Diario personal, Madrid, 18 de marzo
Hoy he tenido una conversación que me ha dejado pensando durante horas. Al preguntarle a mi vecina, Doña Carmen, cuándo fue la última vez que habló con su hijo, sentí cómo se me encogía el alma.
Hace ya más de seis años que no le veome confesó con voz temblorosa. Al principio, después de que se mudó a Sevilla con su mujer, solía llamarme alguna que otra vez, pero poco a poco fue dejando de hacerlo. Una vez, para su cumpleaños, le llevé una tarta de almendras y fui a visitarle…En ese momento agachó la mirada y se le escapó una lágrima.
¿Y qué ocurrió entonces?quise saber.
Fue mi nuera quien abrió la puerta. Me dijo, de malas maneras, que no era bienvenida en su casa. Mi hijo no le replicó nada, sólo me miró de una forma extraña, como si tuviera yo la culpa de algo, y apartó la vista. Desde aquel día no he vuelto a ver a mi hijodijo sollozando.
¿Nunca más te llamó?le pregunté, aún incrédula.
Sólo una vez le llamé yo, cuando decidí vender nuestro piso grande de tres habitaciones aquí en Madrid para comprarme algo más pequeño. Por supuesto, le di algo de dinero, cerca de diez mil euros. Él vino, firmó los papeles, cogió el dinero y nunca más supe de él.
¿Te sientes muy sola o ya te has acostumbrado a vivir así?me atreví a decirle a la señora.
No te preocupes, hija. He aprendido a estar bien así. Cuando era joven, mi marido me dejó por otra mujer y tuve que sacar adelante sola a mi hijo Lucas. Le crié yo sola con mucho cuidado y cariño, nunca le faltó de nada. Cuando me dijo que quería alquilar un piso propio, me sentí hasta orgullosa, creía que se hacía independiente. Pero en realidad, fue su novia, Marisol, quien insistía en vivir lejos, para gozar de su libertad sin interferencias. Pronto se quedó embarazada.
¿Puedes contar todo eso así, sin más? ¿No te duele que tu hijo te haya dado la espalda ahora que eres mayor?le confesé, sorprendida.
La costumbre lo suaviza, aunque duela. Me gusta el piso nuevo, tengo de sobra para lo que necesito. Cada mañana me levanto temprano, pongo la cafetera y salgo a la terraza a contemplar la ciudad cuando despierta. De joven no podía permitirme ese lujo, siempre trabajando en la panadería dos turnos para sacar adelante a la familia. A veces soñaba con tener tiempo y estar rodeada de los míos, pero quizá en mi destino estaba la soledad.
¿Por qué no te haces con un animal de compañía? Así estarías menos solale sugerí.
Mira, cariño, a veces hasta los gatos se van de casa… Y no podría tener perro, no sé si mañana seguiré aquí. No quiero cargar con la responsabilidad de cuidar a quien no sé si podré proteger. Ya cometí suficientes errores en la vida…
Intentó mantenerse fuerte, pero no pudo evitar romper a llorar.
Por favor, no os olvidéis nunca de vuestros padres. Sois parte de ellos, y cuando se van, también desaparece una parte de vosotros.







