La esposa llevaba al perro al veterinario y ya empezaba a rondarle una sospecha inquietante: quizás había cometido un error fatal. Ahora, en su casa, en vez de solo un ser desafortunado, habitaban dos
Todo comenzó el día que aquel gatito llegó a casa. Bueno, no es que llegara, lo encontraron. Estaba abandonado en un contenedor de basura, arrojado allí sin piedad por alguien
La esposa salió a tirar la basura y volvió con un nuevo miembro para la familia. Lo llamaron Desdín, de “desdichado”.
Lo primero que hizo Desdín fue meter las dos patas delanteras en una cazuela de cocido madrileño caliente. Mientras la esposa intentaba atrapar al pequeño que aullaba de dolor encima de la mesa, él, sin querer, metió las patas traseras en un cuenco de nata. Y aquello fue solo el principio
Desdín siempre se metía en líos. Se dislocó las cuatro patas saltando simplemente desde la cama. Al tirar vasos, tazones y jarrones de las mesitas, conseguía que le cayeran en la cabeza esos mismos objetos, porque siempre saltaba justo debajo de ellos. Si había sal en la mesa, todos corrían a protegerla con las manos, porque sabían que Desdín iba a saltar justo allí.
Tres veces le dio una descarga eléctrica. Gatos no suelen sobrevivir a eso, pero al parecer el Ángel de la Guarda cuidaba bien de su protegido; y el veterinario logró salvarlo las tres veces.
En varias ocasiones intentó ahogarse en el cubo del fregado. Y siempre lo acababan rescatando justo a tiempo. Por ese motivo dejaron de dejar cubos con agua sin vigilancia.
Desdín saltaba de manera tan torpe como original. Jamás acertaba a su objetivo. Se golpeaba contra todo: esquinas, espejos, reposabrazos
Como podéis imaginar, la situación era límite.
La esposa lo llevó incluso a curanderas, que se reían, pero se quedaban con los euros tras pasarle un huevo por el cuerpo para quitarle el mal de ojo. Pero después de que Desdín rompiera la vajilla en cada casa, adquirió una reputación tan nefasta que ya ninguna accedía a recibirlo.
Cansada de tantas desgracias, la esposa consultó con una amiga, quien le sugirió buscarle compañía al gato, quizás otro gato o incluso un perro.
Aquello entusiasmó mucho a la esposa. Y, por una suma nada despreciable de euros, madre e hija lograron comprar un perro feísimo de la raza chihuahua.
¿Feo? Si lo habéis visto de cerca, sabéis a lo que me refiero. Y ladrar bueno, más bien tose.
Al día siguiente todo quedó más claro. Es que vivían en una casa y, claro, tenían ratones
Desdín no les tenía miedo, es más, adoraba observarlos y correteaba tras ellos. Por esa razón instalaron varias trampas para ratones.
En una de ellas cayó el perrillo, al que llamaron Toribio
La esposa llevó al veterinario al perrito lloriqueante, con la creciente sensación de que acababa de sumar otro infortunio al hogar. Ahora tenían dos seres desdichados bajo el mismo techo
Desdín enseguida acogió bajo su ala al nuevo pupilo. Salían juntos al patio y no se les podía perder ojo: se topaban con hormigas, avispas y abejas; los gansos los intentaban morder y las gallinas picotear. El trabajo se había multiplicado.
Y, sin embargo, un día todo cambió.
El marido, que guardaba el coche justo delante de la casa por suerte, había sitio de sobra, todas las mañanas salía con su taza de café en mano, cerraba la puerta del jardín, subía al coche y se marchaba al trabajo.
Aquella mañana, Desdín, tras volcar la taza y tirar el bocadillo al suelo como cada día, no se escondió bajo la mesa. Al contrario, corrió hacia la puerta y se plantó allí, implacable.
El marido intentó apartarlo, pero recibió un zarpazo y una espalda arqueada en señal de desafío.
¡Pero qué faena! gritó. ¡Primero me vuelca el café y el desayuno y ahora encima me ataca! ¿Quieres apartarte de una vez?
Intentó apartarlo con el pie, cuando de repente
Debajo de la cama apareció ese perro minúsculo, Tosió con fuerza un ruido entre ladrido y carraspeo, y se lanzó a proteger a su amigo felino.
Toribio plantó sus finas y temblorosas patitas delante de Desdín. Tosió y enseñó sus minúsculos dientes, con determinación y rabia en la mirada:
«¡No pasarás!», parecía decir. «¡Antes muero yo! ¡Atrévete primero conmigo!»
La cosa se estaba poniendo fea.
¡Que ya está bien, hombre! protestó el marido. ¡Voy a llegar tarde al trabajo con vuestras tonterías!
Corrió al dormitorio donde dormía su esposa.
¡Despierta, que tengo que salir y estos dos no me dejan pasar!
¿Quién, qué? balbuceó la esposa, medio dormida.
Se levantó y juntos fueron a ver qué pasaba. Al acercarse a los dos infortunados, llegaron desde fuera los ecos de un estrépito tremendo.
Al salir al patio y cruzar la verja, vieron la imagen: un camión repartidor de leche, sin frenos, había embestido su coche a toda velocidad, reduciéndolo a un amasijo de chapa.
El hombre dejó caer la taza de café recién servida El conductor del camión acabó en la ambulancia, infartado. Cosas que pasan
*****
Ahora, Desdín y Toribio dejan salir al hombre cada mañana, aunque él siempre se detiene ante la puerta y pregunta a la pareja:
¿Qué, chicos? ¿Cómo está el patio? ¿Todo en orden hoy?
Toribio muestra sus dientecillos y mueve la cabeza.
¿Creéis que ya son afortunados? ¡Para nada!
Siguen metiéndose en todos los líos posibles e imposibles. Y aunque las desgracias continúan, nadie ya se lleva las manos a la cabeza ni suspira por las pérdidas, ni lamenta la mala suerte.
Ahora los llevan en brazos, los besan y limpian de nata y cocido. A Toribio le compraron un collar carísimo, precioso, y a Desdín, rascadores en cada esquina y una camita personal.
Aunque nunca duerme en ella, pues prefiere los pies de los dueños, desde donde, claro, se cae de madrugada armando un escándalo.
A sus gritos acude su fiel Toribio, quien, por cierto, duerme en esa flamante camita. Toribio tose con fuerza y jura defender a su querido gato de todo peligro.
Al cabo de un rato, toda la familia termina juntos en la cama. Desdín y Toribio, uno a cada lado entre la pareja, así consiguen dormir todos hasta la mañana.
Y si no entendéis el sentido de todo esto, podéis pasar de largo.
Al fin y al cabo, siempre se trata de lo mismo: del amor. Creedme, a Desdín y Toribio no los quieren por ser afortunados, sino por el simple hecho de existir.
Y eso, sí que es verdadera suerte.







