Gracias por dejarme sin derecho ni siquiera a equivocarme, ¿eh? En mi propia casa
En mi casa responde con calma y gravedad Remedios Martín. Es mi casa, Lucía. Y en mi cocina, las cosas incomibles no tienen sitio.
El silencio se instala en la cocina.
Luci, tú sabes que eso era imposible de poner sobre la mesa. Tus padres son gente digna, no podía permitir que tuvieran que masticar esa suela Remedios Martín sirve el té en finas tazas de porcelana sin aceptar discusión.
Lucía está apoyada al borde de la mesa, sintiendo cómo en su interior se forma un nudo caliente e implacable. Le zumban los oídos.
Sobre los platos de sus padres, que acaban de pasar al salón con Álvaro, quedan restos de la suela en cuestión: el magret de pato con salsa de arándanos que Lucía cocinó cuatro horas. O creyó cocinar.
No era una suela musita con voz temblorosa Lucía, mirándola a los ojos con esfuerzo. Lo mariné exactamente como me indicó mamá. Compré pato de granja, expresamente. ¿Dónde está, Remedios?
La suegra aparta delicadamente la tetera y se seca las manos en un impecable paño blanco colgado sobre el hombro.
En su rostro no hay asomo de remordimiento, solo esa compasión desde arriba con la que se mira a una cachorrilla torpe.
En el conducto del basurero, niña. Tu marinada ¿cómo decirlo suavemente?… Olía tanto a vinagre que nos hacía llorar los ojos.
Yo preparé un confit como debe ser, con tomillo y al fuego lento. ¿Viste cómo tu padre pedía repetir? Eso sí es nivel.
Lo que preparaste tú sirve para un bar de carretera y, con suerte.
No tenía derecho susurra Lucía. Era mi cena. Mi regalo de aniversario para mis padres. ¡Ni siquiera me preguntó!
¿Preguntar para qué? Remedios arquea una ceja, con esa chispa de chef acostumbrada a gobernar cocinas. Cuando hay que apagar un fuego, no se pide permiso.
Yo protegía la reputación familiar. Álvaro también se disgustaría si los invitados salen del baño directos a urgencias.
Venga, saca la tarta. Por cierto, la he arreglado yo un poco también; la crema era muy líquida, tuve que echar espesante y un poco de ralladura.
Lucía mira sus manos, que tiemblan apenas. Lleva todo el día correteando en la cocina mientras Remedios descansaba en su cuarto.
Ha pesado cada ingrediente, pasado la salsa por el colador, adornado platos. Quería demostrar que es algo más que pasajera, que no es sólo la chica de Álvaro, que puede ser anfitriona.
Pero en cuanto se ausentó media hora a acicalarse antes de que llegaran los invitados, la cocina cayó en manos del profesional.
Luci, ¿de qué vas? entra en la cocina Álvaro, satisfecho y relajado. Mamá, ¡el pato de lujo! Lucia, te has salido, de verdad. No sabía que tenías ese nivel.
Ella se gira despacio.
No he sido yo, Álvaro.
¿Cómo?
Tu madre tiró mi cena y cocinó la suya para todos. Lo que visteis, del entrante al plato principal, lo ha hecho ella.
Álvaro se queda un segundo en blanco, mirando a su mujer y a su madre, que limpia la encimera ya reluciente.
Pero, Luci trata de abrazarla. Mamá sólo quería ayudar. Ya sabes que es una maniática de la perfección.
¡Y ha salido todo riquísimo! ¿Qué importa quién cocinó si la noche ha ido bien?
¿Qué importa? los ojos de Lucía se llenan de lágrimas. La diferencia es que aquí yo no soy nadie. Un mueble. Una figura decorativa.
¡He estado tres días preparando el menú! ¡Quería alimentar a mis padres yo! Y otra vez tu madre me ha dejado por inútil, la de las manos de trapo.
Nadie te ha dejado así interviene Remedios, doblando el paño con precisión. No les hemos dicho nada. Siguen pensando que lo cocinaste tú.
He cuidado tu imagen, Lucía. Deberías darme las gracias en lugar de montar este drama.
¿Gracias? sonríe amargo Lucía. ¿Por no permitirme ni equivocarme en mi propia casa?
En mi casa remarca Remedios. Mi casa, Lucía. Aquí la cocina no es sitio para experimentos fallidos.
De nuevo silencio. Solo el murmullo lejano del televisor y la voz de su padre riendo con su madre.
Allí, en el salón, están bien, piensan que su hija está a la altura. Pero ella siente que la han humillado en público y encima le echan sal en la herida.
Lucía sale de la cocina sin decir nada, pasa junto a sus padres.
Mamá, papá, perdón, creo que me ha dado un dolor de cabeza horrible. Álvaro os acompaña, ¿vale?
¿Lucía, qué te pasa? pregunta la madre levantándose. El pato, maravilloso, ¿te habrás agotado de tanto preparar? ¡Vaya faena!
Sí contesta, mirando al infinito, sobre el hombro de su madre. Muy agotador. No volveré a hacerlo.
Se encierra en el dormitorio y se sienta en la cama, repitiendo: Así no se puede seguir.
Esto es desde hace medio año, desde que decidieron irse a vivir provisionalmente con Remedios para ahorrar para la entrada del piso.
Si ella compra, Remedios levanta bolsitas y encuentra defectos:
¿Dónde has comprado ese tomate? Esto es de plástico, solo vale para la tele.
Si fríe patatas, la suegra suspira detrás como si acabara de ver un crimen.
Lucía terminó por no pisar la cocina si Remedios estaba.
Pero la noche que tenía que ser su triunfo, acaba en rendición.
La puerta chirría. Álvaro entra.
Se han ido. La noche ha estado bien, salvo por tu cabreo. Mi madre se ha pasado, ya hablaré con ella, pero…
No lo hagas le corta Lucía, sacando una bolsa de viaje del armario. ¿Qué haces? pregunta él.
Me voy a casa de mis padres. Ahora mismo.
¿Un drama por un pato? ¡Sólo es comida!
¡No es comida, Álvaro! ¡Es una cuestión de respeto! Para tu madre yo soy un incordio, me borra de su mundo perfecto.
Y tú lo consientes: Mamá sabe más, mamá sólo ayuda. ¿Y yo qué soy, tu mujer o aprendiz de ayudante?
No lo hace por mal, es así. Lleva toda su vida en restaurantes, está deformada, sólo acepta lo perfecto.
Pues que viva en su mundo ideal sola. O contigo. Yo quiero tener derecho a una sopa salada y un huevo chamuscado en mi casa, sin que nadie tire a la basura mi esfuerzo en cuanto me ducho.
¿Adónde vas a ir? Es de noche. Habla con calma mañana.
Si espero a mañana, solo oiré que he preparado mal el café.
Ya no puedo, Álvaro. O buscamos piso mañana mismo, un estudio, un cuarto. O no sé
Ya sabes que no tenemos ahorros responde él, molesto. Estamos ahorrando para la entrada. Seis meses más y todo solucionado.
¿Para qué malgastar euros en alquiler? Un poco de paciencia.
Lucía lo mira como si no lo reconociera. No capta su dolor, solo piensa en evitar otro problema.
¿Seis meses? se ríe sin alegría. No va a quedar nada de mí entonces. Aquí me vuelvo sombra.
Echa lo imprescindible al bolso. Neceser, ropa interior, camisetas. Cierra la cremallera a duras penas.
En el pasillo, Remedios la espera de brazos cruzados. Preparada para defenderse.
¿Un numerito? pregunta. ¿El tercer acto de la ópera genio incomprendido de la cocina?
No, Remedios responde calzándose. Esto es el final. Ha ganado. La cocina entera es suya. Tire mis especias también, seguro que tampoco “están a nivel”.
¡Lucía, ya basta! Álvaro la sigue. Mamá, di algo.
¿Qué voy a decir? Remedios encoge los hombros. Si una chica es capaz de romper su familia por una cazuela, así sería la familia.
Yo a su edad sabía aprender de mayores y admitir errores. Ahora todos van de genios
Lucía no escucha más. Sale al rellano.
El aire de la noche, frío y limpio, le sabe a gloria.
Llega al ascensor. Por detrás, voces ahogadas: Álvaro discutiendo; su madre, con ese tono de profesora.
***
Pasa la semana en casa de los padres. Ellos entienden, aunque no pregunten mucho. Su madre suspira poniendo en sus manos un plato de tortitas, caseras, de las de siempre, no confit ni demiglace, sólo de casa.
Álvaro llama cada día: primero enfadado, luego suplicante, luego promete que hablará en serio con su madre. Al quinto día aparece.
Vuelve, Lucía se le nota mal, con ojeras, camisa arrugada. Mamá está enferma.
Lucía se detiene con la taza de té entre las manos.
¿Otra vez la tensión?
No. Es como un virus extraño. Tres días con más de 39 de fiebre.
Ahora duerme, pero Lucía, no prueba bocado. Dice que la comida no le sabe a nada. Ni olores, ni sabores.
¿Cómo?
Nada. Es como masticar papel, dice. Ayer se le cayó el bote de sus especias favoritas y ni olió nada. Lloraba en el suelo. Nunca la había visto así.
La rabia de Lucía empieza a ceder al hielo al oírlo.
Recuerda cómo Remedios cada mañana molía café, lo olía como quien respira vida, y sólo entonces comenzaba el día.
Para alguien que vive y siente con el gusto y el olfato, perderlos es como quedarse ciega un pintor.
¿Llamó al médico? pregunta.
Sí, dicen que es secuela. Será neurológico; puede durar una semana, un año, o nunca volver.
Está encerrada y no sale. Dice que si no siente el sabor, ya no existe.
Lucía mira por la ventana. La lluvia tamborilea en la calle. Ve a Remedios, fuerte y temible, ahora sentada en la cocina, sin distinguir la vainilla del ajo. Eso sí asusta, de verdad.
No te pido que vuelvas por mí dice Álvaro. Ayúdala, por favor. Ni siquiera se atreve a cocinar.
El otro día hizo una sopa que ni probó, pero estaba tan salada que tuve que tirarla. Se ha quedado paralizada.
¿Yo? sonríe con acidez Lucía. ¿La inútil? Ni me dejaba acercarme a sus fogones.
Ahora eres su única esperanza. No lo va a decir, le puede el orgullo. Pero la he visto mirar tu hueco vacío en el frigorífico.
Lucía vuelve al día siguiente. No es perdón, es un deber extraño y mutuo. Al fin y al cabo, Remedios es parte de su vida, aunque sea un cactus.
En la casa ya no huele a guisos ni a dulces. Solo a polvo y soledad.
Va a la cocina. Allí está Remedios, envejecida en diez años, con el moño deshecho, los ojos fijos en su taza.
Buenas tardes, Remedios dice Lucía suavemente.
La otra se estremece, levanta la mirada.
¿Vienes a regodearte? Fríe lo que quieras, todo me sabrá a serrín.
Lucía deja la bolsa en el suelo.
No vengo a reírme. Vengo a cocinar.
¿Para qué? No huelo nada. El mundo es gris, Lucía. Como si me hubieran quitado el sonido y el color. El pan es algodón, el café es solo agua caliente.
Lucía suspira y cuelga el abrigo.
Porque yo seré tus sentidos. Me guías, yo pruebo.
Remedios suelta una risa amarga.
Si no sabes ni diferenciar tomillo de orégano seco.
Pues enséñame. ¿O va a rendirse la chef?
Silencio. Después, Remedios la mira muy fijo. Por fin reluce una chispa de vidafuriosa, orgullosa, pero vida.
Ni sabes agarrar un cuchillo gruñe. Te vas a cortar a la primera.
Entonces tenga a mano la tirita Lucía abre el frigorífico. Ahí hay ternera. ¿Hacemos un guiso?
Remedios se acerca a la cocina, la toca con la mano.
El secreto está en dorar correctamente. No chamusques. Si los cubos son distintos, se harán mal. Eso es lo básico. El abecé.
Y empieza la extraña clase. Lucía corta, pica, dora. Remedios se sienta enfrente, de vez en cuando su cara se crispa: huele por inercia, pero nada recibe.
Ahora el vino indica. Echa un poco y deja que evapore el alcohol.
Lucía obedece. El chisporroteo y el aroma envuelven la cocina.
¿A qué huele? musita Remedios.
Lucía olisqueaA lluvia de verano, con un fondo de fruta madura y algo dulce.
Remedios cierra los ojos.
Taninos susurra. Bien. Mete una pizca de azúcar.
Ahora sabe bien, pero le falta nervio…
Un poco de mostaza de Dijon, en la punta del cuchillo.
Lucía prueba de nuevo y se asombra.
¡Ahora sí! ¿Cómo lo hace si ni prueba?
Por primera vez en mucho tiempo Remedios sonríe levemente.
Memoria, niña. El gusto no sólo está en la boca. Llevo mil recetas en la cabeza.
Pasan toda la tarde en la cocina. Cuando llega Álvaro, la casa huele por fin como antes.
¡Menudo aroma! Mamá, ¿has mejorado?
Remedios está cansada, pero serena.
No he cocinado nada. Todo lo ha hecho Lucía, yo solo he gruñido.
Álvaro mira asombrado. Lucía le sonríe, secándose las manos.
Siéntate, y ni se te ocurra decir que está salado. Cada gramo contado.
Mientras come, de repente Remedios murmura:
¿Sabes por qué tiré aquel pato tuyo?
Lucía se queda quieta.
¿Por qué?
Estaba bien. No era prodigioso, pero se podía comer.
¿Entonces?
Remedios la mira y, por fin, ve en sus ojos miedo. El miedo más humano.
Porque si lo hacías perfecto, yo ya no servía para nada. Mi hijo, su vida, su mujer Y yo solo soy cocinera. Sin alimentar a nadie, no existo.
No quería quedar como una vieja inútil. Por eso lo tiré. Por miedo.
Lucía baja el plato, descolocada. Siempre creyó que la suegra era una roca insensible.
Y resulta que era sólo alguien asustada, aferrada a sus cazuelas para no perder el sitio.
No va a dejar de ser necesaria nunca, Remedios dice bajito Lucía, tocando su mano. ¿Quién me iba a enseñar a cortar carne?
Remedios se espabila y compone el gesto severo.
Eso seguro, que pareces manco. Mañana haremos una crema pastelera como Dios manda. Como le eches espesante, te echo de la cocina.
Lucía ríe.
Trato hecho. Pero si lo logro, me pasa la receta de su tarta de miel.
Según te portes gruñe Remedios, pero por debajo, su mano cubre la de Lucía solo un instante.







