Adán, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño.
Adán se sentó sobre el alféizar de la ventana, contemplando las calles tranquilas de Salamanca. Esperaba a su padre mientras sus pensamientos se perdían en el horizonte. Habían pasado ya dos años desde que su madre los abandonó, marchándose para empezar una nueva vida. Se ha buscado otra familia, le había dicho su padre una tarde gris, con la mirada velada de tristeza. ¿Por qué les dejó? Nadie lo sabía realmente. Para Adán era un misterio sin respuesta. Poco a poco, la memoria de su madre comenzaba a difuminarse, como el perfume olvidado de los domingos.
El padre de Adán se volcó en su hijo. El muchacho, con apenas diez años, parecía comprender más de lo que mostraba. Nada se le ocultaba, pero todo le era incomprensible. Había aprendido a fregar los platos y a colocar sus cosas cuidadosamente en la estantería. Ya no jugaba con juguetes, los había guardado en cajas, como se guardan los recuerdos.
El tiempo lo estaba convirtiendo en hombre. Y, sin embargo, la soledad le pesaba. Deseaba con todas sus fuerzas tener un perro. Pero su padre siempre negaba con un suspiro:
¿Y quién va a cuidarlo, hijo? Yo apenas paro en casa y tú eres aún un crío, necesitas seguir estudiando.
Al cabo de un mes, el padre no apareció con un perro, sino con una mujer. Se llamaba Inés. Inés empezó a vivir con ellos en el piso de la calle Mayor. Adán se encerró en su propio mundo y apenas le dirigía la palabra; la veía como una presencia extraña e innecesaria. Pero su padre hablaba de ella como de su esposa y soñaba con que Adán la aceptase como madre.
No la necesito respondía el muchacho, con firmeza contenida.
Así fue pasando el tiempo, entre silencios y miradas ausentes. Adán veía a su padre sonreír de nuevo junto a Inés. Les observaba mientras compartían confidencias, se abrazaban al preparar la cena, se reían en la terraza. Pero dentro de él ardía ese dolor sordo e inexplicable.
Papá, quiero que se vaya.
Adán, yo quiero que se quede. Nos hace falta una mujer en casa, un poco de calor, una esposa y una madre.
Llegó el verano a Castilla, con sus tardes eternas y olor a jazmín. Adán jugaba en la plaza con unos chicos nuevos, y entre risas, uno de ellos soltó un rumor escalofriante: decían que pronto su padre y la nueva mujer le mandarían a un internado porque ya no cabía en sus vidas.
El miedo le encogió el corazón. ¿Por qué no lo iban a abandonar también? ¿Y si esperaban otro hijo y él sobraba? Decidió entonces protegerse; preparó en secreto una mochila y planeó sobrevivir por su cuenta.
Una tarde, escuchó sin querer una conversación entre adultos: Le irá bien allí, deberíamos mandarle ya.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Pasó la noche en vela, y al amanecer, decidió deshacerse de Inés. Empezó a hacerle la vida imposible: echó sal en el té, dejó el gas abierto bajo una sartén vacía. Fue brusco y desagradable. Ella supo de inmediato quién era el responsable. Lo llamó a la cocina para hablar.
Tenemos que hablar, Adán. Estás enfadado.
Yo no estoy enfadado por nada intentó escabullirse él, mirándola de reojo.
Adán, escúchame con atención. No vengo a quitarte nada ni a hacerte daño, cariño
Inés respiró hondo y sacó una pequeña sonrisa.
He alquilado una casita en la sierra para este verano, quería darte una sorpresa, pero creo que es mejor ser sinceros. Tu padre ha encontrado un cachorro y hoy vamos a buscarlo juntos. ¿Te vienes con nosotros?
¿De verdad? La sorpresa de Adán fue tan genuina que sus ojos se llenaron de brillo. Entonces abrazó a Inés con la fuerza de quien empieza a querer.
Inés apenas pudo contener las lágrimas.
Alegría, Adán, tienes que estar contento. Todo va a salir bien, de verdad. Le acarició el cabello con ternura.
Cuando su padre regresó del trabajo, todos juntos fueron a buscar al cachorro. La hostilidad de Adán se transformó en complicidad y, por primera vez, miró a Inés con otros ojos. La reconciliación llegó sin palabras. El cachorro se durmió plácidamente en los brazos de Adán, y esa noche todos en la pequeña casa sintieron que renacía la felicidad.







