Diario de Adela, 17 de abril
Hoy, como tantas otras veces, no puedo evitar quedarme mirando a mis hermanos, Claudia y Marcos, con una mezcla de adoración y tristeza. Son tan guapos, tan radiantes… Altos, de pelo oscuro y ojos azulísimos. Una vez más, se llevaban un premio; ganaron esa competición de atletismo que tanto esperaban y de la que tanto hablaba mamá.
Me levanté como pude para intentar ser yo la primera en abrazarles y entregarles mis regalos. Arrastrando la pierna derecha, avancé entre la gente. Había tejido para ellos dos conejitos, uno con falda y otro con pantalones de cuadros. Quería que fueran su pequeño amuleto de la suerte. Pero incluso mientras sonreía torpemente, con mi cuerpo rechoncho y los pelillos rubios mal sujetos con una horquilla, sentía que no encajaba. Como si mi presencia diera vergüenza.
Claudia y Marcos hicieron como si no me viesen. Yo luché por abrirme paso, feliz:
¡Perdón, por favor! ¡Son mis hermanos! ¡Dejadme pasar! pedía entusiasmada.
Una amiga de Claudia, la rubia Lucía, le preguntó:
Clau, esa chica gordita, ¿gritando que es tu hermana? ¿De verdad?
Claudia se giró apenas y me reconoció. Vi en sus ojos el desprecio que sentía por mí y supe exactamente lo que pensaba:
¡Qué vergüenza! ¿Tenía que venir? Seguro que ha sido idea de mamá se decía para adentro.
Pero en voz alta contestó:
¡No! Yo sólo tengo un hermano: Marcos.
Lo sabía respondió Lucía, mirando mis regalos con asco . Queriendo colgarse de vuestra fama. ¡Mírala, trayendo muñequitos!
Debe de ser una fan del pueblo. Anda, coge los conejos y vente. Vamos, Marcos, que nos esperan en el escenario replicó Claudia, mandando un beso al aire y llevándose a Marcos de la mano.
Lucía me arrebató los conejitos, asegurando que se los daría. Me quedé con la esperanza:
¡Genial! ¡Os espero en casa! ¡Hoy hago rosquillas! dije, cojeando alegre de vuelta.
Dijo que os espera en casa. Que hace rosquillas le comunicó Lucía a Claudia, tirando los conejos directamente a la papelera . Está clarísimo que no es de tu familia. ¿Por qué siempre te sigue?
Ni idea. Gente pesada que quiere acercarse cuando uno triunfa contestó Claudia, sin remordimiento, mientras se marchaba junto a su hermano.
Mentía. Yo era realmente su hermana, aunque de otra madre. Cuando mi madre biológica, una pariente lejana de la familia, falleció en un accidente de regreso a Madrid, la mujer que tanto quiero, Inés María, me acogió en su enorme casa en las afueras de Valladolid. Mis hermanos se rebelaron al principio:
¡No, mamá! decían . ¡No la metas en casa! ¡Es muy gorda y rara!
Hija, hijo, pobrecita Los perros y gatos se acogen, y esto es una niña. Tenemos espacio de sobra contestaba Inés, como si intentara convencer a toda España.
Papá, Alberto, nunca estuvo por la labor. Siempre decía que lo peor que hizo Inés fue meterme en casa, que qué iban a pensar en las reuniones familiares en Salamanca, que sólo servía para dejarle en ridículo, porque ni siquiera era pariente cercana y, para colmo, había que mantenerme. Lo que nadie quiere, nos toca a nosotros. Si Inés sabía de las infidelidades y el poco apego de su marido, nunca dijo nada. Era un hombre apuesto, y Claudia y Marcos habían heredado toda su belleza.
Yo crecía sola y callada, llevándome la culpa de los líos de mis hermanos, por mucho que fuese evidente que no tenía culpa alguna. Si se rompía un jarrón caro, era yo. Si desaparecía alguna blusa bonita de mamá, igual. Y yo nunca decía nada; quería proteger a Claudia y Marcos porque, aunque me ignoraban o reían de mí, para mí eran los mejores.
Fuera de casa tampoco fue fácil. Mis hermanos exigieron ir a otro colegio para no cruzarse conmigo. Mamá intentó arreglar todo, pero ese puente que siempre quiso construir entre ellos y yo estaba a punto de caerse.
Pasaron los años. Marcos y Claudia se fueron a estudiar a Barcelona. Yo pedí quedarme en Valladolid con mamá.
Hija, ¡puedes estudiar donde quieras! ¡Yo lo pago! ¿Qué te gustaría ser? me decía Inés, abrazándome. En sus brazos sentía una paz desconocida, como si por fin la vida tuviera sentido.
Quiero curar animales, mamá. Ser veterinaria. Aquí puedo formarme. Y me quedo cerca para cuidar de ti le respondí, sabiendo que eso la tranquilizaba.
Mi amor por los animales era conocido en el barrio. Siempre recogía gatos, perros, hasta un gallo herido llegó a casa y se quedó a vivir con nosotras. Claudia protestaba, soñaba con perros de raza, pero mamá se ponía de mi parte.
Poco después, la salud de mamá empezó a fallar y tuvo que dejar el trabajo. Papá, viendo que el dinero comenzaba a escasear, se largó con la dueña de una peluquería. Mis hermanos venían sólo cuando necesitaban euros para sus cosas. Quedaron mis cuidados a mamá: cocinaba, hacía masajes, preparaba infusiones. Nos sentábamos por las tardes debajo del gran manzano y tomábamos té, y, en esos momentos, no podía sentirme más feliz.
Con los años, los dos lograron formar familias. Mamá les ayudó con el dinero para comprar vivienda en Madrid y en Valencia. Pero la felicidad duró poco. Una madrugada apareció Marcos llorando: estaba endeudado hasta el cuello. Mamá intentó sumar euros, pero ni así cubría la décima parte.
La única forma es vender la casa del pueblo sugirió Marcos, sin pensar dónde iríamos mamá y yo.
Tú te vienes a casa con mi mujer, que estará encantada. Pero Adela, ¡que se busque la vida! Ya va siendo hora de que se defienda sola soltó Marcos, sin compasión.
Acepté mudarme por ella, aunque en realidad todos sabíamos que Claudia tampoco me querría en su casa. Días antes de la mudanza, le mentí a mamá:
Mamá, vive tú tranquila. Yo me voy con alguien. Llevo un tiempo saliendo con él y me invita a su casa.
Anda, mi niña, ¿y no vas a presentármelo?
Más adelante. No te preocupes.
Elsa, la mujer de mi hermano, ni siquiera disimuló el fastidio cuando fui a buscar a mamá. Pero ni siquiera tenía a nadie. No quería molestar ni hacer la situación de mamá más difícil. Me alquilé una habitación en casa de don Pascual, un anciano viudo con gallinas y cabras en la sierra de Segovia. Él, al saber que era veterinaria, insistía en no cobrarme alquiler, pero yo lo hacía igualmente. Un trato justo. Y el cariño de los animales y el respeto de mis nuevos vecinos curaron muchas heridas. Los perros y gatos me querían, las ancianas del pueblo traían tartas.
A pesar de todo, la preocupación por mamá no me abandonaba. Llamaba a menudo, pero siempre me contestaba Marcos, seco, diciendo que su madre estaba descansando. Media España por medio, y no podía verla.
Una tarde, tomando té con don Pascual, ya no pude más:
No la veo desde hace medio año confesé.
¿Y por qué no vamos a buscarla? propuso él, animando su viejo SEAT Seiscientos.
Y allá que fuimos, hasta Madrid. Nos abrió Elsa, de mala gana, y pronto entendí el porqué. Cuando le pregunté por mi madre, contestó sin inmutarse:
Marcos la llevó a una residencia. Aquí nadie puede hacerse cargo. Bastante tenemos cada uno con lo nuestro.
Mientras salíamos de ese portal perfumado y frío, sentí que el mundo se me venía encima.
¡Pero podía haber venido con nosotras, Adela! ¡Qué poca vergüenza! masculló don Pascual.
Cuando llegamos a la residencia no reconocí a mi madre: tan delgada, tan hundidos los ojos Me lancé a abrazarla, entre lágrimas.
Mamá, perdóname por no estar antes. Me la llevo a casa, donde sí la quieren. Tendrás tu rincón en nuestra cocina, una sartén para huevos frescos y leche recién ordeñada. Te cuidaré, mamá, te lo prometo.
Gracias a mis papeles y al empeño de don Pascual, que se hizo pasar por amigo del alcalde, conseguimos llevárnosla. Aquella noche, los tres cenamos rosquillas bajo la higuera del jardín. Mamá se recuperó poco a poco. Cuando pudo volver a ponerse de pie, lloramos juntas, y le pedí perdón por tener que vivir conmigo y no con sus hijos de sangre.
Pero ella sólo me abrazaba, como si yo fuera la niña pequeñaja y torpe de siempre, pero que tuvo el corazón suficiente para no abandonar a quien la necesitaba. A veces la vida da giros raros Pero ahora, bajo el sol de Castilla, rodeadas de gallinas y del buen don Pascual, tengo claro que nada me falta.
Venid, chicas, que se enfría el té nos llamó él desde la cocina.
Y allá que fui, a empezar una vida nueva, entre rosquillas y risas, en un hogar de verdad.







