Jamás habría imaginado que la persona que más me haría sufrir sería mi mejor amiga. Éramos amigas desde hacía más de una década. Se había quedado a dormir en mi casa, habíamos llorado juntas, conocía mis temores, mis fracasos y todos mis sueños. En ella confiaba sin reservas.
Cuando conocí a aquel hombre, se lo conté desde el primer día. Al principio aparentaba alegrarse por mí, pero siempre notaba algo raro en sus reacciones. Nunca decía me alegro por ti, sino ten cuidado. No comentaba parece buen chico, sino no te dejes llevar. Cada palabra suya era una advertencia disfrazada de preocupación.
A las pocas semanas comenzaron las comparaciones. Decía que él no era diferente de mis antiguos novios, que siempre acababa con el mismo tipo de hombres. Si él me escribía con frecuencia, ella decía que esa intensidad era peligrosa; si pasaba horas sin mensaje, insinuaba que seguro estaba con otra. No había término medio para ella.
Hubo un instante que lo cambió todo. Una noche salimos los tres a tomar algo por Madrid. Me ausenté para ir al baño y, al regresar, los vi hablando muy juntos. No era nada evidente, pero algo en aquella imagen me dejó intranquila. Esa misma noche, ella me escribió diciendo que él había sido demasiado atento con ella, que le resultaba sospechoso. No entendía nada pero, desde ese momento, empecé a inquietarme.
A partir de ahí, todo fue de mal en peor. Cada vez que quedaba con él, ella se molestaba. Decía que ya no tenía tiempo para ella, que había cambiado. Repetía que una mujer jamás debía perder a sus amigas por un hombre. Pero cada vez que yo le proponía vernos, siempre encontraba una excusa para no quedar.
El peor momento llegó cuando me mostró supuestos comentarios de gente que aseguraba haber tenido algo con él. No había pruebas claras, sólo rumores, publicaciones sacadas de contexto y frases del tipo he oído que…. Le pregunté por qué no me lo había dicho antes. Me respondió que no quería herirme, pero que ya no podía callar más.
Aquella misma semana comenzaron las discusiones con él, por temas que antes ni me inquietaban. Empecé a dudar de todo. Revisé su móvil por primera vez. Le pedía explicaciones que ni él mismo sabía cómo darme. Acabó agotado. Me dijo que sentía que ya no confiaba en él, que no comprendía de dónde venía tanta desconfianza. Poco después rompimos, tras peleas que ya carecían de sentido.
Lo más doloroso llegó después. Al mes descubrí que mi mejor amiga seguía hablando con él. Primero dijo que era sólo para aclarar las cosas. Más tarde admitió que habían quedado sólo para tomar un café. Finalmente reconoció que se veían con frecuencia. Cuando la enfrenté, no hubo disculpas. Me dijo que no había hecho nada malo y que era yo la causante de todo.
Él entonces me dijo una frase que aún resuena en mi memoria:
«Yo sólo hice lo que tú no supiste conservar».
Ahí lo entendí todo. No era preocupación, ni precaución. Era pura rivalidad. Le molestaba verme feliz, avanzar, tener algo que a ella le faltaba. No soportaba quedarse atrás.
Hoy en día no tengo ni a aquel hombre, ni a esa amiga. Pero tengo claridad. Perdí dos relaciones, sí. Pero gané algo más valioso: la certeza de que no todos los que se sientan a tu lado y te escuchan desean verte bien. Algunos sólo esperan el momento propicio para empujarte al vacío.







