellas en la tierra, la pala apoyada en la pared. Pensó en el mañana, en un año, en cinco. No tenía respuesta. Pero sentía, al menos por un momento, que estaba exactamente donde debía estar. Entró en la casa, apagó la luz, cerró. En el porche se quedó unos segundos, escuchando el silencio. Después, giró la llave en la cerradura. Sonó el clic del metal. Santiago guardó la llave en el bolsillo y fue hacia el coche por el estrecho sendero, evitando pisar la tierra recién removida.

Nadie en casa

Mira, te voy a contar la historia de Santiago, que a estas alturas es como si fuese mi propio tío. Él ya estaba acostumbrado a despertarse sin alarma, siempre sobre las seis y media. El piso estaba en silencio, sólo se oía el runrún sordo del frigorífico en la cocina. Se quedó unos minutos escuchando ese sonido, antes de alargar el brazo hacia la ventana y buscar las gafas. Afuera, Madrid amanecía gris, y algún coche pasaba despacio por el asfalto mojado.

Antes, a esa hora, ya estaba vistiéndose para irse al trabajo. Se metía en el baño, oía al vecino de al lado poniendo la radio, música de los años setenta por Radio Nacional. Ahora el vecino seguía igual con la radio, pero él se quedaba en la cama, pensando en qué haría ese día. Oficialmente llevaba ya tres años jubilado, pero seguía viviendo bajo una especie de horario aprendido a fuerza de años.

Se levantó con parsimonia, se puso el chándal y se fue a la cocina. Puso agua en el hervidor, sacó una rebanada de barras de pan de ayer. Mientras el agua se calentaba, se fue a la ventana del séptimo, un bloque de ladrillo visto, con vistas a un patio donde los niños jugaban a la pelota. Abajo, aparcada cerca del contenedor de vidrio, su vieja Renault Kangoo, cubierta de polvo. Pensó de pasada que tendría que llevarla al taller de vez en cuando, revisar si el tejado del garaje no tenía goteras.

Ese garaje estaba a tres paradas de metro, en una cooperativa típica de las afueras. Antes pasaba media vida allí, bajando a engrasar la Kangoo, cambiar filtros, o charlando con los demás de la comunidad sobre el precio del gasóleo y el Atleti. Ya luego las cosas se volvieron más fáciles: lo llevabas, lo hacían en el taller, y el súper lo tenías a tiro de click. Pero el garaje, él no lo soltó, allí tenía sus herramientas, los neumáticos de invierno, cajas llenas de cables, de tablas, “cosas de uno”, decía él.

Y luego estaba la casa del campo. Una casita en una urbanización de las afueras de Toledo, vieja, de madera, con el porche justo y dos habitaciones y una cocina enana. Si cerraba los ojos, podía oír los crujidos de la tarima, ver las marcas en la puerta, sentir cómo caía la lluvia en el tejado. Aquella casa se la dejaron a él y a su mujer los padres de ella. Hace más de veinte años, iban allí casi todos los fines de semana con los niños. Plantaban tomates, asaban patatas, ponían la radio portátil encima de la mesa.

La mujer se le fue hace ya cuatro años. Los hijos, mayores, cada uno con su piso, sus familias. Sólo le quedaban la casa del campo y el garaje. Como si esas dos cosas le fijaran en un mapa, delimitando el mundo. Piso, campo, garaje. Todo donde debía estar.

El hervidor pitó. Santiago preparó el té, se sentó a desayunar. En la silla de enfrente, doblado, el jersey que había usado ayer. Se tomaba el bocadillo, miraba el jersey y pensaba en la conversación que tuvo la noche anterior.

El día anterior vinieron los hijos. El hijo con su mujer y un niño pequeño, su nieto. La hija con su marido. Tomaron té, hablaron de vacaciones, quién iría a Benidorm, quién a Cádiz. Hasta que la conversación viró, como siempre últimamente, al dinero.

El hijo decía que la hipoteca le asfixiaba, que los intereses subían. La hija protestaba del precio de la guardería, el baile, la ropa de la niña. Santiago se limitaba a asentir, recordaba cuándo él también hacía cuentas hasta la siguiente nómina. Pero entonces ni casa de campo, ni garaje. Sólo un cuarto alquilado y esperanzas.

El hijo, tras un silencio, le dijo:

Papá, hemos estado hablándolo con Ana… y con Carmen también lo hemos pensado. ¿No crees que podrías vender algo? La finca, por ejemplo, o el garaje. Total, casi no vas.

Santiago se rió entonces, lo quitó de en medio. Pero por la noche no pegó ojo, con el total, casi no vas dándole vueltas en la cabeza.

Se acabó el desayuno, fregó la taza, miró el reloj. Ocho en punto. Decidió que ese día iría a la finca. Había que pasar revista después del invierno. Y, de paso demostrarse algo a sí mismo.

Se vistió bien, cogió las llaves de la casa y el garaje y salió. Se entretuvo un momento en el recibidor, mirándose al espejo alargado y gastado, donde volvió a ver a ese hombre de cejas grises, ojera marcada, pero aún recio. No un viejo. Se enderezó el cuello del abrigo y salió.

Paró en el garaje para llevarse algunas herramientas. El candado chirrió, la puerta cedió al tirón familiar. Dentro olía a polvo, gasolina, trapos raídos. En las estanterías, botes con tornillos, cables, una cinta vieja rotulada con rotulador. Telarañas arriba.

Repasó con la mirada los estantes. Aquí el gato hidráulico de su primer coche. Aquí los listones de madera para un banco que nunca hizo. Allí seguían, esperando.

Recogió la caja de herramientas, un par de garrafas vacías y continuó camino.

Le costó una hora llegar a la finca. Aún había nieve sucia en las cunetas, la tierra ya asomaba negra, blanda. En la urbanización reinaba el silencio. Era pronto para la temporada. En la garita, la portera de siempre, envuelta en su abrigo, le saludó con un gesto.

La casa de campo estaba igual de silenciosa. Una valla ladeada, la cancela algo desencajada. Abrió, cruzó el sendero estrecho, las hojas secas crujían bajo los zapatos.

Por dentro, la casa olía a encierro y a madera vieja. Abrió todas las ventanas. Sacudió la colcha de la cama. En la cocina enana aún quedaba la olla esmaltada donde cocían el pisto. Colgando de un clavo, el llavero de cobertizo con el material del jardín.

Fue repasando la casa con la mano: las paredes, las manillas de las puertas. El cuarto donde dormían los niños, la litera aún puesta. Arriba, el oso de peluche al que una oreja le faltaba. Santiago recordaba los lloros del hijo por esa oreja, y cómo acabó sujetándola con cinta aislante.

Salió al jardín. La nieve casi derretida, la tierra negra y mojada. Al fondo, la barbacoa oxidada. Se acordó de las noches de chuletas, de los tés en el porche, escuchando las carcajadas de algún vecino.

Suspiró y se puso manos a la obra: limpió el sendero, arregló la tabla suelta del porche, revisó el tejado del cobertizo. Sacó una silla de plástico, se sentó al sol; se estaba bien.

Miró el móvil: su hijo le llamaba por la tarde, la hija le había escrito que necesitaban hablar todos con calma. No es que nos moleste la casa, papá, pero pensemos con cabeza, leía en el mensaje.

Con cabeza, que no es nada más que dinero que no debe quedarse parado. Que a una persona mayor no hay que dejarla cargar con una finca y un garaje. Que hay que ayudarles a ellos, a los jóvenes, mientras puedas.

Él lo entendía, de verdad que sí. Pero sentado allí, oyendo ladrar a un perro a lo lejos, el goteo en el canalón lo de con cabeza pasaba a un segundo plano. Esto iba de otra cosa.

Santiago dio otra vuelta, cerró la casa, puso el candado al portón y volvió a la ciudad.

A la hora de comer estaba en casa. Dejó la bolsa en la entrada, puso agua para el té, y entonces vio una nota encima de la mesa: Papá, pasamos por la tarde a hablar. S.

Se sentó a la mesa, las manos apoyadas, sabiendo que esta vez de broma nada. Tocaba hablar en serio.

Esa noche vinieron los tres: el hijo con su mujer y la hija. Al nieto lo dejaron con los suegros. Santiago abrió la puerta y los pasó al recibidor. El hijo colgó la chaqueta, descalzo, como en casa de pequeño.

Se sentaron a la mesa, él sirvió té y puso pastas, nadie tocó nada. Charlaron unos minutos de trivialidades: el nieto, el trabajo, el tráfico.

Hasta que la hija miró al hermano, este asintió, y soltó:

Papá, vamos a hablar claro. No queremos presionarte, pero tenemos que aclarar las cosas todos.

Santiago notó el nudo en el estómago. Asintió.

El hijo siguió:

Mira, tienes el piso, la casita y el garaje. El piso ni lo tocamos, ahí nada de nada. Pero la finca tú dices tú mismo que pesa. El huerto, el tejado, la valla. Cada año hay gastos.

Hoy estuve allí contestó el padre, bajito. Está todo bien.

Ahora sí saltó la nuera. Pero ¿y dentro de cinco, diez años? Papá, no vas a ser eterno. Perdona, pero hay que preverlo.

Santiago apartó la mirada. Lo de que no era eterno sonó a bofetada aunque no fuese con mala intención.

La hija ya más suave:

No hablamos de dejarlo todo. Pensamos que podrías vender la casa y el garaje, y repartir. Así tú estás tranquilo y nosotros, pues quitamos parte de la hipoteca. Siempre decías que querías ayudar.

Él lo había dicho, sí. Al jubilarse y aún encadenar algunos trabajos. Entonces se veía fuerte, útil.

Ya ayudo. A veces recojo al niño, os hago la compra.

El hijo resopló:

Papá, eso no es igual. Ahora nos hace falta una cantidad gorda. Lo sabes. No te decimos que nos lo des todo. Sólo que lo tuyo está parado.

Decir patrimonio en esa cocina le sonó extrañísimo. Sentía que entre ellos se levantaba una columna invisible de números, de hipotecas, de tasas.

Agarró la taza, el té ya frío.

Para vosotros es solo patrimonio dijo despacio. Para mí es…

Calló, buscando palabras. No quería parecer cursi.

Son trozos de vida. Ese garaje lo construí a mano, con mi padre. Él aún estaba, cargamos los ladrillos juntos. Y la casa ahí crecisteis los dos. Vosotros.

La hija apartó la mirada. El hijo calló un poco, y luego más tranquilo:

Lo entendemos. Pero casi no vas. Todo está parado. No puedes solo.

Hoy estuve allí repitió él. Todo está en orden.

Hoy repitió el hijo. ¿Y antes qué? En otoño, ¿verdad? Papá, sé realista.

El reloj marcando el silencio, ellos hablando de su vejez como de un proyecto. Reorganizar gastos, repartir bienes.

Bueno dijo él. ¿Qué proponéis, exactamente?

El hijo se animó: lo tenían planeado.

Hemos hablado con una inmobiliaria, nos dan buen dinero por la finca, el garaje también se vende fácil. Nos ocupamos nosotros de todo, tú no tienes que moverte. Solo ir al notario.

¿Y el piso? preguntó él.

El piso no lo tocamos saltó la hija. Ese es tu casa.

El casa sonó en su boca como si fuera sólo ese piso. ¿Y la casita del campo? ¿El garaje donde chapucea? ¿No cuentan como su casa?

Se levantó, fue a la ventana. Afuera se encendían las farolas. Más o menos igual que hace veinte años. Sólo habían cambiado los coches y los niños y sus móviles.

¿Y si no quiero vender? preguntó mirando la plaza.

Silencio. Al final la hija:

Papá, es tuyo, tú decides. No te obligamos, sólo queremos lo mejor para ti. Ya nos decías que cada vez tienes menos fuerzas.

Menos fuerzas sí admitió. Pero de momento aún puedo decidir qué hago.

El hijo suspiró.

Papá, no queremos discutir. Pero desde fuera parece que te aferras a las cosas, mientras a nosotros nos cuesta respirar. Nos pasamos el día preocupados por si a ti te pasa algo. ¿Quién irá a cuidar todo eso?

La punzada de culpa. Él también se lo pregunta. Si de golpe ya no estuviese, ellos tendrían que pasar por todos esos papeles, decidir qué hacer con la finca y el garaje. Les sería un lío.

Volvió, se sentó.

Y si empezó. Si ponemos la finca a vuestro nombre ya, pero yo sigo yendo mientras pueda?

La hija y el hijo cruzaron miradas. La nuera torció el gesto.

Papá, pero entonces seguiríamos igual. No podemos ir tanto como tú esperas, con el trabajo y los críos.

No os lo pido. Iría yo. Más adelante, ya veréis.

Él sabía que era un compromiso: para él, al menos conservar el lugar. Para ellos, saber que el papeleo lo tenían resuelto.

La hija se quedó pensando.

No está mal Pero vamos a ser sinceros. Ni siquiera sabemos si algún día la disfrutaremos de verdad. Quizá nos mudamos. En Valladolid hay trabajo y la vida más barata.

A Santiago esa confesión le pilló desprevenido. Para el hijo también era novedad.

No lo habías comentado le dijo.

Estamos pensándolo. Pero no va de eso. Es que esa finca es tuya, no nuestra vida.

Captó la palabra vida. Para ellos, la vida era otra cosa, en otros sitios; para él, se quedaba en ese piso, ese garaje, esa finca.

La conversación fue un tira y afloja. Ellos con números, él con recuerdos. Ellos salud y futuro, él rutina y sentido. El hijo, cansado, levantó el tono:

Papá, entiéndelo. No vas a poder con esto siempre. Un día faltas y todo se va a pique. ¿Para qué mantener lo que va a caer?

A Santiago le hervía la sangre.

¿A eso llamas derrumbe? ¿A donde correteabais de pequeños?

De pequeño, papá. Ahora la vida es otra.

Silencio incómodo. La hija intentó mediar.

Santi, déjalo.

Pero ya estaba todo dicho. Santiago se dio cuenta de que hablaban desde mundos distintos. Para él la finca era vida. Para ellos, nostalgia.

Se levantó.

Lo pienso. Pero no hoy ni mañana. Dadme tiempo.

Papá, no podemos demorar mucho empezó la hija. Nos viene otro recibo…

Lo sé. Pero esto no es vender un armario.

Se pusieron la ropa, la hija lo abrazó fuerte antes de irse.

No es por la finca. Es que nos preocupas susurró.

Cuando cerró la puerta, el piso se hizo de piedra. Santiago fue a la cocina y se sentó entre los restos del té y las pastas. De repente, cansancio y vacío.

Así estuvo muchísimo rato, solo, la noche colándose por las ventanas. Luego buscó la carpeta con papeles: su DNI, las escrituras, los títulos del garaje y la finca. Repasó el plano diminuto del terreno, pasó el dedo por las líneas, como si caminase por el huerto.

Al día siguiente, fue al garaje. Algo tenía que ocuparse. Abrió la puerta de par en par, dejó que entrase la luz. Sacó herramientas, revisó cajas, tiró un montón de cosas, cables, metal oxidado, cosas por si acaso.

El vecino del box de al lado, un viejo conocido, se asomó.

¿Qué, tirando cacharros? le dijo.

Poniendo orden, a ver qué me vale ya.

Bien hecho. Yo vendí el mío. El chaval necesitaba comprar coche. Ahora vivo sin garaje, pero el chico feliz.

Santiago se calló. El vecino se largó y él siguió removiendo. Vendido y listo, como si fuera un abrigo.

Cogió una llave inglesa envejecida y la balanceó. Se acordó de cuando el hijo le pedía a mí, a mí también. Pensaba que siempre estarían juntos ahí, que todo eso era su manera de entenderse.

Pero ahora resultaba que hablaban diferentes idiomas.

Al anochecer, volvió a los papeles. Llamó a la hija.

Lo he decidido. La finca la ponemos a tu nombre y al de Santi. Mitad y mitad. Pero no se vende ahora. Yo iré mientras pueda. Cuando no pueda, vosotros hacéis lo que queráis.

Ella tardó en decir algo.

¿Estás seguro?

Sí. No me queda otra.

Vale. Mañana hablamos de cómo hacerlo.

Dejó el móvil y sintió no sólo agotamiento, sino también cierto alivio triste. Ya estaba hecho.

Una semana después fueron al notario en la Gran Vía. Pactaron una donación. Santiago firmó papeles notando la mano temblar. La notaria, con su voz tranquila, guiaba la firma. Los hijos le daban las gracias.

Gracias, papá. Nos salvas, de verdad.

Santiago asentía, pero sentía que ellos le salvaban a él de dar vueltas a lo que pasaría mañana. El futuro quedó sobre el papel.

El garaje lo dejó en suspenso. Ellos le recordaban que también podían venderlo. Él se negó: eso era suyo todavía, le hacía falta para ocupar horas, para no acabar tirado viendo Sálvame toda la semana. Eso sí lo comprendieron.

La vida siguió como si nada. Seguía en su piso, iba al campo ya como invitado en una casa ajena. Aunque tenía las llaves, nadie le preguntaba. Era, por ahora, suyo en la práctica.

La primera vez después de firmar fue solo, un sábado de abril espléndido. Iba pensando en que la casa ya no era de Santiago, sino de otros. Pero al abrir la cancela y oír los bisagras, la costumbre hizo fácil la llegada.

Entró, colgó la chaqueta del clavo. Todo estaba tal y como lo había dejado: la litera, la mesita, el oso con oreja sujetada.

Se sentó junto a la ventana. El sol dibujó polvo en el alfeizar. Pasó la mano por la madera, sintiendo cada nudo.

Pensaba en los hijos, en su piso, apretando cuentas, haciendo planes para otros mundos. Pensaba en sí mismo, en planes que ya no eran anuales, sino de estación en estación: otra primavera más, otro huerto, otros tés en el porche.

Sabía que su decisión, un día, sería vender. Quizá al año siguiente, quizá a los cinco. Cuando ya ni él pudiera subir por el camino. Ellos dirían que no tiene sentido una casa vacía. Y no les faltaría razón.

Pero hoy la casa seguía en pie. Todo estaba como debía. Las herramientas en el cobertizo, en el huerto ya asomaban brotes tiernos. Aún podía andar, agacharse y notar la tierra.

Salió fuera, recorrió la finca. Desde la valla, veía a los vecinos plantando tomates, a otros colgando ropa al sol. La vida seguía.

Sintió que su miedo no era solo por la casa ni el garaje. Le asustaba dejar de ser útil, no tener ya sentido para los suyos ni para sí mismo. Aquellos lugares le daban la fe de que contaba, de que aún podía arreglar, pintar, excavar.

Eso ahora pendía de un hilo. En los papeles ya no era suyo, pero sus costumbres decían otra cosa. El hogar, al fin, es más que una escritura.

Sacó el termo y se sirvió un té. El primer sorbo le supo como la resolución amarga del otro día, pero ya no dolía igual. Había asumido. Había pagado el precio. Les había dado parte de lo suyo, y a cambio se quedaba, en el fondo, con lo que más quería: el recuerdo y el derecho de seguir un tiempo más ahí, aunque nadie más lo entendiese.

Miró la puerta, sacó la llave, la hizo girar en la mano. Un día esa llave la tendrían otros. Irían a abrir sin saber la mitad de lo que se ha vivido detrás de esa cerradura.

Le entró un poquito de tristeza, y al mismo tiempo, de paz. El mundo gira, las cosas cambian de mano. Lo importante es haber ocupado el sitio propio mientras tanto.

Terminado el té, se acercó al cobertizo a por la azada. Tenía que cavar una fila de huerto, sólo una. Para él, no para sus hijos, ni para futuros dueños. Para saber que aún tenía los pies en la tierra.

La hundió en la tierra y el suelo cedió, negro y fresco. Aspiró hondo el olor, volvió a inclinarse.

Iba despacio, el cuerpo protestando. Pero con cada surco se sentía más ligero, como si removiese los miedos también.

Al caer el sol, se sentó en el porche. Observó la tierra removida, el cielo que se teñía de lila, una bandada de pájaros chillando.

Miró la casa, sus huellas en la tierra, la azada contra la pared. Imaginó el mañana, el año que viene, dentro de cinco. No tenía respuesta, pero se sentía, por primera vez en tiempo, en paz.

Cerró la casa, apagó la luz, se detuvo un segundo en el porche. Giró la llave en la cerradura.

La guardó en el bolsillo y volvió al coche por el sendero, sorteando el trozo recién cavado.

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MagistrUm
La casa de nadie Santiago se despertó sin alarma, como siempre, a las seis y media. El piso estaba en silencio, solo la nevera murmuraba quedamente en la cocina. Se quedó tumbado un minuto, escuchando ese sonido, y estiró la mano hacia la repisa para coger las gafas. Fuera empezaba a clarear; algún coche deslizaba su rumor sobre el asfalto mojado. Antes, a esa hora, él se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba al vecino encender la radio tras la pared. Ahora, el vecino seguía fiel a la radio, pero él permanecía acostado, pensando a qué dedicaría el día. Formalmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo según rutinas. Se incorporó, se puso un chándal y fue a la cocina. Puso el hervidor de agua, sacó un trozo de barra de pan de la panera. Mientras el agua se calentaba, se asomó a la ventana. Séptimo piso, bloque de hormigón, patio con columpios. Allí abajo, bajo su ventana, estaba su vieja “Renault 4” cubierta de polvo. Pensó, casi sin querer, que debería pasar por el garaje, asegurarse de que el tejado no goteara. El garaje estaba en el barrio de al lado, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí media vida, trasteando con el coche, cambiando el aceite, charlando con los vecinos sobre el precio de la gasolina o el fútbol. Luego, todo se fue volviendo más sencillo: talleres, tiendas en internet, pago a dos clics. Pero nunca abandonó el garaje. Allí se apilaban sus herramientas, neumáticos usados, cajas con cables, madera, “cosas de la casa”, solía decir. Y la casa de campo, el “chalet” de la sociedad de huertos a las afueras. De madera, con un porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cerraba los ojos y veía esos tablones, las grietas en el suelo, escuchaba la lluvia golpear el tejado. El terreno lo heredaron él y su esposa de los padres de ella. Hace veintitantos años iban casi cada fin de semana con los niños. Cavaban huertos, freían patatas, ponían la radio encima del taburete. Su mujer llevaba ya cuatro años ausente. Los hijos habían crecido, se habían mudado a sus propios pisos, fundando familia. La casa y el garaje seguían con él, como si le mantuvieran anclado en algún sistema reconocible. Aquí el piso, allí el campo, allá el garaje. Todo en su sitio, todo claro. El hervidor silbido. Santiago preparó el té, se sentó a la mesa. En una silla de enfrente estaba el jersey que dobló ayer. Comió el bocadillo, miraba el jersey y pensaba en la conversación de la víspera. Ayer por la tarde vinieron los hijos. El hijo con su mujer y el nieto pequeño. La hija con su pareja. Tomaron té, charlaron de las vacaciones. Luego el tema giró hacia el dinero. Como casi siempre últimamente. El hijo explicó que la hipoteca les ahogaba, los intereses subían. La hija se quejaba de la guardería cara, las actividades extraescolares, el gasto en ropa. Santiago asentía escuchando. Él también había contado las monedas hasta final de mes, pero entonces no tenía ni campo ni garaje. Solo una habitación de alquiler y esperanza. Entonces el hijo, vacilante, dijo: ― Papá, hemos estado pensando… y también lo hablé con Lucía. Quizá podrías vender algo. La casa de campo, por ejemplo. O el garaje. Apenas vas. Santiago lo tomó a broma, cambió el tema, pero por la noche no se dormía. “Apenas vas”, ese eco martillaba su cabeza. Terminó el desayuno, fregó la taza. Miró el reloj. Eran las ocho. Decidió que ese día iría al campo. Ver cómo estaba tras el invierno. Y de paso… demostrar algo, al menos a sí mismo. Se abrigó, cogió las llaves del garaje y del terreno, las metió en el bolsillo. Se detuvo un momento ante el espejo viejo del recibidor. En la imagen —canas, ojos algo cansados, pero aún firme. No tan mayor. Alisó el cuello del abrigo y salió. Paró en el garaje a recoger algunas herramientas. El candado chirrió, la puerta costó abrirla. Dentro olía a gasolina, polvo y trapos viejos. En las estanterías, botes con tornillos, cajas de cables, una cinta de casete marcada a rotulador. Telarañas bajo el techo. Santiago paseó la mirada. El gato hidráulico de su primer coche. Listones guardados para la banca del campo que nunca llegó a construir. Pero ahí estaban, esperando. Cogió la caja de herramientas, varias garrafas plásticas, cerró y se marchó. El viaje hasta la finca duró cerca de una hora. La nieve sucia aún manchaba las cunetas, aquí y allá asomaba la tierra negra. Por la urbanización reinaba el silencio. Demasiado pronto para que llegara mucha gente. La portera, envuelta en plumas, le saludó con la cabeza. La casa lo recibió con la misma quietud del entretiempo. La valla de madera, la cancela torcida, el sendero hacia el porche alfombrado de hojas secas. Dentro olía a madera y encierro. Abrió las ventanas. Sacudió la colcha de la cama. En la pequeña cocina seguía la olla esmaltada en que antaño preparaban compota. Un manojo de llaves, colgado en una alcayata, contenía la del cobertizo de las herramientas del huerto. Recorrió la casa, acarició con la mano las paredes, los pomos. En el cuarto de los niños se mantenía la litera. En la parte de arriba, el oso de peluche con una oreja desgarrada. Recordaba al hijo llorando por esa oreja, a él atándola con cinta adhesiva por no tener pegamento. Salió a la parcela. La nieve casi derretida, la tierra húmeda. En la esquina del solar permanecía la barbacoa oxidada. Recordó los días de carne a la brasa, las tardes con su mujer en el porche bebiendo té, oyendo las risas de algún vecino. Suspiró y se puso manos a la obra. Limpiar el sendero, arreglar la tabla coja del porche, revisar el tejado. En el cobertizo halló una silla de plástico vieja; la sacó, se sentó al sol. Ya calentaba. Miró el móvil, la lista de llamadas. El hijo anoche. La hija escribió por mensaje, “tenemos que hablar con calma, papá, no estamos en contra del campo, pero pensemos con cabeza”. “Con cabeza”, esa expresión cada semana más frecuente. Con cabeza: el dinero no debe estar parado. Con cabeza: un mayor no tiene que matarse con el campo y el garaje. Con cabeza: ayudar a los jóvenes mientras puedas. Él los entendía. Lo sabía bien. Pero sentado en la silla, oyendo ladridos lejanos, goteos del tejado, lo de pensar “con cabeza” quedaba al margen. Allí, no todo era cálculo. Santiago se levantó, dio otra vuelta al jardín, cerró la casa, colgó el candado pesado. Se metió en el coche y regresó a Madrid. A la hora de comer ya estaba en casa. Colgó el abrigo, la bolsa de herramientas en la entrada. Encendió el hervidor y solo entonces vio la nota en la mesa: “Papá, pasamos por la tarde, hablamos. S.” Se sentó con las manos sobre la mesa. Así que era hoy. Hoy hablaría en serio, sin chascarrillos. Por la tarde llegaron los tres. El hijo con esposa, la hija, dejaron al nieto con los suegros. Santiago abrió, saludó, los dejó entrar en el pasillo. El hijo, sin mirar, dejó el abrigo como de niño. En la cocina, rodearon la mesa. Santiago puso té, galletas, dulces. Nadie los tocó. Unos minutos de charla trivial: el nieto, el trabajo, el tráfico. Luego la hija miró al hermano; él asintió y ella dijo: ― Papá, vamos a hablar de verdad. No queremos forzarte, pero… tenemos que decidir algo. Santiago sintió un nudo. Asintió: ― Hablad. El hijo tomó la palabra: ― Mira, tienes este piso, el campo y el garaje. El piso es sagrado, ni lo mencionamos. Pero el campo… Tú mismo dices que cuesta mantenerlo. Año tras año hay gastos. ― He estado hoy, —dijo Santiago en voz baja—. Y está bien. ― Bueno, ahora está bien, —se metió la nuera—. ¿Y dentro de cinco o diez años? No vas a ser eterno, perdona que lo diga. Tenemos que pensarlo. Desvió la mirada. Aquello de no ser eterno sonó duro, aunque quizás no era su intención. La hija, más suave: ― Papá, no es que queramos deshacernos de nada. Pensamos que podrías vender el campo y el garaje, repartir el dinero. Parte para ti, para vivir tranquilo; parte para Santi y para mí. Amortizaríamos hipoteca. Siempre dijiste que querrías ayudarnos. Lo había dicho. Al jubilarse, aún con algún contrato. Entonces creía que aguantaría mucho, que podría seguir ayudando. ― Ya ayudo, —replicó—. Recojo al nieto, os compro víveres. El hijo soltó una risa nerviosa: ― Papá, no es eso. Ahora necesitamos una suma de verdad, para respirar. Los intereses, ya ves… No pedimos que lo des todo. Solo… hay propiedades ahí, paradas. Eso de “propiedades” sonaba extraño en esa cocina. Santiago notaba levantar un muro invisible de cifras y contratos entre ellos. Tomó su taza, un sorbo ya frío. ― Para vosotros son propiedades, —dijo despacio—. Para mí son… Buscó la palabra. ― …trozos de vida. El garaje lo construí con mi padre, él aún vivía. Íbamos los dos con los ladrillos. Y el campo… Allí crecisteis vosotros. Su hija bajó los ojos. El hijo dudó, luego habló más blando: ― Lo sabemos. De verdad. Pero apenas vas. Vemos que está parado. No vas a poder solo. ― Hoy he estado allí, —repitió—. Todo bien. ― Hoy, —contestó el hijo—. ¿Y antes? ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Clavado el rumor del viejo reloj desde el dormitorio. Era como hablar de su vejez como de una empresa: optimizar gastos, repartir activos. ― De acuerdo, —dijo—. ¿Qué proponéis exactamente? El hijo se animó ―se notaba que ya lo tenían hablado―: ― Conocemos a una inmobiliaria. Ha dicho que por el campo dan buen dinero. El garaje también lo vendemos. Nosotros nos encargamos de todo: visitas, papeles. Solo haría falta una autorización. ― ¿Y el piso?—preguntó Santiago. ― El piso no se toca —intervino rápido la hija—. Ese es tu hogar. Él asintió. “Hogar” sonaba distinto. ¿Es solo el piso? ¿El campo también? ¿El garaje donde pasaba horas, jurando contra los tornillos, pero sintiéndose útil? Se levantó, se acercó a la ventana. En el patio empezaban a encenderse farolas. Todo igual que hace veinte años; solo cambiaban los coches, y los críos ahora jugaban con móviles. ― ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin volverse. Más silencio. Por fin la hija, cauta: ― Es tuyo, claro. Tú decides. No podemos forzarte. Solo… nos preocupá. Tú mismo dices que te cuesta. ― Me cuesta, —admitió—. Pero aún decido yo a qué dedicarme. El hijo suspiró: ― Papá, no queremos discutir contigo. Pero honestamente, parece que te aferras a las cosas y nosotros lo pasamos mal. Pensamos en qué pasará si te pones enfermo. ¿Quién irá al campo, quién se ocupa de eso? Sintió un pinchazo de culpa. Él también lo había pensado: ¿qué harían si faltase de repente? Los hijos ceñidos a trámites, herencias, papeles, decidir a quién corresponde cada cosa. Sí, sería duro. Volvió a la mesa, se sentó. ― Y si… —empezó, dudó—. Si pongo el campo a vuestro nombre, pero sigo yendo mientras pueda? Se miraron los dos. La nuera frunció el ceño: ― Papá, entonces el problema seguiría. No podríamos ir tanto como quieres. Tenemos trabajo, niños… ― No pido que vayáis. Yo solo. Mientras pueda. Luego… vosotros veréis. Sabía que ofrecía un compromiso. Para él, conservar el sitio que era más que tierra. Para ellos, asegurarse la titularidad, sin líos hereditarios. La hija lo meditó: ― Es una opción, —dijo—. Pero siendo sinceros, dudo que lleguemos a usar el campo. Tenemos otros planes. Y pensamos, quizás hasta mudarnos de ciudad. Allá la vida es más fácil. Santiago se estremeció. No lo sabía. El hijo también alzó las cejas. ― Eso no lo sabía, —repuso él al hermano. ― Solo estamos pensándolo, —respondió la hija—. Pero para nosotros el campo no es lo que fue para ti. No vemos futuro en él. Captó esa palabra, “futuro”. Para ellos, en otros lugares, planes, pisos. Para él, el futuro cabía en unas coordenadas fijas: piso, campo, garaje. Lugares que conocía palmo a palmo. La charla se enredó veinte minutos. Ellos daban cifras, él recuerdos. Ellos salud, él la certeza de acabar consumido si le privaban de tarea. El hijo, cansado, soltó con brusquedad: ― Papá, no vas a estar siempre cavando. Llegará el día que no puedas ir. ¿Entonces? ¿Se vendrá todo abajo? ¿Iremos una vez al año a ver las ruinas? Santiago notó encenderse rabia. ― ¿Ruinas? —dijo—. ¡¡¡Jugabas ahí de niño… en esas ‘ruinas’!!! ― De niño, —respondió el hijo—. Pero he crecido. Ahora tengo otras prioridades. Palabras suspendidas. La hija trató de suavizar: ― Santi, por favor… Ya era tarde. Santiago vio, brutalmente claro, que hablaban idiomas distintos. Para él, el campo era la vida vivida. Para ellos, un pasado entrañable, pero prescindible. Se puso en pie. ― Está bien —zanjó—. Dejadme pensarlo. Hoy no. Ni mañana. Dadme tiempo. ― Papá, —la hija titubeó— tampoco podemos esperar mucho. Vence la próxima cuota… ― Entiendo —le cortó él—. Pero vosotros entendéis: esto no es como vender un armario. Se hizo el silencio. Empezaron a prepararse para irse. En el recibidor se entretuvieron con los zapatos. La hija le abrazó, la mejilla pegada. ― No es que odiemos el campo, papá, —murmuró—. Solo tenemos miedo por ti. Él asintió, sin confiar en la voz. Cuando se cerró la puerta, el piso se llenó de silencio. Santiago fue a la cocina, se sentó. Quedaban las tazas a medio beber, el plato de galletas. Las miró y sintió una fatiga enorme. Quedó allí sentado sin encender la luz. Afuera oscurecía, las ventanas de enfrente se iban iluminando. En algún momento se levantó, buscó en el armario la carpeta de los papeles. DNI, escrituras del campo, el garaje. Hojeó, se detuvo en el plano de la finca. Un rectángulo diminuto, dividido en cuadros del huerto. Pasó el dedo por las líneas, como por caminos de verdad. Al día siguiente fue al garaje. Hacía falta hacer algo físico. Dentro estaba fresco. Abrió la puerta para dejar entrar la luz. Sacó las herramientas, revisó cajas. Parte del viejo trasto la decidió tirar: piezas rotas, tornillos oxidados, cables “por si acaso”. El vecino, Justo, más mayor, asomó: ― ¿Qué, tirando trastos? ― Poniendo orden, —repuso Santiago—. Viendo qué me sirve aún y qué no. ― Muy bien —asintió el vecino—. Yo vendí el mío, el garaje. El chaval necesitaba dinero para el coche. Ahora sin garaje, pero mi hijo contento. Santiago no dijo nada. El vecino se fue, él permaneció entre sus cajas y pensamientos. Vender — hijo contento. Como una chaqueta vieja. Tomó una llave inglesa, pesada, la empuñadura pulida. La manejó como si apretase un tornillo. Recordó cuando el hijo, niño, pedía también girar tornillos. Entonces creyó que estarían siempre cerca. El garaje, el campo, el coche, casi una lengua común. Ahora esa lengua era ajena para su hijo. Por la noche volvió a sacar los papeles. Quedó sentado largo rato, acabó llamando a la hija. ― Lo he decidido, —anunció—. El campo lo ponéis a medias Santi y tú. Pero no lo vendemos aún. Yo sigo yendo mientras pueda. Después… veréis. Pausa. ― ¿Estás seguro, papá? —preguntó ella. ― Seguro —contestó, aunque la seguridad no era plena. Sentía que perdía algo vital, pero no veía otra salida. ― Vale —aceptó la hija—. Mañana nos vemos y lo organizamos. Colgó y siguió sentado. La casa en silencio. Sintió, junto al cansancio, cierto alivio. El tipo de decisión a la que no puedes volver la espalda. En una semana fueron al notario. Hicieron la donación. Santiago firmaba notando el pulso en la mano. La notaria indicaba con tranquilidad dónde firmar, qué documentos. Los hijos agradecidos. ― Gracias, papá, —decía el hijo—. Nos salvas. Él asentía, sabiendo que tanto como salvalos, también le salvaban de pensar en el “después”. Ahora el “después” estaba sellado oficialmente. Decidió guardar el garaje para sí, de momento. Los hijos insinuaron venderlo, pero fue firme. Ellos aceptaron. Les explicó que el garaje le servía para no quedarse en casa viendo la tele todo el día. Eso sí lo comprendieron. En apariencia, todo siguió igual. Vivía en su piso, iba a la casa, ahora como invitado en un lugar ya oficialmente ajeno. Pero tenía las llaves, nadie le prohibía ir. La primera vez, ya formalizada la donación, fue solo, en un día tibio de abril. En el coche pensaba que ya no era suyo, era de otros. Pero abrir la puerta, oír los goznes, pisar el sendero familiar, despejaba esa muda extranjera. Entró, colgó el abrigo en el clavo junto a la puerta. Todo estaba igual: la cama, la mesa, el oso con la oreja remendada. Se sentó en el taburete junto a la ventana. Un rayo marcaba polvo sobre el alféizar. Pasó la mano por la madera, sintiendo cada grieta. Pensó en los hijos, sus vidas de números y proyectos; en sí mismo, cuyo horizonte se reducía a estaciones: llegar a la próxima primavera, labrar otra vez el huerto, otro verano en el porche. Entendía que vender el campo era solo cuestión de tiempo: quizá un año, cinco. Cuando ir ya le resultase imposible, pondrían en venta la casa. Tenían razón, en parte. Pero por ahora, la casa seguía; el tejado aguantaba; las palas en el cobertizo; en el huerto ya asomaban los primeros brotes verdes. Aún podía caminar el terreno, agacharse, palpar la tierra. Salió fuera, rodeó la casa. Se detuvo en la valla, miró los huertos vecinos. En uno alguien sembraba, en otro se secaba ropa. La vida continuaba. Santiago advirtió que su miedo no era solo perder el campo o el garaje; temía volverse sobrante, innecesario para sus hijos, incluso para sí mismo. Aquellos lugares probaban que aún valía, podía arreglar, pintar, cavar. Ahora ese “testimonio” era frágil. Los papeles decían una cosa, la costumbre otra. Pero sentado en el porche, descubrió que la pertenencia va más allá de los documentos. Sacó el termo, sirvió té. Probó un sorbo, se escuchó por dentro. Un regusto amargo, pero menos agudo que aquel anochecer en la cocina. La decisión estaba tomada. El precio entendido. Había entregado a sus hijos una parte de lo que consideró suyo, pero a cambio conservaba algo distinto. El derecho a estar allí, no por papeles, sino por memoria. Miró la puerta, el candado, su llave. La giró en la mano. Algún día la tendría el hijo o la hija, o extraños que compren la casa. Usarán la llave sin saber el peso real de ese gesto. Pensar así le hizo sentirse triste, pero también, curiosamente, tranquilo. El mundo cambia, las cosas pasan de mano en mano. Lo primordial es poder vivir un tiempo en tus lugares, mientras sean tuyos, aunque solo sea por sensación. Acabó el té, se levantó. Fue al cobertizo por la pala. Había que remover al menos un surco de tierra. Para sí. No para futuros dueños, ni para hijos ya contando billetes. Para sentir la tierra bajo los pies y en las manos. Clavó la pala, empujó con el pie. La tierra cedió. El primer terrón se volteó, negro y húmedo. Santiago aspiró ese aroma, volvió a agacharse. Trabajó despacio. Dolía la espalda, pesaban los brazos. Pero cada palada le aligeraba por dentro, como si removiera también los miedos ocultos. Al caer la tarde se sentó en el porche, secó el sudor en la frente. En el huerto, las filas de terrones frescos. El cielo, con un matiz rosa. Una voz de pájaro. Miró la casa, sus huellas en la tierra, la pala apoyada en la pared. Pensó en el mañana, en un año, en cinco. No tenía respuesta. Pero sentía, al menos por un momento, que estaba exactamente donde debía estar. Entró en la casa, apagó la luz, cerró. En el porche se quedó unos segundos, escuchando el silencio. Después, giró la llave en la cerradura. Sonó el clic del metal. Santiago guardó la llave en el bolsillo y fue hacia el coche por el estrecho sendero, evitando pisar la tierra recién removida.