Ir sola con la hija es un riesgo, ¿sabes? Dos mujeres que no hablamos español, y si pasa algo despidió la suegra con un gesto. Con vosotras dos ya no parece tan terrorífico.
Y estaremos cerca, por si surge cualquier imprevisto.
Almudena no tenía ni idea de lo cerca que acabarían estando.
Qué fastidio exhaló Almudena.
Los planes de vacaciones los habían ido maquinando desde hacía medio año, ella, Máximo, Begoña y Ciro.
El hermano del futuro esposo y su esposa formaban el equipo ideal para cualquier escapada, ya fuera una caña en la terraza, un fin de semana en la sierra o una travesía a las Islas Canarias; sus gustos y su idea de descanso coincidían en todo.
Dos veranos pasados compartieron viajes y ambas veces quedaron satisfechos.
Ahora, sin embargo
Acusar a la futura nuera de haberse enfermado en el momento inoportuno no cruzaría ni por su mente a Almudena. Pero, ¿no tiene derecho a estar molesta?
Pues, ¿qué vamos a hacer? Tendréis que andar solos entre ruinas de civilizaciones pasadas suspiró Ciro.
El hermano de Máximo también se lamentó por los planes frustrados, pero, por supuesto, no podía abandonar a su mujer enferma por culpa de la conciencia.
Nadie le exigiría eso seriamente. Lo que sí dolía era el dinero de los paquetes vacacionales: ya no podían recuperar el importe total, y el despiste era todavía más irritante.
Máximo, Almudita, tengo una idea estupenda esa misma noche apareció la madre de Máximo y Ciro.
Las visitas de la madre no eran novedad; Máximo y ella mantenían una relación de harta complicidad. Además, Elena María era, en general, una persona bastante corriente.
Con sus típicos tics de suegra tradicional, de vez en cuando intentaba dar consejos de vida a Almudena, como hacen muchas madres de familia. A fin de cuentas, según los rumores, Almudena había recibido la versión más suavecita del paquete suegrino.
Así que sí, Elena María solía aparecer cuatro veces a la semana, pero solo cada dos semanas sentía la urgencia de instruir a la nuera sobre cómo llevar la casa.
Algunos de esos consejos resultaron útiles, así que Almudena no consideraba a su suegra una gran amenaza. Por eso aceptó con buen humor la propuesta de pasar las vacaciones juntos.
Elena María llevará a la hija menor, Paula, comprará los paquetes a los segundos hijos y sus esposas, y luego se lanzará con el hijo mayor y su futura esposa a las Islas Canarias, para calentar sus viejos huesos y, de paso, renovarse un poco.
Ir sola con la hija da miedo, ¿sabes? Dos mujeres que no dominamos el idioma y si ocurre algo volvió a decir la suegra. Con vosotras dos ya no resulta tan aterrador.
Y estaremos cerca, por si ocurre algo.
Almudena no imaginaba cuán cerca acabarían estando. Si lo hubiera sabido, nunca habría aceptado la compañía de la suegra y la nuera.
Al fin y al cabo, había visto a los futuros familiares y al futuro marido antes de casarse, no como una hoja de papel, sino en persona. Se podría decir que la joven se libró de una pequeña catástrofe.
Al aceptar el viaje conjunto, Almudena escuchó las dudas de sus amigas sobre su cordura.
¿Quién se va de vacaciones con su suegra, siquiera sea futura? decían. Seguramente terminará organizando toda la vida del novio, haciéndole bailar y cantarle al niño.
Que iba con su hija pues, la hija tendría que entretenerse también, según ellas.
Almudena replicó que Paula ya era una mujer de diecinueve años, perfectamente capaz de divertirse sin animadores familiares. En su día a día apenas hablaban; se saludaban, se despedían y, a la hora del almuerzo, le pedían que le pasara la sal. Eso era todo su intercambio.
Resultaba poco probable que la futura cuñada ardiera en deseos de socializar durante las vacaciones.
En cuanto a Elena María sí, habría que planear el viaje teniendo en cuenta la presencia de una mujer de mediana edad, pero no suponía un problema insuperable. Si surgían pequeños contratiempos, bastarían dos semanas de paciencia.
Y, cuando llegara algún percance serio, siempre se podría decir: no volveré a ir de vacaciones con la suegra, bajo un pretexto amable. Después de todo, ¿no es descortés rechazar algo sin siquiera haberlo probado? Así les habían educado a las chicas.
Las amigas de Almudena tampoco conocían a Elena María; juzgaban por sus propias suegras, que a veces parecían sacadas de una novela de terror. Sin embargo, todas coincidían en que, frente a esas, Almudena había tenido suerte de llevarse bien con la madre de su futuro marido.
Así que, cuando la sugerencia de cancelar el viaje surgió, la familia ya estaba emocionada; Máximo, contentísimo, hablaba de llevar a su madre a Canarias.
El primer aviso sonó en el avión. Paula tomó asiento junto a la ventana; nadie se opuso. Almudena, acostumbrada a los viajes de trabajo, no le daba mucha importancia al ventanal.
A Máximo le interesaba más la pantalla del entretenimiento a bordo. Almudena prefirió el asiento del pasillo para poder levantarse rápidamente sin molestar a los que dormían.
Por el pasillo se sentó Elena María, visiblemente nerviosa; cuando el avión entró en turbulencias, apenas pudo contener las lágrimas.
Almudena no pudo negarle el cambio de asiento: quiero que estés más tranquila junto a tu hijo. Curiosamente, después de que pasaran las turbulencias, nadie quiso devolverle el asiento.
Elena María, con aire fingido de interés, se concentró en la película de Máximo y, al final, se quedó dormida apoyando la cabeza en el hombro del hijo.
No te enfades se dijo a sí misma Almudena. Si hubieras pasado por este miedo y angustia, seguro que tampoco te preocuparías por cambiar de asiento. Además, no es correcto despertar a alguien que está dormido
Su voz interior le recordaba que aquel hombre dormido no despertaría en el momento exacto en que el personal empezara a repartir la comida por el pasillo. También pensó que Elena María podría haber cambiado con Paula, que ya no le interesaba la vista del exterior y, como Máximo, miraba la película.
Al observar aquel cuadro familiar, Almudena sentía que la irritación aumentaba, y más al llegar al aeropuerto.
Máximo ni siquiera le dirigió la mirada a Almudena; en cuanto bajaron del avión, corrió a ayudar a su madre con el equipaje y a buscar una máquina de agua. Almudena tenía la sensación de ser la invitada de más.
¡Hija, qué te pasa! le dijo su amiga. Nadie te está haciendo sentir fuera de lugar, no inventes cosas.
¿Por qué entonces tu madre decidió volar con nosotros? replicó Almudena, sin poder evitar el comentario.
El eco de la educación que le había dado su propia madre debes ceder a los mayores, proteger a los más débiles y pensar en los demás le susurró que era una mujer sana y que no necesitaba andar siempre a la zaga.
Al mismo tiempo, la madre de Máximo había sufrido estrés, y él, como buen hijo, le brindó su apoyo, ayudándole con las maletas y preguntándole constantemente si necesitaba algo.
Sin embargo, lo que ocurrió en el avión y en el aeropuerto apenas era el principio de los problemas.
Ya a la noche siguiente, la madre de Máximo, con todo el ceremonial, se instaló en la habitación que les había reservado el hotel







