Otra vez, mamá, que has dado a los niños esas galletas industriales del súper. Si acordamos que solo podían tomar las galletas sin gluten de la confitería de la Calle Mayor la voz de Marta sonaba aguda de indignación, como si en vez de una merienda para dos niños de cinco años estuviera presenciando un crimen de estado. ¡Pero si eso es solo azúcar y aceite de palma! ¿Quieres que les vuelva a salir sarpullido o que empiecen a correr por las paredes antes de dormir?
Carmen Ortega suspiró mientras recogía las migas cuidadosamente con la mano. Estuvo tentada de decirle que las galletas sin gluten de la confitería, con precio de solomillo de buey, los niños habían dicho que sabían a cartón; en cambio, los tradicionales mantecados los devoraban como si no hubiera un mañana. Pero calló. Últimamente prefería no avivar el fuego de una bronca latente.
Martasu única hijase plantaba en medio de la cocina. Vestía un conjunto de oficina estrictísimo y consultaba el reloj, claramente tarde para su reunión, pero aun así, la perorata sobre alimentación parecía tener más peso que el tráfico de Madrid.
Marta, que venían de caminar muertos de hambre intentó excusarse Carmen mientras fregaba las tazas. Apenas han probado la sopa, y el segundo ni olerlo. Necesitaban energía.
¡La energía, mamá, la dan los hidratos complejos, no el azúcar! atajó su hija, empuñando el bolso. Bueno, me voy. Luis llegará a las ocho. Procura que terminen los ejercicios del logopeda. Y ni se te ocurra dejarles la tablet. Ya revisaré yo el historial.
Resonó la puerta. Solo quedó en el pasillo el aroma de colonia cara y una tensión espesa. Carmen se sentó pesadamente. Tenía sesenta y dos años y, hace dos, aceptó dejar su puesto de jefa de administración en una gestoría y la tranquilidad, aunque algo monótona de su despacho, movida por las súplicas de su hija y su yerno para cuidar de sus nietos, Sergio y Nico.
¿Para qué sigues trabajando, mamá? le había insistido Luis, el marido de Marta. Nosotros estamos aún pagando la hipoteca, la carrera sigue a flote. Si pillamos una niñera, a saber por dónde salen. Y carísimas que están hoy en día. Así nos quedamos tranquilos, tú con los críos, y te evitas los madrugones y los empujones del metro.
Aquello sonaba sensato y hasta tentador. Carmen adoraba a sus nietos, y tras años de balances ya sentía cierto hastío profesional. Imaginó tardes leyendo cuentos, juegos con plastilina, paseos por el Retiro. Pero la realidad fue ligeramente distinta.
Su jornada comenzaba a las siete de la mañana, cruzando medio Madrid desde su piso hasta el de la pareja para llegar antes de que despertaran. Marta y Luis salían temprano y volvían tarde. Toda la logísticamédicos, extraescolares, meriendas, lavadorasrecaía en la abuela. Sergio, cinco años y puro nervio, y Nico, tres años y en pleno yo solo, no daban tregua.
La tarde siguió en la tónica habitual: Carmen construyó con ellos un castillo de bloques e intentó explicarle a Sergio, por enésima vez, la diferencia entre la ce y la ese. Después tocó la migración de las verduras: otra derrota rotunda del brócoli frente a las salchichas que la abuela hervía a escondidas cuando veía que los niños no comían. Baño, cuento, luces. Cuando Luis llegó en el clásico portazo, Carmen apenas tenía fuerzas para recoger su bolso.
¿Marta no ha llegado aún? preguntó él, sacando una caña y un trozo de queso de la nevera.
Sigue en una reunión, por lo visto contestó Carmen. Me voy ya; si pierdo el último bus, me toca tirar de taxi, y ahora están por las nubes.
Sí, sí, por supuesto contestó Luis distraído, con la voz perdida en la pantalla del móvil. Gracias, Carmen. Asegúrate de cerrar porque la cerradura falla.
En el autobús, contemplaba las luces de la ciudad y sentía que hasta el gracias sonaba como un mensaje programado. Como una lavadora al terminar el ciclo, sin que nadie preguntara si estaba cansada, o si la espalda aguantaba ese ritmo.
El asunto explotó el sábado. Carmen solía pasar los fines de semana en su casa, descansando o haciendo lo que le viniera en gana. Pero, esa vez, Marta la llamó el viernes por la noche.
Mamá, necesitamos que vengas el domingo a comer. Es… una especie de consejo familiar.
El corazón le dio un vuelco; el tono de su hija no auguraba gran cosa. ¿Problemas económicos? ¿Salud? Fue con una empanada de atún y pimientos el plato favorito de Luis, pero el ambiente era de cita oficial: los niños relegados a ver dibujos (cuando, en casa, nunca estaba permitido sin vigilancia), y tres adultos sentados ante la mesa, rodeados de portátiles y cuadernos.
Mamá Marta tomó la palabra, sin mirarla, hemos evaluado estos meses y creemos que hace falta dar estructura a la educación de los niños. Hay cosas que no aceptamos más.
¿No aceptáis qué? preguntó Carmen, sintiendo frío en los dedos.
Mira, hemos hecho una lista siguió Luis, girando el portátil para que viera la Excel. Nada personal, pero necesitamos eficiencia.
Había tablas, marcadores de colores y un listado interminable.
Punto uno: alimentación. Insistes con los dulces, las salchichas, la empanada Eso va en contra de la dieta. Exigimos que sigas el menú que dejamos en la nevera. Ni una desviación.
¡Pero si no hay quien se trague las albóndigas de pavo hervido, Marta! ¡Son niños, no jubilados!
Los hábitos alimenticios se crean en la infancia pontificó Luis. Punto dos: la rutina. La semana pasada, Nico se acostó a las 21:30. Media hora de desfase altera la melatonina.
Carmen recordó esa noche: Nico con dolor de tripa, ella a su lado acariciándole la espalda y cantando nanas.
Tres: formación. Sergio sigue sin distinguir los colores en inglés. ¿No usas las tarjetas que compramos? Hay que estimular el desarrollo cognitivo, no dejarles solo con los cochecitos.
Marta, tiene cinco años, necesita jugar, no clase de Oxford. Les leo cuentos, contamos palos en el parque…
Eso son métodos del pasado cortó su hija. Y lo fundamental: disciplina. Los consientes demasiado. Hay que marcar límites: castigos, nada de premios, y si hace falta, tiempo de pensar. Tú les mimas. Eso no es profesional.
Pero fue no profesional la palabra que más dolió.
Y para terminar resumió Luis, hemos fijado tareas semanales y objetivos los KPI, mamá, los indicadores de éxito. Si no mejoran con el inglés pronto, habrá que buscar profesora. Y nosotros contábamos con tu ayuda, así que esto nos descuadra todo el presupuesto.
Carmen miraba su triste empanada en la esquina de la mesa y las caras de sus propios hijos, ahora con el gesto de dos jefes fríos revisando la hoja de horas de una empleada perezosa. Recordó cada esfuerzo de los últimos años: el frío en los columpios, las veces que se quedó velando fiebre, los sueldos ahorrados para regalarles ese juego de construcción Y, de pronto, se vio convertida en outsourcing gratis, sin cumplir los dichosos KPI.
La sala quedó en silencio, solo oían el murmullo de los dibujos.
¿Entonces tengo una lista de reclamaciones? preguntó Carmen, con una voz insólitamente firme.
Mamá, no seas así… queremos puntos de mejora protestó Marta. Buscamos estructura, nada más.
He entendido asintió Carmen. Se levantó despacio. Luis, mándame el archivo, por favor, quiero analizarlo con calma.
Por supuestoLuis respiró aliviado, creyendo que Carmen aceptaba.
Ahora escuchadme enderezó los brazos, su porte de jefa endureciéndose. Me han formado para asumir responsabilidades, y toda faena exige unas condiciones claras.
Miró por la ventana las luces del barrio:
Queréis niñera, profesora, dietista, psicóloga, mujer de la limpieza y experta en inglés, todo en mi persona y a precio de saldo. Pero habéis pasado por alto algo importante.
¿El qué? Marta, en guardia.
El contrato dijo Carmen, igual de serena. Y el sueldo. Las niñeras con titulación en Madrid cobran mínimo diez euros la hora. Yo estoy aquí de ocho a ocho, cinco días a la semana. Sesenta horas, seiscientos euros a la semana. Más de dos mil euros al mes. Eso, si no hay horas extra ni comidas para la familia.
Luis soltó una risa tensa:
¡Pero Carmen! ¡Eres la abuela! El dinero aquí sobra
No, Luis. La abuela es la que viene los domingos de visita, trae magdalenas y mima a los peques cuando le apetece zanjó Carmen. Si lo que buscáis es un servicio profesional, que se pague. La esclavitud se acabó en 1837.
Marta se levantó bruscamente:
¡Mamá, no puedes poner precio a la familia! Pensábamos que querías a los niños…
Daría la vida por ellos admitió Carmen, con los ojos húmedos. Por eso he permitido vuestro tono todo este tiempo. Pero hoy me queda claro: no ayudaba, prestaba un servicio. Así que… dimito.
Ambos hijos se quedaron boquiabiertos.
Eso es. Desde mañana, buscad profesional para vuestros KPI. Que les cocine verdura ecológica, les enseñe alemán y administre el tiempo al segundo. Yo vuelvo a ser abuela. Vendré los domingos. Con magdalenas, si quiero.
Agarró su bolso y su bufanda.
Acabaos la empanada, está buenísima. Y hasta siempre.
Cerró la puerta mientras oía la exclamación ahogada de Marta: ¿¡Y ahora qué vamos a hacer?!.
Carmen ni caminaba, flotaba camino de casa. Sintió miedo, sí, pero también una ligereza nueva. Por primera vez en años, se preparó un té, vio una peli de Marisol y apagó el móvil.
La semana siguiente: llamadas y más llamadas. Primero Marta, dolida; luego, suplicando. Luis recurrió al chantaje emocional. Carmen respondía tranquila:
Mi tensión está fatal, Marta. El médico dice reposo absoluto. Imposible. Mañana tengo teatro, y el jueves, peluquería. Resolvedlo como podáis.
Salió de compras, al teatro con su amiga Clara, se compró un conjunto nuevo. Redescubrió que el color del atardecer no era una postdata.
Las noticias llegaban entrecortadas: finalmente buscaron niñera. Un mes después, Carmen se presentó de visita un domingo, como había prometido. El piso era un caos; rumores de broncas y caos. Los niños corrieron a recibirla entre gritos.
¡Abu! ¡Abu! Sergio se lanzó a sus brazos, Nico a su pierna.
De la cocina apareció una mujer robusta, pelo recogido con pinza y cara de oficial de prisiones:
¡Sergio, Nico! ¡Nada de colgarse! Ahora tocan juegos educativos bramó con voz de mando.
Soy la abuela dijo Carmen, a modo de saludo.
Encantada. Yo, Rosario, la niñera. Aquí solo rutina. Juegos, sí, pero programados.
Los niños, deprimidos, marcharon tras ella. Marta, con ojeras, salió de la habitación.
Hola, mamá, ¿quieres té? Rosario, pon un té, por favor.
Eso no es mi función atajó la niñera. Ni señora de la limpieza, ni cocinera. Y la semana pasada tuve quince minutos extras, por cierto. Espero el pago.
Luis bufó. Marta puso el agua en el hervidor, con los puños cerrados.
¿Contenta con ella? inquirió Carmen en un susurro.
La agencia mandó a lo mejorcito contestó Marta. Dice que ha trabajado con aristócratas.
¿Y cobran mucho?
Unos mil ochocientos euros al mes, más comida contestó Luis sin despegar la mirada de la pantalla. Y traga como un marqués.
Eso sí, profesional a rajatabla ironizó Carmen.
Marta agachó la cabeza y rompió a llorar.
Mamá, esto es inaguantable. No soportan a Rosario. Nico ha vuelto a hacerse pis en la cama. Sergio pide ir a verte. Rosario les ha prohibido la tele, ni siquiera dibujos de los buenos. Y se pasa el día con el móvil. Pero al menos no roba. ¿Qué hacemos? Encima, vamos de cabeza con las cuentas.
Carmen sintió cómo se derretía esa coraza que tanto le había costado elevar el último mes. Pero sabía que ceder así sería volver al mismo círculo. Un suspiro.
No llores le tendió una servilleta. El aprendizaje a veces es duro, pero vale la pena.
¡Mamá! Vuelve, por favor Luis la miró agotado. Perdónanos. Ninguna tabla puede medir tu cariño. Fue una tontería.
Marta asintió entre hipidos:
Ni menús, ni controles. Solo queremos que los niños sean niños y tú, su abuela.
Carmen se tomó un momento, sonrió suavemente y sacó un papel:
Estas son mis condiciones. Solo estoy con los peques de martes a jueves, de nueve a seis. Tarde y fines de semana, para mis cosas. Nada de indicarme si les puedo dar un colacao o una magdalena. Los eduqué, os eduqué a vosotros. Y el vocabulario: ni no profesional, ni malas caras si no friego. Yo ayudo, no soy vuestra asistenta. El resto de la casa, organizadlo vosotros.
¡Por supuesto! asintió Luis.
Acaba con Rosario. Me parte el corazón oír cómo le echa broncas al pequeño.
La niñera se fue exigiendo indemnización (que Luis pagó con gusto). De nuevo, silencio en casa.
¡Abu! Nico corrió y abrazó a Carmen. ¿La señora mala se ha ido?
Sí, peque, fuera para siempre.
¿Podemos hacer bizcocho? Sergio miraba esperanzado.
Claro. Pero el martes. Hoy la abuela solo os lee un cuento y se va. Hoy, también, ella descansa.
Esa noche, Luis mismo pidió para ella un taxi de los buenos. Marta llenó una bolsa con mil manjares. Se despidieron largo, cálido, como quien se va de viaje al extranjero.
Sentada en el asiento trasero, Carmen miró las luces y pensó en lo que había aprendido: No se puede poner precio al amor, pero quien ama también necesita cuidar sus propios límites. Porque solo así los demás entienden nuestro verdadero valor. El cariño, como el buen pan, no se mide en hojas de cálculo. Y a veces, basta con marcharse para que lo reconozcan.
Tal vez la mayor lección sea que los afectos requieren de libertad y de respeto, y que una abuela, en Castilla o donde sea, nunca debería ser evaluada más que por la sonrisa de sus nietos y el aroma de los bollos recién hechos.







