La cruda insomnia había echado raíces en la vida de Begoña hacía ya mucho tiempo, convirtiéndose en una sombra que no la abandonaba. Esa noche volvió a seguir su amarga costumbre. Como parte de un ritual arraigado, se incorporó de la cama, se acercó a la ventana helada y entreabrió el cristale del balcón. Un profundo suspiro del húmedo aire nocturno la llenó, y sus ojos se posaron en la densa niebla blanquecina que cubría la ciudad dormida. Desde el tejado del edificio contiguo asomaba la tímida media luna, colgando como un farol sin rostro sobre el callejón, derramando una luz fría que teñía las calles de plata.
Begoña odiaba esas noches interminables que helaban el alma. Creía que, con el paso del tiempo, el dolor se desvanecería y el corazón volvería a encontrar la alegría, pero se aferraba a los fantasmas del pasado como quien se agarra a una caña de pescar en medio del mar. En silencio rogaba al cielo que su marido y su hija aparecieran en sus sueños, clamaba por compañía y su corazón herido gritaba el vacío de la soledad. Cinco años transcurrieron, pero el tiempo no resultó ser bálsamo, sino un recordatorio cruel que apretaba el nudo de la garganta con cada día que pasaba.
El día de la tragedia no anunciaba nada fuera de lo común. Como de costumbre, Begoña se preparó para un viaje de trabajo a una de las sedes de la Universidad Autónoma de Madrid, donde dictaba clase. Aquellas comisiones se habían convertido en una parte esencial de su rutina académica, sobre todo a mitad de curso, cuando los estudiantes a distancia necesitaban sus conferencias y sus exámenes, a veces varias veces al semestre.
Su esposo, Alberto, y su hija, Eulalia, ya estaban acostumbrados a la vida de equipaje de la madre. A veces bromeaban con ella, pero siempre con ternura y amor desbordante.
Entonces llegó el día horroroso en que Begoña volvió a su apartamento y encontró un silencio sepulcral. Apenas unos minutos después, el teléfono sonó: Alberto y Eulalia habían sufrido un terrible accidente de tráfico. El marido no sobrevivió y la niña pasaba los últimos meses luchando contra la muerte en la unidad de cuidados intensivos
El vacío que se abrió en su alma y en el futuro que había construido mentalmente pareció no tener fin. El trabajo se volvió su salvavidas. Las clases, los estudiantes, la cadena interminable de jornadas académicas tomó la carga máxima de la cátedra para ahogar el dolor, para perderse en el torbellino de obligaciones.
Sin embargo, cada vez que en la multitud percibía un gesto que le recordaba a Alberto o a Eulalia, un escalofrío recorría su cuerpo y una lágrima traicionera se le escapaba al ojo.
A las cinco y nueve de la mañana sonó el persistente timbre del teléfono.
¡Buenos días, Begoña! Le recuerdo la recursada de los estudiantes a las diez informó la técnica del departamento.
Gracias, Irma, lo tengo presente contestó ella mientras empezaba a alistarse.
Su ruta al trabajo cruzaba el pasillo subterráneo de Gran Vía, donde solía pasar entre puestos de bocadillos, ancianas vendiendo chucherías y músicos callejeros.
Ese día, sin embargo, sus ojos se fijaron en una joven con un bebé en brazos. La madre abrazaba al niño con una fuerza desesperada, como queriendo protegerlo de todo mal. Vestía vaqueros rotos en las rodillas, una chaqueta ligera y un abrigo que no encajaba en el otoño madrileño. Tenía la barbilla metida en el cuello y la mirada perdida en el vacío. La gente pasaba sin detenerse, sin ofrecer monedas ni ayuda.
El pequeño, envuelto en una frazada limpia y cálida, dormía plácido. Al pie de la mujer había un maletín gastado y un vaso de papel con unas cuantas monedas.
¿Cuántos años tendría? No más de dieciocho, tal vez. La delgadez y el cansancio le daban un aire más juvenil.
Begoña redujo la velocidad y, como si un recuerdo de su hija la atravesara, su corazón se encogió. Extendió la mano hacia la bolsa, sacó un billete de mil euros y se lo entregó a la joven.
Los ojos de la muchacha se llenaron de un abismo de tristeza sin salida. Se miraron en silencio unos segundos.
¡Mamá! exclamó de repente, con una voz tan clara que a Begoña le pareció un grito.
Quedó paralizada, sin poder pronunciar palabra. Reuniendo el valor, dijo:
Tómelo, por favor, compre algo para usted y para el bebé su corazón latía con fuerza, recordándole que debía apresurarse, que llegaba tarde. La mujer había confundido la penumbra del pasillo con una visión.
Al llegar al instituto, Begoña se sumergió en la rutina: recursadas, conferencias, tutorías Pero la escena de la mañana no salía de su cabeza, consumiéndola sin tregua.
«Mamá» esa palabra que ya nunca volvería a oír. ¿Qué habría pasado con esa joven madre? ¿Por qué había terminado en tal situación? ¿Cómo podía ayudarla?
Al volver a casa, volvió a atravesar el mismo paso subterráneo. La joven ya no estaba. Solo un soplo de viento arrastraba un envoltorio de chocolate y unas hojas caídas por el concreto.
La puerta del apartamento se abrió y la recibió una densa nube de aire tibio perfumado a empanadas de col y bollos de canela. En la cocina, llena de cazuelas y cuencos, se movía su madre, Mercedes, que vivía en el piso contiguo del mismo edificio. No quería mudarse a la casa de su hija, pues aquel apartamento era su fortaleza, su mundo repleto de recuerdos. Cada objeto guardaba la huella de sus manos. Para ella, la idea de que otro habitara su hogar era insoportable, por eso su respuesta siempre había sido la misma, firme y rotunda.
Sin embargo, madre e hija se apoyaban mutuamente; Mercedes solía visitar a Begoña para hornear montones de empanadillas, freír crujientes tortitas y preparar unas bizcochas de vainilla según una receta secreta. Aun con el dolor oculto bajo la piel, intentaba animar a su hija, aunque le entraban lágrimas amargas como garras de gato.
¿Qué tal el día? preguntó Mercedes al instante de ver a Begoña colgar el abrigo.
Mamá hoy en el paso subterráneo vi a una niña con su bebé, pedían limosna balbuceó Begoña. Le di dinero
¡Otra estafadora! suspiró Mercedes, mientras limpiaba sus manos en el delantal. En la tele siempre hablan de esas. Pero, hija, no puedes a todos ayudar. Eres demasiado buena.
Le di el billete
Ay, niña, no puedes calentar a todo el mundo. acarició su hombro Siéntate, cena, que el caldo está listo.
Begoña tomó asiento y, mientras el gato de Mercedes, Misi, ronroneaba en el alféizar, escuchó a su madre decir:
¿Qué pasa, hija? preguntó Mercedes, con preocupación en los ojos.
Ella me llamó mamá Begoña se quedó mirando una pared, como si esperara una respuesta.
Mercedes no contestó, solo asintió con la cabeza, la tristeza dibujada en su rostro. Tras una hora de tareas, se retiró a su habitación.
Allí, en su modesto estudio, Mercedes repasó un viejo álbum familiar. Entre las páginas amarillentas encontró una foto de una pequeña Begoña en los brazos de su padre, entonces joven y alegre. Pensó en lo cruel que era la vida al arrebatar a los seres queridos cuando más se necesitaban.
El reloj de péndulo marcó la medianoche. Mercedes cerró el álbum, apagó la luz y se acostó, diciéndose a sí misma que todo era una coincidencia, una mala jugada del destino.
Al día siguiente, el destino volvió a cruzar a Begoña con la desconocida, pero ya no en el lúgubre pasillo, sino en la parada del autobús bajo una lluvia otoñal que azotaba Madrid como si quisiera lavar la ciudad. La joven llevaba la misma chaqueta raída y los vaqueros desgarrados, y a sus pies reposaba el maletín gastado. El bebé, acurrucado en sus brazos, gorgoteaba y se retorcía. La mujer trataba de calmarlo con una canción monótona.
Begoña quedó paralizada por un instante. El impulso de ayudar volvió a arder en su pecho, pero el miedo a invadir una pena ajena la retenía. Sabía que había mil razones para que la joven estuviera allí bajo la lluvia, y la falta de techo no era la única.
Decidió quedarse a distancia, observando cómo los autobuses llegaban y se iban, mientras la mujer no intentaba marcharse. Finalmente, los hombros de la joven temblaron y cayó sobre un banco mojado, sollozando en silencio.
El corazón de Begoña se encogió. No pudo seguir mirando. Se acercó y le habló con voz suave:
Buenos días, disculpe la molestia. ¿Le puedo ayudar en algo?
La joven, Lidia, tembló como sacudida por una corriente, pero no respondió, dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia. Begoña se sentó a su lado, le puso una mano en el hombro y le dijo:
En esta lluvia es peligroso quedarse al aire libre. El bebé podría resfriarse y usted también. Vivo cerca, puede pasar a mi casa a esperar a que pare la lluvia y a que el niño se recupere.
Sin esperar rechazo, llamó a un taxi y, con Lidia a cuestas, subió al vehículo. El silencio los acompañó durante todo el trayecto, sólo interrumpido por el suave suspiro del bebé envuelto en su manta.
¿Cómo se llama? preguntó Begoña al abrir la puerta de su piso.
Lidia respondió la mujer, cruzando el umbral.
Pasa, Lidia, acomódate. ¿Tienes algo para alimentarla?
Sí está en lactancia contestó con voz más fuerte.
Mientras Lidia cambiaba al bebé y lo alimentaba en el salón, Begoña llamó a la facultad para cancelar sus clases del día. Tras años de sobrecarga, sus jefes comprendieron su repentina licencia.
Lidia, pon el plato en la mesa, tienes que comer dijo Begoña, colocando un caldo humeante frente a ella.
El pequeño, a esas horas, dormía profundamente. Lidia, como quien temía romper la magia del momento, se acercó a la cocina y se sentó. Observaba la mesa como si temiera que fuera un espejismo que pronto se desvanecería y la devolvería a la calle helada.
Gracias, de verdad susurró. Es muy duro estar sola con un bebé sin donde ir.
¿Qué pasó? ¿Dónde está su casa? indagó Begoña con delicadeza.
Lidia exhaló profundamente, sus hombros se encorvaron bajo el peso del pasado.
No tenemos hogar. Fue culpa mía. En mi juventud firmé papeles entregando el piso de mi madre a un hombre llamado Néstor, que prometió que sería para el negocio y al final nos echó a la calle. Tomé lo poco que tenía, compré el billete de tren más barato y llegamos a Madrid.
¿Y su familia? preguntó Begoña.
Nadie usted me recordó a mi madre. Murió hace tres años. Nunca supe quién era mi padre; mi madre nunca hablaba de él, era un tema prohibido. No quería recordar el pasado, como si guardara una terrible condena.
Lidia rompió a llorar.
Descubrimos su enfermedad demasiado tarde continuó, tragando lágrimas. Los médicos dijeron que había esperanza, pero perdimos el tiempo. Después llegó Andrés, pensé que era amor, pero sólo quería el piso. Nos convertimos en una carga
Begoña la abrazó, sintiendo cómo la mujer temblaba.
Quédate conmigo afirmó con firmeza. Vivo sola. Perdí a mi esposo y a mi hija hace años, y al verte, recordé a mi pequeña Catalina.
Al caer la noche, Lidia revisó sus escasos enseres en la habitación que antes había pertenecido a Catalina. Con cautela sacó de la maleta un marco de madera viejo que guardaba la única foto de su madre. Aquella imagen, descolorida por el tiempo, era su refugio en los momentos duros. Su madre, en sus últimos años, había dejado de posar; en la foto aparecen sus veinticinco años, una sonrisa amplia y unos ojos azules que reflejaban un cielo sin nubes. Lidia sentía que su madre la escuchaba, que una mano invisible la protegía.
Al día siguiente, Mercedes entró en la casa de Begoña con una caja de bollos y empanadillas recién horneados. Fue entonces cuando conoció a Lidia, la joven a la que Begoña había descrito con tanto sentimiento la noche anterior.
El relato de Lidia sobre sus penurias despertó en Mercedes un recuerdo enterrado desde hacía décadas. Rememoró un diciembre helado de hace cuarenta años, cuando, después de un parto agotador, le habían entregado a ella sólo un recién nacido. La matrona, con voz dura, le había dicho: «Solo tienes un hijo, ¿qué fantasías?». Aquellas palabras le habían marcado para siempre.
Al ver la fotografía desgastada de la madre de Lidia, el corazón de Mercedes se detuvo. La mujer de la imagen, a pesar de la diferencia de edad, se parecía terriblemente a su propia hija Begoña, como si fueran gemelas. El vínculo materno resonó con fuerza, confirmando que Lidia era, de alguna manera, su bisnieta y que la foto era el testigo silencioso de una historia que había esperado años para revelarse.
Esa noche, bajo la tenue luz de una lámpara y la primera nevada que caía suavemente sobre la calle, las tres mujeres se sentaron alrededor de la mesa. El aroma de la comida llenaba el aire, pero lo que realmente se percibía era la expectativa de la verdad.
Cuando Mercedes terminó su relato, el silencio se hizo denso. Lidia, pálida y conmocionada, miró a Begoña, cuyas mejillas también se humedecían.
Lo sé susurró Lidia, tomando la mano de Begoña. La vi en aquel pasillo, en la estación. Usted se parece a mi madre. Ahora entiendo por qué elegí ese tren esa noche fatal. Era como si ella me guiara hasta aquí. Siempre sentí que ella estaba cerca, cuidándonos a mí y a mi niña. Ahora sé que no me equivoqué.







