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La hija llegó tarde del centro de salud donde trabaja como enfermera de traumatología. Se duchó largo rato, se envolvió en una bata y cruzó al pasillo de la cocina.
Hay albóndigas y macarrones en la sartén dijo la madre, clavándole la mirada a la cara de su hija, intentando descifrar qué le afligía. ¿Cansada, Cayetana? ¿Qué tal el ánimo?
No voy a comer; ya soy horrible, y si me atrevo a salir, nadie me mirará contestó Cayetana con voz sombría, sirviéndose un té.
¿De dónde sacas eso? exclamó la madre, agitada. Todo está en su sitio: tus ojos son vivaces, la nariz y los labios están bien. No te menosprecies, Cayetana.
Porque todas mis amigas ya están casadas y yo no. Solo me atraen tipos sin futuro, y los que me gustan ni siquiera me miran. ¿Qué tengo de malo, mamá? replicó la joven, frunciendo el ceño y esperando una respuesta.
Simplemente no has encontrado tu destino, el tiempo aún no ha llegado intentó calmarla la madre, pero Cayetana se puso aún más irritable.
Exacto, mis ojos son pequeños, mis labios finos y, ¡mírame la nariz! Si tuviéramos dinero, me haría una cirugía, pero somos pobres. Así que he decidido casarme con algún incapaz. En el hospital hay chicos que, tras un accidente, sus parejas los abandonaron. Ya tengo treinta y tres años, no tengo tiempo para esperar.
Cayetana, no digas eso; tu padre está cojo. Pensaba que al menos un yerno podría ayudar en la huerta, eso sería un gran apoyo soltó la madre, apresurándose a justificarse. No pienses que todos vivimos rodeados de lujos, ¿a quién le sirve una «incapaz»? Mira a Julián, el vecino, lleva tiempo observándote. Es robusto, los hijos serían sanos
Mamá, basta. Julián nunca se queda en su trabajo, le gusta el alcohol y, ¿de qué vamos a hablar con él? se irritó Cayetana.
No tienes por qué hablar con él; yo le diré que vayas a cavar la tierra con la cultivadora y luego comeremos. O que vayas al supermercado. Es un buen chico, trabajador, quizá os salga bien propuso la madre con una sonrisa forzada. Cayetana dejó su té a medio acabar, se levantó y dijo:
Me voy a dormir, mamá. Pensaba que al menos me verías como una persona, pero, como todos, piensas que soy una aberración
Cayetana, hija, ¿qué dices? se lanzó la madre, pero Cayetana alzó la mano y respondió:
¡Basta, mamá!
Y cerró la puerta de su habitación justo delante de ella.
Esa noche estuvo en vela, rememorando al chico que habían traído hacía poco, al que le habían amputado la pierna hasta el tobillo. Un trozo de losa le aplastó la pierna en un edificio derrumbado; el inmueble estaba para derribar y, aunque lo rescataron, no pudieron salvarle la extremidad. Nadie lo visitó; era un joven que aún no había cumplido los treinta.
Al principio, después de la operación, él la miraba con compasión, le tomaba la mano y le clavaba la mirada. Luego, recuperado, se volvió introspectivo, fruncía el ceño y pasaba horas mirando al techo. A Cayetana le parecía más digno de lástima que a los demás, quizá porque nadie acudía a su lado.
¿Crees que podré volver a caminar? preguntó él, sin girarse.
Claro que sí, todo sanará; eres joven respondió Cayetana con firmeza.
Todo el mundo lo dice. Prueba tú misma sin una pierna; ¿qué vida es esa? estalló él, girándose a la pared como si ella fuera la culpable.
¿Y tú por qué entraste allí? replicó Cayetana, enfadada. ¡Tú mismo eres el culpable!
Me pareció algo murmuró él, apartándose cada vez que ella entraba en la sala.
Cayetana observó sus ojos, claros y fríos como cristales. Aun así, su rostro resultaba atractivo, y lamentó que le hubiera sucedido tal cosa.
¿Te lamentas? le atrapó la mirada. Veo que lo haces. Ahora solo me queda lamentarme a mí mismo, porque nadie quiere a alguien como yo.
Yo tampoco soy querida, aunque tenga manos y pies; soy distinta, nadie me apoya. Mejor sin extremidades, al menos por eso me lamentarían replicó Cayetana, dejando que las lágrimas brotaran.
En ese instante, Miguel, el chico, sonrió por primera vez al verla.
Qué tonta eres, ¿no crees? ¿Te crees fea? Yo te observo y, en silencio, envidio a quien elijas, ¿lo crees?
Cayetana lo miró fijamente y, extrañamente, le creyó. Entonces dijo lo que llevaba dándole vueltas a la lengua:
Si te elijo, ¿te casarías conmigo? Guardas silencio, así que mientes; lo entiendo todo.
Cayetana se levantó, con el rostro herido, y se dirigió a la puerta. Miguel, apoyado en los codos, se incorporó lo mejor que pudo, se sentó en la cama como si fuera a lanzarse a perseguirla. Al recordar que no podía, le gritó:
Cásate conmigo, Cayetana, te juro que pronto nadie entenderá mi pierna. Me recuperaré rápido, no te vayas
Cayetana se detuvo en el pasillo, a punto de llorar, pero sintió que él era él. No importaba que su nariz fuera distinta o sus ojos diferentes, él también tenía una discapacidad; simplemente se habían encontrado y eso bastaba.
El momento había llegado, como decía su madre
Miguel se entregó a la rehabilitación con entusiasmo desbordante. Tenía un objetivo: casarse con la mujer maravillosa que amaba y estar en pie por su futuro. Quería que Cayetana dejara de sentir que no servía a nadie; ella le era indispensable y deseaba vivir a su lado siempre.
¿Te has enamorado al fin, hija? preguntó la madre, casi sin querer. Mira cómo has florecido, cuando antes decías que eras fea.
Cayetana no negó nada; se sentía como volando. Su mayor deseo era que Miguel volviera a caminar con normalidad y se habituara a la prótesis. Pasaban horas paseando, primero por el patio del hospital y luego por las calles nevadas de la víspera de Año Nuevo, iluminadas por luces de colores.
Ese edificio ya está demolido, allí fue donde me aplastaron mostró Miguel un día.
¿Y por qué entraste allí? ¿Qué viste? Nunca me lo contaste recordó Cayetana.
Verás, encontré un cachorro callejero, delgado, negro con manchas blancas. Pensé que moriría de frío y quería llevarlo a casa para que no estuviera solo explicó Miguel.
Mira, allí está otro perro, flaco, mira con pena y no se atreve a acercarse.
Exacto, es él se alegró Miguel, y el perro corrió hacia ellos, acercándose hasta la puerta.
¡Qué suerte tiene Cayetana! Ha encontrado a un marido guapo, más joven que ella, con casa y sin suegra bromeaban sus amigas en la boda.
La madre de Cayetana, con lágrimas, escuchaba cómo llamaban a Miguel su nuevo padre. Él había sido criado en un orfanato, sin familiares. Era un chico de buen corazón, y lo más importante, se amaban y querían ser felices.
Los huertos de la finca ya no importaban; Miguel se ocupaba de todo y siempre lo lograba.
Viven Cayetana y Miguel, con el perro Coco, que se quedó con ellos. Pronto serán cuatro, pues la pareja está a punto de recibir una hija.
Nunca hay que perder la esperanza; de lo contrario se pasa la vida sin descubrir la propia felicidad.
Porque la vida es tan bella en su imprevisibilidad.







