Te voy a contar una historia de las que parecen increibles, pero han pasado aquí, en Madrid, en pleno barrio de Chamberí. Verás, nuestro gato que se llama Tomás, pero en casa le decimos “Don Tomás” por lo señorito que es dormía todas las noches pegado a mi mujer, Inés. El tío se acomodaba de espaldas contra ella y a mí me empujaba con sus cuatro patas, dándome pataditas hasta hacerme rodar al filo de la cama. Por la mañana me miraba con una cara de “¿y tú qué pintas aquí?”, pura chulería madrileña. Yo refunfuñaba un rato, pero no había remedio: el mimado era él, el niño bonito de la casa. Inés solo se reía, claro, y a mí, la verdad, no me hacía tanta gracia.
Para Don Tomás, la vida era un lujo. Inés le freía su doradito y, después de quitarle todas las espinas con una paciencia de madre, le ponía en el platito los trozos más jugosos y ese crujiente de la piel que le volvía loco, formando una montañita tan maja que parecía una obra de arte. El gato me miraba de reojo y con media sonrisa, como diciendo: “aquí el rey de la casa soy yo y tú eres un pringado”. A mí me caían en el plato los restos que el señor no quería. Vamos, que el bicho se reía de mí en mi cara. Yo me vengaba cuando podía: a veces lo apartaba despacito para zamparme un trozo de pescado, o le hacía bajar del sofá. Una guerra casera, vamos.
De vez en cuando, para rematar la faena, me plantaba una sorpresa dentro de las zapatillas o los zapatos. Y mi Inés, muerta de risa, siempre lo defendía: “No le molestes, pobrecito”. Y le hacía más mimos. Tomás me miraba con ese aire superior, como un marqués castellano sentado a la mesa del rey. Yo, claro, qué iba a hacer. Sólo tengo una mujer y no me atrevía a armar jaleo. Así que aguantaba, porque el amor es así.
Pero esa mañana… Ay, esa mañana fue otra historia. Yo estaba preparándome para ir a la oficina y de pronto oigo un grito de Inés desde la entrada. Salgo corriendo, y me encuentro una escena digna de película: Tomás, hecho una bola de seis kilos de pelo y mala uva, saltando como una fiera hacia Inés, como si llevara toda una vida esperando este momento. Al verme, dio un brinco, me saltó al pecho y me pegó tal empujón que acabé en el suelo de espaldas, rodando como en una pelea de toros. Me levanté como pude, cogí una silla para defenderme al más puro estilo taurino, agarré la mano de Inés y nos refugiamos en el dormitorio. Tomás, en uno de los saltos, se dio un leñazo en una pata y soltó un grito que se oyó en toda la finca.
Ni con esas se calmaba el bicho: seguía lanzándose a la puerta mientras nosotros, dentro, nos curábamos a base de alcohol y betadine todas las heridas de guerra sacadas del botiquín. Inés llamaba a su oficina y, medio llorando, decía que el gato se había vuelto loco y que tenía que ir al centro de salud en vez de trabajar. Yo, detrás, llamando a mi jefe y contando exactamente lo mismo, palabra por palabra.
Y entonces… el suelo empezó a temblar, como si el Retiro se hubiera puesto a bailar. Las ventanas de la cocina reventaron y el cristal del baño se rajó de arriba abajo. Yo me quedé paralizado y el móvil me cayó de la mano. Silencio. Un silencio rarísimo. Nos olvidamos del gato y salimos disparados a la cocina. A través de la ventana vimos, justo delante del portal, un cráter enorme y los restos de una furgonetilla amarilla desperdigados por todas partes. Resulta que a nuestro vecino, Julián, que aparcaba el camión de reparto ahí y que lo llevaba cargado de bombonas de butano, le había explotado todo de golpe. Los coches que había alrededor parecían tortugas patas arriba y al fondo se oían sirenas de policía y ambulancias.
Inés y yo estábamos pálidos, boquiabiertos, y de pronto nos giramos a mirar al gato. Estaba en una esquina, hecho un ovillito, con la patita herida pegada al pecho, llorando como un crío. Inés pegó un grito, lo cogió en brazos y nos bajamos corriendo por las escaleras, saltándonos el ascensor, planta tras planta, sin hablar ni una palabra. Olvidamos todo, sólo pensábamos en llevarle a que le vieran la pata.
Por suerte, nuestro coche estaba aparcado en la parte de atrás del edificio, así que llegamos a él y fuimos volando hasta la clínica veterinaria que conocemos de toda la vida en Chamberí. Yo tenía el corazón encogido mientras sonaba en la radio una canción melancólica de Sabina, porque para rematar el día, toca melodrama.
Después de una hora, salimos de la clínica con Tomás vendado y el chico haciendo alarde de su herida. Todo el mundo en la sala de espera con sus perros, gatos y hasta un conejo se enteró de nuestra odisea y se acercaron a darle un par de caricias al campeón. Inés parecía que llevaba en brazos a su propio hijo.
Al volver a casa, lo primero que hizo fue prepararle de nuevo su dorada favorita: bien frita, sin una sola espina y con la piel crujiente. A mí me puso, como siempre, las sobras. Tomás, con tres patas buenas, se arrimó a su plato, me miró con cara de dolor e intentó su típica mirada de desprecio, pero sólo le salió una mueca de pena.
En ese momento, sin pensarlo, cogí mi parte de dorada, la limpié de espinas y la puse suavemente en el plato de él, delante suya. El gato me miró, de verdad, como si no se creyera lo que estaba viendo. Acercó la patita vendada al pecho y soltó un maullido bajito, como preguntando por qué. Lo cogí en brazos, le acerqué la cara y le dije al oído:
Igual no seré un triunfador, Don Tomás, pero teniendo una mujer como Inés y un gato como tú, soy el tipo con más suerte de España. Y le planté un beso en la cara peluda.
Tomás ronroneó bien fuerte y me dio un cabezazo cariñoso en la mejilla. Lo solté para que, cojeando y todo, se comiera el pescado como el rey que es. Inés y yo nos quedamos abrazados, viéndolo y sonriendo. Desde aquel día, Tomás duerme sólo conmigo, pegadito y vigilando que no le falte nada.
Cada noche, cuando lo miro a los ojos, sólo puedo pedirle a Dios que me deje muchos años para seguir viéndolos a él y a mi Inés a mi lado. Porque, si te soy sincero, tenerlos a los dos es lo más grande que me ha dado la vida. Ya está, no quiero nada más. Palabra de honor. Eso, amigo, sí que es la felicidad.







