Recuerdo, con la claridad que da la nostalgia, los primeros días después de aquella terrible hospitalización que cambió mi vida. Agradezco a todos los que me apoyaron con sus mensajes, sus me gusta y sus donaciones; los cinco amigos felinos que compartían mi casa también fueron parte de ese sostén.
Tras el alta, Nuria volvió a sentirse mejor y, como siempre, se levantó temprano con la intención de retomar sus tareas cotidianas. Pero al abrir los ojos sintió una protesta interior inesperada.
Su marido, Alonso, ya estaba en plena rutina de estiramientos. Aquel hombre, siempre deportista, no había abandonado sus hábitos aunque ya estaba jubilado; cada mañana iniciaba con una serie de ejercicios para aliviar las articulaciones. Nuria, por su parte, se dirigía apresurada al gato Mona para limpiar la caja de arena, luego alimentaba a la sensible Mona y al perro Ras, barría la entrada y la cocina de los rastros de los asaltos nocturnos de los cuatro patas y sacaba a Ras a pasear.
Durante el día y la tarde se quedaban más tiempo en el parque, acompañados por su hijo Luis, disfrutando de la quietud de los alamedros. Sin embargo, mientras Alonso cuidaba de su salud, Nuria tenía que apurarse para preparar el desayuno tradicional de la familia. Servía requesón con miel y frutos secos, o bien tortitas de queso que alternaba con tortillas de patata, huevos revueltos o huevos pasados por agua.
Para ella aquel alboroto matutino era una especie de carga de energía, pero los médicos del hospital, al conocer su ritmo, insistieron en que necesitaba ejercicio real, no solo el trajín doméstico.
Al terminar su rutina de articulaciones, Alonso se quejaba de que arreglar la cama no era asunto de hombre y que toda la carga del hogar recaía sobre sus hombros. Lavaba la ropa dos veces por semana, pasaba la aspiradora y, a regañadientes, criticaba que Nuria nunca hacía nada bien. Al final, se lavaba los platos del desayuno, convencido de que así ayudaba lo máximo posible a su esposa.
Después del desayuno, Nuria se dedicaba a la comida y luego se sentaba frente al ordenador. En su jubilación hacía pequeños trabajos extra, sin contar los centavos. Alonso, sin embargo, veía esas pequeñas ganancias como un gasto innecesario y consideraba la compra de nuevas cosas un derroche. ¡Tenemos armarios llenos!, le recordaba. Nuria, como siempre, cedía y no contestaba. No le importaba la ropa; a Alonso le encantaba ver lo bien que lucía comparada con sus contemporáneos. No protestaba cuando él adquiría el tercer taladro o cualquier otro objeto a su antojo, financiado con sus graciosos ingresos extra.
Todo cambió cuando la enfermedad repentina la obligó a entrar en una ambulancia tras desmayarse en la calle mientras iba al mercado. Los médicos apenas creían que pudiera haber caminado antes; su análisis de sangre era espantoso. Incluso Alonso se quedó pálido al verla bajo la perfusión y, una vez en casa, apenas podía mantenerse al día con las tareas, sorprendido de cuántas había.
Los primeros días en el hospital la mantuvieron en reposo, como indicaban los médicos. Alonso le hacía preguntas cada tanto:
¿Cómo te sientes, Nuria? ¿Mejor? ¿Aún no? Te ves menos pálida, ¿no?
Y añadía con una sonrisa:
No te quedes en la cama mucho, que luego no aprendas a caminar. Ya basta de tanto reposo.
Nuria aceptó algunas palabras, pero no todas. Cuando despertó una mañana ya no sintió la urgencia de lanzarse a la vorágine doméstica. Observó a Alonso, concentrado en sus ejercicios de articulaciones, esperando que ella también se lanzara a sus tareas. Por primera vez en mucho tiempo, no vio en él al esposo cariñoso, sino a alguien que, sin darse cuenta, quería cargar sobre sus hombros una carga inmensa.
¡Sintió una protesta interna! Recordó las palabras del médico, dichas con tono preocupado, que ahora resonaban en su cabeza como una campanilla:
No piensas en ti, y eso se ha enseñado al marido. Él cree que todo te resulta fácil y que nunca te cansas. Tú haces tantas cosas con una sonrisa, ¿no? ¿Y ahora te han traído de urgencias con anemia, con índices tres veces por debajo de la norma? ¿Quieres seguir viviendo?
En el hospital le pusieron la perfusión y, cinco veces, le transfundieron sangre hasta que los análisis volvieron a la normalidad. Era la primera vez que veía la tubería transparente que llevaba sangre ajena a su cuerpo y pensó:
Vaya, me han puesto sangre de cinco desconocidos. Me han salvado la vida, y ahora hay algo extraño dentro de mí. ¿Será que ese algo me transformará?
Parecían pensamientos que surgían en el momento preciso. Al volver a casa, Nuria sintió, con sorpresa, que ya no quería complacer a su marido con la misma entrega de antes. Amaba a su hijo Luis y él también la amaba. Alonso, aunque se quejaba, hacía cosas que otros hombres ni siquiera se atrevían a intentar. No obstante, siempre se hacía notar, exagerando la importancia de sus actos y minimizando los míos.
Antes había aceptado todo con paciencia, pero ahora algo había cambiado en ella. Deseó dedicarse más a sí misma y revivir viejas aficiones, como tocar el piano que llevaba años acumulando polvo en el salón, o descubrir otras pasiones que aún no había reconocido.
Se puso de pie y, pensativa, comenzó a hacer ejercicios junto a Luis. Alonso, sorprendido, exclamó:
¿No te han tratado ya, Nuria? ¿Te has puesto a ponerte en forma a tu edad? ¡Ya luces perfecta! Ve a alimentar al gato y al perro, y prepara el desayuno, que tengo hambre.
El médico me lo ordenó respondió Nuria con una firmeza que Luis nunca había escuchado. Dijo que si no cambiaba, no duraría mucho. ¿Quieres que me muera?
Al ver su directa respuesta, Alonso quedó boquiabierto. Luis, por su parte, aceptó sin protestar cuando ella, después de la carga, ordenó:
Ahora alimento a Mona y a Ras, tú sales a pasear con el perro y yo preparo el desayuno; así será más rápido.
Nuria sintió una energía nueva, como si cinco fuerzas distintas la impulsaran. Le decían que tenía derecho a desechar la ropa vieja y comprar nueva, pues su pequeña ganancia le permitía hacerlo. Le incitaban a ejercitarse, a volverse atlética, a tocar el piano. Contó cinco decisiones claras y, con temor, comprendió:
Sí, me transfundieron sangre de cinco personas. Esa fuerza y valentía provienen de ellos. Dicen que al recibir un corazón, se heredan gustos, recuerdos o talentos. No es casualidad que quienes sobreviven a grandes operaciones a veces descubran habilidades inesperadas.
Al mirar a Luis, ya no había sumisión, sino una confianza nacida de la palabra del médico y de esa energía palpable. Vio cómo Alonso intentaba entender el torbellino que la rodeaba, cómo su mundo, donde ella siempre había sido la mujer callada y servicial, se desmoronaba.
¿Sabes, Luis? dijo, sin temor. Creo que ahora entiendo por qué siempre pensabas que no hacía nada. Simplemente no lo veías. No veías cuánto me esforzaba, cuánto me cansaba, cuánto hacía por tu bienestar. Pero ahora lo verás todo. No te sorprendas si tiro mis viejos vestidos y compro otros nuevos. Y volveré a tocar el piano; aunque solo sepas de mi valse del perro y la cigana, escucha
Abrió la tapa del piano, posó los dedos y, para su propia sorpresa, surgió una melodía familiar y hermosa.
Alonso la miraba embobado y susurró:
Nuri, ¿cómo lo haces? No sabías tocar. Has cambiado.
Su rostro mostraba asombro y, quizá, un leve temor. Aquella mujer que conocía había sido reemplazada por otra, más fuerte, más decidida. Nuria sonrió, no la tímida sonrisa de disculpa, sino una genuina que anticipaba lo que vendría. Sentía dentro de sí cinco chispas que encendían un fuego nuevo, prometiéndole no solo sobrevivir, sino vivir plenamente.
Una vida en la que había sitio para ella, para sus deseos, y quizá para un amor renovado con su marido basado en respeto mutuo, no en su propia autonegación.
No sabía quiénes eran esos cinco donantes, pero parecía que eran personas fuertes y talentosas. No sólo salvaron su vida, sino que la llenaron de sentido y felicidad auténtica.
Alonso la miraba ahora con admiración, y yo entiendo que, como dicen los viejos proverbios, no importa preguntar por qué sucedió la enfermedad o las dificultades, sino comprender para qué sirvieron. Tal vez esos retos se enviaron para recordarnos cuán preciosa es la vida.
Qué maravillosos son la primavera, el invierno, el barro y el hielo; cada día es un milagro, el cielo y el último rayo de sol. Las sonrisas de los seres queridos, su apoyo y sus debilidades nos recuerdan que somos simplemente humanos…
Y si el marido gruñón se vuelve más reflexivo, tal vez sea el momento de atarle la correa, para que recuerde que también es hombre. Mientras podamos, viviremos a plenitud y valoraremos todo lo que se nos ha dado, porque de otro modo, no podríamos…







