La perra no sabe cosas elementales ¿Qué debería hacer?
Hace ya varios años que falleció mi suegra, y tras despedirla y darle sepultura, me prometí a mí misma que seguiría la regla de oro: de los muertos, o se habla bien o no se dice nada.
Además, juré otra cosa: que ninguna nuera que entrase en mi casa tendría que soportar lo que yo soporté, y que jamás me parecería a ella.
Pero una cosa son las intenciones y otra, bien distinta, es el curso de la vida.
Mi hijo único, Rodrigo, hace poco cumplió veinticinco años y, con la llegada de la primavera, trajo una novia a casa.
Fiel a mi decisión de no meterme en sus asuntos, la recibí con el corazón abierto y los ojos a medias entrecerrados, observando solo lo justo.
Me prometí no mirarla con desdén, no buscarle defectos ni darle lecciones de esas que tanto repartía, en paz descanse, mi suegra, quien llevó nuestra relación al punto de terminar detestándonos mutuamente.
No quiero alejar de mí ni a Rodrigo ni a su pareja. Debo confesar que me alegra prepararles el café a los dos, saber lo que le gusta a cada uno para desayunar y mimarlos los sábados y domingos, ya que entre semana no tengo tiempo para esos pequeños caprichos.
Suelo buscar la ocasión para desaparecer, bien yéndome al pantano con mi marido, bien yendo a ver a una amiga, o a la casa de mi madre para hacer mermeladas y escabeches; así los dejo solos en casa disfrutando de su intimidad.
Sin embargo, ocurrió algo que a simple vista fue gracioso, pero que en realidad me hizo reflexionar profundamente, al punto de querer contarlo. Una tarde, mi nuera me enseñó una blusa nueva que se había comprado al salir del trabajo, de camino a casa.
No costaba mucho y, además, el precio había bajado aún más porque le faltaba un botón.
Se la probó, la giró de un lado a otro frente al espejo… Era preciosa y le favorecía bastante. Al día siguiente, viernes, planeamos salir juntas a visitar a unas amigas y le pregunté si quería ponerse su blusa nueva Pero no la llevó porque no había podido coser el botón de vuelta.
¡Ay, madre!, se me escapó decir en voz alta, y es que de verdad me sorprendió que una muchacha de veintidós años no tuviera ni hilo, ni aguja, ni costumbre de remendar un botón.
Y mañana, hija, ¿cómo te las arreglarás? ¿Cómo cuidarás de tu casa y tu familia, cómo tomarás decisiones importantes? Cosas de familia, me dije.
Ahora estoy indecisano sé si coserle yo el botón, enseñarle con paciencia cómo se hace, o dejar el asunto correr, y que si quiere ponerse la blusa se espabile, y si no, que la guarde así en el armario, incompleta.
Tengo claro al menos una cosa: no quiero convertirme en una suegra de mal carácter, ya he visto cómo acaba eso y no me gusta en absoluto.







