NOVIA DE ALQUILER
¡La boda se cancela! soltó Clara durante la cena, dejando a sus padres ojipláticos.
A su madre casi se le atraganta el bacalao al escuchar semejante bomba de su propia hija.
¡Clarita! ¿Te has vuelto loca? El vestido está comprado, las alianzas grabadas, el menú del restaurante pagado… ¡Y tu Quique lleva esperando esta boda como agua de mayo! Clara, dime que es una broma suplicó la madre al borde de la histeria.
No, mamá, no bromeo. Nos vamos a Madrid con Ramón en unas semanas. Todo esto es muy serio contestó Clara con total seriedad.
¿Madrid? ¿Pero qué se te ha perdido en la capital? ¡Allí todo es distinto, otra gente, otra vida…! ¡Vas a perder pie, hija! Ese Ramón te ha comido el tarro, seguro que tiene mujer, y hasta nietos, ¡que tiene años pa dar y tomar! Tu Quique te quiere con locura. Es como de la familia, hija, no le rompas el corazón. Al final, en esta vida, todo se paga intentaba convencer la madre, al borde ya del drama flamenco.
No pasa nada, ya daré yo la cara, mamá. No tengo miedo Clara cerró el tema con un punto de firmeza castiza.
Dos semanas después, Clara y Ramón cogieron el AVE rumbo a Madrid.
Desde pequeña, Clara soñaba con descubrir mundo. Dominaba el francés, el inglés se le daba de cine y hasta se había apuntado a clases de portugués, por si la vida la llevaba a Lisboa. Trabajaba de intérprete en una agencia de viajes de Salamanca, donde conoció a Ramón. Le tocó acompañarle a un par de eventos y, desde ese momento, él la fichó. Clara era sociable, simpática, y, digamos las cosas como son… joven. Ella tenía veintitrés años y Ramón, cuarenta y seis. Al principio, Clara tomaba los piropos del madrileño con aguas de borrajas. Ni se imaginaba que, en plena Gran Vía, le fuera a pedir matrimonio al poco de conocerse.
No le dijo nada a Ramón sobre Quique, ni sobre la inminente boda en su pueblo de Castilla. Estaba en shock. ¿Y ahora qué? Casarse con alguien de fuera es una oportunidad que no le llega a cualquiera. Puede que no hubiera amor, pero seguro que era toda una aventura. Al final, la agradecida sería ella ¿acaso eso no valía lo suficiente como para justificar el cambio de vida? Quique, seguro, dolería, pero todo se olvida. Es joven. Encontrará a otra.
Así se autoconvenció Clara, con la maleta llena de dudas y sueños por estrenar.
Por teléfono, comunicó a Quique el terrible notición. Quique, desconcertado, con el corazón en la garganta, apenas acertó a desearle suerte. Después, se fue directo a celebrar su desgracia con una botella de orujo, de la buena, entrando en uno de esos bucles de resaca existencial tan nuestros.
Ramón y Clara llegaron a Madrid.
Clara se sentía en el cielo. No podía creerlo. ¡La vida soñada era posible! Quería abrazar la Gran Vía y bailar un chotis en Cibeles. ¿Quién la paraba?
Ramón la llevó a su enorme piso en Chamberí. Allí les esperaba su peculiar familia. Dos hijos ya creciditos, Javier y Pablo. (Curiosamente, Clara acabará casándose con Pablo, y será superfeliz, pero eso ya lo veremos…) Luego salió de su habitación… la exmujer de Ramón: Eugenia. Guapa y más estirada que los chorizos de León.
Eugenia no cabía en sí de rabia.
¿Pero tú estás tonto, Ramón? ¿Y esta quién es? ¿De dónde la has sacado? ¿Piensas que va a vivir aquí, conmigo y con los chavales? le gritaba Eugenia, capaz de quedarse afónica de puro coraje.
Sí, Clara vivirá aquí. Te recuerdo que esta casa sigue siendo en parte mía. Y bueno… pronto será mi esposa. Así que, por favor, Eugenia, compórtate decía Ramón, como quien pide la vez en la carnicería.
Clara no sabía dónde meterse. Resulta que esa familia, aunque divorciada, compartía espacio como si tal cosa en un ático precioso de la capital, con Eugenia llevando el control absoluto de lo doméstico. Pero ya antes de deshacer la maleta, en el corazón y la cabeza de Clara se coló… Pablo. Nada que ver con un Quique llorón y bebedor. Lo de aquí parecía otra galaxia: amor de verdad, de esos que sólo se leen en las novelas de los domingos.
Pablo, el menor, tenía veinticuatro años y era el vivo reflejo de su madre, con ese toque de galán castizo que volvía locas a las turistas en el Retiro. En cuanto vio a Clara, sintió una chispa especial y ella, lo mismo. Era ese calor que te tiembla en los huesos y hace que olvides el qué dirán.
Ramón dijo a Clara que debían retrasar la boda, pero no dio explicaciones.
Clara, resignada, aceptó. Total, volver a Salamanca no entraba en sus planes. Le dieron una habitación acogedora (¡menos mal que aquello era como una hacienda manchega!), y con Ramón la relación fue cordial, tirando a formal. Eugenia, por su parte, la ignoró a conciencia, con una maestría solo reservada a las madres españolas.
Pasaron tres meses. En ese tiempo, Clara y Pablo se hicieron inseparables. Fue él quien le abrió los ojos a la verdadera movida familiar.
Resulta que Ramón seguía coladito por su ex mujer. Y viceversa. Solo que tras una bronca monumental, se divorciaron por orgullo. Como ni uno daba el brazo a torcer, a Ramón se le ocurrió jugar fuerte: buscaría una novia joven para poner celosa a Eugenia, y así, a ver si ella daba el brazo a torcer. Clara resultó ideal para el papelón.
En cuanto los ex volvieran a su nido de amor, a Clara la enviarían de vuelta a Salamanca en el primer AVE, con jamón y todo. El plan maestro.
Cuando Pablo se lo contó, a Clara le dio tal ataque de risa que casi se atraganta de la risa con un barquillo madrileño.
¡Para que aprenda! decía entre carcajadas. ¡Resulta que era una novia de alquiler! ¡Si yo misma he dejado tirado a un pobre chico en mi pueblo! ¿Tú qué harías, Pablo?
Mira, Clara… Yo no puedo vivir sin ti confesó Pablo, de lo más decidido.
Menos mal que lo dices. Pensaba que nunca te atreverías respondió Clara, respirando por fin tranquila.
¿Cómo iba a hacerlo si tú eras, supuestamente, la novia de mi padre? No sabía nada de este circo. Me lo contó Javier. Cuando supe que todo era un paripé, me alegré…, porque la chica que me roba el sueño estaba, por fin, disponible.
¿Y dime, Clara, habrías aceptado casarte con mi padre? preguntó Pablo, medio en serio, medio en broma.
Ay, Pablito…, desde que te vi, el mundo se me dio la vuelta. No hubiera aceptado ni en sueños se rió Clara.
Y allí se abrazaron como si acabaran de salir de un anuncio de turrones.
Con el tiempo, Clara perdonó a Ramón y Eugenia. Al final, hacen falta dos para discutir y el amor vence. Porque vamos, hasta en las mejores familias cuecen gazpachos. Lo positivo: Clara había encontrado el amor verdadero, y a Pablo lo puso el destino, pero en Madrid, no en su pueblo.
A veces uno busca la felicidad en la otra punta del mundo… y, al final, la tiene delante de los morros. Así que, Pablo y Clara se casaron.
Pablo, para evitar sustos y súbitas huidas de su flamante esposa, no perdió el tiempo. Pronto fueron padres de un niño, y un par de años después, de una niña.
Pablo colmó de mimos a Clara y la familia vivió años de queso manchego y felicidad. En su casa, se respiraba amor. Por cierto, Ramón y Eugenia volvieron a arreglar lo suyo. ¡Quién los ha visto y quién los ve! Ahora son abuelos felices, y han aprendido a solucionar las broncas con diálogo, no con novias de alquiler.
Un día, Clara recibió una carta preocupada de su madre. La llamaba para que fuera a visitarla urgentemente.
Clara, con el corazón encogido, preparó el viaje. Decidió dejar a los niños con la abuela Eugenia; aún eran pequeños para esas palizas de tren.
Cuando llegó a Salamanca, la madre la abrazó con lágrimas y la soltó, sin anestesia:
¡Ay, hija! Tu Quique… tu Quique ha fallecido. ¡Y encima, arrastró a su mujer al otro barrio! Un accidente de moto. Su niña, huérfana. Solo tiene tres años, pobrecilla.
No te voy a engañar, Clarita, Quique siempre te recordaba. Fue dejarlo contigo y buscarse a una del pueblo vecino, más fea que un lunes sin pan, pero con buen corazón. Rápido le dio una hija, que, fíjate tú, también se llama Clara. Es lista, no sé a quién habrá salido. Y ahora… la pobre, para el centro de menores o acogida. Si tú supieras, Quique vino el día antes y me contó que te quería dejar un regalo, algo para que no te olvidaras de él nunca… Y ya ves, la muerte vino antes. Ha sido duro, hija. Tú, claro, ahí en los Madriles…
No le dio tiempo siquiera a entregarte el regalo… la mujer se limpió las lágrimas con el delantal.
Clara escuchó todo en silencio y, tras un rato, contestó con voz serena:
Le dio tiempo, mamá. Pablo y yo vamos a adoptar a su Clara. Ese será el regalo de Quique.
Estoy segura de que Pablo me apoyará. Al final, cada uno responde de sus actos. ¿Me das de cenar, madre? Después de este viaje, traigo hambre. Me vendría bien una manzana ácida o un pepinillo en vinagre. ¡Que las futuras mamás ya comen por dos! le guiñó Clara a su madre con una sonrisa traviesaLa madre, entre sorpresa y alegría, se persignó torpemente con la mano aún pringada de aceite.
¡Ay, hija de mi vida, eres mucho más valiente de lo que yo soñé! susurró sin poder contener las lágrimas. Quique estaría muy orgulloso de ti, y esa niña… esa niña va a tener la familia que se merece.
Clara sonrió, serena. Mientras devoraba aquella manzana ácida, pensó en la extraña manera que tiene el destino de entrelazar las vidas, de convertir una despedida dolorosa en un punto de partida luminoso. En Madrid, Pablo aguardaba sin sospechar que, además de esposa y madre, Clara llegaría también con una nueva hija; el presente tejido por todos, con hilos de cariño y mucha locura.
Esa noche, antes de dormir, Clara miró la luna desde la ventana de su infancia y supo que todas sus decisiones, por insólitas, difíciles o incluso equivocadas que parecieran, la habían conducido a ese momento de paz. Porque al final, la vida no entiende de bodas planeadas ni de novias de alquiler, sino de segundas oportunidades y de amar sin miedo.
Y así, entre idas y venidas, maletas llenas de sueños y corazones rehechos, Clara descubrió que el amor más grande no siempre viene del primer intento, ni del plan más lógico, sino de atreverse a quedarse cuando la suerte llama de nuevo a la puerta.
Y en la cocina, la madre de Clara sonrió, ya tranquila, al pensar que su hija, al fin, había encontrado su verdadero hogar.







