¿Por qué tienes que traer tu propia comida?
La hermana y el hermano de mi marido, junto con sus familias, han celebrado cada Navidad con nosotros durante cinco años seguidos. Yo me he encargado de todo: cocinar, poner la mesa, atenderles como una santa y, por si fuera poco, fregar hasta el último vaso. Ellos, venga a celebrar. Pero el año pasado mi paciencia dijo basta y se fue de vacaciones. Aquello era una maratón agotadora física, mental y, ¡ni te cuento, económicamente!
Así que este último año decidí que llegaba la democracia navideña: tocaba repartir tareas sí o sí.
Pero hace poco, mi suegra, con ese tono que usa cuando quiere algo, me soltó que están ya mayores, que la vida no es una feria y que le hacía ilusión otro festival navideño en mi casa, como los de antes.
Ni corta ni perezosa, llamé a la hermana y al hermano de mi marido para plantearles la movida. Al principio, oye, ¡encantados de la vida! Que si claro, que hay que escuchar a mamá, que cómo no íbamos a hacerlo
Hasta que les expliqué el plan maquinado: repartir los platos, quien cocina qué, quien trae tal. Yo me ofrecí a hacer los platos principales, dos platos calientes y hasta un pastel. Ellos tendrían que traer dos ensaladas, pescado, carne, quesos, fruta y las bebidas cada uno lo suyo.
Ahí ya el entusiasmo se les desinfló como un flotador pinchado. Que si no tienen tiempo para cocinar, que si trabajan mucho, que primero hay que ir al mercado, que después cocinar… y claro, que no entienden para qué hay que cargar con comida. Que casi prefieren celebrarlo cada uno en su casa.
Entonces les pregunto: ¿y mi suegra qué? Y atención a la respuesta Pues le mandamos un buen WhatsApp y ya está.
Total, que no quieren repartir el curro ni los gastos. Todavía no he tenido el valor de decírselo a mi suegra. No tengo ni idea de cómo hacérselo saber. Sé que se la va a tomar a la tremenda.
¿Qué hago yo ahora? ¿Repito otro año el papelón navideño en solitario, como si no hubiera pasado nada?







