Olechka, hija mía, te lo pido, – la madre se agachó junto a Olia – necesitamos quedarnos aquí un tiempo, pronto terminará todo y volveremos a la ciudad Olia miraba a su madre en silencio. – Olia, ¿me oyes? ¿Lo entiendes? – la madre sacudió a Olga. – Sí que te oigo, mamá… – ¿Entonces por qué no hablas? – la madre se ponía nerviosa, Olia lo notaba. – No es que no hablase, mamá, estaba pensando. – Pensando, dice… Mira cuántos libros, Olia… Ay, cómo me gustaba leer en mi infancia… – Mamá… ¿vamos a tener que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, mi vida, de momento hay que aguantar. Olia entendía todo lo que les había pasado a ella y a su familia. Su madre se equivocaba al pensar que ella era pequeña e inconsciente. – Olia, la tía Cati te visitará, yo dejaré la comida preparada para todo el día, por las mañanas me iré y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a nadar… La madre se cubrió el rostro con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores. Lo sé todo: papá nos ha dejado, y sé que tenemos que salir adelante, así que decidiste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilarle el piso a otra gente. – Lo sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré, leeré libros, y además la tía Cati me cuidará. – Podemos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, pequeñita, antes lo había, ahora ya no. Pero en otoño – te lo prometo – volveremos a nuestro piso. Es solo hasta que encuentre un trabajo decente. – Alquilé el piso hasta agosto, así que nos dará tiempo justo; luego lo arreglamos y viviremos allí tranquilos. Todo saldrá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde se sentaron mucho tiempo en el porche de su pequeña casa, y la madre le contaba a Olia historias de su infancia y de cómo era de buena su abuela. – Mamá, ¿tú también tenías… madre? – Claro que sí, – suspiró su madre – sigue ahí, solo que… no le hago falta. – ¿Cómo? ¿No le haces falta? – Pues ya ves, hija. Llegué temprano para ella, no se entendió con mi padre, él se fue a otra ciudad y montó otra familia. Mi madre estuvo un poco conmigo, luego me llevó al pueblo con la abuela Sonia y se marchó a la ciudad en busca de su felicidad… – ¿Y… la encontró? – La encontró, cariño, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tuvo dos hijos más, y yo… solo me felicitaba por el cumpleaños o en alguna fiesta. – Recuerdo que al venir, como uno de sus hijos estaba enfermo, los traía aquí por el campo y el aire puro… – Ni les contaba que yo era su hermana, no lo sabían. – La abuela le dijo que pronto sería mi graduación y que tendría que comprarme un vestido… Y ella gritó, diciendo que la abuela era una insensible, que tenía a su hijo enfermo y le hablaba de vestidos. – Zoya, – se enfadó la abuela, – Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes? – Una yegua sana, – masculló entre dientes – que se gane su vestido. La abuela se enfadó tanto que la echó de casa… – Mamá, nunca la llamas madre, solo ella… – Lo sé, perdóname, hija… No puedo llamarla así, mi madre siempre fue mi abuela Sonia. – Por eso te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Así es… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – ¡Muchísimo! Cuando faltó, sentí que el mundo se apagaba… Y a Zoya… bueno, mamá, también la quise y la esperé; cada cumpleaños, cada fiesta, cada vez que la necesitaba, esperaba que viniera. – Cuando estuve enferma, el primer día de cole, cuando murió la abuela… la esperé. – No pudo venir porque la madre de su marido celebraba su cumpleaños… Vino después, lloró… Me pidió que recogiera mis cosas; yo era menor. – Creí que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y a vivir en un internado. – Mi primera Nochevieja sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que vendría y me llevaría, pero me dijo: – Lo siento, Sonia, tengo la casa llena, vienen familiares, ¿dónde te voy a meter? – Así que decidí volverme a casa. Mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela – le dije. – ¿Para qué? – Desvió la mirada. – Porque es mi casa. Si crees que puedes decidir sobre mi herencia, te equivocas. – También es mi casa – protestó –, queríamos ir allí a celebrar la Nochevieja al campo. – Te juro que si vais, os destrozo la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio. Así que me fui, salté la valla, fui al pueblo, compré dos cerraduras nuevas, llamé al vecino, el tío Felipe, y cambiamos los cerrojos. – Y por si Zoya reclamaba la casa, todos los vecinos prometieron que no dejarían que nadie me echara, por la memoria de la abuela. – Iba a pasar sola aquella Nochevieja, pero vinieron mis amigas y lo pasamos muy bien… – Luego cumplí los dieciocho. – ¿No la ves nunca? – No… ¿Para qué? No tiene nada que decirme, ni yo a ella. – Mamá, ¿y tú…? – ¿Qué? – ¿Nunca harías eso conmigo? Nunca, hija, nunca jamás, ¿me oyes? … Olia era muy madura, ya no le tenía miedo a nada. Su madre iba a trabajar, la tía Cati venía a verla dos veces al día. Comía, recogía la mesa, fregaba el plato, daba de comer a la muñeca Galia y se ponía a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba leer a la muñeca Galia y al osito Misha. Los días de Olia eran todos iguales. Al principio lloraba, las lágrimas caían solas y Olia las contenía, pero salían… Lloraba sin querer, eran las lágrimas, traicioneras. Pero cuando volvía mamá, todo se pasaba. Hasta que un día, mamá no volvió. No venía, se hacía de noche, Olia encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galia, Misha, Mariquita, Nines y payaso Andrés, no tengáis miedo – tranquilizaba Olia a sus juguetes. ¿Y si iba a la estación a buscar a mamá?, pensó. Pero apenas recordaba el camino y podría perderse. Alejaba las ideas feas. No, su madre jamás la abandonaría… no, no… Porque Olia no tenía a la abuela Sonia, ¿con quién se quedaría? Se imaginó que su madre se volvía a casar, tenía otros hijos y se olvidaba de Olia. Y Olia vivía sola en la casita… Entonces se echó a llorar de pena. Tragaba aire, las lágrimas brotaban, los ojos escocían, la garganta enronquecía; lloró hasta dormirse en la silla junto a la ventana. Olia oyó un ruido en la entrada – ¿y si eran ratas? ¿o acaso era ella, la mamá de su madre, la abuela Zoya, que venía a echarlas? Olia gimió bajito. De repente se encendió la luz y se abrió la puerta. – ¡Mamá! – Olia saltó de la silla, que se cayó – ¡mamá, mi mamá! – Hija mía, Olechka, mi niña querida… perdón, perdón… perdí el último tren de cercanías y tuve que venir andando desde la otra estación… – ¿Mamá, tuviste miedo? – Muchísimo, Olechka, tenía tanto miedo por ti. Lloraba rogándote que no lloraras tú, y yo misma lloraba… Asusté hasta a los lobos – reía y lloraba la madre. – Temía que pensases que te había abandonado. Y entonces, Olia mintió por primera vez a su madre. – Mamá, nunca pensé eso, yo sé que nunca me abandonarías. Sí, Olia mintió por no preocuparla más, aunque sí que lo había pensado. Se quedaron en la casita hasta finales de agosto, y después Olia fue al colegio y la madre encontró un buen trabajo. El padre quiso demandar para llevarse a Olia los fines de semana. La madre reía, diciendo que nunca había mostrado interés por verla. – Jamás se lo he prohibido, – decía la madre – él no quería… Ahora Olia ve a su padre los fines de semana. Al principio iba feliz, luego… – Mamá, creo que papá es como tu Zoya, no le importo, pero me ve porque debe. Me lleva a la sala de juegos del centro comercial, él está siempre al teléfono y se pelea con alguien. – Y yo me siento y miro a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo. El padre empezó a reprocharle a la madre que la ponía en su contra. – Soy el padre, – gritaba – y tú no me dejas. – Papá… ya no soy una niña, ¿por qué me llevas a esa sala absurda? Y ni siquiera me gustan las patatas fritas… ya soy mayor. – Cuando te fuiste de casa y yo me quedaba sola… o cuando mamá perdió el tren y tuvo que venir por el bosque y los lobos la perseguían… y yo me quedé sola… Olia mintió por segunda vez, ahora al padre, lo de los lobos. El padre escuchó y se marchó. Volvió al mes… Pidió disculpas, dijo que lo había comprendido, y se la llevó al cine… Ahora Olia iba contenta a verlo… – Sonia… ¿de verdad huiste entonces de los lobos? – preguntó el padre. – Sí, – respondió la madre sin pestañear. Y luego el padre y la madre hablaron, y… perdió el tren. Eso dijo la madre, que se le fue el tren. – Mamá, – dijo Olia – si papá ha perdido el tren, ¿cómo volverá a casa? Que se quede con nosotras. El padre miraba a la madre. Pero ella fue rotunda. – Que vaya andando… aquí no hay lobos, – dijo, y lo despidió. – Mamá… ¿Él quería volver? – preguntó Olia por la noche, acostada junto a ella. – Sí… – ¿No le perdonarás? La madre guardó silencio. – Mamá, es cosa tuya, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olia, hija mía. – Pero a ti más, eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto que ni los lobos te daban miedo. …Pasaron los años. Olia ya se casa. – Mamá… tengo que confesarte algo. – Sí, cuéntame. – Mamá… entonces sí pensé que me habías abandonado, como Zoya… – Mi niña… Jamás podría… – No lo podía saber entonces, mamá… perdóname. – Perdóname tú, que tuviste que pasar por eso… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a tu lado

Carmen, hija mía, te lo pido su madre se agachó a su altura, con los ojos tristes y las manos temblorosas, tenemos que quedarnos aquí un tiempo, solo un poco, pronto todo acabará, y volveremos a la ciudad, cariño.

Carmen miraba en silencio a su madre, como si flotara entre dos luces.

Carmen, ¿me oyes? ¿Me entiendes? la voz de su madre sonaba como un eco entre olas dormidas.

Sí, mamá

¿Y por qué callas? la madre apretaba los labios, nerviosa, y Carmen lo veía como a través de un cristal.

No callaba, mamá, pensaba Y la alfombra de yoga se convertía en una serpiente azul en el suelo.

Vaya con mi pensadora Mira cuántos libros, Carmen Ay, cuántos he leído yo de niña en esta misma casa, cómo me gustaba perderme en ellos

Mamá ¿Nos quedaremos mucho aquí?

No lo sé, mi sol, hay que quedarse por ahora.

Carmen entendía todo lo ocurrido, lo que les había sucedido a ellas y a la familia. Su madre se engañaba pensando que ella era pequeña y no comprendía.

Carmen, tu tía Eugenia vendrá a verte, yo cocinaré todo el día, saldré temprano y volveré tarde, pero los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos

La madre se tapó la cara, los dedos temblando sobre la frente como palomas asustadas.

Perdón, perdóname

Mamá, no llores, no hace falta. Sé que papá nos dejó, sé que tenemos que sobrevivir juntas y que creíste que lo mejor era venir a la casita de la abuela y alquilar el piso a unos desconocidos.

Lo sé todo, mamá Seré obediente, te lo prometo, te esperaré leyendo libros; además, la tía Eugenia me cuidará.

Saldremos adelante, mamá Y en septiembre iré al colegio. Mamá ¿Aquí hay colegio?

No, pequeña, aquí hubo uno, pero ya no queda rastro. Sin embargo te lo juro, en otoño volveremos a nuestro piso. Esto es temporal, hasta que encuentre un buen trabajo. Libros para madres.

Alquilé el piso hasta agosto, justo el tiempo necesario; después haremos reformas y viviremos como se debe. Todo irá bien, hija

Lo sé, mamá

Esa tarde ambas se quedaron en el porche de la pequeña casa. La madre contaba historias de su infancia, de su abuela Leonor, tan buena.

Mamá, ¿y tú tenías mamá?

La tenía, suspiró la madre, aún vive, sólo que no me necesita.

¿Cómo que no?

Fue así, mi niña. Llegué muy pronto, a mi padre no le fue bien con ella y marchó a otra ciudad a rehacer su vida. Mi madre aguantó poco y me llevó con la abuela Leonor. Se fue a la ciudad a buscar la felicidad

¿Y la encontró, mamá la felicidad?

La encontró, hija, pero de mí se olvidó por completo Se casó otra vez, tiene dos hijos, y yo solo recibía un feliz cumpleaños de vez en cuando, alguna postal en las fiestas.

Recuerdo que una vez vino, un hijo suyo estaba enfermo y me trajo por aquello del aire limpio, del campo.

Ni les contó a sus hijos que yo era hermana suya, no les habló jamás de mí.

La abuela Leonor le dijo que pronto era mi graduación, que me comprara un vestido Pero ella gritó a la abuela, que no tenía corazón, que su hijo estaba enfermo, que cómo podía pensar en vestidos.

Eugenia, protestó la abuela, Leonor también es tu hija, ¿cómo te atreves?

Una burra sana, murmuró la madre entre dientes, que trabaje y se lo gane.

La abuela se enfadó y la echó de la casa

Mamá, nunca la llamaste mamá, siempre ella

Lo sé, perdón hija No me sale llamarla madre; para mí la única madre fue Leonor, mi abuela.

¿Te llamaron Leonor por ella, verdad?

Supongo En su honor

¿La quisiste mucho, mamá?

¿A quién?

A la abuela Leonor.

Muchísimo, muchísimo, con todo mi ser. Cuando murió, el sol se apagó en mi mundo Incluso a Eugenia, sí, la madre, la esperé y la amé, cada cumpleaños, cada fiesta la esperaba. Libros para madres.

Enferma, en primero de septiembre, cuando se fue la abuela la esperé.

No pudo venir porque celebraba el cumpleaños de la suegra Luego vino, lloró, mandó que preparara mis cosas, yo era menor aún.

Pensé que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y me dejó en un colegio.

Mi primera Nochevieja sin la abuela. Yo, ingenua, creía que viviría con mi madre, pero me dijo:

Perdona, no puedo, Leonor, la casa está llena de gente, llegan parientes, ¿dónde vas tú?

Así que decidí regresarme a casa, porque era mi casa.

Dame las llaves de la abuela, le pedí.

¿Para qué? y sus ojos se movían como pececillos.

Esta es mi casa, si crees que puedes quedarte con mi herencia, te equivocas.

También es mi casa, se enfadó, íbamos a pasar allí la Nochevieja, en la naturaleza.

Te advierto, si apareceis, os echaré a perder la fiesta. ¡Las llaves!

No me las dio, pero igual, ¿para qué? Fui, salté la valla, en el pueblo compré dos cerraduras nuevas. Le pedí ayuda al vecino, don Ricardo, quitó las viejas y puso las nuevas.

Y por si Eugenia reclamaba la casa, todos los vecinos dijeron que me defenderían, por recuerdo a la abuela.

Aquella Nochevieja pensé pasarla sola, pero vinieron amigas y lo pasamos bien

Y después cumplí dieciocho.

¿No la ves desde entonces?

No ¿Para qué? No tenemos nada que decirnos ya.

Mamá ¿tú?

¿Qué?

¿Harías lo mismo conmigo? ¿Me abandonarías?

Nunca en mi vida, ¿lo oyes? ¡Nunca!

Carmen ya era mayor, y el miedo no existía. Su madre fue a trabajar, y dos veces al día la visitaba la tía Eugenia. Libros para madres.

Comía, recogía lo suyo, fregaba el plato, daba de comer a la muñeca Marta y se sentaba a leer cuentos.

Carmen había aprendido a leer hacía poco, y le encantaba, sobre todo recitar en voz alta para la muñeca Marta y el osito Pedro.

Los días se repetían igual para Carmen. Al principio lloraba, aunque a menudo las lágrimas caían solas, y ella intentaba taparlas, pero volvían No lloraba por voluntad, era que las lágrimas eran como esos gorriones que entran donde no se les llama.

Luego volvía la madre, y todo se curaba.

Pero un día la madre no llegó. Y no llegaba, no llegaba Cayó la noche, Carmen encendió la luz de arriba y cerró las cortinas.

No tengáis miedo, Marta, Pedro, Lucía, Paula y el payaso David, no tengáis miedo murmuraba Carmen acariciando las cabezas de tela.

Quizá debía ir a la estación a buscar a mamá, pensó. Pero recordaba mal el camino, podía perdérsela.

Intentó alejar las sombras; no, su mamá no le haría eso, no, no Si apenas tenía ya a la abuela Leonor, ¿con quién se quedaría Carmen?

Vio una imagen en su cabeza: su madre se casaba, tenía más hijos y de Carmen se olvidaba. Carmen vivía sola en esa casita

De tanto compadecerse, rompió a llorar. Sin poder respirar, con los ojos hinchados y la garganta afónica, se quedó dormida sobre la silla, con la mejilla pegada al cristal.

Entonces oyó un ruido en la entrada. ¿Y si? ¿Y si eran ratas? ¿Y si era aquella madre de su madre, abuela Eugenia, venía a echarlas de la casa? Carmen gimió bajito.

De repente, la puerta se abrió y la luz ardió como un faro.

¡Mamá! Carmen saltó, la silla cayó, ¡mamá, mamita!

Mi niña, Carmencita, mi vida perdóname, llegué tarde al último tren, tuve que bajar en otra estación y venir andando.

Mamá, ¿tuviste miedo?

Muchísimo, Carmencita, tenía miedo por ti. Lloré, te rogué que no lloraras, pero también lloré Asusté a todos los lobos reía y lloraba la madre.

Temí que pensaras que te había abandonado.

Y entonces entonces Carmencita mintió, por primera vez en su vida.

Mamá, no pensé eso de ti, sé que nunca me dejarías.

Mintió, sí, porque sí lo pensó, pero no quería que mamá sufriera más.

Se quedaron en la casa hasta agosto, luego Carmen volvió al colegio y su madre encontró buen trabajo.

El padre quiso ver a Carmen los fines de semana. Su madre se reía, diciendo que jamás había mostrado interés antes. Libros para madres.

Yo no le he prohibido nada, decía la madre, pero él no quiso venir jamás

Ahora Carmen veía a su padre los fines de semana. Al principio iba contenta, pero luego

Mamá, creo que mi padre es como tu Eugenia: no me necesita, solo me ve por obligación. Me deja en la zona de juegos del centro comercial mientras él habla por teléfono y se enfada con todos.

Yo me siento en el banco y miro a los pequeños no quiero ir más, vamos a decírselo.

El padre se enfadó, acusó a la exmujer de alienarle a la niña.

Soy su padre, gritaba, y tú me la quitas.

Papá ya no soy una niña, ¿para qué me dejas en esa ridícula sala? Ni me gustan las patatas fritas he crecido.

Cuando te fuiste de casa y me quedé sola Cuando mamá llegó tardísimo porque perdió el tren y cruzó el bosque hasta la persiguieron lobos

Por segunda vez Carmen mintió, ahora a su padre. Sobre los lobos. Él escuchó y se fue.

Volvió un mes después, pidió perdón, dijo que lo entendía todo y se fueron al cine padre e hija.

Desde entonces, Carmen iba con alegría a verle

Leonor ¿es verdad que huiste de los lobos aquella noche? preguntó el padre a la madre.

Sí, respondió ella sin pestañear.

Luego los padres hablaron mucho y el padre perdió su tren. Mamá lo dijo, que su tren había marchado.

Mamá, dijo Carmen, si papá perdió el tren, ¿cómo volverá? ¿Por qué no se queda con nosotras?

El padre miró a la madre. Pero ella era roca.

Que venga andando aquí ya no quedan lobos, respondió la madre, despidiéndolo suavemente.

Mamá ¿él quería quedarse, verdad? preguntó aquella noche Carmen, tumbada junto a su madre.

¿No lo perdonarás?

La madre no contestó.

Mamá, es cosa tuya, pero yo os quiero a los dos.

Lo sé, hija mía.

Pero a ti más, porque eres la mamá más valiente del mundo, corriste por el bosque y ni los lobos te asustaron por venir a verme.

Pasaron los años. Carmen está a punto de casarse.

Mamá tengo algo que confesarte.

Dime, te escucho.

Mamá aquella noche sí pensé que me abandonabas, como Eugenia

Mi niña ¿yo podría hacerlo?

No lo sabía, mamá perdóname.

Perdóname tú, por hacerte pasar por eso

Abrazadas, madre e hija siempre juntas. Mamá siempre cerca.

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MagistrUm
Olechka, hija mía, te lo pido, – la madre se agachó junto a Olia – necesitamos quedarnos aquí un tiempo, pronto terminará todo y volveremos a la ciudad Olia miraba a su madre en silencio. – Olia, ¿me oyes? ¿Lo entiendes? – la madre sacudió a Olga. – Sí que te oigo, mamá… – ¿Entonces por qué no hablas? – la madre se ponía nerviosa, Olia lo notaba. – No es que no hablase, mamá, estaba pensando. – Pensando, dice… Mira cuántos libros, Olia… Ay, cómo me gustaba leer en mi infancia… – Mamá… ¿vamos a tener que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, mi vida, de momento hay que aguantar. Olia entendía todo lo que les había pasado a ella y a su familia. Su madre se equivocaba al pensar que ella era pequeña e inconsciente. – Olia, la tía Cati te visitará, yo dejaré la comida preparada para todo el día, por las mañanas me iré y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a nadar… La madre se cubrió el rostro con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores. Lo sé todo: papá nos ha dejado, y sé que tenemos que salir adelante, así que decidiste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilarle el piso a otra gente. – Lo sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré, leeré libros, y además la tía Cati me cuidará. – Podemos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, pequeñita, antes lo había, ahora ya no. Pero en otoño – te lo prometo – volveremos a nuestro piso. Es solo hasta que encuentre un trabajo decente. – Alquilé el piso hasta agosto, así que nos dará tiempo justo; luego lo arreglamos y viviremos allí tranquilos. Todo saldrá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde se sentaron mucho tiempo en el porche de su pequeña casa, y la madre le contaba a Olia historias de su infancia y de cómo era de buena su abuela. – Mamá, ¿tú también tenías… madre? – Claro que sí, – suspiró su madre – sigue ahí, solo que… no le hago falta. – ¿Cómo? ¿No le haces falta? – Pues ya ves, hija. Llegué temprano para ella, no se entendió con mi padre, él se fue a otra ciudad y montó otra familia. Mi madre estuvo un poco conmigo, luego me llevó al pueblo con la abuela Sonia y se marchó a la ciudad en busca de su felicidad… – ¿Y… la encontró? – La encontró, cariño, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tuvo dos hijos más, y yo… solo me felicitaba por el cumpleaños o en alguna fiesta. – Recuerdo que al venir, como uno de sus hijos estaba enfermo, los traía aquí por el campo y el aire puro… – Ni les contaba que yo era su hermana, no lo sabían. – La abuela le dijo que pronto sería mi graduación y que tendría que comprarme un vestido… Y ella gritó, diciendo que la abuela era una insensible, que tenía a su hijo enfermo y le hablaba de vestidos. – Zoya, – se enfadó la abuela, – Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes? – Una yegua sana, – masculló entre dientes – que se gane su vestido. La abuela se enfadó tanto que la echó de casa… – Mamá, nunca la llamas madre, solo ella… – Lo sé, perdóname, hija… No puedo llamarla así, mi madre siempre fue mi abuela Sonia. – Por eso te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Así es… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – ¡Muchísimo! Cuando faltó, sentí que el mundo se apagaba… Y a Zoya… bueno, mamá, también la quise y la esperé; cada cumpleaños, cada fiesta, cada vez que la necesitaba, esperaba que viniera. – Cuando estuve enferma, el primer día de cole, cuando murió la abuela… la esperé. – No pudo venir porque la madre de su marido celebraba su cumpleaños… Vino después, lloró… Me pidió que recogiera mis cosas; yo era menor. – Creí que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y a vivir en un internado. – Mi primera Nochevieja sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que vendría y me llevaría, pero me dijo: – Lo siento, Sonia, tengo la casa llena, vienen familiares, ¿dónde te voy a meter? – Así que decidí volverme a casa. Mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela – le dije. – ¿Para qué? – Desvió la mirada. – Porque es mi casa. Si crees que puedes decidir sobre mi herencia, te equivocas. – También es mi casa – protestó –, queríamos ir allí a celebrar la Nochevieja al campo. – Te juro que si vais, os destrozo la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio. Así que me fui, salté la valla, fui al pueblo, compré dos cerraduras nuevas, llamé al vecino, el tío Felipe, y cambiamos los cerrojos. – Y por si Zoya reclamaba la casa, todos los vecinos prometieron que no dejarían que nadie me echara, por la memoria de la abuela. – Iba a pasar sola aquella Nochevieja, pero vinieron mis amigas y lo pasamos muy bien… – Luego cumplí los dieciocho. – ¿No la ves nunca? – No… ¿Para qué? No tiene nada que decirme, ni yo a ella. – Mamá, ¿y tú…? – ¿Qué? – ¿Nunca harías eso conmigo? Nunca, hija, nunca jamás, ¿me oyes? … Olia era muy madura, ya no le tenía miedo a nada. Su madre iba a trabajar, la tía Cati venía a verla dos veces al día. Comía, recogía la mesa, fregaba el plato, daba de comer a la muñeca Galia y se ponía a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba leer a la muñeca Galia y al osito Misha. Los días de Olia eran todos iguales. Al principio lloraba, las lágrimas caían solas y Olia las contenía, pero salían… Lloraba sin querer, eran las lágrimas, traicioneras. Pero cuando volvía mamá, todo se pasaba. Hasta que un día, mamá no volvió. No venía, se hacía de noche, Olia encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galia, Misha, Mariquita, Nines y payaso Andrés, no tengáis miedo – tranquilizaba Olia a sus juguetes. ¿Y si iba a la estación a buscar a mamá?, pensó. Pero apenas recordaba el camino y podría perderse. Alejaba las ideas feas. No, su madre jamás la abandonaría… no, no… Porque Olia no tenía a la abuela Sonia, ¿con quién se quedaría? Se imaginó que su madre se volvía a casar, tenía otros hijos y se olvidaba de Olia. Y Olia vivía sola en la casita… Entonces se echó a llorar de pena. Tragaba aire, las lágrimas brotaban, los ojos escocían, la garganta enronquecía; lloró hasta dormirse en la silla junto a la ventana. Olia oyó un ruido en la entrada – ¿y si eran ratas? ¿o acaso era ella, la mamá de su madre, la abuela Zoya, que venía a echarlas? Olia gimió bajito. De repente se encendió la luz y se abrió la puerta. – ¡Mamá! – Olia saltó de la silla, que se cayó – ¡mamá, mi mamá! – Hija mía, Olechka, mi niña querida… perdón, perdón… perdí el último tren de cercanías y tuve que venir andando desde la otra estación… – ¿Mamá, tuviste miedo? – Muchísimo, Olechka, tenía tanto miedo por ti. Lloraba rogándote que no lloraras tú, y yo misma lloraba… Asusté hasta a los lobos – reía y lloraba la madre. – Temía que pensases que te había abandonado. Y entonces, Olia mintió por primera vez a su madre. – Mamá, nunca pensé eso, yo sé que nunca me abandonarías. Sí, Olia mintió por no preocuparla más, aunque sí que lo había pensado. Se quedaron en la casita hasta finales de agosto, y después Olia fue al colegio y la madre encontró un buen trabajo. El padre quiso demandar para llevarse a Olia los fines de semana. La madre reía, diciendo que nunca había mostrado interés por verla. – Jamás se lo he prohibido, – decía la madre – él no quería… Ahora Olia ve a su padre los fines de semana. Al principio iba feliz, luego… – Mamá, creo que papá es como tu Zoya, no le importo, pero me ve porque debe. Me lleva a la sala de juegos del centro comercial, él está siempre al teléfono y se pelea con alguien. – Y yo me siento y miro a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo. El padre empezó a reprocharle a la madre que la ponía en su contra. – Soy el padre, – gritaba – y tú no me dejas. – Papá… ya no soy una niña, ¿por qué me llevas a esa sala absurda? Y ni siquiera me gustan las patatas fritas… ya soy mayor. – Cuando te fuiste de casa y yo me quedaba sola… o cuando mamá perdió el tren y tuvo que venir por el bosque y los lobos la perseguían… y yo me quedé sola… Olia mintió por segunda vez, ahora al padre, lo de los lobos. El padre escuchó y se marchó. Volvió al mes… Pidió disculpas, dijo que lo había comprendido, y se la llevó al cine… Ahora Olia iba contenta a verlo… – Sonia… ¿de verdad huiste entonces de los lobos? – preguntó el padre. – Sí, – respondió la madre sin pestañear. Y luego el padre y la madre hablaron, y… perdió el tren. Eso dijo la madre, que se le fue el tren. – Mamá, – dijo Olia – si papá ha perdido el tren, ¿cómo volverá a casa? Que se quede con nosotras. El padre miraba a la madre. Pero ella fue rotunda. – Que vaya andando… aquí no hay lobos, – dijo, y lo despidió. – Mamá… ¿Él quería volver? – preguntó Olia por la noche, acostada junto a ella. – Sí… – ¿No le perdonarás? La madre guardó silencio. – Mamá, es cosa tuya, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olia, hija mía. – Pero a ti más, eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto que ni los lobos te daban miedo. …Pasaron los años. Olia ya se casa. – Mamá… tengo que confesarte algo. – Sí, cuéntame. – Mamá… entonces sí pensé que me habías abandonado, como Zoya… – Mi niña… Jamás podría… – No lo podía saber entonces, mamá… perdóname. – Perdóname tú, que tuviste que pasar por eso… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a tu lado