Diario personal, 18 de junio
A veces, me siento invadida por una tristeza inmensa al pensar en cómo han gestionado la independencia mis hijos. Cuando mi hija Clara y su esposo Javier se casaron, tanto mi marido Mateo como yo, junto a los padres de Javier, quisimos ayudarles a tener una vivienda propia. Entre lo que habíamos ahorrado ambas familias, podríamos haberles comprado un pequeño piso en Madrid sin recurrir a bancos ni deudas.
Sin embargo, ellos insistieron en que podían solos, que querían demostrar su madurez. No aceptaron nuestro ofrecimiento y pasado un tiempo, nos enteramos de que sí habían comprado un piso, uno grande, de tres dormitorios en el barrio de Chamberí, y nada menos que a costa de un préstamo hipotecario considerable. Al preguntarles quién se haría cargo de las cuotas, nos respondieron que podían con ello, que eran adultos y autosuficientes.
Después decidieron que necesitaban un coche, porque el piso les quedaba largo del trabajo y no querían depender del Metro ni autobuses. Les sugerimos que buscasen uno de segunda mano, pero ellos prefirieron pedir otro préstamo más y comprarse un coche nuevo, recién salido del concesionario. De nuevo, nos recalcaron que eran independientes y que sabían lo que hacían.
Llegó el momento en que querían tener un hijo y soñaban con que su hija naciese en el extranjero, para facilitarle la doble nacionalidad. Para ello volvieron a recurrir al banco, endeudándose con otro crédito para que Clara pudiera dar a luz en una clínica privada en Italia. Posteriormente, vinieron las reformas del cuarto de la niña: pintura nueva, muebles a medida y cómo no, otro préstamo.
Cada vez que les preguntábamos cómo pensaban afrontar todos esos pagos, declinaban nuestra ayuda y repetían que podían hacerlo solos.
Pero la vida, a veces, no es tan sencilla ni predecible. Hace unos meses, Javier perdió su empleo y Clara seguía de baja por maternidad. Los ahorros que tenían apenas duraron, y pronto llegaron las llamadas del banco. Nos pidieron que vendiéramos la casa que teníamos en la sierra, en Cercedilla. No queríamos, pero finalmente lo hicimos para ayudarles a que no se atrasasen en los pagos. Por desgracia, ni siquiera eso fue suficiente.
Al final, tuvieron que vender el piso madrileño y, al poco, el coche. Ahora viven con los padres de Javier, y a menudo se quejan amargamente de que no tienen nada propio. Lo más duro es sentir que todo esto quizá se hubiese evitado si hubieran escuchado nuestros consejos. Todavía les queda deuda por pagar varios años. Siento una mezcla de dolor y resignación que no se va. Ahora solo quedan tristeza y lágrimasHoy, mientras corto las flores del jardín y pienso en todas estas vueltas de la vida, veo a Clara llegar, empujando el carrito de mi nieta. Tiene el rostro cansado, sí, pero en su mirada hay algo distinto. Nos sentamos juntas al sol. Me cuenta que ha encontrado un trabajo a media jornada cerca de casa. Dice que Javier también está reorganizándose poco a poco y que, aunque no es fácil, sienten que ahora todo va más despacio y que han aprendido a no apresurarse.
¿Estás enfadada con nosotros?, me pregunta, con un deje de temor en la voz.
La miro y, por un momento, me veo a su edad: empeñada en hacerlo sola, negándome a escuchar.
Le sonrío. No, hija. La vida tiene una forma peculiar de enseñarnos. Lo importante es levantarse después de cada tropiezo y seguir caminando. Ser dueños de las propias decisiones, aunque duelan, también es crecer.
Clara baja la mirada y aprieta mi mano. Oigo la risa de mi nieta entre los rosales. Respiro hondo: hay dolor, sí, pero también vida y esperanza latiendo bajo la herida. Tal vez, pienso, esta sea la verdadera independencia: aprender de lo perdido, sostenernos en familia cuando hace falta y, pase lo que pase, encontrar juntos la manera de volver a empezar.







