Un regalo del destino Antón llegó a casa de su madre ya tarde; a ella no le sorprendió, pues su hijo suele aparecer así. Tras el divorcio, Antón vive solo y su hijo, Miki, se ha quedado con su madre. —Miki te ha estado esperando. Le prometiste llevarle a patinar sobre hielo. Se ha dormido hace poco, así que no le despiertes. Ahora te caliento la cena, comes y te echas a dormir. Antón cenó y fue a la habitación de Miki, se tumbó a su lado. No podía conciliar el sueño de inmediato; por alguna razón recordó a su primera mujer, Dina, y después de ella hubo dos más, pero ninguna fue igual. Nunca había olvidado a Dina. Habían crecido juntos desde el parvulario, jugando y siendo vecinos. Fueron compañeros de clase en el colegio y después ingresaron en la misma universidad. Así, siempre juntos, terminaron casándose. Los padres de ambos se alegraron; llevaban años acostumbrados a ver a la pareja. Todo el mundo admiraba su belleza y complicidad. Vivían bien, en un piso que Dina heredó de su abuela. El tiempo pasaba, pero su vida de casados estaba ensombrecida porque Dina no podía quedarse embarazada. Tenían de todo y los dos gozaban de buena salud, pero no venía ningún hijo. A Dina le ofrecieron ir al balneario en la costa para hacerse un tratamiento, pero su marido no quiso que fuera. —¡Lo que me faltaba, que trajeras de allí un hijo de otro! —Antón, ¿no confías en mí? —le preguntó, con lágrimas en los ojos. Los padres sugerían adoptar un niño del orfanato, pero él ni siquiera quería escuchar la idea. —Quiero un hijo propio, y punto… Para su décimo aniversario de bodas invitaron a familiares y amigos a casa. Todos esperaban a Antón, pero seguía retrasándose. Los invitados aguardaron mucho tiempo, sentados sin ánimo, y finalmente se marcharon, dejando la mesa llena de viandas casi intactas. Antón no regresó a dormir esa noche. Dina sufrió, lloró, se sentía sola y entendía que tal vez era lo que debía esperarse. Antón había cambiado mucho últimamente. Por la mañana apareció él y le soltó la noticia más brutal: había pasado la noche con una mujer que tenía dos hijos, y le había prometido tener un hijo para él, un hijo que después les entregaría para criar juntos. —¿Antón, cómo has podido hacerme esto? Me has sido infiel… ¿Por qué no lo hablaste conmigo? No te perdonaré la traición, vete… O mejor, ayúdame antes a adoptar un niño del orfanato —suplicaba entre lágrimas. —¿Para qué? ¿Para que luego le pongas mi apellido y me reclames la pensión? Ni hablar… Dina sufrió terriblemente aquella ruptura. Ser abandonada era doloroso, menos mal que sus familiares, amigas y compañeras la apoyaron. Quería adoptar un niño, pero a una mujer sola no se lo permitían. Cerró la puerta de su piso tras él para siempre. Diez años. Diez años de espera, de esperanzas, de pastillas amargas, inyecciones, olor a hospital y un silencio cada vez más espeso. Él se fue de la manera más fría, como si fuera un trámite. —Perdona, Dina. Estoy agotado. A los seis meses, se enteró por conocidos comunes que Antón había tenido un hijo. El mundo no se le vino abajo, pero le pareció que se había apagado todo, como una foto desvaída por el sol. Un año vivió casi en piloto automático: trabajo, casa, insomnio. Un día, resguardándose de la lluvia en una cafetería, vio a Oleg, un amigo de Antón, siempre el alma de la fiesta, bromista y sonriente. Ahora tenía enfrente a un hombre cansado, jugando con una taza vacía. —¡Oleg, hola!, —le saludó, pues él parecía no ver a nadie. Levantó la mirada y sonrió, triste. —Dina… ¿pero de dónde sales tú? Charlaron y él le contó abiertamente sus desgracias: —Rita y yo nos separamos, ya sabes, siempre le importó más el dinero y yo tuve un problema en mi taller. Se quemó todo en un incendio y acabé lleno de deudas. Mi mujer me echó de casa por no traer suficiente dinero. Hace años que perdí a mis padres… No tenía a dónde ir. —Vente conmigo —le ofreció Dina, sorprendida de haberse decidido a decirlo. No era compasión, era una decisión: ayudar a un amigo. No pensaba en rescates ni en historias románticas. Simplemente, por fin, tenía a alguien en su mansión silenciosa a quien las cosas aún le iban peor. —¿Seguro? ¿Y qué pasa con Antón? —¿No lo sabes? Antón me abandonó porque no pude tener hijos… se fue con una que sí le dio uno… Oleg estaba pasmado. —Perdona, Dina, no estaba al tanto, vivimos en barrios diferentes y hace años que no nos veíamos. Así nos ha jugado el destino. —Ya me he acostumbrado. Oleg empezó durmiendo en el sofá. Los primeros días era casi invisible, pidiendo disculpas por cada trozo de pan. Luego fue volviendo a la vida: arregló el grifo que goteaba, montó la estantería rota, preparó la cena. Era increíblemente atento y tranquilo. Con él, el silencio dejó de ser opresivo y se volvió paz. Conversaban cada noche, Dina le consiguió un empleo en su oficina. Oleg estaba encantado. Paso a paso, empezaron a compartir la vida; después se casaron. Un día se cruzaron con Rita, la ex de Oleg. Les miró con superioridad y dijo con sorna: —Aprovecha, es todo tuyo… Igual te hace un niño —hablaba como si Oleg no estuviera allí. —Ojalá. Gracias por los buenos deseos —respondió Dina. Con Oleg volvió a sentirse querida; alguien se preocupaba por ella, era importante para alguien. Por primera vez en años, Dina reía de verdad, no por compromiso. Ahora vivía: con discusiones sobre películas y café por las mañanas. Hasta que un día, hablando en serio, Oleg lo mencionó: —Dina, ¿por qué no adoptamos un niño del orfanato? Ella apenas pudo creer lo que oía, estaba sobrecogida. —Sí, Dina, no es broma. ¿Te has quedado sin palabras? —sonreía él. Recuperándose, contestó: —Sería la mayor felicidad de mi vida. Críar a un niño es mi sueño. Oleg, no sé cómo agradecértelo, llevo años deseando esto y no sabía si tú lo aprobarías. Gracias por anticiparte a mis pensamientos… A Oleg le encantó sorprender a su esposa. —Entonces no lo pensemos más, es un deseo común. Mañana mismo pedimos información y nos asesoramos. —Eres el mejor —Dina reía a carcajadas, sintiendo que la suerte por fin le sonreía. Prepararon los papeles para la adopción, y mientras esperaban la autorización, empezaron a visitar el orfanato… Hasta que Dina se dio cuenta de que llevaba un mes viviendo en un ritmo diferente. No dijo nada a su marido, fue a la farmacia. El test mostró dos rayas. Dos marcas vivas y nítidas, casi burlonas, como diciendo: “Este es tu camino. Tuyo, solo tuyo”. Incrédula, fue corriendo a ver a su esposo. —Oleg, no te lo vas a creer… —le enseñó el test—. ¡Vamos a tener un bebé! —Dios mío, ¿de verdad? Mañana mismo vamos al médico… La doctora confirmó el embarazo y le abrió su historial. Oleg y Dina comenzaron una etapa de felicidad, la más intensa y verdadera. Catorce años de espera para Dina… convertidos en pura alegría. Oleg mimaba a su esposa, no le dejaba hacer esfuerzo, la colmaba de antojos y caprichos. Por fin, llegó el tesoro: una hija. Nació Alina, una niña de ojos claros y saludable. Oleg lloró sin complejos cuando la cogió en brazos a la salida del hospital y murmuró, ronco: —Por fin en casa. Nos espera una vida larga y feliz. Nuestra hija es ahora nuestro mayor tesoro. Su hogar adquirió un nuevo sentido: gritos, risas, olor a polvos de bebé, noches en vela, todo compartido, mano a mano. La felicidad no era perfecta; había discusiones, cansancio, problemas. Pero era firme, como una encina creciendo en la roca. Una tarde de verano paseaban por el parque con el cochecito. Alina dormía y ellos, de la mano, pensaban hacia qué lado ir. Y casi chocaron de frente con Antón, que iba solo. Parecía envejecido, la mirada cansada, una cerveza en la mano. Se detuvieron, dudaron un instante en silencio. —Hola… —logró decir por fin Antón. Su mirada recorrió el rostro radiante de Dina, a Oleg, al cochecito. —He oído que os va muy bien… —Sí —sonrió Dina—. Todo perfecto. ¿Y tú? Él hizo un gesto con la mano, mirando a otro lado. —Bueno… Me he casado otras dos veces, nada funcionó. El niño vive con mi madre, yo voy a verles. Yo… en fin. No hay suerte. No sonaba amargado, solo resignado. Miró a Oleg, como si recordara algo, hizo un chasquido y negó con la cabeza. —Bueno, no os molesto más. Hasta luego. Se alejó encorvado, una figura solitaria en el parque soleado y lleno de vida. Oleg rodeó los hombros de Dina. —Vamos, cielo —le susurró—. Alina pronto se despertará. Es hora de volver a casa. Dina cogió el carro y se marcharon juntos, hacia ese hogar que quizá no era perfecto, pero sí real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre nuevas certezas. Porque eso era la vida: verdadera, inquebrantable. Gracias por leer, por vuestras suscripciones y vuestro apoyo. ¡Suerte y mucha felicidad para todos!

Regalo del destino

Anochecía cuando llegué a casa de mi madre en Madrid. Como de costumbre, no pareció sorprenderse por mi tardanza. Desde el divorcio, vivo solo y mi hijo Miguelito se queda con su madre casi siempre.

Miguelito te estuvo esperando. Dijiste que lo llevarías a la pista de hielo. Se ha dormido hace nada, no le despiertes. Ven, te caliento la cena y luego te acomodas a dormir.

Después de cenar, entré al cuarto de Miguel y me acosté junto a él. No conseguía dormir; sin saber por qué, empecé a recordar a mi primera esposa, Lucía. Después de ella hubo dos matrimonios más, pero nada fue como con ella.

A Lucía nunca la olvidé. Desde pequeños fuimos inseparables: jugábamos en el parque de El Retiro, vivíamos puerta con puerta, fuimos juntos al colegio y luego a la universidad Complutense. Y así, casi sin darnos cuenta, nos casamos. Nuestras familias estaban encantadas, nos tenían asumidos como pareja casi desde la infancia.

Todos admiraban lo bien que encajábamos. Vivimos bien, en un piso que Lucía heredó de su abuela en el barrio de Chamberí. Desgraciadamente, nuestra felicidad conjunta estaba empañada por una frustración: Lucía no conseguía quedarse embarazada. Todo lo demás lo teníamos, estábamos sanos, pero el hijo nunca llegó.

A Lucía le ofrecieron tratamientos en la costa, en un balneario de Alicante. Pero yo, aferrado a mis inseguridades, me negué.

Solo faltaba que vuelvas con un crío que no sea mío le dije.

¿No confías en mí, Antonio? me respondió entre lágrimas.

Nuestros padres nos sugirieron adoptar a un niño de algún centro de acogida, pero mi respuesta era siempre la misma:

Yo quiero a mi hijo, no a uno de otro.

El décimo aniversario de bodas lo celebrábamos en casa con todos los seres queridos reunidos. Esperaban mi llegada, pero yo no aparecí. Al final, los invitados se marcharon cabizbajos, y la mesa quedó intacta.

Esa noche no volví. Lucía pasó la noche llorando y sintiéndose más sola que nunca. Últimamente yo había cambiado mucho. Volví a la mañana siguiente para darle una noticia inesperada: que había pasado la noche en casa de otra mujer, madre de dos niños, y que ella iba a tener un hijo mío y, además, nos lo daría para criar.

¿Se puede saber en qué estabas pensando, Antonio? sollozaba Lucía. ¿Por qué no hablaste esto conmigo antes? No te perdono la traición. Márchate… No, espera, ayúdame primero a adoptar un niño del centro de menores.

¿Y para qué? ¿Para que le pongas mi apellido y me pidas pensión?

Lucía lo pasó mal, tuvo que reconstruirse con la ayuda de la familia, amigos y compañeros de trabajo. Quería acoger a un niño, pero como mujer sola, las puertas estaban cerradas. Cerró la puerta de nuestra casa para siempre. Diez años de espera, de esperanzas, de fármacos, consultas y ese silencio que cada día pesaba más. Me fui en silencio, casi con indiferencia.

Perdona, Lucía. Estoy agotado.

A los seis meses me contaron que tuve un hijo. El mundo no se derrumbó para Lucía; simplemente se desdibujó, como una foto descolorida.

Durante un año vivió de manera automática: trabajo, casa, noches sin dormir. Una tarde lluviosa, refugiándose en una cafetería de Malasaña, vio a Óscar, un viejo amigo, alma de las fiestas, siempre alegre antaño. Ahora era solo un hombre cansado, ausente, jugando con una taza vacía.

¡Óscar! saludó Lucía, acercándose. ¿No me reconoces?

Levantó la vista, la vio, y esbozó una sonrisa triste.

¡Lucía! Vaya, cuánto tiempo… ¿Qué tal?

La charla fluyó sola, quebrando el silencio de años:

Me separé de Beatriz… Tú sabes cómo era, siempre pendiente del dinero. Mi mecánica se quemó, luego las deudas, y me echó a la calle. No me queda familia, me quedé solo.

Ven a mi casa, le propuso Lucía, para sorpresa de ambos.

No fue pena, fue pura voluntad de ayudar. No se trataba de amor ni redención, sino de dar la mano a alguien que estaba aún peor que uno mismo.

¿Pero estás segura? ¿Y Antonio?

No sabes nada, Óscar: Antonio me dejó, porque no pude darle un hijo… Se fue con quien pudo.

Óscar no salía de su asombro.

Perdona, Lucía. La vida ha jugado sus cartas, parece.

Ya ni me sorprende.

Óscar ocupó el sofá. Al principio pidió perdón incluso por un trozo de pan. Poco a poco fue recuperándose: arregló el grifo que perdía agua, montó la estantería que se caía, cocinó algunas comidas. Era atento, sereno. En su presencia el silencio dejó de pesar: era cálido.

Cada noche charlaban. Lucía le consiguió trabajo en su oficina. Óscar se alegró mucho. Así, paso a paso, reconstruyeron su vida juntos. Al tiempo, se casaron.

Un día se toparon de frente con Beatriz, la ex de Óscar. Los miró de arriba abajo y soltó una pulla sarcástica:

Bueno, disfrútalo, que ya no lo quiero para nada… Igual te hace un hijo.

Ignorando la provocación, Lucía respondió con calma:

Ojalá. Gracias por tus buenos deseos.

Junto a Óscar, Lucía volvió a sentirse querida y cuidada. Volvía a reír de verdad, no por educación. Por fin dejaba de sobrevivir para empezar a vivir: planes a medias, cafés de mañana, disputas por películas.

Un día, hablando muy en serio, Óscar la miró a los ojos:

Lucía, ¿te gustaría que adoptáramos un niño?

Lucía no podía creerlo, lo miraba perpleja.

Claro, mujer, ¿te has quedado sin habla? Óscar le sonreía.

Al fin, volviendo en sí, Lucía contestó:

Sería lo más bonito del mundo. Siempre he soñado con adoptar. Óscar, no sé cómo agradecértelo, llevaba tiempo queriendo proponértelo pero temía que no quisieras. Gracias por adelantarte…

Óscar se sintió feliz de haber dado esa alegría.

Entonces, no dilatemos más; mañana llamamos e informamos de todos los trámites.

Eres lo mejor que me ha pasado dijo Lucía entre risas. Se sentía la persona más afortunada del mundo.

Iniciaron la recolección de papeles, esperaron la aprobación y empezaron a visitar centros de menores. Un mes después, Lucía empezó a notar algo diferente en su cuerpo, y fue a la farmacia en secreto. El test mostró dos rayas: positivo. Esas rayas parecían decirle, con sorna y cariño: Este sí es tu camino.

Todavía incrédula, fue corriendo donde Óscar:

Óscar, no te lo vas a creer, ¡pero vamos a tener un bebé!

¡Madre mía, Lucía, no puede ser! Mañana mismo al médico…

El doctor confirmó el embarazo. De pronto, su vida era una fiesta. Lucía llevaba catorce años esperando ese milagro.

Óscar se volvía aún más detallista, no la dejaba cargar ni una bolsa, aparecía con dulces y flores, compraba todo lo que ella quisiera.

Su tesoro llegó en primavera: una niña, Inés, de ojos claros y salud de hierro. Óscar no ocultó las lágrimas al tomar a su hija por primera vez a la salida del hospital:

Por fin vamos a casa. Ahora empieza una vida larga y alegre, con nuestro pequeño tesoro.

La casa se llenó de sonidos nuevos: llantos, risas, olor a colonia y noches en vela, que pasaban juntos, cogidos de la mano. La felicidad no era perfecta: había cansancio, discusiones, retos… Pero era firme y sincera, como un roble entre las rocas.

Un día de verano, paseando por el parque del Oeste con el carrito de Inés, vimos de frente a Antonio. Estaba solo, más envejecido, con la mirada apagada y una lata de cerveza en la mano. Nos detuvimos un instante.

Hola acertó a decir Antonio.

Su mirada recorrió la escena: Lucía radiante, Óscar, el carrito.

He oído que todo os va bien.

Sí contestó Lucía, sin darle más vueltas. Estamos muy bien. ¿Y tú?

Encogió los hombros, mirando al suelo.

Bueno… Me casé dos veces más. Tampoco funcionó. El niño vive con su madre; los visito. Sigo solo… No tengo suerte.

No notamos rencor, solo una resignación amarga. Miró a Óscar, pareció recordarlo, sonrió con nostalgia y se alejó.

Óscar rodeó a Lucía con el brazo:

Vamos, cariño susurró. Inés se despertará pronto, es hora de volver.

Lucía cogió el carrito y seguimos nuestro rumbo, hacia ese hogar imperfecto pero real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre la vida misma. Porque eso es la felicidad verdadera: la que brota de los rescoldos.

Hoy, al repasar todo esto en mi diario, sé que la vida no da regalos porque sí. A veces nos retira algo solo para enseñarnos el valor de empezar de nuevo. Eso aprendí: la felicidad se forja con lo que queda y con quien se queda a tu lado cuando todo lo demás parece perdido.

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MagistrUm
Un regalo del destino Antón llegó a casa de su madre ya tarde; a ella no le sorprendió, pues su hijo suele aparecer así. Tras el divorcio, Antón vive solo y su hijo, Miki, se ha quedado con su madre. —Miki te ha estado esperando. Le prometiste llevarle a patinar sobre hielo. Se ha dormido hace poco, así que no le despiertes. Ahora te caliento la cena, comes y te echas a dormir. Antón cenó y fue a la habitación de Miki, se tumbó a su lado. No podía conciliar el sueño de inmediato; por alguna razón recordó a su primera mujer, Dina, y después de ella hubo dos más, pero ninguna fue igual. Nunca había olvidado a Dina. Habían crecido juntos desde el parvulario, jugando y siendo vecinos. Fueron compañeros de clase en el colegio y después ingresaron en la misma universidad. Así, siempre juntos, terminaron casándose. Los padres de ambos se alegraron; llevaban años acostumbrados a ver a la pareja. Todo el mundo admiraba su belleza y complicidad. Vivían bien, en un piso que Dina heredó de su abuela. El tiempo pasaba, pero su vida de casados estaba ensombrecida porque Dina no podía quedarse embarazada. Tenían de todo y los dos gozaban de buena salud, pero no venía ningún hijo. A Dina le ofrecieron ir al balneario en la costa para hacerse un tratamiento, pero su marido no quiso que fuera. —¡Lo que me faltaba, que trajeras de allí un hijo de otro! —Antón, ¿no confías en mí? —le preguntó, con lágrimas en los ojos. Los padres sugerían adoptar un niño del orfanato, pero él ni siquiera quería escuchar la idea. —Quiero un hijo propio, y punto… Para su décimo aniversario de bodas invitaron a familiares y amigos a casa. Todos esperaban a Antón, pero seguía retrasándose. Los invitados aguardaron mucho tiempo, sentados sin ánimo, y finalmente se marcharon, dejando la mesa llena de viandas casi intactas. Antón no regresó a dormir esa noche. Dina sufrió, lloró, se sentía sola y entendía que tal vez era lo que debía esperarse. Antón había cambiado mucho últimamente. Por la mañana apareció él y le soltó la noticia más brutal: había pasado la noche con una mujer que tenía dos hijos, y le había prometido tener un hijo para él, un hijo que después les entregaría para criar juntos. —¿Antón, cómo has podido hacerme esto? Me has sido infiel… ¿Por qué no lo hablaste conmigo? No te perdonaré la traición, vete… O mejor, ayúdame antes a adoptar un niño del orfanato —suplicaba entre lágrimas. —¿Para qué? ¿Para que luego le pongas mi apellido y me reclames la pensión? Ni hablar… Dina sufrió terriblemente aquella ruptura. Ser abandonada era doloroso, menos mal que sus familiares, amigas y compañeras la apoyaron. Quería adoptar un niño, pero a una mujer sola no se lo permitían. Cerró la puerta de su piso tras él para siempre. Diez años. Diez años de espera, de esperanzas, de pastillas amargas, inyecciones, olor a hospital y un silencio cada vez más espeso. Él se fue de la manera más fría, como si fuera un trámite. —Perdona, Dina. Estoy agotado. A los seis meses, se enteró por conocidos comunes que Antón había tenido un hijo. El mundo no se le vino abajo, pero le pareció que se había apagado todo, como una foto desvaída por el sol. Un año vivió casi en piloto automático: trabajo, casa, insomnio. Un día, resguardándose de la lluvia en una cafetería, vio a Oleg, un amigo de Antón, siempre el alma de la fiesta, bromista y sonriente. Ahora tenía enfrente a un hombre cansado, jugando con una taza vacía. —¡Oleg, hola!, —le saludó, pues él parecía no ver a nadie. Levantó la mirada y sonrió, triste. —Dina… ¿pero de dónde sales tú? Charlaron y él le contó abiertamente sus desgracias: —Rita y yo nos separamos, ya sabes, siempre le importó más el dinero y yo tuve un problema en mi taller. Se quemó todo en un incendio y acabé lleno de deudas. Mi mujer me echó de casa por no traer suficiente dinero. Hace años que perdí a mis padres… No tenía a dónde ir. —Vente conmigo —le ofreció Dina, sorprendida de haberse decidido a decirlo. No era compasión, era una decisión: ayudar a un amigo. No pensaba en rescates ni en historias románticas. Simplemente, por fin, tenía a alguien en su mansión silenciosa a quien las cosas aún le iban peor. —¿Seguro? ¿Y qué pasa con Antón? —¿No lo sabes? Antón me abandonó porque no pude tener hijos… se fue con una que sí le dio uno… Oleg estaba pasmado. —Perdona, Dina, no estaba al tanto, vivimos en barrios diferentes y hace años que no nos veíamos. Así nos ha jugado el destino. —Ya me he acostumbrado. Oleg empezó durmiendo en el sofá. Los primeros días era casi invisible, pidiendo disculpas por cada trozo de pan. Luego fue volviendo a la vida: arregló el grifo que goteaba, montó la estantería rota, preparó la cena. Era increíblemente atento y tranquilo. Con él, el silencio dejó de ser opresivo y se volvió paz. Conversaban cada noche, Dina le consiguió un empleo en su oficina. Oleg estaba encantado. Paso a paso, empezaron a compartir la vida; después se casaron. Un día se cruzaron con Rita, la ex de Oleg. Les miró con superioridad y dijo con sorna: —Aprovecha, es todo tuyo… Igual te hace un niño —hablaba como si Oleg no estuviera allí. —Ojalá. Gracias por los buenos deseos —respondió Dina. Con Oleg volvió a sentirse querida; alguien se preocupaba por ella, era importante para alguien. Por primera vez en años, Dina reía de verdad, no por compromiso. Ahora vivía: con discusiones sobre películas y café por las mañanas. Hasta que un día, hablando en serio, Oleg lo mencionó: —Dina, ¿por qué no adoptamos un niño del orfanato? Ella apenas pudo creer lo que oía, estaba sobrecogida. —Sí, Dina, no es broma. ¿Te has quedado sin palabras? —sonreía él. Recuperándose, contestó: —Sería la mayor felicidad de mi vida. Críar a un niño es mi sueño. Oleg, no sé cómo agradecértelo, llevo años deseando esto y no sabía si tú lo aprobarías. Gracias por anticiparte a mis pensamientos… A Oleg le encantó sorprender a su esposa. —Entonces no lo pensemos más, es un deseo común. Mañana mismo pedimos información y nos asesoramos. —Eres el mejor —Dina reía a carcajadas, sintiendo que la suerte por fin le sonreía. Prepararon los papeles para la adopción, y mientras esperaban la autorización, empezaron a visitar el orfanato… Hasta que Dina se dio cuenta de que llevaba un mes viviendo en un ritmo diferente. No dijo nada a su marido, fue a la farmacia. El test mostró dos rayas. Dos marcas vivas y nítidas, casi burlonas, como diciendo: “Este es tu camino. Tuyo, solo tuyo”. Incrédula, fue corriendo a ver a su esposo. —Oleg, no te lo vas a creer… —le enseñó el test—. ¡Vamos a tener un bebé! —Dios mío, ¿de verdad? Mañana mismo vamos al médico… La doctora confirmó el embarazo y le abrió su historial. Oleg y Dina comenzaron una etapa de felicidad, la más intensa y verdadera. Catorce años de espera para Dina… convertidos en pura alegría. Oleg mimaba a su esposa, no le dejaba hacer esfuerzo, la colmaba de antojos y caprichos. Por fin, llegó el tesoro: una hija. Nació Alina, una niña de ojos claros y saludable. Oleg lloró sin complejos cuando la cogió en brazos a la salida del hospital y murmuró, ronco: —Por fin en casa. Nos espera una vida larga y feliz. Nuestra hija es ahora nuestro mayor tesoro. Su hogar adquirió un nuevo sentido: gritos, risas, olor a polvos de bebé, noches en vela, todo compartido, mano a mano. La felicidad no era perfecta; había discusiones, cansancio, problemas. Pero era firme, como una encina creciendo en la roca. Una tarde de verano paseaban por el parque con el cochecito. Alina dormía y ellos, de la mano, pensaban hacia qué lado ir. Y casi chocaron de frente con Antón, que iba solo. Parecía envejecido, la mirada cansada, una cerveza en la mano. Se detuvieron, dudaron un instante en silencio. —Hola… —logró decir por fin Antón. Su mirada recorrió el rostro radiante de Dina, a Oleg, al cochecito. —He oído que os va muy bien… —Sí —sonrió Dina—. Todo perfecto. ¿Y tú? Él hizo un gesto con la mano, mirando a otro lado. —Bueno… Me he casado otras dos veces, nada funcionó. El niño vive con mi madre, yo voy a verles. Yo… en fin. No hay suerte. No sonaba amargado, solo resignado. Miró a Oleg, como si recordara algo, hizo un chasquido y negó con la cabeza. —Bueno, no os molesto más. Hasta luego. Se alejó encorvado, una figura solitaria en el parque soleado y lleno de vida. Oleg rodeó los hombros de Dina. —Vamos, cielo —le susurró—. Alina pronto se despertará. Es hora de volver a casa. Dina cogió el carro y se marcharon juntos, hacia ese hogar que quizá no era perfecto, pero sí real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre nuevas certezas. Porque eso era la vida: verdadera, inquebrantable. Gracias por leer, por vuestras suscripciones y vuestro apoyo. ¡Suerte y mucha felicidad para todos!