Nadie en casa
Mira, te voy a contar la historia de Santiago, que a estas alturas es como si fuese mi propio tío. Él ya estaba acostumbrado a despertarse sin alarma, siempre sobre las seis y media. El piso estaba en silencio, sólo se oía el runrún sordo del frigorífico en la cocina. Se quedó unos minutos escuchando ese sonido, antes de alargar el brazo hacia la ventana y buscar las gafas. Afuera, Madrid amanecía gris, y algún coche pasaba despacio por el asfalto mojado.
Antes, a esa hora, ya estaba vistiéndose para irse al trabajo. Se metía en el baño, oía al vecino de al lado poniendo la radio, música de los años setenta por Radio Nacional. Ahora el vecino seguía igual con la radio, pero él se quedaba en la cama, pensando en qué haría ese día. Oficialmente llevaba ya tres años jubilado, pero seguía viviendo bajo una especie de horario aprendido a fuerza de años.
Se levantó con parsimonia, se puso el chándal y se fue a la cocina. Puso agua en el hervidor, sacó una rebanada de barras de pan de ayer. Mientras el agua se calentaba, se fue a la ventana del séptimo, un bloque de ladrillo visto, con vistas a un patio donde los niños jugaban a la pelota. Abajo, aparcada cerca del contenedor de vidrio, su vieja Renault Kangoo, cubierta de polvo. Pensó de pasada que tendría que llevarla al taller de vez en cuando, revisar si el tejado del garaje no tenía goteras.
Ese garaje estaba a tres paradas de metro, en una cooperativa típica de las afueras. Antes pasaba media vida allí, bajando a engrasar la Kangoo, cambiar filtros, o charlando con los demás de la comunidad sobre el precio del gasóleo y el Atleti. Ya luego las cosas se volvieron más fáciles: lo llevabas, lo hacían en el taller, y el súper lo tenías a tiro de click. Pero el garaje, él no lo soltó, allí tenía sus herramientas, los neumáticos de invierno, cajas llenas de cables, de tablas, “cosas de uno”, decía él.
Y luego estaba la casa del campo. Una casita en una urbanización de las afueras de Toledo, vieja, de madera, con el porche justo y dos habitaciones y una cocina enana. Si cerraba los ojos, podía oír los crujidos de la tarima, ver las marcas en la puerta, sentir cómo caía la lluvia en el tejado. Aquella casa se la dejaron a él y a su mujer los padres de ella. Hace más de veinte años, iban allí casi todos los fines de semana con los niños. Plantaban tomates, asaban patatas, ponían la radio portátil encima de la mesa.
La mujer se le fue hace ya cuatro años. Los hijos, mayores, cada uno con su piso, sus familias. Sólo le quedaban la casa del campo y el garaje. Como si esas dos cosas le fijaran en un mapa, delimitando el mundo. Piso, campo, garaje. Todo donde debía estar.
El hervidor pitó. Santiago preparó el té, se sentó a desayunar. En la silla de enfrente, doblado, el jersey que había usado ayer. Se tomaba el bocadillo, miraba el jersey y pensaba en la conversación que tuvo la noche anterior.
El día anterior vinieron los hijos. El hijo con su mujer y un niño pequeño, su nieto. La hija con su marido. Tomaron té, hablaron de vacaciones, quién iría a Benidorm, quién a Cádiz. Hasta que la conversación viró, como siempre últimamente, al dinero.
El hijo decía que la hipoteca le asfixiaba, que los intereses subían. La hija protestaba del precio de la guardería, el baile, la ropa de la niña. Santiago se limitaba a asentir, recordaba cuándo él también hacía cuentas hasta la siguiente nómina. Pero entonces ni casa de campo, ni garaje. Sólo un cuarto alquilado y esperanzas.
El hijo, tras un silencio, le dijo:
Papá, hemos estado hablándolo con Ana… y con Carmen también lo hemos pensado. ¿No crees que podrías vender algo? La finca, por ejemplo, o el garaje. Total, casi no vas.
Santiago se rió entonces, lo quitó de en medio. Pero por la noche no pegó ojo, con el total, casi no vas dándole vueltas en la cabeza.
Se acabó el desayuno, fregó la taza, miró el reloj. Ocho en punto. Decidió que ese día iría a la finca. Había que pasar revista después del invierno. Y, de paso demostrarse algo a sí mismo.
Se vistió bien, cogió las llaves de la casa y el garaje y salió. Se entretuvo un momento en el recibidor, mirándose al espejo alargado y gastado, donde volvió a ver a ese hombre de cejas grises, ojera marcada, pero aún recio. No un viejo. Se enderezó el cuello del abrigo y salió.
Paró en el garaje para llevarse algunas herramientas. El candado chirrió, la puerta cedió al tirón familiar. Dentro olía a polvo, gasolina, trapos raídos. En las estanterías, botes con tornillos, cables, una cinta vieja rotulada con rotulador. Telarañas arriba.
Repasó con la mirada los estantes. Aquí el gato hidráulico de su primer coche. Aquí los listones de madera para un banco que nunca hizo. Allí seguían, esperando.
Recogió la caja de herramientas, un par de garrafas vacías y continuó camino.
Le costó una hora llegar a la finca. Aún había nieve sucia en las cunetas, la tierra ya asomaba negra, blanda. En la urbanización reinaba el silencio. Era pronto para la temporada. En la garita, la portera de siempre, envuelta en su abrigo, le saludó con un gesto.
La casa de campo estaba igual de silenciosa. Una valla ladeada, la cancela algo desencajada. Abrió, cruzó el sendero estrecho, las hojas secas crujían bajo los zapatos.
Por dentro, la casa olía a encierro y a madera vieja. Abrió todas las ventanas. Sacudió la colcha de la cama. En la cocina enana aún quedaba la olla esmaltada donde cocían el pisto. Colgando de un clavo, el llavero de cobertizo con el material del jardín.
Fue repasando la casa con la mano: las paredes, las manillas de las puertas. El cuarto donde dormían los niños, la litera aún puesta. Arriba, el oso de peluche al que una oreja le faltaba. Santiago recordaba los lloros del hijo por esa oreja, y cómo acabó sujetándola con cinta aislante.
Salió al jardín. La nieve casi derretida, la tierra negra y mojada. Al fondo, la barbacoa oxidada. Se acordó de las noches de chuletas, de los tés en el porche, escuchando las carcajadas de algún vecino.
Suspiró y se puso manos a la obra: limpió el sendero, arregló la tabla suelta del porche, revisó el tejado del cobertizo. Sacó una silla de plástico, se sentó al sol; se estaba bien.
Miró el móvil: su hijo le llamaba por la tarde, la hija le había escrito que necesitaban hablar todos con calma. No es que nos moleste la casa, papá, pero pensemos con cabeza, leía en el mensaje.
Con cabeza, que no es nada más que dinero que no debe quedarse parado. Que a una persona mayor no hay que dejarla cargar con una finca y un garaje. Que hay que ayudarles a ellos, a los jóvenes, mientras puedas.
Él lo entendía, de verdad que sí. Pero sentado allí, oyendo ladrar a un perro a lo lejos, el goteo en el canalón lo de con cabeza pasaba a un segundo plano. Esto iba de otra cosa.
Santiago dio otra vuelta, cerró la casa, puso el candado al portón y volvió a la ciudad.
A la hora de comer estaba en casa. Dejó la bolsa en la entrada, puso agua para el té, y entonces vio una nota encima de la mesa: Papá, pasamos por la tarde a hablar. S.
Se sentó a la mesa, las manos apoyadas, sabiendo que esta vez de broma nada. Tocaba hablar en serio.
Esa noche vinieron los tres: el hijo con su mujer y la hija. Al nieto lo dejaron con los suegros. Santiago abrió la puerta y los pasó al recibidor. El hijo colgó la chaqueta, descalzo, como en casa de pequeño.
Se sentaron a la mesa, él sirvió té y puso pastas, nadie tocó nada. Charlaron unos minutos de trivialidades: el nieto, el trabajo, el tráfico.
Hasta que la hija miró al hermano, este asintió, y soltó:
Papá, vamos a hablar claro. No queremos presionarte, pero tenemos que aclarar las cosas todos.
Santiago notó el nudo en el estómago. Asintió.
El hijo siguió:
Mira, tienes el piso, la casita y el garaje. El piso ni lo tocamos, ahí nada de nada. Pero la finca tú dices tú mismo que pesa. El huerto, el tejado, la valla. Cada año hay gastos.
Hoy estuve allí contestó el padre, bajito. Está todo bien.
Ahora sí saltó la nuera. Pero ¿y dentro de cinco, diez años? Papá, no vas a ser eterno. Perdona, pero hay que preverlo.
Santiago apartó la mirada. Lo de que no era eterno sonó a bofetada aunque no fuese con mala intención.
La hija ya más suave:
No hablamos de dejarlo todo. Pensamos que podrías vender la casa y el garaje, y repartir. Así tú estás tranquilo y nosotros, pues quitamos parte de la hipoteca. Siempre decías que querías ayudar.
Él lo había dicho, sí. Al jubilarse y aún encadenar algunos trabajos. Entonces se veía fuerte, útil.
Ya ayudo. A veces recojo al niño, os hago la compra.
El hijo resopló:
Papá, eso no es igual. Ahora nos hace falta una cantidad gorda. Lo sabes. No te decimos que nos lo des todo. Sólo que lo tuyo está parado.
Decir patrimonio en esa cocina le sonó extrañísimo. Sentía que entre ellos se levantaba una columna invisible de números, de hipotecas, de tasas.
Agarró la taza, el té ya frío.
Para vosotros es solo patrimonio dijo despacio. Para mí es…
Calló, buscando palabras. No quería parecer cursi.
Son trozos de vida. Ese garaje lo construí a mano, con mi padre. Él aún estaba, cargamos los ladrillos juntos. Y la casa ahí crecisteis los dos. Vosotros.
La hija apartó la mirada. El hijo calló un poco, y luego más tranquilo:
Lo entendemos. Pero casi no vas. Todo está parado. No puedes solo.
Hoy estuve allí repitió él. Todo está en orden.
Hoy repitió el hijo. ¿Y antes qué? En otoño, ¿verdad? Papá, sé realista.
El reloj marcando el silencio, ellos hablando de su vejez como de un proyecto. Reorganizar gastos, repartir bienes.
Bueno dijo él. ¿Qué proponéis, exactamente?
El hijo se animó: lo tenían planeado.
Hemos hablado con una inmobiliaria, nos dan buen dinero por la finca, el garaje también se vende fácil. Nos ocupamos nosotros de todo, tú no tienes que moverte. Solo ir al notario.
¿Y el piso? preguntó él.
El piso no lo tocamos saltó la hija. Ese es tu casa.
El casa sonó en su boca como si fuera sólo ese piso. ¿Y la casita del campo? ¿El garaje donde chapucea? ¿No cuentan como su casa?
Se levantó, fue a la ventana. Afuera se encendían las farolas. Más o menos igual que hace veinte años. Sólo habían cambiado los coches y los niños y sus móviles.
¿Y si no quiero vender? preguntó mirando la plaza.
Silencio. Al final la hija:
Papá, es tuyo, tú decides. No te obligamos, sólo queremos lo mejor para ti. Ya nos decías que cada vez tienes menos fuerzas.
Menos fuerzas sí admitió. Pero de momento aún puedo decidir qué hago.
El hijo suspiró.
Papá, no queremos discutir. Pero desde fuera parece que te aferras a las cosas, mientras a nosotros nos cuesta respirar. Nos pasamos el día preocupados por si a ti te pasa algo. ¿Quién irá a cuidar todo eso?
La punzada de culpa. Él también se lo pregunta. Si de golpe ya no estuviese, ellos tendrían que pasar por todos esos papeles, decidir qué hacer con la finca y el garaje. Les sería un lío.
Volvió, se sentó.
Y si empezó. Si ponemos la finca a vuestro nombre ya, pero yo sigo yendo mientras pueda?
La hija y el hijo cruzaron miradas. La nuera torció el gesto.
Papá, pero entonces seguiríamos igual. No podemos ir tanto como tú esperas, con el trabajo y los críos.
No os lo pido. Iría yo. Más adelante, ya veréis.
Él sabía que era un compromiso: para él, al menos conservar el lugar. Para ellos, saber que el papeleo lo tenían resuelto.
La hija se quedó pensando.
No está mal Pero vamos a ser sinceros. Ni siquiera sabemos si algún día la disfrutaremos de verdad. Quizá nos mudamos. En Valladolid hay trabajo y la vida más barata.
A Santiago esa confesión le pilló desprevenido. Para el hijo también era novedad.
No lo habías comentado le dijo.
Estamos pensándolo. Pero no va de eso. Es que esa finca es tuya, no nuestra vida.
Captó la palabra vida. Para ellos, la vida era otra cosa, en otros sitios; para él, se quedaba en ese piso, ese garaje, esa finca.
La conversación fue un tira y afloja. Ellos con números, él con recuerdos. Ellos salud y futuro, él rutina y sentido. El hijo, cansado, levantó el tono:
Papá, entiéndelo. No vas a poder con esto siempre. Un día faltas y todo se va a pique. ¿Para qué mantener lo que va a caer?
A Santiago le hervía la sangre.
¿A eso llamas derrumbe? ¿A donde correteabais de pequeños?
De pequeño, papá. Ahora la vida es otra.
Silencio incómodo. La hija intentó mediar.
Santi, déjalo.
Pero ya estaba todo dicho. Santiago se dio cuenta de que hablaban desde mundos distintos. Para él la finca era vida. Para ellos, nostalgia.
Se levantó.
Lo pienso. Pero no hoy ni mañana. Dadme tiempo.
Papá, no podemos demorar mucho empezó la hija. Nos viene otro recibo…
Lo sé. Pero esto no es vender un armario.
Se pusieron la ropa, la hija lo abrazó fuerte antes de irse.
No es por la finca. Es que nos preocupas susurró.
Cuando cerró la puerta, el piso se hizo de piedra. Santiago fue a la cocina y se sentó entre los restos del té y las pastas. De repente, cansancio y vacío.
Así estuvo muchísimo rato, solo, la noche colándose por las ventanas. Luego buscó la carpeta con papeles: su DNI, las escrituras, los títulos del garaje y la finca. Repasó el plano diminuto del terreno, pasó el dedo por las líneas, como si caminase por el huerto.
Al día siguiente, fue al garaje. Algo tenía que ocuparse. Abrió la puerta de par en par, dejó que entrase la luz. Sacó herramientas, revisó cajas, tiró un montón de cosas, cables, metal oxidado, cosas por si acaso.
El vecino del box de al lado, un viejo conocido, se asomó.
¿Qué, tirando cacharros? le dijo.
Poniendo orden, a ver qué me vale ya.
Bien hecho. Yo vendí el mío. El chaval necesitaba comprar coche. Ahora vivo sin garaje, pero el chico feliz.
Santiago se calló. El vecino se largó y él siguió removiendo. Vendido y listo, como si fuera un abrigo.
Cogió una llave inglesa envejecida y la balanceó. Se acordó de cuando el hijo le pedía a mí, a mí también. Pensaba que siempre estarían juntos ahí, que todo eso era su manera de entenderse.
Pero ahora resultaba que hablaban diferentes idiomas.
Al anochecer, volvió a los papeles. Llamó a la hija.
Lo he decidido. La finca la ponemos a tu nombre y al de Santi. Mitad y mitad. Pero no se vende ahora. Yo iré mientras pueda. Cuando no pueda, vosotros hacéis lo que queráis.
Ella tardó en decir algo.
¿Estás seguro?
Sí. No me queda otra.
Vale. Mañana hablamos de cómo hacerlo.
Dejó el móvil y sintió no sólo agotamiento, sino también cierto alivio triste. Ya estaba hecho.
Una semana después fueron al notario en la Gran Vía. Pactaron una donación. Santiago firmó papeles notando la mano temblar. La notaria, con su voz tranquila, guiaba la firma. Los hijos le daban las gracias.
Gracias, papá. Nos salvas, de verdad.
Santiago asentía, pero sentía que ellos le salvaban a él de dar vueltas a lo que pasaría mañana. El futuro quedó sobre el papel.
El garaje lo dejó en suspenso. Ellos le recordaban que también podían venderlo. Él se negó: eso era suyo todavía, le hacía falta para ocupar horas, para no acabar tirado viendo Sálvame toda la semana. Eso sí lo comprendieron.
La vida siguió como si nada. Seguía en su piso, iba al campo ya como invitado en una casa ajena. Aunque tenía las llaves, nadie le preguntaba. Era, por ahora, suyo en la práctica.
La primera vez después de firmar fue solo, un sábado de abril espléndido. Iba pensando en que la casa ya no era de Santiago, sino de otros. Pero al abrir la cancela y oír los bisagras, la costumbre hizo fácil la llegada.
Entró, colgó la chaqueta del clavo. Todo estaba tal y como lo había dejado: la litera, la mesita, el oso con oreja sujetada.
Se sentó junto a la ventana. El sol dibujó polvo en el alfeizar. Pasó la mano por la madera, sintiendo cada nudo.
Pensaba en los hijos, en su piso, apretando cuentas, haciendo planes para otros mundos. Pensaba en sí mismo, en planes que ya no eran anuales, sino de estación en estación: otra primavera más, otro huerto, otros tés en el porche.
Sabía que su decisión, un día, sería vender. Quizá al año siguiente, quizá a los cinco. Cuando ya ni él pudiera subir por el camino. Ellos dirían que no tiene sentido una casa vacía. Y no les faltaría razón.
Pero hoy la casa seguía en pie. Todo estaba como debía. Las herramientas en el cobertizo, en el huerto ya asomaban brotes tiernos. Aún podía andar, agacharse y notar la tierra.
Salió fuera, recorrió la finca. Desde la valla, veía a los vecinos plantando tomates, a otros colgando ropa al sol. La vida seguía.
Sintió que su miedo no era solo por la casa ni el garaje. Le asustaba dejar de ser útil, no tener ya sentido para los suyos ni para sí mismo. Aquellos lugares le daban la fe de que contaba, de que aún podía arreglar, pintar, excavar.
Eso ahora pendía de un hilo. En los papeles ya no era suyo, pero sus costumbres decían otra cosa. El hogar, al fin, es más que una escritura.
Sacó el termo y se sirvió un té. El primer sorbo le supo como la resolución amarga del otro día, pero ya no dolía igual. Había asumido. Había pagado el precio. Les había dado parte de lo suyo, y a cambio se quedaba, en el fondo, con lo que más quería: el recuerdo y el derecho de seguir un tiempo más ahí, aunque nadie más lo entendiese.
Miró la puerta, sacó la llave, la hizo girar en la mano. Un día esa llave la tendrían otros. Irían a abrir sin saber la mitad de lo que se ha vivido detrás de esa cerradura.
Le entró un poquito de tristeza, y al mismo tiempo, de paz. El mundo gira, las cosas cambian de mano. Lo importante es haber ocupado el sitio propio mientras tanto.
Terminado el té, se acercó al cobertizo a por la azada. Tenía que cavar una fila de huerto, sólo una. Para él, no para sus hijos, ni para futuros dueños. Para saber que aún tenía los pies en la tierra.
La hundió en la tierra y el suelo cedió, negro y fresco. Aspiró hondo el olor, volvió a inclinarse.
Iba despacio, el cuerpo protestando. Pero con cada surco se sentía más ligero, como si removiese los miedos también.
Al caer el sol, se sentó en el porche. Observó la tierra removida, el cielo que se teñía de lila, una bandada de pájaros chillando.
Miró la casa, sus huellas en la tierra, la azada contra la pared. Imaginó el mañana, el año que viene, dentro de cinco. No tenía respuesta, pero se sentía, por primera vez en tiempo, en paz.
Cerró la casa, apagó la luz, se detuvo un segundo en el porche. Giró la llave en la cerradura.
La guardó en el bolsillo y volvió al coche por el sendero, sorteando el trozo recién cavado.







