Los celos me destruyeron: En el instante en que vi a mi esposa bajando del coche de otro hombre, perdí el control y lo arruiné todo

Estaba apoyado junto a la ventana, aferrado a un vaso de brandy, tan fuerte que los nudillos se me quedaron lívidos. El reloj de pared marcaba los segundos, tic-tac, tic-tac, como si cada instante fuera un martillo que golpeaba mi pecho.

Era bien entrada la noche. Demasiado tarde para todos menos para los fantasmas de la inquietud.

Y entonces lo vi. Las luces delanteras atravesaron la niebla de la calle, tan silenciosas y densas como el suspiro de un toro cansado en la dehesa. Un SEAT León negro frenó y se detuvo justo delante de mi portal. El aire se me quedó atascado en los pulmones. Al volante, un hombre con silueta de estatua, erguido y seguro: un desconocido, una sombra sacada de una pesadilla.

La puerta del copiloto se abrió y, como si fuera una figura recortada de mis propias dudas, mi esposa descendió de aquel coche.

Sentí una hoja de hielo clavarse en mi estómago. Sonreía de verdad, de esa manera cálida y auténtica que creía olvidada. Se acercó al conductor, dijo algo; el tipo soltó una carcajada con eco de feria abandonada.

Cerró la puerta y subió las escaleras del portal. El SEAT desapareció como un pez que se hunde en la oscuridad del río.

La sangre me rugía en los oídos.

¿Desde cuándo pasaba esto? ¿Cuántas noches me había dormido tranquilo mientras ella volvía, quién sabe de dónde, traída por coches y lugares que yo jamás compartiría?

La mirilla vibró. Abrió la puerta del piso y entró, lanzando el bolso sobre la mesa como si nadie mirase.

¿Quién era ese? Mi voz sonó baja y oxidada, como el trueno lejano antes de una tormenta seca.

Se paró en seco, girando los ojos hacia mí con sorpresa espesa. ¿Qué dices?

El hombre del coche. ¿Quién era?

Suspiró fuerte, casi teatrera. Por favor, Alejandro. Era el marido de Beatriz. Me ha acercado a casa. ¿Tienes algún problema conmigo?

Ya no podía oír sus palabras. El rumor rojo de mi mente era demasiado fuerte. Los espejos del salón temblaban, como si reflejaran otra escena, más peligrosa.

Mi mano, robada al sueño, se levantó.

Sonó la bofetada, nítida y cruel, cortando la quietud de la casa como la navaja de un bandolero.

Ella retrocedió, llevándose la mano a la cara. Una gota de sangre, roja y absurda, decoró la comisura de su nariz.

Después sólo hubo silencio.

Sus ojos se abrieron como los de una niña perdida. En ellos habitaba por primera vez el miedo.

Mi corazón se encogió, partido en dos.

Había cruzado una línea, una de esas líneas que ni los sueños ni los honrados podemos desandar.

No gritó. No lloró. No me insultó. Cogió su abrigo del respaldo de una silla y salió.

A la mañana siguiente, una carta de abogados descansaba en mi buzón: demanda de divorcio.

Perdí todo. Todo. Incluso a mi hijo.

He aguantado tus celos durante años me dijo en nuestra última conversación, su voz era fría y hueca como una cueva, pero nunca aceptaré la violencia.

Le rogué. Supliqué. Juré que fue un error, que ese no soy yo, que jamás ocurriría de nuevo.

Nada valió.

Y como si el sueño no fuera ya lo bastante extraño, llegó el mazazo final: en el juicio aseguró, sin temblarle la voz, que también había sido agresivo con nuestro hijo.

Mentira. Una mentira sucia, como lodo en la acequia.

Jamás le había gritado, ni alzado la mano, ni dejado sobre él la sombra de la rabia.

¿Quién iba a creerme? Un hombre que había levantado la mano a su mujer.

El juez apenas dudó. Custodia completa para ella.

A mí, apenas unas horas de visita a la semana, en una sala neutral, tan neutral como el blanco de una pared de hospital.

Sin hogar. Sin noches en las que arroparle. Sin mañanas de chocolate con churros y besos en los rizos de su pelo.

Durante seis meses mi vida fue sólo esas horas: el breve encuentro, los abrazos, las risas y los cuentos, hasta que cada vez tenía que verle marchar lejos sólo, bajo la luz mustia de la tarde madrileña.

Hasta aquel día, cuando un detalle súbito torció mi sueño.

La verdad que, sin querer, me susurró mi hijo de cinco años.

Estaba creciendo. Veía cosas, preguntaba, hilaba misterios.

Un día, mientras jugaba con sus cochecitos, me lo soltó, como quien habla del tiempo:

Papá, anoche mamá no estaba en casa. Vino una señora a quedarse conmigo.

El mundo se me volvió arena.

¿Una señora? ¿Quién? intenté no parecer inquieto.

No lo sé. Siempre viene cuando mamá sale por la noche.

Un tambor sordo me sacudía las manos.

¿Y dónde va mamá? insistí.

Se encogió de hombros, como las estatuas de piedra del Parque del Retiro. No me lo dice.

La sospecha me comía. Empecé a indagar el sueño se volvía cada vez más raro.

La verdad era simple y brutal. Ella pagaba a una niñera.

Mientras yo imploraba cada migaja de tiempo con mi hijo, ella le dejaba con una extraña.

Mi rabia renació. Casi destrocé el móvil al llamar.

¿Por qué un extraño cuida a nuestro hijo si yo estoy aquí?

Su contestación, calma y pausada, me caló hasta los huesos. Porque es más fácil.

¿Más fácil? me salía el filo entre los dientes. ¡Soy su padre! ¡Si tú no estás, se queda conmigo!

Suspiró casi harta. Alejandro, no voy a llevarlo a tu casa cada vez que tenga mis cosas. No va sobre ti.

El móvil crujía en mi mano.

¿Qué podía hacer? ¿Pedir la custodia? ¿Ganar, perder, sumergirme otra vez bajo el peso del sueño?

Un solo error. Un instante de debilidad. Todo perdido.

¿Mi hijo? A él, no. No lo perdería nunca.

Lucharía por él. Porque es lo único que me queda.

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MagistrUm
Los celos me destruyeron: En el instante en que vi a mi esposa bajando del coche de otro hombre, perdí el control y lo arruiné todo