Un día me llamó mi tía lejana y me invitó a la boda de su hija mi prima tercera, a la que no veía desde que tenía seis años. Bueno, desde los seis años de ella, para ser exactos.
No es que yo sienta gran apego por la familia, pero escabullirme fue misión imposible.
Aunque sea una vez cada veinte años tenemos que vernos. Ni se te ocurra no venir amenazó mi tía con voz seria.
Recibí la invitación con palomas y rositas de parte de Marta y Álvaro, y un par de días antes la tía volvió a recordármelo. No tuve más remedio que ir.
Pues nada, ahí estaba: sábado desperdiciado, pero ¿qué iba a hacer? Con un ramo en la mano, malhumorado y con la firme intención de irme pronto, llegué al restaurante, entré en el salón del banquete y me acomodaron con un grupo de jóvenes simpáticos amigos del novio que, tras un par de copas de vino, empezaron a decir lo guapa y joven que era la tía de la novia, y que de tía nada, y que habría que conocerse mejor y disfrutar la fiesta. Y así lo hicimos.
No reconocí a la novia, claro. Tantos años después, la niña morena que recordaba se había convertido en una rubia escandalosa con curvas por doquier. La prefería de ratoncita.
El ambiente, en general, era lúgubre: un coro de señoras malhumoradas con maridos a juego, el novio con cara de cordero degollado, la novia luciendo su recién descubierta belleza (y busto) y, si no fuera por mi pequeña piña alegre, todo habría parecido más a un velatorio que a una boda. Las tías, por supuesto, me miraban con desaprobación evidente.
Me perdí el primer turno de brindis, pero pronto empezó el segundo. Me tocaba a mí. El maestro de ceremonias, al averiguar quién era yo, anunció con entusiasmo:
¡Ahora va a felicitar a los novios la guapa y joven tía de la novia!
Y yo, con todo mi arte, solté:
¡Queridos Marta y Álvaro!
La boda no estaba siendo la alegría de la huerta, pero en ese momento reinó un silencio sepulcral. De repente caí en la cuenta de que no veía a mi tía por ningún lado y que dudo mucho que pudiera haber cambiado tanto sin que la reconociera al instante.
La novia se llama Leticia me susurró una tía vestida de rosa desde enfrente. Y el novio es Sergio.
¿Cómo que Leticia? ¿Qué Sergio?
Siempre hay quien se cuela a las fiestas para comer y beber de balde añadió la susodicha. En la despedida del sobrino también apareció uno así, casi no lo echamos. No hay vergüenza ninguna.
Fue entonces cuando comprendí que la fiesta iba a animarse de otra manera. Los invitados se pusieron todos tensos, lanzando miradas afiladas, preparados para levantarse. Nadie se había remangado todavía, pero poco faltaba.
¡Pero si tengo aquí la invitación! exclamé, agitándola en el aire. Está todo escrito: Marta y Álvaro, restaurante tal, salón de banquetes.
La salvación llegó de manos de un camarero.
Señorita me dijo, tenemos otro salón de banquetes en la planta de arriba, ¿quizá sea ahí donde debe estar?
Claro, ahí es donde va ella. Quiere cenar gratis, marcar presencia aquí y luego subir a pillar más arriba remató la tía de rosa. ¡A saber cómo anda el mundo para que la tierra aguante tanta cara dura! Una farsante.
Pues la cara dura, Inés María, es la mitad de la felicidad añadió otra tía, esta con un vestido verde lima, con mala idea.
Quiero aclarar que no tengo pinta de persona marginal ni de buscavidas. Aunque, visto desde fuera, cualquiera sabe El grupo de amigos del novio salió a defenderme, por lo que recibieron de la tía de lila:
¡Ya la tenéis embaucando a los hombres nada más llegar!
Y la tía de rosa añadió:
Estas son las que acaban llevándose a los maridos de las demás. Basta que te descuides, que te levantan las suelas de los zapatos en un despiste, menuda arpía.
Yo, que jamás he robado un marido ajeno, empecé a sentirme la peor de las traidoras e, incluso, miré de reojo a los maridos presentes, por si alguno merecía la pena ya que, total, ¿qué más daba por cuántas cosas me condenaran?
Por suerte, el buen camarero fue al salón de arriba y volvió con mi tía, que pronto entendió el percal y juró delante de todos que me conocía de sobra. Eso sí, hizo unos extraños guiños a ambos bandos como diciendo de toda la vida me ha dado problemas de cabeza.
En resumen: me evacuaron al otro salón, donde, efectivamente, me esperaban la encantadora y morena Marta y, no sé qué Álvaro, y allí me recompensaron con todo tipo de aguardientes para apaciguar el susto.
Menos mal que ni siquiera había entregado el regalo.
Por cierto, al salir me despidieron, muy amablemente, los amigos del novio de la otra boda.







