El día del entierro de su esposa, Esteban no derramó ni una sola lágrima.
Mira, ya te lo decía yo: nunca quiso a Aurelia susurraba a su vecina, Eugenia.
Calla, ¿qué más da ya? Los niños han quedado huérfanos con ese padre.
Ya verás, se va a casar sin falta con la Teresa aseguró Eugenia a Lucia.
¿Con Teresa? ¿Y eso por qué? Si la que siempre fue su amor es Genoveva. ¿No te acuerdas de cómo se escabullían juntos por las eras? Teresa no va a querer líos con él, tiene su familia, y además, ya ni se acuerda de Esteban.
¿Tú qué sabes?
Pues claro que lo sé. Teresa tiene el marido más trabajador del pueblo, ¿qué quiere ella con Esteban y su prole? Teresa es mujer de cabeza. Pero Genoveva, esa sí que sufre con ese Mateo suyo ya verás cómo entre esos dos vuelve el amor insistía Lucia.
Aurelia recibió sepultura y sus hijos se agarraban las manos con fuerza.
Miguelín y Pilar cumplían apenas ocho años. Aurelia se casó con Esteban por gran amor, pero nunca supo si ese amor fue correspondido, igual que tampoco lo sabían los vecinos de Pedraza.
Contaban que ella se quedó embarazada y que por eso Esteban hubo de casarse. La primera hija, Clarita, nació de siete meses y murió pronto, y luego no lograron tener más hijos hasta que, al fin, el cielo se apiadó y les regaló los mellizos.
Miguelín salió todo corazón como su madre, tierno y bondadoso, mientras Pilar tiró hacia el carácter cerrado de su padre: poco habladora, reservada como una iglesia abandonada. Nadie sabía lo que pensaba, pero con su padre se entendía bien, como si hablaran un idioma secreto.
Dejaba Esteban la garlopa en el taller, y Pilar revoloteaba a su alrededor, absorbiendo lecciones mudas sobre la vida.
Miguelín, en cambio, a los pies de Aurelia, se dedicaba a ayudar con lo que podía: barriendo, trayendo baldes de agua con su cubo pequeño. Aurelia los quería por igual, aunque nunca supo comprender del todo a Pilar; a Miguelín, en cambio, lo sentía pegado al alma.
Cuando Aurelia agonizaba, le habló a su hijo:
Hijo mío, pronto me iré. Serás el mayor no descuides a tu hermana, protégela siempre; tú eres el caballero de esta casa.
¿Y papá? preguntó Miguel.
¿Papá?
¿Nos protegerá él, mamá?
No lo sé, hijo, la vida dirá.
Entonces no te mueras, ¿cómo viviremos sin ti? lloriqueó Miguel.
Ay, hijo si de mí dependiera caviló Aurelia. Y antes del amanecer, partió.
Esteban veló junto a su esposa sin emitir palabras ni llanto, ennegrecido la mirada, la espalda hundida y los ojos vacíos. Y así fue todo.
La vida, con su paso de buey cansado, continuó. Pilar asumió las riendas del hogar, afanándose por cocinar y limpiar, aunque aún era chiquilla. La hermana de Esteban, doña Carmen, acudía a diario y fue su sostén, enseñando a Pilar los secretos del fogón y el aseo.
Tía Carmen ¿ahora papá se casará otra vez? preguntó Pilar.
No lo sé, niña, tu padre es de pocas confidencias.
Carmen tenía su propia familia y un marido, Antonio, honrado y trabajador, y en su casa había calor y armonía.
¿Si pasa algo nos acogerás contigo? insistía Pilar.
No digas tonterías. Tu padre os quiere y no deja que nadie os haga mal respondía Carmen.
En las calles de Pedraza, mientras tanto, el rumor se hinchaba en los portales, como la niebla en el río: Esteban y Genoveva han resucitado aquel antiguo amor.
Esta Genoveva está loca, ha vuelto con Esteban y se ha olvidado de los suyos chismorreaba Eugenia en la tienda.
Pero, mujeres, ¿es que no tenéis otra cosa que hacer? intervino don Marcelo, el presidente de la cooperativa agrícola, para poner orden.
¡Sois unas cotorras! Y no sabéis ni la sombra de vuestros vecinos rezongó defendiendo a Esteban.
Genoveva y Esteban, en su tiempo, tuvieron un amor de novela, de esos de deshojar margaritas. Pero a Esteban lo destinaron lejos, a Zamora, a ayudar en la siembra de los comunales, y mientras, Genoveva acabó con Mateo Salcedo.
Cuando volvió, Esteban, la noticia le llegó como bofetón: arremetió contra Mateo y cortó lazos con Genoveva.
Genoveva terminó casada con Mateo, que ni sabía ser marido ni dejar la botella. Ella lloraba por no haber retenido a Esteban, hombre de pocas palabras pero honrado y abstemio.
Con el tiempo, el pueblo notó que Esteban empezaba a rondar a Aurelia, que de repente floreció como un lirio azul y la gente no se cansaba de mirarla por la calle.
Así es el amor, qué cosas hace con la gente decían entre susurros.
Aurelia siempre había suspirado por Esteban, en secreto, sintiéndose poca cosa a su lado, mucho menos que la resplandeciente Genoveva. Pero las vueltas de la vida unen lo que parecía imposible y pronto Esteban y Aurelia se casaron en el ayuntamiento.
La boda fue discreta; Esteban sólo tenía a su hermana Carmen, y Aurelia contaba con su madre anciana, Rosario, que parió a Aurelia ya madura. Todo el pueblo murmuraba sobre el origen de Aurelia; sabían que Rosario tuvo amoríos con el mismísimo alcalde, don Evaristo de la Fuente, pero nadie decía nada.
Rosario, mujer alegre y voladora, nunca se casó y corría fama de llevarse a los hombres como el viento las hojas.
Aurelia fue todo lo contrario: discreta, sufriente, y nadie cargó nunca su culpa a su madre.
La gente sentía lástima por ella, sobre todo tras casarse con Esteban.
Pobre, va a sufrir, él no la quiere; será una vida de martirio presagiaba la señora Jacinta mientras barría la acera.
Y sin embargo, Esteban fue fiel a su mujer; nadie lo dudó. ¿Acaso hay secretos en un pueblo pequeño?
Vivieron quince años sin apenas reyertas, y el tiempo calmó las lenguas hasta que Aurelia enfermó aquel crudo invierno con un mal que sólo avanza.
Aquel día, regresaba Esteban del campo cuando Genoveva le salió al encuentro:
Esteban, ¿te pasas a casa un rato? He hecho empanadillas para los niños y le ofrecía una fuente, sonriendo.
Gracias, Genoveva, pero Carmen ya trajo dulces ayer.
Van con todo mi cariño, Esteban.
Y los de mi hermana también, mujer.
Esteban, ¿por qué no nos vemos hoy en el molino, cuando anochezca? insistió ella, bajando la voz.
¿Para qué?
¿Cómo que para qué? ¿Acaso has olvidado lo nuestro? replicó ella, resbalando la mirada entre el polvo y las estrellas.
Lo que fue, está cubierto de hierba. Quiero a mis hijos. A Aurelia la quise y la quiero
Pero, Esteban, ya no puedes recuperarla gimió Genoveva.
El amor no muere nunca contestó él.
Tú no la querías, conmigo te casaste por despecho.
Vete a casa, Genoveva musitó Esteban.
Apuró el paso, sin volver la vista, mientras los niños le esperaban al fondo del crepúsculo.
Genoveva quedó sola a la mitad de la calle, colgada en el aire.
Pasaron los años. Los niños crecieron y tía Carmen seguía yendo a velar por sus sobrinos. Tenía ya claro que su hermano era hombre de un solo amor.
Pilarilla dijo cierto día, he oído que andas con Bruno Olmedilla
Sí, ¿y qué? contestó una Pilar hecha toda una muchacha. Qué guapa está, pensó Carmen en silencio.
Ten cuidado con él advirtió la tía.
¿Y eso?
Ya sabes tú por qué, que no eres una niña.
Tía Carmen, le quiero para toda la vida.
Eso crees hoy, mañana quién sabe.
Sé lo que siento.
Puede que sí, pero ¿y Bruno?
Si me traiciona, nunca más podré querer a otro.
Eso sí me lo creo dijo la tía.
Aquella tarde, Miguel y Pilar esperaban a su padre en casa.
Tarda mucho hoy murmuró Miguel.
Es viernes.
¿Y?
Pues que los miércoles, viernes y domingos va a visitar la tumba de mamá.
¿Y tú cómo lo sabes? preguntó el hermano, alzando las cejas.
Mira que eres despistado, Miguel, si no eres capaz de sentir a tu propio padre.
Se marcharon los dos, despacito, por una vereda secreta entre los huertos hacia el cementerio.
Mira susurró Pilar, señalando la figura encorvada de Esteban.
Miguel afinó el oído. Oía a su padre murmurando:
Aurelia, la cosa está así. Nuestra Pilar pronto se casa, y ya he juntado para su ajuar, con ayuda de Carmen Vamos tirando. Perdona, vida mía, que en vida te diera tan pocas palabras dulces; te las dije todas en el corazón. Yo no sé hablar, sólo sé sentir.
Esteban suspiró hondo y fue caminando despacio hasta la verja.
Pilar miró a su hermano. En los ojos de Miguel, anegados por la pena, brillaban las lágrimas como monedas antiguas encontradas al azar en una ensoñación.







