¡No hace falta decir que todo esto es culpa mía! solloza la hermana de mi amigo. ¡Jamás imaginé que algo así podría pasar! Y ahora no tengo ni idea de cómo seguir adelante. Ni siquiera sé cómo arreglar esto sin quedar hecha un cuadro.
La hermana de mi amigo se casó hace unos años.
Tras la boda, se decidió que los recién casados se instalarían en casa de la madre de él. Sus padres tienen un piso grande de tres habitaciones, y como hijo sólo hay uno, parecía pan comido.
Yo me quedo con una habitación y el resto es todo vuestro anunció la suegra, segura de sí misma. Todos somos gente educada, así que seguro que nos llevamos estupendamente.
Y si la cosa se pone fea, nos largamos le dijo el marido, tan pancho, a su mujer. No le veo el problema a intentar convivir con mi madre. Si no resulta, siempre podemos alquilar otro piso por ahí
Precisamente así ocurrió. Porque, sorpresa, la convivencia resultó ser más difícil que encontrar una plaza de aparcamiento en el centro de Madrid un sábado por la noche. Tanto nuera como suegra lo intentaron, pero cada día era más desesperante. El mal rollo se iba acumulando cual ropa sucia y, de vez en cuando, brotaban unas broncas considerables.
Dijiste que, si no podíamos aguantar, nos íbamos lloraba la chica.
Pero hija, ¿ya nos vamos por estas tonterías? le contestaba su santa. Por cuatro detalles no merece la pena ponerse a hacer maletas.
Al año de la boda, llegó el primer nieto: un niño sano y risueño.
La llegada del peque coincidió con que la suegra acababa de dejar su trabajo y no encontraba nada nuevo, porque las empresas no tienen mucha prisa por contratar a una señora casi de prejubilación. Así que, ni la nuera ni la suegra tenían nada que las sacara de casa las veinticuatro horas el ambiente estaba más tenso que un lunes por la mañana en la oficina.
El marido, mientras tanto, se encogía de hombros y escuchaba las quejas, ya que él era el único que trabajaba.
No podemos dejar a mi madre sola ahora, que no tiene dónde caerse muerta. Y yo no puedo pagar otro piso y ayudarla a ella a la vez. Cuando encuentre trabajo, nos vamos, lo prometo.
Pero, como era de esperar, a la chica se le fue acabando la paciencia. Algún día tenía que pasar: cogió a su peque, hizo las maletas y se fue al piso de su madre, advirtiendo al marido que no pensaba poner un pie en casa de la suegra nunca más. Y que si para él la familia era importante, que fuera espabilando.
La joven estaba convencida de que su marido movería cielo y tierra para recuperarla en cuanto viera lo que había perdido. ¡Ay, alma inocente!
Han pasado ya más de tres meses desde que se fue a vivir con su madre y el esposo ni corto ni perezoso: ahí sigue, tan a gusto en casa de su madre. Habla con su mujer y su hijo por videollamada después del curro, y los fines de semana se acerca por casa de su suegra a verlos.
El tipo está servido: los mimos de dos mujeres, la abuela compadecida con el nieto que la nuera ha abandonado, y él sin cambiar pañales ni trasnochar. ¡El Listo de la Familia! Y la suegra, probablemente, sigue igual de bien, porque tampoco se ha quedado precisamente en la calle.
¿Y la joven? Desesperada, claro. Quiere a su marido, aunque sabe que él está aprovechándose del cuento.
¿Qué esperabas, mujer, cuando te fuiste? le dice el marido. Puedes volver cuando quieras.
Probablemente, la nuera no tiene intención de irse otra vez de casa de su madre ni mucho menos alquilar un piso. Con el permiso de maternidad y el sueldo justo, no le llega ni para pipas.
¿Es este el final de la familia?
¿Tendrá la nuera alguna posibilidad de volver a casa de la suegra y salir de esta movida con la cabeza alta?







