En España se acoge a niños de los orfanatos, y yo decidí traerme a mi abuela de la residencia: mis amigos y vecinos no lo entendieron, pero hoy en casa somos felices compartiendo su alegría y el aroma de sus deliciosos crepes recién hechos cada mañana.

Mira, últimamente he estado pensando mucho en cómo en nuestro país hay gente que acoge niños de orfanatos, y yo, pues, decidí sacar a la abuela Leonor de la residencia en la que estaba.

La verdad, ninguno de mis amigos ni vecinos lo entendía demasiado bien. Todos me miraban raro y susurraban: Con lo mal que están las cosas, ¿y se te ocurre traer a alguien así a casa? Pero mira, yo estoy convencida, mejor dicho, sé perfectamente que estoy haciendo lo correcto.

Siempre fuimos una familia pequeñita. Éramos cuatro: yo, mis dos hijas, Carmen y Macarena, y mi madre. Por desgracia, mi madre falleció hace ocho meses, así que nos quedamos las tres solas. Pero en este tiempo, mis hijas y yo nos hemos dado cuenta de que aún nos quedaba energía y ganas para ayudar a alguien. Fíjate que tengo un amigo de toda la vida, de cuando íbamos al instituto en Salamanca, que en vez de formar una familia y buscarse la vida, se tiró a la bebida y acabó fatal antes de los 31. Lo más triste es que gastaba la pensión de su madre en vino. Y cuando ella dejó de darle dinero, ni corto ni perezoso, la metió en una residencia, se quedó con el piso y volvió a lo suyo.

A esa mujer, la señora Benita, la conozco desde que yo era pequeñita, igual que ella a mí. Una vez al mes, mis hijas y yo íbamos a verla, llevábamos empanada, rosquillas y alguna que otra cosita dulce. Cuando les conté mi plan a Carmen y Macarena, lo recibieron con entusiasmo, pero Macarena, que ahora tiene 4 años y medio, pegó saltos de alegría diciendo: ¡Vamos a tener abuela otra vez!

Ni te imaginas la cara de felicidad de Benita cuando le propuse venir a vivir con nosotras. Lloró de emoción tanto rato, que tuve que darle un vaso de agua y tranquilizarla. Ya van casi dos meses desde que la tenemos en casa y, de verdad, la adoramos. Y ella nos quiere, ya lo creo que sí.

Lo curioso es que, aunque Benita ya va para los ochenta, tiene más energía que cualquiera. Todos los días se levanta a las seis de la mañana y nos despierta el olor a tortitas, magdalenas o, a veces, crêpes que prepara como nadie.

No puedo estar más feliz con la decisión, de verdad.

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MagistrUm
En España se acoge a niños de los orfanatos, y yo decidí traerme a mi abuela de la residencia: mis amigos y vecinos no lo entendieron, pero hoy en casa somos felices compartiendo su alegría y el aroma de sus deliciosos crepes recién hechos cada mañana.