30 de octubre, viernes
Hoy me desperté con el sonido del timbre de la entrada y el aroma a caldo de lentejas que Elena había preparado la noche anterior. La lluvia de octubre golpeaba los cristales del salón de nuestro piso en el centro de Madrid, como un tambor que no deja reposar. Yo, Sergio, contaba los minutos para llegar al taller donde debía revisar la caja de cambios del coche; ella, enfermera y jefa de contabilidad, había reservado una cita médica para mañana y defendía con uñas y dientes su único día libre en dos semanas.
Alguien más decidió que mi día fuera una odisea. Fue la hermana de Elena, Almudena, que llamó al móvil con la voz aguda de la quejumbrosa y, sin más, exigió que nos encargáramos de sus gemelos, Pablo y Santiago, durante toda la tarde. ¿No tienes nada que hacer? Tengo que ir al registro y allí hacen colas de kilómetros. Si los niños entran, lo destrozan todo, nos espetó.
Yo intenté calmarla: Mira, Almudena, si los niños hacen un revoltijo en el centro de atención al ciudadano, imagina lo que podrían hacer con nuestra casa que recién ha quedado pintada. Elena, mientras removía la sopa, asintió y respondió con firmeza: No, Almudena. Mañana tengo planes, y hoy hoy necesito descansar.
Almudena se ofendió, lanzó acusaciones de egoísmo y, como siempre, se apoyó en su hermano, mi propio hermano, Ricardo, que nunca se atreve a decir un no rotundo a su hermana. Ricardo dijo que te ayudaría, ¿no?, me recordó, con la voz cargada de manipulación. Yo, como buen hijo obediente, le respondí que Ricardo también tendría que estar fuera hasta la noche, pues él tenía una cita en el taller para arreglar el motor.
El teléfono colgó y el silencio volvió a la cocina, denso como una niebla.
Media hora después, Ricardo entró empapado, con la sonrisa de quien ha enfrentado el viento sin perder la compostura. ¿Qué tal, mi amor? Huele a lentejas, comentó, dándome un beso en la mejilla. Le conté la llamada de Almudena. Él frunció el ceño, comprendió la trampa y, con una voz cansada, aceptó que tal vez deberíamos ayudar, aunque el tiempo de una hora siempre se transformaba en todo el día.
Yo intenté explicarle a Ricardo que la última vez que Almudena salía un minuto para comprar pan, regresó seis horas después, oliendo a perfume y con el pelo recién teñido. Esa tarde, mientras yo intentaba reparar la transmisión, el teléfono volvió a sonar: era Almudena, furiosa, con la bocina del coche vibrando en la puerta del edificio. ¡Ya estoy aquí! ¡Llévalos! No te hagas el remolón.
Yo, sin decir nada, cogí la llave del garaje y la dejé sobre la mesilla, porque no había intención de quedarme a cubrir a los niños. Salí de la casa con la chaqueta, la mochila y una determinación que nunca había sentido. El viento de la tarde, aunque todavía lloviznaba, me despertó una sensación de libertad. El móvil vibró con mensajes de la suegra, Doña Carmen, y de Almudena, pero los silencié. Hoy mi regla era no.
Pasé la tarde en la clínica de fisioterapia, donde me arreglaron la espalda, y después me refugié en una terraza de una cafetería del barrio de Malasaña, donde tomé un café con leche y leí un libro sin interrupciones. Más tarde fui al cine a ver una comedia ligera y, al volver, encontré el apartamento sorprendentemente tranquilo. La mesa de la cocina mostraba una caja de pizza vacía y una botella de refresco medio consumida; el sofá tenía a Ricardo dormido, sin sonido en la tele.
Al entrar en la habitación, el silencio era absoluto. Los gemelos no estaban; Almudena los había llevado a casa de sus padres. Me cambié, preparé una taza de té y revisé los mensajes que había dejado en silencio: diez de Ricardo, cinco de Almudena, veinte de Doña Carmen, todos acusándome de ser una egoísta sin corazón. No respondí.
Al día siguiente, sábado, la puerta del edificio volvió a sonar con insistencia. Era Almudena, con los niños en brazos, pidiendo que los cuidara mientras ella iba a comprar en el centro comercial El Corte Inglés. Me miró con los ojos de quien espera compasión y, sin decir palabra, le entregué la llave del garaje y le dije que la comida estaba en la nevera y que podía pedir pizza. Salió rápidamente, dejando tras de sí un caos de zapatos y risas.
Yo, sin perder la compostura, me vestí y bajé las escaleras. En el ascensor, mientras la puerta se cerraba, pensé que había cometido un error, pero al mismo tiempo sentí una extraña ligereza. No era una heroína, era una mujer que había puesto límites.
Al regresar a casa esa noche, Ricardo me abrazó, con la mirada avergonzada de quien reconoce su culpa. Lo siento, amor. He sido un buen hijo, pero he dejado que los demás me usaran. Yo le respondí que la culpa no era suya, sino la de todos los que pretenden que una mujer sea siempre la cuidadora. Decidimos, entonces, que la próxima vez que Almudena o Doña Carmen exigieran algo, responderíamos con un firme no y con la seguridad de que nuestra vida no giraba alrededor de sus caprichos.
Hoy, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que ser el enemigo número uno para la familia no es una condena, sino una victoria personal. He aprendido que el respeto propio se construye cuando se dice basta y se protege el propio espacio. Esa es la lección que llevo conmigo: cuidar de los demás está bien, pero nunca a costa de perderse a uno mismo.







