De pequeña, una niebla de curiosidad sobrevolaba cada noche mi almohada, deseando descubrir quién era mi padre. Crecí entre los muros de un internado de Salamanca, y la ausencia paternal se fue integrando como un mobiliario invisible de mi vida, como si así tocara ser. A los catorce, conocí al futuro padre de mis hijos en los bancos soleados de la Plaza Mayor, y por entonces, ni me inquietaba buscar mi propia raíz. La vida era una barca a la deriva, dejándose mecer por el cauce del tiempo.
Años más tarde, tras separarme, fue el propio destino el que, casi sin mi permiso, me tendió un sendero insólito hacia él. Tenía mi propio pequeño comercio en la Calle Mayor de Burgos, y una tarde cualquiera entró un cliente envuelto en un abrigo de aire antiguo. Hablamos, el diálogo se deslizó suave, y sin saber bien cómo, compartí con él mi ausencia, mi incertidumbre sobre mi padre. Extrañamente, aquel hombre se ofreció a ayudarme a encontrarlo. Y lo hallamos: en un pueblo polvoriento de Castilla, donde los álamos susurran nombres en las tardes lentas, vivía él, siempre arraigado al mismo pedazo de tierra.
El día que lo vi por primera vez, embargada por una felicidad viscosa, imposible de acotar en palabras, sentí un gozo desbordante e irreal, como si saltase de tejado en tejado entre las angostas calles del sueño. Empecé a urdir planes adolescentes: paseos por la sierra, tertulias infinitas y simples gestos mínimos. Le compré camisas en El Corte Inglés, le mimé con tonterías, le llevé de viaje a Segovia, y pagaba todo en euros, sin importar si él traía monedas en el bolsillo o vacío. Lo veía gris y abandonado, y creía con vehemencia infantil que debía recuperar todos los años perdidos de una sola bocanada.
Él se lamentaba de su soledad; decía tener hijos en el pueblo, pero que ninguno aceptaba que tuviese compañía femenina. Creían decía con un rastro de mueca que toda mujer lo buscaba por su herencia. Le propuse conocer a esa mujer de la que hablaba y aceptó. Me crucé así con una mujer sencilla y dura, tan castellana como el pan de hogaza. Era callada y se desvivía por él; su bondad se transparentaba en las manos agrietadas y los actos pequeños, pero los hijos de mi padre la rechazaban. Le gritaban, llamaban a la Guardia Civil al menor pretexto, la trataban con hostilidad cada vez que podían.
Cuando pregunté a la señora por el motivo, me reveló que mi padre tenía varias casas, tierras y dinero en la caja de ahorros, y que los hijos vigilaban el entorno como halcones temiendo perder un grano. Desde entonces, las historias crecieron como setas tras la lluvia. Decían por el pueblo que yo había aparecido para robarle todo. Ni siquiera llevaba su apellido. Él insistió en dármelo. Yo no lo deseaba, huía de problemas, pero él fue tajante: era su deseo, y lo acepté al final. Y desde aquel día, todo fue una espiral de murmullos y enfrentamientos.
Mi complicidad con la mujer de mi padre se tejió como un lazo de hilos invisibles. Fui yo quien les sugirió casarse a escondidas, y así sucedió, en una misa silenciosa donde solo las sombras asistieron. La furia de los hijos fue torrencial, para él y para mí. Les dije, mirando los geranios rojos en el alféizar, que mi padre merecía ser dichoso. Su matrimonio fue un carrusel de idas y venidas; pero un día, de casados, los invité a ambos a un viaje. Hasta entonces siempre había viajado a solas con mi padre, pero aquella vez fuimos los tres. Durante el viaje, la esposa me preguntó cuánto aportaría yo a los gastos. Respondí sin titubeos que nada, que si yo iba solo con él, siempre pagaba yo todo.
Entonces me confesó algo que trastocó mi mundo onírico: “Las cosas no son como crees; tu padre siempre ha tenido dinero suficiente, por eso sus hijos lo controlan. No le dejan gastar ni en ropa, ni en gustos, ni en pequeños placeres.” Yo pensaba que vivía precario entre muros a medio terminar y penuria fingida; pero la realidad era que otros administraban su fortuna.
Desde entonces, empecé a empujarle a que disfrutase lo que había cosechado en su vida larga. Él rehuía: “Mis hijos no me lo permiten”. Tras la boda, su esposa empezó a exigirle que contribuyera en el hogar, en la comida, en los gastos de todos los días. Al pedirle algo, él explotaba como una olla de cocido al fuego. Al final cedía, pero siempre después del escándalo. Ella me lo relataba y a mí me parecía no solo justo, sino necesario.
Un mediodía, en la mesa de formica, la mujer le pidió que comprase el almuerzo de su padre. Él reaccionó con dureza: “Que lo pague ella, siempre lo mismo”, y el aire se llenó de gritos. Yo me puse de su parte. Le pregunté si le gustaría que mi marido negara de comer a mi propio padre. Le dije que no era justo portarse así con la mujer que le daba calor, comida y ropa limpia. Él se encogió en su silla: “Estoy cansado de que me pidan para todo”.
Entonces, la niebla del sueño reveló su secreto amargo: mi padre era tacaño con la mujer que le cuidaba, pero generoso con los hijos que sólo le buscaban para pedir.
Finalmente, el matrimonio naufragó en silencio. Ahora, mi padre vive solo, rodeado de estampas antiguas y relojes mudos. Dicen que una hija se ocupa de él, pero todos sabemos que en realidad él sostiene a su hija, a su yerno y a toda la prole. Los otros hijos llaman, ordenan, y él les envía euros sin rechistar. A la mujer que estuvo a su lado, siempre la negó.
Ya no soy la misma con él. Le guardo un cariño sordo y amortiguado, lejano, pero se desvaneció la ilusión primera. No le invito a aventurarse por los caminos de Castilla, casi no hablamos. Si yo no marco su número, él tampoco llama. No puedo volver al punto de partida. Me apena confesarlo, porque hallarle fue una quimera ardiendo, pero ahora es como si nunca hubiera existido, apenas un eco en una ciudad inventada de mi sueño.







