Marina es joven, ¡seguirá trayendo hijos al mundo! juró ella. Al final, nadie necesitó a la niña.
Marina y Rodrigo crecieron en una pequeña ciudad de Castilla y estudiaron juntos en la misma aula, donde los pupitres parecían flotar en niebla y los profesores a veces tenían cabezas de pájaro. Pasados los años, fueron a estudiar a la Universidad Complutense de Madrid y ahí, entre estaciones de metro con nombres que se desvanecían, también buscaron trabajo. Alquilaron un piso diminuto, consiguieron empleos anodinos y convivieron sin casarse. Cuando Marina quedó embarazada, Rodrigo desapareció como una sombra al atardecer de la Gran Vía. No quería saber nada de niños ni de responsabilidades.
La joven, perdida entre luces que silbaban como trenes y gatos que hablaban, decidió regresar a su pueblo para criar sola a la niña. Doña Inés, la madre de Rodrigo, que llevaba una bufanda larga de hilos dorados y ocupaba un puesto influyente en el Ayuntamiento, se apresuró a contar a todos bajo los arcos de la Plaza Mayor que el bebé era de otro y no tenía sangre de los suyos. Ambas familias vivían en casas enfrentadas, separadas solo por un seto que susurraba secretos durante la siesta y que parecía crecer más alto tras cada discusión.
Muchos viejos amigos del instituto conocían el embrollo. Marina trajo al mundo una niña maravillosa a la que llamó Carmen. No pedía nada a la familia de Rodrigo; sólo deseaba que la dejaran criar a su hija en paz entre nubes de algodón y pan de pueblo. Pero doña Inés seguía, día tras día, contando en voz baja delante de las pastelerías:
Mirad bien a la pequeña decía, señalando con un dedo delgadísimo. Lleva el pelo claro, como la miel de los rizos de una virgen, mientras nosotros somos negros como la noche. Y esa naricilla torcida, ¡nada que ver con nuestra estirpe! Toda la familia Gallego somos hermosos y la pobre niña… en fin. Pretenden colarla entre nosotros. ¡Son gente despreciable!
Marina, cansada de tanto bullicio y de ver que la luna se escondía detrás de la torre de la iglesia, propuso un test de paternidad para apaciguar a la vieja dama. ¿Por qué tenía que aguantar aquello? La prueba fue inmediata: en cuanto vio el resultado, doña Inés invitó a Marina y a Carmen a merendar bizcochos y conocer a la nueva nieta. Regalos costosos empezaron a llegar: abriguitos con la etiqueta aún puesta, muñecas con nombre propio y libros que olían a invernadero. Marina, que sobrevivía con la pensión de su madre y alguna moneda suelta que encontraba en el fondo del sofá, agradeció aquel giro inesperado.
Poco tiempo después, la flamante abuela pidió llevarse a Carmen con ella unos días. Marina, que veía cómo el reloj se derretía encima de la chimenea, respondió que la niña aún no tenía ni dos años y era demasiado pronto para separarla de su madre. Doña Inés se ofendió, como si la hubieran acusado de robar en la iglesia.
Entonces, la matriarca lanzó una advertencia: demandaría ante el juez para obtener derecho a visitas y, mejor aún, la custodia. Tenía dinero euros contados y relucientes, un piso grande en el centro y amistades por todos los despachos importantes. Rodrigo firmaría un papel y los jueces, que jugaban al dominó con ella los jueves, decidirían a su favor. Según ella, Marina era una muchacha, joven como el trigo en abril, y aún podría tener más hijos. Mejor que cediera la custodia sin pleitos. La batalla legal, larga y llena de pasillos que olían a desinfectante y a miedo, se alargó años.
La niña a la que tanto despreciaron se convirtió, de pronto, en la joya más deseada por la familia de Rodrigo. Testigos desfilaron, las paredes escucharon cosas horribles, se hicieron fotos de tapadillo y Marina tuvo que esconderse en una casa donde las ventanas hablaban. Finalmente, todo se calmó: Rodrigo se casó y tuvo un hijo varón. Doña Inés volcó su afán en el nuevo nieto. Carmen empezó primero de primaria y Marina, buscando aire, se fue a vivir de nuevo a Madrid, aunque iba cada semana al pueblo para ver a su madre y a su hija. Allí, en un parque que parecía no terminar nunca, conoció a un hombre joven. La abuela le aconsejó rehacer su vida. Prometió cuidar de Carmen hasta que ella estuviese lista para traerla a Madrid. Marina aceptó, creyendo que así todo estaría mejor.
Marina volvió a casarse. El marido, discreto y con manos frías, casi no abría la boca cuando salía el tema de Carmen. Esperaban un hijo juntos y el piso era estrecho. Marina decidió que la niña estaría mejor con su madre: el colegio estaba allí, los amigos de siempre, el olor a tortilla y la promesa de tardes sin sobresaltos. Pero la salud de la abuela comenzó a fallar. Ambulancias acudieron varias veces, la hospitalizaron, y Carmen tuvo que pasar días con vecinos jubilados que olían a naftalina. Mientras, doña Inés, cuando cruzaba a Marina o a su madre, se limitaba a sonreír:
¡Deberías haberme escuchado! Si me hubieras dado a la niña desde pequeña, ahora sería políglota, tocaría el piano y llevaría uniforme de las franciscanas. Y mira, abandonada por su madre… ¿quién será el día de mañana? Tengo otro nieto al que sí puedo cuidar y lo tendrá todo: la mejor educación, las mejores actividades extraescolares.
Rodrigo, siempre un eco en la distancia, jamás se interesó por Carmen. Aquella niña por la que tanto lucharon quedó entonces como una sombra sin dueño, niña de nadie. Nadie sabe qué será de ella, ni qué senda la guiará entre las calles azules y los relojes blandos de los sueños castellanos.







