Llevé a mi cuñada y a su hijo de vacaciones… y me arrepentí mil veces Mi marido y yo fuimos de vacaciones a la costa. Desde hace años vamos al mar con amigos, cada uno en su coche, al litoral español. Somos expertas en acampada: elegimos un rincón tranquilo de la costa, montamos nuestras tiendas y pasamos el día entre chapuzones y baños de sol. Por la noche, cantamos con la guitarra alrededor de la hoguera mientras disfrutamos de una copa de vino. Este año se nos unió mi cuñada, Renata, junto a su hijo de dos años y medio. Dudamos si invitarles o no. Por desgracia, nos dejamos convencer. Viendo lo que pasó, no fue el niño quien creó problemas, sino Renata. Los líos empezaron en el propio viaje, cuando Renata pedía parar cada hora porque estaba cansada y necesitaba estirarse. Así que llegamos tardísimo; nuestros amigos ya estaban instalados y hasta se habían bañado. Y ahí empezó la segunda parte: mi cuñada protestó: -No pienso quedarme aquí. -¿Por qué? Ya habíamos avisado que íbamos de camping. -Pensé que buscaríamos alojamiento allí, no que dormiríamos en tiendas de campaña… -¿Por qué crees que hemos traído sacos de dormir y tiendas? —gruñó mi marido. -Creí que lo de acampar era literal. Así que tuvimos que alquilarle una habitación. Después, mi marido tenía que ir a buscarla, traerla al campamento y recogerla cada noche. No quedó ahí: debía llevarla a cafeterías, a los mercados y ocuparse del niño mientras ella se daba “un respiro”. De hecho, todos cuidábamos del crío. Sin embargo, el niño era facilísimo: obediente, se bañaba, comía de todo y dormía tranquilo en la tienda. Todo lo contrario que su madre. El año que viene, seguro que ella no viene. Pero a su pequeño sí podríamos llevárnoslo de acampada si sus padres quieren; él sí que encaja en nuestro grupo.

He invitado a mi cuñada y a su hijo a unas vacaciones y me he arrepentido mil veces.

Mi marido y yo estamos de vacaciones en la costa. Desde hace algunos años vamos con amigos, cada uno en su coche, y acampamos cerca del mar. Ya somos expertas. Elegimos un tramo del litoral, montamos nuestras tiendas y pasamos allí los días. Durante la jornada nos damos baños, tomamos el sol. Y cuando cae la noche, cantamos canciones acompañadas de guitarra junto a una hoguera, degustando una copa de vino tinto. Este año se nos ha unido mi cuñada, Lucía, junto a su niño de dos años y medio. Dudamos mucho: ¿los llevamos o no?

Desgraciadamente, nos dejamos convencer. Mirando atrás, no fue el niño quien dió problemas, sino Lucía. Todo empezó ya por el camino. Lucía pedía parar cada hora. Decía que estaba agotada y necesitaba estirarse. Así que llegamos tardísimo, cuando nuestros amigos ya estaban extendidos en la arena y hasta habían tenido tiempo de bañarse. Por fin llegamos. Y entonces comenzó el segundo acto. Mi cuñada estaba indignada:

¡No pienso quedarme aquí!

¿Por qué? Avisamos de que íbamos a acampar
Pensé que nos referíamos a buscar alojamiento allí, no a reservar un hotel.
¿Y por qué crees que traemos sacos de dormir y tiendas de campaña? gruñó mi marido.
Creía que era una forma de hablar.

Tuvimos que alquilarle una habitación a última hora. Además, mi marido tenía que llevarla y recogerla cada día, y volver a llevarla por la noche. Y por si fuera poco, acercarla a las cafeterías y a los mercados; y hacerse cargo del niño mientras ella se tomaba un respiro de su tarea.

Entre todos cuidábamos al pequeño. Y en realidad, el niño no era complicado: obedecía, corría, jugaba en el agua, comía de todo y dormía pacíficamente en la tienda durante la siesta. Todo lo contrario a su madre. El año que viene, sin duda, no la volveremos a invitar. Pero al peque sí que lo traeríamos, si sus padres nos dejan. Él es el campista ideal para venir de acampada.

Rate article
MagistrUm
Llevé a mi cuñada y a su hijo de vacaciones… y me arrepentí mil veces Mi marido y yo fuimos de vacaciones a la costa. Desde hace años vamos al mar con amigos, cada uno en su coche, al litoral español. Somos expertas en acampada: elegimos un rincón tranquilo de la costa, montamos nuestras tiendas y pasamos el día entre chapuzones y baños de sol. Por la noche, cantamos con la guitarra alrededor de la hoguera mientras disfrutamos de una copa de vino. Este año se nos unió mi cuñada, Renata, junto a su hijo de dos años y medio. Dudamos si invitarles o no. Por desgracia, nos dejamos convencer. Viendo lo que pasó, no fue el niño quien creó problemas, sino Renata. Los líos empezaron en el propio viaje, cuando Renata pedía parar cada hora porque estaba cansada y necesitaba estirarse. Así que llegamos tardísimo; nuestros amigos ya estaban instalados y hasta se habían bañado. Y ahí empezó la segunda parte: mi cuñada protestó: -No pienso quedarme aquí. -¿Por qué? Ya habíamos avisado que íbamos de camping. -Pensé que buscaríamos alojamiento allí, no que dormiríamos en tiendas de campaña… -¿Por qué crees que hemos traído sacos de dormir y tiendas? —gruñó mi marido. -Creí que lo de acampar era literal. Así que tuvimos que alquilarle una habitación. Después, mi marido tenía que ir a buscarla, traerla al campamento y recogerla cada noche. No quedó ahí: debía llevarla a cafeterías, a los mercados y ocuparse del niño mientras ella se daba “un respiro”. De hecho, todos cuidábamos del crío. Sin embargo, el niño era facilísimo: obediente, se bañaba, comía de todo y dormía tranquilo en la tienda. Todo lo contrario que su madre. El año que viene, seguro que ella no viene. Pero a su pequeño sí podríamos llevárnoslo de acampada si sus padres quieren; él sí que encaja en nuestro grupo.