Tío, esto no se lo he contado ni a los colegas, pero tú sabes cómo van estas cosas por aquí. Todos mis amigos están comprando pisos en Madrid o en Valencia, metiéndose en reformas de esas de las que luego presumen en Instagram. Mientras tanto, mi novia perdón, mi esposa ha dilapidado hasta el último euro de nuestros ahorros con la esperanza de hacerlos crecer.
Te juro que todo el mundo parecía tener una vida perfecta. Sus mujeres encantadoras, los suegros ayudando con el dinero de la boda, y encima buenos amigos regalando cheques generosos. Ella iba contándole a cualquiera que quisiese escucharla que, con lo que recibiéramos de regalo y la ayudita de su familia, tendríamos piso propio sin ningún problema. Pero resulta que sus padres se desentendieron en cuanto se enteraron de que su hija se quería casar con un agente inmobiliario de medio pelo, como dijeron, a los veinte años y sin un título universitario que colgar en la pared. Hasta se reían de nuestra situación delante de nosotros. Imagínate la gracia.
Al final tuvimos que mudarnos a casa de mis padres, en Salamanca. Y claro, el panorama es un cuadro: mi hermano ya vive allí con su novia, que está embarazada, y todos apretujados, que no caben ni los gatos. Mis padres, con toda la delicadeza del mundo, nos dejaron caer que quizá deberíamos ir buscando aunque fuese un alquiler pequeñito. Pero yo quería ahorrar, pedir una hipoteca y comprar un piso en condiciones más adelante. Mi esposa, Lucía, estaba al tanto de todo eso, incluso me dijo que tenía muchísimas ganas de mudarse. ¿Y qué ha hecho? Ha cogido los ahorros y los ha metido en bolsa, así, sin anestesia.
¿Para qué? Pues para doblar el dinero, según ella. Mi madre, cuando se enteró, casi se desmaya del disgusto. Y yo estoy hecho polvo, porque las acciones se han ido a pique y si las vendemos ahora, perdemos pasta. Si esperamos, igual remonta, pero quién sabe cuándo. Y mientras tanto, todos mis amigos con sus familias y sus pisos en propiedad y nosotros tenemos unas malditas acciones.
Lucía ahora llora cada dos por tres, arrepentida, porque incluso pagó a unos expertos para que le explicaran cómo y dónde invertir. Yo, sinceramente, solo tengo pensamientos de divorcio últimamente. Sé que suena duro, pero me doy cuenta de que igual mi amor no era tan fuerte, porque no puedo evitar pensar en los años que estuve pringando y ahorrando, y ahora se ha quedado todo en nada.
Si te soy sincero, creo que nuestra relación ya pintaba mal desde el principio, pero esta situación solo demuestra lo cenizo que fui casándome con una chica tan poco espabilada. Qué mala jugada, colega.







