Cuando Chocan Dos Carácteres: La Historia de Polina, una Mujer que Juró no Casarse Tras Ver a su Padre Alcoholizado, pero Cedió ante la Presión Familiar y Terminó Viviendo una Vida Entre Moralinas, Desencanto y la Complicada Herencia de un Matrimonio Sin Amor en la España Profunda

CUANDO DOS CARÁCTERES CHOCAN

Mi tía de sangre (llamémosla Isabel) se casó más por obligación que por deseo. Las hermanas mayores la presionaban, los padres la apremiaban.

Sus argumentos eran tan duros como el granito:
-Por mucho que quieras, Isabelita, al arado te has de atar ¿O acaso quieres llegar a la trenza canosa y quedarte solterona? ¡En esta familia no hay mujeres solas, ninguna! ¿Quién te dará un vaso de agua cuando no puedas con tu alma?…
Pero Isabel, que de niña había visto a su padre destrozarse con el vino, se juró a sí misma que jamás se casaría.

Decidió volcarse en su carrera. Sin embargo, al cumplir veintiocho, después de escuchar una lluvia de mensajes y consejos de la familia, acabó cediendo y pensó en formar su propia familia.
Le presentaron enseguida a un pretendiente, Luis. Se notaba que la familia llevaba tiempo preparándolo todo. A las dos semanas de conocerse, Luis le propuso matrimonio. Isabel asintió casi sin emoción, como diciendo: «Bien, de acuerdo, acepto.» Para sus adentros, pensó: “Quizás, con los años, me enamore…”.

Luis tenía edad de Cristo y el carácter ya formado.
Celebraron una boda precipitada y lo que más recuerdo fue el brindis del maestro de ceremonias: Si hay amor, al altar. Si no lo hay, de vuelta a tu padre.
Con el tiempo, Isabel acabaría confirmando esa sabiduría popular. Empezaron días grises y monótonos. Al mes, ya quería divorciarse. Nada le hacía ilusión y una decepción profunda se instaló en su pecho. Su marido resultó ser testarudo, pesado y sumamente intransigente.

Luis no cedía en sus principios ni pensaba cambiar. Isabel tampoco. Aquel matrimonio estaba destinado a convertirse en una lucha de titanes, dos cabezas duras enfrentadas.

Al año, llegó un nuevo miembro a la familia. La cigüeña trajo a un niño, Álvaro. Isabel se entregó a la maternidad. Apenas notaba la presencia de su marido, y por las noches le preparaba la cama en un sofá-cama aparte, excusándose en el cansancio: “Estoy agotada, no descanso, y tú aquí ni pinchas ni cortas”

En verano, Isabel y Álvaro se fueron al pueblo de los padres. Acabó llorando a su madre, contando las penas de su matrimonio:
-Mamá, quiero divorciarme. Criaré al niño sola. Esto no es para mí. Hay días que sólo quiero cerrar los ojos y dejarme llevar. No encajo en la vida en pareja, ya no soporto a Luis. ¿Para qué alargar el sufrimiento?

Su madre la tranquilizó:
-Quédate un tiempo con nosotros. A lo mejor echas de menos a tu marido ¡pero divorciarte ni se te ocurra! ¡Aguanta! El matrimonio es como el pan y la harina, lo mezclas y haces masa, pero una vez unidos, no los separas ni a martillazos.
Isabel no se sorprendió; nunca esperó otro consejo de su madre
No entendía el motivo de tanta resignación. Álvaro crecería viendo la relación de sus padres y, tarde o temprano, se daría cuenta de que no existía amor. ¿Para qué inmortalizar el rencor? ¿Qué ejemplo tomaría su hijo de esa familia?

La madre de Isabel había aguantado toda la vida. Su padre nunca dejaba la botella, pasaba el día tirado en el sofá, quejándose. Ella, en cambio, se levantaba al alba: ordeñaba la vaca, preparaba el puchero para los cerdos, segaba hierba, cuidaba la huerta Y después, la faena en la cooperativa agrícola. Sólo en invierno, tras dar de comer al ganado, encender la lumbre y terminar la comida, podía descansar unos minutos. En el campo nunca acaba el trabajo

Las tres hijas escaparon a la ciudad, huyendo de aquella tentadora vida rural. Sólo el hijo, el hermano de Isabel, se quedó con los padres. El pobre era muy limitado. Lo que Isabel nunca entendió fue cómo su madre, sabiendo el problema del marido, decidió tener un cuarto hijo. ¿Por qué? Al preguntárselo, la madre respondía encogiéndose de hombros: Tu padre quería un hijo varón. De chicas ya íbamos servidos

Los padres protegieron a su pequeño hasta los últimos días. Y el hermano, tras morir sus padres, se fue pronto tras ellos, sin saber ni querer valerse por sí mismo.

Isabel, después de meditar, decidió no disgustar a su madre y volvió con Luis.
A los dos años, nació su segundo hijo, Pablo.
Lo cierto es que Isabel abrigó la esperanza de que con el segundo niño la familia mejoraría. Sin embargo, se equivocó. Luis ignoraba a Pablo, ya que según él el niño era idéntico al abuelo borracho.

Isabel tragaba lágrimas de rabia, pero nunca se arrepintió de ser madre de dos hijos. Se prometió: Toda mi ternura será para ellos. Al marido, ni una gota. Así sobrevivían.

Cuando Álvaro y Pablo entraron en la adolescencia, surgieron los problemas: alcohol, tabaco, contestaciones duras. Incluso padre e hijos acabaron haciendo piña contra Isabel. Ella soñaba con hijos obedientes, pero la realidad fue bien distinta.

Luis empezó a beber en compañía de los hijos. La familia se venía abajo a ojos vistas, y ese fue el peor periodo en la vida de Isabel. No podía hacer nada con sus tres hombres.

Llegó un momento en que Isabel perdió la paciencia y se refugió en casa de sus ancianos padres. Como siempre, la recibieron de buen grado. Su madre la consoló:
Pareces mayor que yo misma, hija. Te ha tratado la vida a contramano. ¡Estos hombres!

Isabel siempre echó en cara a su madre el exceso de celo con el hermano:
¡Mamá, no lo trates como a un crío! ¡Sé firme, o se te sube a las barbas!
Pero su madre lo excusaba:
¡Ay, Isabelita! Tu hermano no tiene todas consigo, pero ¿qué le vamos a hacer? Es nuestra sangre. No se puede apartar a un hijo de la familia Lo cuidaré hasta el final.

Isabel no sentía cariño por su hermano, aunque sabía que su suerte no había sido culpa suya. ¿De qué otra cosa podía nacer un niño así sino de un padre crónicamente borracho? Ella y sus hermanas se salvaron por poco porque el padre, entonces, aún no era tan dependiente.

Al cabo de un año, apareció Pablo en el pueblo y le contó a su madre que Luis había muerto: la bebida acabó con él.
Isabel ni una lágrima derramó. Suspiró hondo:
Todo iba encaminado a eso. Vivimos juntos a trompicones y acabamos separados como extraños. Que Luis descanse en paz

De regreso a la ciudad y viendo que sus hijos ya eran adultos, se compró una casita a las afueras, buscando paz en la vejez. Álvaro y Pablo se quedaron en el piso de sus padres.
Con el tiempo, el mayor se casó y tuvo un hijo. Pero algo se torció y pronto se divorció.
Pablo acabó mudándose con Isabel tras una brutal pelea con su hermano. ¿Por qué se pelearon?
Resulta que Pablo había empezado a beber, a Álvaro no le gustaba, perdió la paciencia y lo echó de la casa. Así quedó Pablo en casa de su madre.

Y el tiempo siguió su curso
Álvaro volvió a casarse. Al cabo de cinco años, su mujer lo abandonó. El propio Álvaro resumió:
Me casé y fui por lana, pero salí trasquilado.

Con la tercera tampoco fue bien. Hubo amor, hubo pasión, pero ella murió repentinamente a los cuarenta: se le desprendió un trombo. La muerte, ya se sabe, entra sin pedir permiso. Álvaro sufrió mucho y le confesó a Isabel:
Se acabó, madre. No más bodas ni divorcios. Paso de líos. Mejor solo.

Ahora Isabel va de vez en cuando a ayudarle en casa: limpiar, cocinar
Pablo siguió soltero. Se entrega a la bebida, a veces desaparece días enteros. Y ahí va su madre, con setenta y cinco años, con la foto en la mano, preguntando en los bares y tiendas:
¿Habéis visto a mi muchacho?
Los vecinos ya conocen el ritual. A los meses, Pablo siempre aparece ileso y hecho un desastre. Isabel lo limpia, cose la ropa, tira la interior porque no se puede salvar. ¿Dónde estás hijo? Él farfulla excusas incomprensibles, pero Isabel con verlo vivo tiene suficiente.

Todos menos Isabel sabían que Pablo solía pasar las horas con una mujer. Ella bebía licores y otras bebidas, tan duras como las de los hombres. Siempre recibía a Pablo con los brazos abiertos. Su relación era de aquellas embriagadoras. Después, salía otro pretendiente y Pablo volvía a casa, hasta la siguiente vez.

Isabel es quien sostiene a su hijo con su pensión. Intentos de buscarle trabajo, ninguno cuajó. Cada vez que cobraba un adelanto, Pablo desaparecía. Tres días perdido, fundía el dinero y después volvía: Dame de comer, madre.

Isabel recordaba entonces a su propia madre, también agotada por el hermano. Y sólo ahora comprendía el dolor que es ser madre. Todo se repetía. “La sangre tira, no se puede negar.”

No hay felicidad bastante para todos
Después de toda una vida, Isabel comprendió que aquella boda apresurada y los cantares no valieron ni un suspiro.

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MagistrUm
Cuando Chocan Dos Carácteres: La Historia de Polina, una Mujer que Juró no Casarse Tras Ver a su Padre Alcoholizado, pero Cedió ante la Presión Familiar y Terminó Viviendo una Vida Entre Moralinas, Desencanto y la Complicada Herencia de un Matrimonio Sin Amor en la España Profunda