Sergio siempre había sido invisible para sus compañeros de clase. No era que él quisiera pasar desapercibido; al contrario, era listo, de rasgos cuidados, y sus ojos reflejaban la capacidad de recibir varios halagos si alguien se animara a observarlo. Pero la clase de 2º B en el instituto de Madrid nunca lo notaba; cada uno se agrupaba según aficiones y él no encajaba en ninguno. No le hacían daño, pero tampoco tenía amigos.
Era un solitario por naturaleza. El comedor, el aula y su casa constituían su universo. No le apetecía mucho relacionarse con los demás, y eso le bastaba.
Entonces llegó ella.
Una nueva estudiante. Su historia estaba rota: no tenía padres, vivía con la abuela Inés, a quien apenas necesitaba. Igual que Sergio, era una solitaria, pero a diferencia de él, mostraba una melancolía que le hacía parecer triste.
Al verla, el mundo gris de Sergio se tiñó de colores. Fue amor a primera vista.
Hola dijo, acercándose a su pupitre al terminar la clase.
Ni él mismo lo esperaba, la verdad. Los demás compañeros salían del aula como si nada pasara.
Almudena cerró el cuaderno y alzó la vista.
Hola contestó ella.
Soy Sergio. Tú Almudena, ¿verdad? dijo, dándose cuenta de que no era buena forma de conquistar a una chica.
Sí, Almudena.
¿Qué tal te está yendo en la clase? Vi que entregaste una hoja en blanco en matemáticas ¿Todo bien?
Almudena admitió que no había escrito nada. Quería dar una buena impresión a los nuevos profesores.
Normal, solo que no estoy acostumbrada. Llevo un poco atrasada, pero lo recuperaré dijo.
Podrías preguntar a alguien.
Preguntar suena fácil, pero a mí me cuesta acercarme a la gente repuso, levantándose.
Lo entiendo. Yo tampoco soy muy sociable, pero si necesitas algo, aquí estoy. Conozco bien el instituto, o mejor dicho, estudio bien. No digo que tú seas rara…
Lo capto sonrió ella.
Así empezó su amistad.
Sergio, al fin con una razón para ir a la escuela, empezó a pasar tiempo con Almudena y, poco a poco, a ayudarla. En matemáticas, literatura e incluso en educación física le echaba una mano.
¡Sergio, eres un genio! exclamaba ella, agachada sobre el cuaderno. ¿Cómo lo sabes? En clase no entiendo nada, pero contigo todo parece más fácil. Sin ti no terminaría el instituto.
Almudena exageraba, pero a Sergio le agradaba el halago.
Solo hay que aplicar la fórmula correcta. Tú también lo lograrás.
Me cuesta más que a ti, o a veces no lo consigo.
No es una carrera. Lo importante es que lo comprendas. Si no lo pillas, te lo explico tantas veces como sea necesario.
En el undécimo curso Sergio quiso declararle sus sentimientos, pero el momento nunca llegaba. Almudena, ya más segura y con buenas notas, comenzó a acercarse a otros compañeros. Resultó que tenía un don para llevarse bien con todos.
Sergio se alegraba por sus logros, aunque algo dentro de él se resentía. Mientras ideaba cómo recuperar su atención, Almudena se acercó a Diego, el chico ruidoso que siempre estaba en el centro de la marcha. Diego, con su voz alta y su gusto por la fiesta, resultó ser el nuevo punto de referencia de Almudena.
Sergio observaba cómo ella cambiaba de asiento para sentarse junto a Diego.
Almudena le preguntó una tarde en el parque, mientras Diego se había ido con sus amigos. ¿Qué pasa con Diego? Ayer no viniste a nuestro plan
Lo siento, se nos hizo larga la conversación. Sergio, creo que me he enamorado respondió ella.
Él se quedó helado, pero la amistad le obligó a preguntar:
¿Es buen chico?
Sergio lo conocía desde primero.
Sí, me lleva bien. ¿Y conmigo es más difícil?
Almudena lo miró distinta.
Sergio, eres mi mejor amigo. Con los amigos siempre es fácil, pero con el novio siempre hay complicaciones. Con Diego, todo fluye. Creo que nos irá bien.
Sergio comprendió que seguiría siendo solo su amigo, el mejor, pero eso era todo.
El instituto terminó. Con él se fue también la época en que podía ver a Almudena a diario bajo cualquier pretexto. Ella se casó con Diego poco después.
Sergio asistió a la boda como testigo, porque cuando te haces amigo, lo eres hasta el final. Sonrió, los felicitó, se tomó mil fotos entre la gente, y una pregunta quedó sin respuesta: ¿por qué se casaron tan deprisa?
Le dijeron que Almudena estaba embarazada, que pronto tendría un hijo. La razón fue directa y golpeó a Sergio como un puñetazo: la responsabilidad, el deseo de asegurar una estabilidad.
Comprendió que ya no había nada que él pudiera atrapar. La vida de Almudena, mientras tanto, se volvió cada vez más opaca.
El matrimonio con Diego no resultó ser el paraíso que ella había imaginado. En lugar de una vida feliz, se encontró viviendo bajo el mismo techo que la madre de Diego, Inés, quien no tardó en imponer su autoridad.
Esto es mío dijo Inés cuando Almudena tomó un caramelo del jarrón.
¿Puedo uno? preguntó ella.
Vale, toma.
Almudena, que antes vivía solo con su abuela, ahora tenía que adaptarse a reglas que nunca le correspondían.
Cuando nació el bebé, la casa se tornó un campo de batalla. Inés la regañaba:
¿Cuándo vas a trabajar? Comes por dos y no te mueves, pero aquí no somos una fonda ni un refugio. Todos deben currar.
¿Y a Kolya, el niño, qué le hacemos? preguntó Inés. No lo dejaré con él.
Diego, más interesado en sus noches de copas que en la familia, apenas aparecía. Cuando lo hacía, llegaba desaliñado, con los ojos hinchados.
Almudena intentó mantener el contacto con Sergio, pero cada intento se topaba con la sombra de Inés. Los años pasaron, dejando arrugas en los rostros y cicatrices en el alma.
Sergio, ahora de veinticinco años, tenía un buen empleo, pero su vida sentimental seguía estancada, como en los años de colegio. Seguía siendo el solitario, ahora más desconfiado.
Un día se cruzó con Almudena en la parada del autobús, después de casi un año sin hablar.
¡Sergio! exclamó ella. Cuánto tiempo…
Un año, al menos respondió él, mirando su rostro. ¿Cómo va tu vida?
Almudena intentó sonreír, pero bajo la base de maquillaje se asomaba un leve moretón en la mejilla.
¿Lo hizo Diego? preguntó Sergio sin disimular.
Almudena se encogió de hombros y le lanzó:
No es asunto tuyo, Sergio.
Sergio sintió que ya no había nada que pudiera decir. La conversación se apagó y ella se marchó.
Esa noche, Almudena se quitó el polvo de la cara y el moretón quedó al descubierto. Miró su reflejo y se preguntó qué había sido de ella.
Inés la reprendió de nuevo:
¿Con quién te han visto hoy? ¿Cuántas veces tendrás que cubrirme ante tu hijo? ¡Si le cuentas la verdad, te castigaré!
Almudena, temblorosa, balbuceó:
Con Sergio somos amigos de la escuela.
Inés, con su tono cortante, respondió:
Ese Sergio al que corrías al parque sigue siendo el mismo. Y Diego lo tolera porque tú lo haces sufrir.
El ambiente se volvió insoportable. Inés anunció que se mudarían al campo, alegando que la vivienda en la ciudad era cara y que allí tendrían una casa propia.
Diego aceptó sin protestar; la opinión de su madre era la única que importaba. Almudena no fue consultada.
En el pueblo, la vida era dura. No había vecinos, ni amigos, ni la vibrante vida urbana a la que estaba habituada. Diego pasaba los días bebiendo, volviendo a casa como un limón exprimido.
Inés, en lugar de aliviar a su nuera, aumentó sus exigencias:
¡Almudena! Corta el jamón, pela las patatas, limpia la casa ¿Quién lo hará?
Kolya, su hijo, imitaba los hábitos de su padre.
¡Limpia después de ti, niña! le gritó Inés. ¿Para qué estás aquí?
Almudena, agotada, buscó en Diego una ayuda que nunca llegó; él solo sonreía y se marchaba a la taberna.
Los años siguieron su curso. Kolya creció y, como su padre, evitaba el trabajo y se metía en borracheras. Un día, pidiendo dinero a su madre, le preguntó:
¿Dónde está un trabajo decente? Quiero encontrar uno.
Almudena suspiró, sin saber qué responder.
Cuando la tensión en la casa alcanzó su punto máximo, Almudena sintió que perdía la razón. Una noche, después de otra bronca de Inés, huyó a la ciudad en busca de Sergio, pensando que él podría ofrecerle una salida.
Llegó a su antiguo domicilio, se sentó en la banca del parque hasta que oscureció, sin atreverse a llamar a la puerta. Allí, el sonido del timbre resonó en su mente, pero el apartamento estaba vacío.
Al fin entendió que algunas puertas, una vez cerradas, jamás se vuelven a abrir.
Al regresar al pueblo, la vida continuaba sin cambios. Inés seguía dictando normas, Diego seguía bebiendo, Kolya seguía el mismo camino.
Sergio, mientras tanto, siguió su camino, aceptando que la amistad había sido su único papel en la vida de Almudena. Con el tiempo aprendió que no se puede obligar a alguien a quedarse; lo único que podemos ofrecer es nuestro apoyo y dejar que cada quien siga su rumbo.
Al final, la lección quedó clara: no basta con querer cambiar el destino de los demás; la verdadera fuerza reside en aceptar lo que no podemos controlar y seguir adelante con dignidad.







