Tengo 58 años y tomé una decisión que me ha costado más de lo que la mayoría podría imaginar: dejé de ayudar económicamente a mi hija. No fue porque haya dejado de quererla ni porque me haya vuelto tacaña.
Mi hija se casó con un hombre que, desde el principio, parecía desvanecerse entre las costuras de cualquier trabajo. Saltaba de empleo en empleo, cada vez con una excusa distinta: que si el jefe era insoportable, que si el horario era un caos, que si el sueldo no merecía la pena, que si el ambiente era gris. Nada, nunca, era suficiente para él.
Y ella trabajaba, pero los euros jamás alcanzaban.
Todos los meses, él tocaba a mi puerta con el mismo cántico surrealista: el alquiler, la comida, las deudas, el material del colegio de los niños. Y yo al final, cedía siempre y ayudaba.
Al principio, pensé que sería algo pasajero. Un mal sueño, una etapa extraña. Que él, tarde o temprano, despertaría, tomaría las riendas, se haría responsable, se convertiría en hombre.
Pero los años pasaban como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y no cambiaba nada.
Él pasaba los días en la casa, tumbado en el sofá como si navegara en una barca flotando por la Gran Vía de Madrid; dormía hasta tarde, salía a tomar cañas y prometía, entre cabezadas y brindis, que casi había encontrado algo. El dinero que yo daba a mi hija acababa pagando gastos que deberían ser suyos… o, peor aún, financiando sus juergas en las tabernas.
No buscaba trabajo, porque sabía que, ocurriera lo que ocurriera, yo sería el paraguas que le protegería de la tormenta.
Mi hija tampoco le pedía cuentas. Le resultaba más sencillo venir a mí que enfrentarse a él y su pereza de nube.
Y así, mes tras mes, pagaba facturas que no eran mías, cargaba con el peso de un matrimonio ajeno, como si dentro del sueño habitara la vida de otra mujer.
El día que decidí parar fue cuando mi hija me pidió euros por una urgencia y, sin querer, mencionó que era para saldar una deuda que su marido había contraído jugando al billar en una cafetería de barrio con sus amigos.
Le pregunté:
¿Por qué él no trabaja?
Y ella me respondió:
No quiero presionarle.
Entonces lo vi todo claro, como si estuviera soñando en una habitación blanca. Dije:
Seguiré brindándole a ella mi apoyo, dándoles calor a mis nietos, estando siempre ahí pero basta de dinero mientras siga con un hombre que nada hace y no asume su parte en la vida.
Ella lloró, se enfadó, me acusó de abandonarla.
Fue uno de los momentos más duros y oníricos que he atravesado como madre, como si la culpa flotara a mi lado, espesa y lenta.
Decidme ¿me equivoqué?







