Le echo de menos. Jamás había sentido esta añoranza por una persona. Y no sé por qué si, al fin y al cabo, nunca me sentí del todo bien a su lado y había cosas que no me gustaban.
Nos conocimos en Facebook. Empezamos a escribirnos y, un día, me invitó a tomar un café. Fuimos a uno de los parques de Madrid. Aquella tarde yo me sentía derrotada emocionalmente y, además, me dolía el cuerpo tras haberme machacado en el gimnasio; las piernas me pesaban un mundo. Charlamos en el parque, bajo un cielo nítido y helador. Hablamos de nosotros, de vidas anteriores, de quiénes éramos.
Al despedirnos, le abracé. Fue un abrazo largo, de varios minutos. Sentí ese gesto como hogar, aunque procedía de un hombre al que percibía frío, serio y distante. Y, sin embargo, en ese abrazo, intuí que allá en el fondo él no era así. No sé si estaba incómodo igual que yo, pero podía notarse que tampoco él estaba bien, y que aquel contacto le reconfortó. Nos separamos con otro abrazo, esta vez más breve.
Seguimos escribiéndonos hasta tarde. Así pasaban los días: un buenos días suyo, conversaciones hasta la noche, mensajes sin pausa. Empezamos a salir. Hablábamos de sueños, escenarios imposibles, compartíamos cosas profundas. Me confesó que vivía con un amigo. Luego me habló de su exnovia. Me contó que le gustaba chatear con chicas y con amigas con las que había salido. Al poco, volvió a casa de sus padres.
Al formalizar lo nuestro, me dijo la verdad: en realidad, vivía con su ex. Según él, entre ellos no había nada desde hacía tiempo, ni antes tampoco, aunque trabajaban juntos.
Subió una foto juntos a Instagram. El día de su cumpleaños, pensé llevarle a cenar a un restaurante de Segovia de esos con aire medieval; quería sorprenderle. Pero a mediodía recibí un mensaje por Instagram de una mujer desconocida, insultándome. No respondí. Solo le pregunté a él qué ocurría. Me recordó su ex que gustaba de enviar a otros a molestar y a mandar mensajes ofensivos. No contesté hasta hablar con él. Dijo que lo había solucionado, pero siguieron los mensajes. Finalmente respondí solo lo justo. No soy una mujer que se humilla ni baja al nivel de la soberbia ajena. Luego la bloqueé.
Superamos ese bache. Seguimos adelante. La relación incluso se fortaleció. Compartíamos aún más. Yo estaba en paro y él me animaba a buscar trabajo. A veces me ayudaba con gastos, cosa que me dejaba incómoda. Nunca le pedí nada; salía de él. Cuando se fue de vacaciones, me ofreció quedarme en su piso. Me quedé, y cometí el error de pasar allí las dos semanas.
Él me ponía a prueba quería ver cómo era yo en casa. Gastaba muchos euros en comida para llevar, alegando que cocinar era perder tiempo, que siempre se podía comprar hecho. Acabó la estancia y se gastó un dineral. Le pedí que ahorrara, pero no me escuchó. Después, me reprochó no haberle ayudado a ahorrar, que si él gastaba era porque yo se lo permitía cuando yo le animaba justo a cocinar y controlar los gastos.
Luego me soltó que debía pagar recibos, que eso le agobiaba, y me hizo sentir fatal. Encontré un trabajo y entonces me dijo que ahora me iba a poner a prueba: el examen era ver si yo le daba dinero por vivir allí o por lo que él había gastado. Comentó que sentía que me mantenía. No supe qué responder. Yo aún aprendía a vivir en pareja.
Dijo que todo cambiaría. Y cambió. Casi no hacíamos planes, los mensajes eran cada vez más cortos. Decía que necesitaba recuperarse económicamente, que estaba inestable, que ni comía bien. Todo empezó a resquebrajarse.
Un día me soltó que le había hecho un agujero en el bolsillo, que le había dañado económicamente aunque yo nunca le pedí nada. Ya trabajaba. A veces pagaba él, a veces yo, pero los planes desaparecieron. Todo era distinto. Decidimos dejarlo. Rompimos en paz agradecidos por lo bueno y las lecciones aprendidas. Cerramos la puerta con dignidad.
Pero volvimos a intentarlo. Hablábamos. Pero no me gustaba quedarme en su casa tras el trabajo sin nada que comer. A veces ni me invitaba a cenar. Yo dudaba entre llevarme algo propio para almorzar o desayunar copioso para no pasar hambre. Le conté cómo me sentía, pero no decía nada, no ofrecía solución. Yo sentía que era únicamente mi responsabilidad. Eso mataba la relación.
Un día, en el metro, me sentí tan mal que estuve a punto de desmayarme. Me senté en el suelo para no caer. Él no reaccionó. En ese momento, algo en mí se rompió definitivamente. Me alejé por dentro. Le quería, sí, pero entendí que no era el hombre que quería a mi lado aunque tuviéramos sueños y planes comunes.
Le rogaba tantas veces que no nos acostáramos enfadados. Pero llegué a dormirme a su lado llorando. Hasta que un día decidí dejar de soportar. Me levanté temprano, recogí mis cosas y me fui. Hablamos. Le expliqué cómo me sentía. Le había regalado un dibujo que adoraba, pero lo arranqué de la pared y me lo llevé. No debí hacerlo, pero algo se quebró en ambos.
Semanas después, volvimos a hablar. Me dijo que, al llevarme el dibujo, le había arrebatado la felicidad que sentía con él, que algo se había roto del todo. Cerramos la puerta de nuevo. A veces le enviaba mensajes de agradecimiento o vídeos, pero nunca respondía. Todo estaba vacío.
Una noche, pasada la medianoche, recibí un mensaje lleno de insultos me acusaba de haberle alejado de su familia. Borré la conversación y bloqueé. Luego me buscaron en redes sociales desde la empresa donde trabajaba. Supe que era su ex o alguna pareja nueva. No contesté. Hablé con recursos humanos y puse límites: si continuaba, pondría una denuncia. Así pararon.
Me sentía triste. Cambié. Comprendí que él no era el hombre que deseaba. Terminamos bien, pero verle después con alguien que le había causado tanto caos fue doloroso.
A veces le extraño. Echo de menos algunos momentos bonitos. Pero hasta ahí. Una cosa tengo clara: conmigo, él encontró calma y se sintió orgulloso. No creo que con ella lo logre ni que llegue a ser ese hombre que querría mostrar al mundo.







