De vacaciones con la familia más cara que uno pueda imaginar: poniendo las cartas sobre la mesa
¡Llevo dos semanas aguantando, Jorge! ¡Dos semanas en este cuchitril que ellas llaman hotel!
¿En serio, para qué aceptamos venir aquí?
Porque mamá lo pidió, claro. «A la pobre Martita le hace falta desconectar, ha tenido una vida muy difícil», imitó mi hermano la voz de nuestra madre.
Y lo de la vida difícil de tía Marta era verdad, pero la pena, a Lucía, pues como que no le salía. Nada.
Marta, hermana materna de nuestra madre, siempre había sido la «pobre parienta» a la que todos debían algo.
La maleta no cerraba. Lucía empujaba la tapa con la rodilla con furia, intentando que la cremallera hiciera su milagro, pero nada: la traidora se abría y expulsaba la toalla de playa como una serpiente rebelde.
Al otro lado de una delgadísima pared de contrachapado que en ese hostal ruinoso presumían de llamar muro, sonaba un berrido digno del Apocalipsis. Era Teo, el niño de seis años de tía Marta.
¡No quiero croquetas! ¡Quiero patatas bravas! gritaba la criatura con tal ímpetu que cualquiera pensaría que le hacían la prueba del toro de Miura.
Después, un golpe seco, el tintineo del plato y la voz ronca, con olor a Ducados, de la propia Marta:
Venga, cariño, tómate aunque sea una cucharadita por mamá.
Isabel, baja al súper y cómprale las bravas, que ves cómo sufre el angelito.
Yo tengo las piernas que ni las noto.
Lucía se quedó petrificada aferrándose a la cremallera. ¡Isabel! ¡Y mamá iría corriendo, claro!
Jorge, hermano de Lucía, seguía apoltronado en la única silla medio coja de la minihabitación, sumido en la negrura de su móvil.
Ni parecía que pensara en hacer la maleta. Su mochila seguía en un rincón, tal cual la había dejado.
¿Tú oyes esto? susurró Lucía, señalando la pared con la cabeza. Otra vez mandando a mamá.
Lo de «Isabel, tráeme», «Isabel, pásame», y ya verás como mamá se levanta y sale pitando.
No empieces, gruñó Jorge sin despegarse de la pantalla, que mañana volvemos.
¡Insisto! ¡Dos semanas llevo en este zulo que ellas llaman hotel!
Pues por mamá. «A Martita le hace falta un respiro, su vida es un drama», volvió a imitar Jorge.
Lucía se sentó en la cama, cuyas viejas muelles gimieron como un alma en pena.
Sí, el historial de tía Marta era digno de telenovela, pero la empatía no hacía acto de presencia. Nada.
Siempre había sido la hermana para la que todos debían sacar la cartera y la paciencia. Una leyenda.
El primer niño de tía Marta murió siendo un bebé, una tragedia tan dolorosa que en la familia nadie la mencionaba jamás.
Luego apareció el marido, devoto del chato de vino, que decidió achicharrarse el hígado hasta que reventó de amor etílico hace un par de años.
Así, Marta sacaba adelante a dos hijos de padres distintos y una corriente de novios imposibles iban ya por el octavo.
Trabajar, lo que se dice trabajar, no lo cataba: pensaba que había venido al mundo a embellecerlo y sufrir, y si el mundo quería sobrevivir, que le pagase la fiesta.
Sobre todo opinaba Marta su hermana Isabel: «si es que a ti te sobra el dinero, que lo tienes a espuertas».
Lucía se asomó a la ventana.
La maravillosa panorámica: cubos de basura y la pared del gallinero de al lado.
Estas vacaciones eran idea de mamá: «Vamos todos juntos, en familia, así ayudamos a Marta a cambiar de aires».
Claro. Ayudar era que Isabel pagó casi todas las reservas, se encargó de hacer la compra y cocinaba para toda la jauría, mientras Marta y una nueva amiga, Charo (una figura monumental que se montó en su vida en cuanto supieron que ambas compartían pasión por el dolce far niente), vagueaban al borde de la piscina, dorándose el trasero y los pulmones.
Venga, recoge, le dijo Lucía a su hermano. Esta noche, cena de despedida. Al menos salgamos del chiringuito.
***
Por supuesto, el restaurante no lo eligieron ellos.
Marta anunció que quería cenar como marqueses.
El local estaba en pleno paseo marítimo, con mesas que hicieron falta juntar para albergar a todo el séquito, o la «manada» como le gustaba pensar Lucía.
Marta, enfundada en un vestido brillante amenazando costuras, presidía el corro junto a Charo, la grandísima (en todos los sentidos) amiga de pelo naranja fake y voz de megáfono.
¡Camarero! bramó Marta sin mirar la carta. ¡Que nos saquen lo mejor! Unas raciones, de todo; y ese tinto de Cádiz, que se ve buenecito.
Isabel, la madre de Lucía, ocupaba la esquinita, sonriente y derrotada en igual medida. Ni sombra de descanso estas dos semanas: cuando no era Teo, era Marta mala, cuando no, Elena aburrida.
Mamá, pide un pescadito, que este sitio es famoso susurró Lucía acercándose.
Que va, hija, es carísimo se quitó Isabel de encima rápido. Yo con una ensaladita tengo suficiente. Que coma Marta, pobrecita, que ha sufrido mucho este año.
A Lucía le hervía la sangre. Claro, ¡ha sufrido! pensó.
En la silla de al lado, Teo, nuestro pequeño dictador de seis años, aporreaba el plato con la cuchara.
¡Dame de comer! ordenó, sin apartar la vista de la tableta.
Y Marta, dejando colgada a Charo, le metió un tenedor con puré en la boca.
Mi tesoro, le chachareaba, tienes que comer para crecer fuerte.
Tiene seis años, soltó Lucía, por fin, ¿no puede comer solo?
Un silencio clamoroso cubrió la mesa. Marta giró el cuello muy despacio.
¿Y a ti quién te preguntó, querida sobrina? escupió. Ya criarás los tuyos, ya. El mío es muy sensible, ¿vale? ¡Le hace falta cariño!
Lo que necesita son límites, y menos tablet en la mesa. Así solo crías un tirano. contestó Lucía, sin pestañear.
Uy lo que ha dicho, intervino Charo, llevándose las manos a la cabeza. Esta se nos cree psicóloga.
El huevo enseñando a la gallina, niña. Tú solo sabes mandar, pero lo que es vivir ni idea tienes. Y encima, nos das lecciones.
Lucía, por favor, basta, imploró Isabel tirándole del jersey. No arruines la noche.
La cena se hizo eterna. Marta y Charo despellejaban a todos: maridos, vecinos, las otras familias del hostal, y lloriqueaban sobre lo difícil que es ser mujer.
Elena, en el móvil, miraba con asco a los mayores. Teo se ponía a berrear pidiendo postre, y le traían de inmediato el helado más grande de la carta.
Cuando llegó la cuenta, Marta puso cara de tragedia griega:
¡Ay, que me olvidé el bolso en la habitación! Isa, ¿puedes pagar tú y te la doy luego…?
Sí, claro, como siempre, pensó Lucía viendo a su madre sacar la tarjeta sin rechistar. Era el clásico final de fiesta.
***
Regresaron al hostal después de medianoche. Lucía necesitaba un duchazo: había que quitarse de encima la pegajosa sensación de esa velada.
El agua era un chorro miserable: ahora congelada, ahora hirviendo.
Mientras salía de la ducha, se detuvo junto a la puerta de la cocina, abierta de par en par. Sonaban cuchicheos indignados.
¿Tú has visto la cara de vinagre que pone esa niña? graznaba Charo. Encima de todo, criticándonos. El niño no sabe comer solo. ¿Y a ti qué te importa, listilla de tres al cuarto? Si no fuera por Isabel, esa niña estaría currando de pastora, ¿sabes? Y mira ahora, va de fina por los restaurantes y se las da de princesa. ¡Vacía por dentro, la pobrecita Sin novio, sin luces, y el ego por las nubes!
Lucía se quedó muy quieta, temblando por dentro.
Esperaba que en algún momento mamá, su madre, pegase un puñetazo en la mesa.
Que dijera: «Cállate, Charo, no hables así de mi hija». O al menos que se largara de la cocina.
Pero solo escuchó después un suspiro áspero de Marta, y su voz lamentosa:
No me hables, Charo. Es que es dura esta niña, dura. Sacada toda a la familia del padre, que también eran todos unos estirados.
Para nobles, mis hijos. Elena es un poco difícil, pero tiene un corazón de oro, abierta y generosa.
Pero ésta… nos mira como si fuéramos polvo. Se me corta el aliento cuando la tengo cerca.
Pues la has consentido, Isabel, asintió Charo, te ha faltado darle un meneo de pequeños. Ahora ya, princesa consentida: ni te respeta ni te soporta. Yo la habría echado de casa, y que se busque la vida.
Lucía apoyó la frente en el marco de la puerta. Mamá seguía en silencio.
Ahí estaba sentada, con esas dos, bebiendo (té o lo que olía como un carajillo XXL), oyendo cómo ponían a caldo a su hija única.
Lucía se irguió de golpe. La puerta se tambaleó al abrirse de par en par, estrellándose contra la pared.
Se hizo silencio.
Las tres estaban sentadas alrededor de la mesa de plástico, llena de restos, yogures vacíos y servilletas con manchas de tomate.
Marta, con el vestido de lentejuelas ya reventado bajo el sobaco, Charo con cara de tomate cocido, y mamá
Mamá, que se encogía como una tortuga.
Así que para vosotras soy una inútil vacía, ¿eh? la voz de Lucía no temblaba; era más dura que una barra de pan de hace una semana.
Y tú, tía Marta, ¿de qué presumes? ¿De tener el corazón más grande del barrio?
Marta se atragantó en seco y abrió los ojos como platos. Charo se puso aún más colorada y se levantó, enorme, de la silla.
¿Vas de espía ahora, mocosa? ¿Eres sorda o solo cotilla? rugió.
No soy cotilla. Es que chilláis tanto que os oyen hasta en la recepción Lucía entró de un paso y miró a la tía directo. ¿Que se me atora la comida cuando estoy cerca? ¿Y cuando mamá pagó la cena, se te atragantó también? ¿Te resbaló el boquerón por el gaznate?
¡Menuda desagradecida! chilló Marta, roja como una gamba. Os he cuidado como si fuerais mías y vas y me echas en cara la comida.
¡Podría ser tu madre! ¡Qué poca vergüenza!
Si no es el dinero. Es el morro que tienes, tía Marta. ¡Toda la vida colgada del cuello de mamá!
Primero un marido, luego otro, después los niños, luego problemas inventados Y mamá trabajando como una burra para que la pobrecita se vaya a la playa, y tú mientras poniéndola verde a sus espaldas.
Tu hija, una buscapleitos que está todo el día insultando y que no te respeta ni el felpudo. Y vas tú dándome discursos de cómo criar a un niño.
¿Y tu hijo? Un pequeño tirano, y aún le das de comer como si fuera un bebé.
Marta se quedó en shock, sin palabras.
¡Lucía! gritó Isabel poniéndose en pie enseguida. ¡Para ya de una vez! ¡Déjalo!
No, mamá. Ahora no. Lucía clavó la mirada en su madre, con una tristeza tan honda que Isabel se quedó muda. Estás aquí sentada, escuchando cómo una señora que conocemos dos días me llama de todo, y no mueves ni un dedo. ¿Eso es ser madre? ¿Eso?
Charo dio un paso amenazante, aprentando el puño gordo:
Te voy a decir yo cómo se respeta a los mayores, niñata…
Se lanzó, pero la mano no llegó a impactar: Jorge, en silencio, la paró en seco.
Ni se te ocurra, murmuró él ¿Pero qué os pasa? Tía Marta, ve recogiendo. Nosotros nos largamos.
¿Cómo que nosotros? saltó Marta desesperada, perdiendo el control. Yo no me muevo, aún quedan dos noches pagadas. ¡Isabel, que tus hijos están locos! ¡Nos quieren matar!
Por fin Isabel habló. Se acercó a Lucía, la agarra del brazo y la sacude entre lágrimas:
¿¡Por qué has tenido que empezar, Lucía!? ¡Qué necesidad! ¿No podías estar en tu cuarto? ¡Nos dejas en ridículo! ¡Esto es una familia! ¿Es que no te da vergüenza?
Lucía se desembarazó con delicadeza, pero firmeza. Algo dentro de ella se rompió del todo.
No, mamá. La vergüenza te toca a ti. Porque permites esto.
Dio media vuelta y salió de la cocina. Jorge le siguió.
Recogieron sus cosas en silencio. Al otro lado de la pared, Marta berreaba su mala suerte al mundo y Charo respaldaba cada sollozo, llamando a Lucía y Jorge basura con patas.
Elena, que se acababa de despertar, protestó porque no la dejaban dormir.
No podemos pirarnos hasta mañana murmuró Jorge cerrando la mochila El autobús es a primera hora.
Mejor. Prefiero estar esperando en la estación que una milésima de segundo más aquí.
¿Y mamá?
Lucía se quedó paralizada, con la camiseta en la mano.
Mamá ya ha elegido, Jorge. Se quedó en la cocina. A consolar a la santa de su hermana.
***
Lucía e Isabel no volvieron a hablar. Jorge tampoco su madre sigue esperando disculpas para perdonarlos si piden perdón a Martita, pero Lucía y Jorge decidieron que este tipo de perdones salían carísimos y no los querían ni regalados.
Hasta aquí hemos llegado.
Si a Isabel le va la vida cuidando a la hermana… pues que la disfrute. Ellos, mientras, tan tranquilos sin parientes con tanto morro.







