Olga llevaba todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando la casa, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Año Nuevo lejos de sus padres, y lo celebraría junto al hombre al que amaba. Llevaba ya tres meses viviendo con Antonio en su piso. Él era quince años mayor, había estado casado y pagaba la pensión de su hija, además de tener cierta debilidad por el vino Pero todo eso le daba igual a Olga, porque creía estar profundamente enamorada. Nadie lograba entender qué veía ella en Antonio: no era atractivo, más bien todo lo contrario; tenía un carácter difícil, era tacaño hasta la médula, y nunca había dinero en casa. Y si alguna vez lo había, solo lo destinaba a sus propios caprichos. Pero a esa -y muchas otras cosas- Olga no les daba importancia cuando se está enamorada.
Durante esos tres meses, Olga había esperado que Antonio valorase su esfuerzo, su dedicación y su buen hacer como mujer de casa. Anhelaba que él quisiese casarse con ella. Primero vivamos juntos, a ver cómo llevas la casa, solía decirle Antonio. No vaya a ser que seas igual que mi exmujer. Sobre esa famosa ex nunca contaba nada concreto, lo cual era un pequeño misterio.
Por eso Olga se esforzaba al máximo y siempre mostraba su mejor cara: nunca protestaba si Antonio volvía borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba y hacía la compra con su propio dinero, para evitar que pensase que era interesada. Hasta el banquete de Nochevieja había salido de su bolsillo. Incluso le había comprado un móvil nuevo como sorpresa.
Mientras Olga preparaba la fiesta, Antonio no perdía el tiempo a su modo: fue a beberse unos vinos con sus amigos para coger ambiente. Volvió a casa animado y avisó, sin previo aviso, que vendría una panda de amigos suyos, desconocidos para ella, a celebrar con ellos la Nochevieja. Ya faltaba solo una hora para las campanadas y, aunque el ambiente de Olga se vino abajo, se obligó a controlarse. No quería parecerse en nada a la supuesta ex de Antonio.
Apenas media hora antes de la medianoche, llegaron todos juntos: hombres y mujeres entre risas y ya bastante bebidos. Antonio enseguida se animó más aún y sentó a todos alrededor de la mesa. Nadie tuvo el gesto de presentarle a Olga; para ellos, fue simplemente invisible, mientras el jolgorio seguía su curso, con sus bromas y animados debates. Cuando Olga dijo que era casi medianoche y que tal vez podían preparar las copas para el cava, la miraron como si fuera una intrusa cualquiera.
¿Y esa quién es? preguntó despectivamente una de las chicas, con voz pastosa de tanto anís.
Ah, la vecina de cama respondió Antonio entre carcajadas, seguido por las risas de todos los demás.
Se metieron con Olga utilizando su comida como chiste, alabaron a Antonio por haber encontrado, según ellos, una criada gratis y ni él salió en su defensa; al contrario, se sumó a las risas y el desprecio. Todo lo que ella había puesto de sí y de su bolsillo fue ignorado y ridiculizado.
Olga se levantó en silencio, fue al dormitorio, recogió sus cosas y se marchó a casa de sus padres. Jamás había vivido una Nochevieja tan amarga. Su madre, como siempre, le dijo: ¿Ves? Yo ya te lo decía. Y su padre, al menos, suspiró aliviado. Después de llorar todo el desprecio, Olga fue consciente del engaño en el que había vivido hasta entonces.
Pasó una semana y, cuando a Antonio ya no le quedaba ni un euro, apareció en casa de Olga como si nada, preguntando:
¿Pero bueno, por qué te fuiste? ¿Te has enfadado o qué? y, viendo que ella no pensaba rendirse, intentó atacar: Ya te vale, tú tan tranquila en casa de tus padres y yo aquí, que parece que me han desvalijado la nevera, igual que mi ex. ¡Vas a ser como ella!
De la sorpresa, Olga se quedó muda. Tantas veces había imaginado cómo le diría todo lo que pensaba pero solo le salió mandarle bien lejos y cerrarle la puerta en las narices.
Así, desde esa Nochevieja, Olga comenzó una nueva vida. Y comprendió que, a veces, el amor mal entendido solo te lleva a perderte a ti misma; nadie merece que apagues tu luz por encajar donde nunca serás valorada.







