— ¿Kika? Pues yo la he llamado Abeto. Estuvo correteando por aquí toda la mañana. Se veía enseguida que estaba perdida. Y luego se tumbó a mis pies pidiendo calor. Así que la subí al coche para que no se quedara helada, pobrecilla —sonrió el hombre— … — Toma, hija, ¿pero cómo puedes tener tan mala suerte? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? — regañaba a Tamara su madre. La mujer permanecía de pie, cabizbaja. Aunque hace poco acababa de cumplir treinta y siete, se sentía como una colegiala que había traído a casa un suspenso. Y lo peor era el tremendo dolor y la amargura que sentía, por ella misma, por su vida de pareja fracasada y por su hija pequeña. Porque, en vísperas de la Nochevieja, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor, casi sin mirarla, por la noche. Tamara no entendió en un primer momento de qué hablaba su marido. — ¿Que te vas dónde? —preguntó Toma distraídamente, sirviéndole un plato de caldo humeante. — De verdad, Tamara, es que no eres de este mundo. No entiendes las cosas serias. ¿Y cómo he aguantado yo a tu lado todos estos años? — se lamentó Víctor, con tono de tragedia. Tamara no tuvo tiempo de decir nada antes de que él comenzara a desglosar los motivos de su marcha: — No puedo seguir así. Y encima, tu perra esa, la chillona, siempre aúlla. Y la niña, que está enferma todo el día. No hay ni rastro de romanticismo, Tamara. ¿Te has fijado en lo que te has convertido? — terminó, ofuscado. Tamara intentó reconocer su rostro en la puerta del mueble de la cocina, pero no pudo. Las lágrimas le nublaban la vista y quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor, que no soportaba las lágrimas, miró el plato, salió de la cocina y empezó a hacer la maleta… La perrita Kika notó el ambiente tenso, se acercó a su dueña, gimoteando y tratando de consolarla. — Por fin podré descansar tranquilo sin ese aullido constante —dijo Víctor asomando por la puerta, la bolsa al hombro. — ¿Y Eva, Víctor? —musitó Tamara, pensando ya en la decepción de su hija de cinco años, que dormía tranquilamente en su habitación. — ¡Apañatelas! Para eso eres su madre —respondió él, y se fue mientras Kika aullaba tras la puerta… Tamara se quedó abrazando toda la noche a la perrita, que lamía sus lágrimas y trataba de reconfortarla. Kika entendía, en su pequeño corazón, que algo terrible había ocurrido en casa. Durante días, Toma no supo cómo explicárselo a su madre. A veces ésta llamaba preguntando cómo iban las cosas. Tamara contestaba rápidamente que bien, y colgaba el teléfono. — ¿Y el trabajo qué? ¿Has encontrado algo ya? Mira que como te deje ese sinvergüenza de Víctor, ¡a ver de qué vais a vivir! —le dijo una tarde su madre, de visita. Y entonces Tamara no aguantó más y, entre sollozos, confesó que llevaba días sin que la citaran para ninguna entrevista y que Víctor se había ido hacía ya tiempo. La madre se lamentó y no se sorprendió demasiado: — Es que estaba claro desde el principio. Cinco años juntos, una hija, ¡y tu ‘querido’ nunca quiso casarse contigo! — se indignó la madre, apenada por su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué haréis? — se preguntó al poco. Toma se encogió de hombros: — Ya inventaré algo. Voy a pedir trabajo de cuidadora en la guardería de Eva —respondió con resignación. — Con ese sueldo poco vais a durar… y aún encima la perra, ¡que también hay que darle de comer! — concluyó la madre, poco amante de los animales y menos todavía de Kika, recogida de la calle por su hija. Fue a añadir algo más, pero al ver las lágrimas en los ojos de Toma, se contuvo: — Bueno, no llores. Te ayudaré en lo que haga falta; si hace falta, me quedo con Eva —trató de tranquilizarla… Así pasaron los días, y Tamara logró por fin encontrar trabajo. Eva iba encantada a la guardería con su madre. — Mamá, ¿y por qué no llevamos también a Kika a trabajar? Así podría ayudar a lavar los platos y vigilaría durante la siesta —decía Eva, sonriente. Tamara se reía y abrazaba a su hija, pero le temblaba el corazón cada vez que la pequeña preguntaba: — Mamá, ¿volverá papá a casa? ¿Crees que estará con nosotros para Nochevieja? Incapaz de decirle la verdad, inventó que su padre estaba fuera por trabajo. Llamaba a Víctor, intentando concertar una visita, pero él siempre estaba ocupado: — Toma, déjame rehacer mi vida tranquila. Dile a Eva que soy un superagente secreto en misión especial. No volveré pronto. Algo así. —Y oye, ¿no has visto por casa mi corbata? No tengo nada decente para despedir el año… —comentó en la última llamada. Tamara se quedó pensando mucho rato, sin saber cómo enfrentarse al año nuevo ni cómo explicarle a Eva todo lo que estaba pasando. Y entonces, de pronto, ocurrió lo inesperado. La abuela llevaba a su nieta al ambulatorio. Eva estaba resfriada, pero mejorando. Iban charlando animadamente, y de pronto, al doblar una esquina, se encontraron de cara con Víctor. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —Exclamó la niña, lanzándose a sus brazos. Víctor se sobresaltó, sonrió forzadamente e informó algo incómodo que él y mamá ya no vivirían juntos. Luego se apresuró a marcharse. — Bueno, si puedo volveré a verte —se despidió. Eva quedó helada, murmurando: — No hace falta que vuelvas más. Esa tarde volvió a subirle la fiebre. Dos días después llamaron al médico. Eva se negaba a hablar o comer con nadie, y parecía no querer curarse. El doctor, tras escuchar la historia, supuso que era cosa del estrés. — Tendría que habérselo contado todo desde el principio; Eva es muy lista y lo habría entendido —lamentaba Tamara a su madre, que sólo negaba con la cabeza. Pero los sobresaltos no habían terminado. La abuela, al sacar a pasear a Kika en plena prisa, salió sin correa. Cuando regañó a la perrita por no obedecer, ésta se escapó a toda carrera. — ¡Pues que pase frío en la calle, así volverá corriendo! —resopló la abuela, dando por terminada la búsqueda. Pero Eva, al saber que Kika había desaparecido, dejó de comer. Por más que Tamara prometía traer de vuelta a la peluda, la niña se mantenía firme: — Cuando vuelva Kika, comeré. Si no, no. —Eso es culpa tuya, Toma; has mimado demasiado a la niña. Te lo dije… —empezó a reprocharle la madre. — Mejor hubieras vigilado a Kika en vez de darme lecciones —replicó, de pronto firme, Tamara, que siempre callaba. — Bueno, ya está bien; lo hago todo por vosotras —murmuró la madre, y se fue ofendida… Otra vez sola, Tamara deambuló esa noche por el barrio. Eva dormía al fin, y Tamara seguía soñando con que Kika encontrara el camino de regreso. Pero cuando volvió, helada, sólo pudo dormirse intranquila en el sofá. Al amanecer, Eva se despertó: — Mamá, he soñado con un abeto. Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —dijo llena de ilusión. Tamara sonrió tristemente. Sobre la mesa había un abeto artificial, pequeño. Era Nochevieja, y se las habían apañado como buenamente podían para celebrar. Pero Eva, insistente, seguía diciendo que la abeto tenía que ser de verdad, y grande. — Sólo así volverá Kika, como en mi sueño —lloriqueó. Tamara suspiró. En sus planes no entraba gastar en una abeto natural; simplemente, no se lo podía permitir. Llamó a su madre, pero ésta se negó en redondo a ir a casa: — ¿Vas a anteponer un perro a tu madre? Piensa en eso —sentenció, disgustada. Toma colgó, dándose cuenta de que no podía contar con la abuela. Menos mal que quedaba el fin de semana. Pero Eva apenas mejoraba, y cuando llegó la tarde del día de Nochevieja, rompió a llorar: — ¡No hay abeto! Y tampoco volverá Kika… ni papá… Tamara acarició el pelo de la niña intentando contener las lágrimas. Pidió a la anciana vecina si podía vigilar a Eva y salió afuera. El aire gélido golpeaba la cara; los copos giraban en remolino sobre la calle. Gente iba y venía, sonrisas y prisa por celebrar. Pero Tamara sólo pensaba en Kika. — ¿Dónde te habrás metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. Entonces, cerca de la plaza, se topó con un pequeño mercado de abetos. Un hombre robusto, enfundado en una pelliza, buscaba calor junto a los últimos ejemplares. Tamara se detuvo. — ¿Un abetito? Me quedan sólo dos. Puedo hacerte rebaja —se apuró el vendedor, con prisa por irse. “Seguro que le espera la familia, la esposa con la mesa puesta y los niños mirando por la ventana”, pensó Tamara melancólica. Una joven pareja compró uno de los abetos, y al momento el vendedor la animó: — Sólo queda uno. Si te animas, te ayudo a llevártelo a casa —dijo sonriendo. Pero Tamara vio en sus bolsillos vacíos que no podía. Ni la poca calderilla que le quedaba cerca de casa bastaba para semejante capricho. Sintiéndose fuera de lugar, reparó entonces en unas ramas caídas junto a un furgón. — ¿Me deja coger esas ramas? Si no las necesita… —preguntó suave. El hombre miró primero a Tamara, luego a las ramas: — Llévatelas, claro. Te ayudo —respondió enseguida, sacando un buen manojo para ella. Tamara no sabía cómo agradecerlo, y acabó justificándose: — Es que mi hija está mala y no deja de soñar con un abeto. Además se nos ha perdido la perra, y todo esto… no parece Nochevieja… El hombre escuchó atento. Él también sentía el peso de la soledad; recientemente su mujer le había dejado y no conseguía pasar página. Y entonces, otro hombre apareció preguntando por la última abeto: — ¿Cuánto por el abeto? —inquirió, mirando el ejemplar. — Ya está vendido. Prueba con el vecino, creo que aún le queda algo —respondió el vendedor. Tamara lo miró sorprendida. — Venga, que te acerco el abeto hasta casa —ofreció el hombre, sonriendo de repente cálida. Y Tamara entendió entonces que no era tan adusto como parecía. — Pero… no tengo dinero, ya se lo dije —se excusó ella. — Me acuerdo —asintió él, amable. Y entonces ocurrió el milagro. Algo que solo puede pasar en vísperas de la Nochevieja. El hombre abrió la furgoneta y Tamara vio a Kika, dormida sobre un jersey de lana. Al principio, la perra no entendía nada al verla. — ¿Pero cómo tiene usted a Kika? —balbuceó Tamara entre lágrimas. — ¿Kika? ¡Pero si yo la he llamado Abeto! Ha estado corriendo toda la mañana por aquí. Se le notaba que estaba perdida… Luego se acurrucó a mis pies y la subí a la furgoneta para que no se congelara, pobrecilla —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo. Le encantaban los animales y se llevaba bien con los niños. Pronto en casa de Tamara reinaba un calor y una alegría como jamás antes. Quizá era cosa del ambiente mágico de la Nochevieja, o quizá era simplemente el destino que unía dos almas buenas… No se sabe. Sólo es seguro que ahora la nueva familia es feliz. Y que, de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abeto.

¿Chispa? Yo la llamé Oliva. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se nota que se ha perdido, la pobre. Luego se acurrucó a mis pies. Así que la subí al coche para que no se quedara tiritando de frío, dijo el hombre esbozando una sonrisa.

Carmen, de verdad, ¿cómo puedes tener tan mala suerte? Si te lo he dicho mil veces, que ese Sergio no era para ti, regañaba la madre de Carmen.

Ella se mantenía de pie, cabizbaja. Aunque apenas había cumplido treinta y siete, se sentía como una colegiala que llega a casa con una nota negativa del profesor.

Le dolía todo: por sí misma, por su vida familiar fallida y por su pequeña hija. En vísperas de la Nochevieja, ellas dos se habían quedado solas, sin el padre en casa.

Me voy, soltó Sergio con desdén una noche. Carmen apenas comprendió lo que decía su marido.

¿A dónde te vas? preguntó por inercia, mientras le colocaba un plato de lentejas humeantes en la mesa.

Mira, Carmen, nunca has entendido la seriedad de la vida. ¿Cómo he aguantado tantos años contigo? dramatizó Sergio, poniendo los ojos en blanco.

Carmen no pudo preguntarle nada más; él mismo continuó su monólogo:

¡No puedo más! Encima está tu maldita perra, que no deja de ladrar. La niña siempre enfermando. Nada de romanticismo, Carmen. Mírate, ¿te has visto bien? terminó Sergio su discurso airado.

Carmen trató de ver su reflejo en el cristal del aparador, pero apenas lo consiguió. Las lágrimas no paraban de rodar y se quedó estática en la cocina, sola.

Sergio siempre odiaba las lágrimas. Miró las lentejas con lástima, se levantó y fue a preparar su maleta

Oliva, presentando el nerviosismo típico de los animales, comenzó a girar alrededor de su dueña, gimiendo y tratando de consolarla.

Por fin podré descansar sin tanto ladrido anunció Sergio, asomando por la puerta con la bolsa al hombro.

Sergio… ¿y Lucía? susurró Carmen, imaginando cómo se entristecería su hija de cinco años quien, a esa hora, dormía plácidamente en su cuarto.

¡Apáñatelas! Al fin y al cabo, eres su madre respondió él y, entre los aullidos de Oliva, cerró la puerta tras de sí…

Carmen pasó la noche abrazando a su perrita, sollozando suavemente. Oliva le lamía la mano para consolarla, notando la angustia. Intuía que algo grave había pasado.

Durante varios días, Carmen no supo cómo contárselo a su madre. Esta llamaba de vez en cuando para preguntar cómo iban las cosas. Carmen respondía rápido que todo estaba bien, y colgaba el móvil enseguida.

¿Y el trabajo? ¿Has encontrado algo? Ni se te ocurra, con ese granuja de Sergio… si te deja, ¿cómo piensas vivir? espetó la madre, en su siguiente visita.

Carmen no soportó más y, rompiendo a llorar, confesó que nadie la llamaba para entrevistas y Sergio se había marchado días antes.

La mujer mayor soltó un bufido. No esperaba para nada tal situación.

Eso se veía venir. Cinco años juntos, una hija, ¡y el muy caradura nunca quiso casarse! clamaba la madre de Carmen.

Sentía pena, sí; por la hija y por la nieta.

¿Y ahora qué haréis? preguntó.

Carmen se encogió de hombros:

Buscaré algo. Me ofreceré como cuidadora en la guardería de Lucía respondió sin esperanza.

Mucho no vas a durar con ese sueldo… Y todavía tienes que dar de comer a la perra concluyó la madre, poco amiga de animales. A Oliva, recogida por su hija de la calle, ni podía verla.

Pensaba seguir regañando, pero enmudeció al ver que Carmen estaba a punto de derrumbarse de nuevo.

Basta, no llores más… Te ayudaré en lo que pueda. Si hace falta, me quedo con Lucía cedió, queriendo consolarla.

Así pasó otra semana.

Carmen Ruiz logró encontrar un empleo en la guardería. Así, iba cada día con Lucía al trabajo. Lucía estaba encantada.

Mamá, ¿podemos llevar a Oliva a la guardería, para que nos ayude? La abuela siempre protesta cuando le toca sacarla y Oliva podría ayudarnos a lavar platos y vigilar la siesta sugería Lucía, sonriendo.

Carmen reía y abrazaba a la niña. Pero sentía una punzada cada vez que Lucía preguntaba:

Mamá, ¿crees que papá volverá para Nochevieja?

No tuvo valor de contarle la verdad. Inventó que Sergio estaba de viaje por trabajo. Llamó a Sergio intentando que viera a la niña, pero él solo respondía con evasivas:

Carmen, déjame en paz, quiero rehacer mi vida. Dile a Lucía que soy como un superagente en una misión secreta y tardaré mucho en volver. Por cierto, ¿has visto mi corbata azul? Que llega Nochevieja y no tengo nada decente que ponerme, protestaba antes de colgar.

Tras cada conversación, Carmen se quedaba mirando al vacío. No sabía cómo recibiría ese año nuevo… ni cómo explicárselo a Lucía.

Sucedió algo inesperado. La abuela llevaba a Lucía al centro de salud porque estaba resfriada, aunque ya mejorando. De pronto, en una esquina, se toparon con Sergio.

¡Papá! ¡Has vuelto! gritó Lucía corriendo hacia él.

Sergio se sobresaltó. Entonces sonrió forzosamente y le dijo a Lucía, muy bajito, que así estaban las cosas: él y mamá ya no vivirían juntos. Y, rápido, siguió su camino.

Quizá vuelva a verte un día de estos, dijo como despedida.

Lucía quedó petrificada, murmurando:

No hace falta que vengas más.

Esa noche volvió la fiebre. Dos días después un médico visitó la casa.

Lucía no quería hablar ni comer. El médico, tras escuchar lo sucedido, diagnosticó estrés y tristeza.

Carmen se lamentaba:

Debí explicárselo desde el principio. Lucía es lista, lo habría comprendido decía a su madre, que solo negaba con la cabeza…

Pocos días después, ocurrió otra desgracia. La abuela, apurada, bajó a Oliva a la calle sin correa. La perra, desobediente, salió corriendo sin mirar atrás.

¡Así que ahora ni caso me haces! Pues ya volverás, cuando tengas frío murmuró, mientras volvía deprisa a subir las medicinas a su nieta.

Pero Lucía, al enterarse de la pérdida, dejó de comer por completo:

Cuando encontremos a Oliva, volveré a comer dijo y se dio la vuelta hacia la pared.

Todo es culpa de tus mimos, Carmen. Malcrías a la niña y ahora no hay quien la controle, empezó la madre.

Más útil sería que vigilases a Oliva en vez de regañarme, explotó Carmen, normalmente callada.

¡Encima que me sacrifico por vosotras! se indignó la abuela, y salió apurada.

Carmen volvió a quedarse sola. Aquella tarde deambuló por el barrio, con la esperanza de ver a Oliva.

Lucía por fin se durmió. Carmen no perdió la esperanza de que su perrita encontraría el camino de regreso. Pero no fue así. Cuando no pudo más con el frío, subió y se durmió inquieta…

Lucía se despertó muy temprano:

¡Mamá, he soñado con un olivo! ¡Lo decorábamos y encontrábamos a Oliva! contó emocionada.

Carmen sonrió melancólicamente. En la mesa reposaba un olivo pequeño de plástico. Se acercaba el año nuevo y habían hecho lo posible para prepararse.

Pero Lucía insistía en que el olivo de verdad tenían que ser natural y grande.

Así seguro que vuelve Oliva, igual que en el sueño, lloraba.

Carmen suspiró. Comprar un olivo natural no entraba en su presupuesto. Probó a llamar a su madre, pero esta se negó rotunda a ir:

Prefieres a esa perra antes que a tu madre, piénsalo se quejó.

Carmen comprendió que no podía contar con la abuela. Hasta agradeció que ese fin de semana tuviera libre.

Lucía seguía triste y pasaba el día en la cama. Al caer la tarde, con todo listo para la Nochevieja, la niña sollozó:

No hay olivo, mamá. Ni Oliva volverá, ni tampoco papá…

Carmen la acariciaba conteniendo las lágrimas. Entonces pidió a la vecina, una entrañable anciana, que vigilara a Lucía mientras ella salía.

El aire helado y los copos de nieve la envolvieron. Gente sonreía ilusionada por todas partes, pero Carmen solo veía su tristeza. Caminó las calles repitiendo:

¿Dónde te habrás escondido, pequeña?

De repente, llegó a un mercadillo de olivos. El vendedor, un señor mayor envuelto en su abrigo, daba brincos para calentarse.

¿Quiere un olivo? Solo me quedan dos, casi me voy ya. Le hago descuento, dijo amablemente.

Seguro que su familia le espera en casa, la cena lista niños mirando por la ventana… pensó Carmen.

Justo entonces, una pareja joven se acercó y le compró uno. Quedaba el último.

¿Se anima? El último, le ayudo a subirlo si quiere, ofreció el hombre.

Carmen lo miró con desesperación: no llevaba dinero suficiente. Ni en casa le llegaba para un olivo así.

Avergonzada, vio unas ramas caídas junto al coche.

¿Puedo llevarme esas ramas… si ya no sirven? preguntó bajito.

El hombre posó la mirada suave en Carmen y en las ramas. Asintió:

Lléveselas, claro. Espere, le ayudo, respondió, cargando varias en los brazos y poniéndoselas encima.

Carmen las aceptó agradecida, sintiendo la necesidad de justificarse:

Verá, mi hija está enferma. Solo sueña con tener un olivo y nuestra perrita se ha perdido… Todo va mal, nada parece propio de la Nochevieja, confesó.

El hombre la escuchó atentamente. Le dolía también la soledad: su mujer le había dejado no hacía mucho. A él tampoco le esperaba nadie en casa aquel año.

En ese momento se acercó otro hombre:

¿Cuánto el olivo? preguntó, mirando el último.

Ya lo tengo reservado. Pruebe con mi compañero, dijo el vendedor, señalando al otro puesto.

Carmen lo miró sorprendida.

Venga, le ayudo a llevar el olivo hasta su casa sonrió de pronto el hombre, ya no tan serio como parecía al principio.

Pero ya le dije que no tengo dinero suficiente titubeó ella.

Lo sé, respondió él con una sonrisa calmada.

Pero lo más sorprendente aún no había pasado. Solo en noches mágicas es posible lo que siguió.

El hombre abrió su furgón y Carmen vio a Oliva durmiendo envuelta en un jersey de lana, sin percatarse de lo que ocurría.

¿Cómo es posible que tenga a Oliva? jadeó Carmen, a punto de llorar de nuevo.

¿Oliva? Yo la llamé Oliva, sí. Ha estado correteando aquí toda la mañana. Venía perdida clarísimamente… Luego se acurrucó a mis pies, así que la subí al coche para que no se resfriara, sonrió.

El hombre se llamaba Pablo. Le encantaban los animales y conectaba bien con los niños.

Y así fue como la casa de Carmen se llenó de calor y alegría como nunca antes. Tal vez era la magia de la Nochevieja, o quizá el destino, que los había reunido en ese momento.

Nadie puede saberlo con certeza. Solo sé que la nueva familia fue feliz. Y, a Oliva, de vez en cuando, la seguimos llamando Olivita.

Hoy, al escribir esto desde mi despacho y abrazar a Carmen y Lucía en el pensamiento, sé que en la vida todo puede recomponerse, incluso cuando crees haberte quedado sin rumbo. Aprendí que debemos abrir el corazón, pues en los días más fríos puede aparecer el calor más inesperado y ese, no tiene precio.

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MagistrUm
— ¿Kika? Pues yo la he llamado Abeto. Estuvo correteando por aquí toda la mañana. Se veía enseguida que estaba perdida. Y luego se tumbó a mis pies pidiendo calor. Así que la subí al coche para que no se quedara helada, pobrecilla —sonrió el hombre— … — Toma, hija, ¿pero cómo puedes tener tan mala suerte? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? — regañaba a Tamara su madre. La mujer permanecía de pie, cabizbaja. Aunque hace poco acababa de cumplir treinta y siete, se sentía como una colegiala que había traído a casa un suspenso. Y lo peor era el tremendo dolor y la amargura que sentía, por ella misma, por su vida de pareja fracasada y por su hija pequeña. Porque, en vísperas de la Nochevieja, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor, casi sin mirarla, por la noche. Tamara no entendió en un primer momento de qué hablaba su marido. — ¿Que te vas dónde? —preguntó Toma distraídamente, sirviéndole un plato de caldo humeante. — De verdad, Tamara, es que no eres de este mundo. No entiendes las cosas serias. ¿Y cómo he aguantado yo a tu lado todos estos años? — se lamentó Víctor, con tono de tragedia. Tamara no tuvo tiempo de decir nada antes de que él comenzara a desglosar los motivos de su marcha: — No puedo seguir así. Y encima, tu perra esa, la chillona, siempre aúlla. Y la niña, que está enferma todo el día. No hay ni rastro de romanticismo, Tamara. ¿Te has fijado en lo que te has convertido? — terminó, ofuscado. Tamara intentó reconocer su rostro en la puerta del mueble de la cocina, pero no pudo. Las lágrimas le nublaban la vista y quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor, que no soportaba las lágrimas, miró el plato, salió de la cocina y empezó a hacer la maleta… La perrita Kika notó el ambiente tenso, se acercó a su dueña, gimoteando y tratando de consolarla. — Por fin podré descansar tranquilo sin ese aullido constante —dijo Víctor asomando por la puerta, la bolsa al hombro. — ¿Y Eva, Víctor? —musitó Tamara, pensando ya en la decepción de su hija de cinco años, que dormía tranquilamente en su habitación. — ¡Apañatelas! Para eso eres su madre —respondió él, y se fue mientras Kika aullaba tras la puerta… Tamara se quedó abrazando toda la noche a la perrita, que lamía sus lágrimas y trataba de reconfortarla. Kika entendía, en su pequeño corazón, que algo terrible había ocurrido en casa. Durante días, Toma no supo cómo explicárselo a su madre. A veces ésta llamaba preguntando cómo iban las cosas. Tamara contestaba rápidamente que bien, y colgaba el teléfono. — ¿Y el trabajo qué? ¿Has encontrado algo ya? Mira que como te deje ese sinvergüenza de Víctor, ¡a ver de qué vais a vivir! —le dijo una tarde su madre, de visita. Y entonces Tamara no aguantó más y, entre sollozos, confesó que llevaba días sin que la citaran para ninguna entrevista y que Víctor se había ido hacía ya tiempo. La madre se lamentó y no se sorprendió demasiado: — Es que estaba claro desde el principio. Cinco años juntos, una hija, ¡y tu ‘querido’ nunca quiso casarse contigo! — se indignó la madre, apenada por su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué haréis? — se preguntó al poco. Toma se encogió de hombros: — Ya inventaré algo. Voy a pedir trabajo de cuidadora en la guardería de Eva —respondió con resignación. — Con ese sueldo poco vais a durar… y aún encima la perra, ¡que también hay que darle de comer! — concluyó la madre, poco amante de los animales y menos todavía de Kika, recogida de la calle por su hija. Fue a añadir algo más, pero al ver las lágrimas en los ojos de Toma, se contuvo: — Bueno, no llores. Te ayudaré en lo que haga falta; si hace falta, me quedo con Eva —trató de tranquilizarla… Así pasaron los días, y Tamara logró por fin encontrar trabajo. Eva iba encantada a la guardería con su madre. — Mamá, ¿y por qué no llevamos también a Kika a trabajar? Así podría ayudar a lavar los platos y vigilaría durante la siesta —decía Eva, sonriente. Tamara se reía y abrazaba a su hija, pero le temblaba el corazón cada vez que la pequeña preguntaba: — Mamá, ¿volverá papá a casa? ¿Crees que estará con nosotros para Nochevieja? Incapaz de decirle la verdad, inventó que su padre estaba fuera por trabajo. Llamaba a Víctor, intentando concertar una visita, pero él siempre estaba ocupado: — Toma, déjame rehacer mi vida tranquila. Dile a Eva que soy un superagente secreto en misión especial. No volveré pronto. Algo así. —Y oye, ¿no has visto por casa mi corbata? No tengo nada decente para despedir el año… —comentó en la última llamada. Tamara se quedó pensando mucho rato, sin saber cómo enfrentarse al año nuevo ni cómo explicarle a Eva todo lo que estaba pasando. Y entonces, de pronto, ocurrió lo inesperado. La abuela llevaba a su nieta al ambulatorio. Eva estaba resfriada, pero mejorando. Iban charlando animadamente, y de pronto, al doblar una esquina, se encontraron de cara con Víctor. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —Exclamó la niña, lanzándose a sus brazos. Víctor se sobresaltó, sonrió forzadamente e informó algo incómodo que él y mamá ya no vivirían juntos. Luego se apresuró a marcharse. — Bueno, si puedo volveré a verte —se despidió. Eva quedó helada, murmurando: — No hace falta que vuelvas más. Esa tarde volvió a subirle la fiebre. Dos días después llamaron al médico. Eva se negaba a hablar o comer con nadie, y parecía no querer curarse. El doctor, tras escuchar la historia, supuso que era cosa del estrés. — Tendría que habérselo contado todo desde el principio; Eva es muy lista y lo habría entendido —lamentaba Tamara a su madre, que sólo negaba con la cabeza. Pero los sobresaltos no habían terminado. La abuela, al sacar a pasear a Kika en plena prisa, salió sin correa. Cuando regañó a la perrita por no obedecer, ésta se escapó a toda carrera. — ¡Pues que pase frío en la calle, así volverá corriendo! —resopló la abuela, dando por terminada la búsqueda. Pero Eva, al saber que Kika había desaparecido, dejó de comer. Por más que Tamara prometía traer de vuelta a la peluda, la niña se mantenía firme: — Cuando vuelva Kika, comeré. Si no, no. —Eso es culpa tuya, Toma; has mimado demasiado a la niña. Te lo dije… —empezó a reprocharle la madre. — Mejor hubieras vigilado a Kika en vez de darme lecciones —replicó, de pronto firme, Tamara, que siempre callaba. — Bueno, ya está bien; lo hago todo por vosotras —murmuró la madre, y se fue ofendida… Otra vez sola, Tamara deambuló esa noche por el barrio. Eva dormía al fin, y Tamara seguía soñando con que Kika encontrara el camino de regreso. Pero cuando volvió, helada, sólo pudo dormirse intranquila en el sofá. Al amanecer, Eva se despertó: — Mamá, he soñado con un abeto. Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —dijo llena de ilusión. Tamara sonrió tristemente. Sobre la mesa había un abeto artificial, pequeño. Era Nochevieja, y se las habían apañado como buenamente podían para celebrar. Pero Eva, insistente, seguía diciendo que la abeto tenía que ser de verdad, y grande. — Sólo así volverá Kika, como en mi sueño —lloriqueó. Tamara suspiró. En sus planes no entraba gastar en una abeto natural; simplemente, no se lo podía permitir. Llamó a su madre, pero ésta se negó en redondo a ir a casa: — ¿Vas a anteponer un perro a tu madre? Piensa en eso —sentenció, disgustada. Toma colgó, dándose cuenta de que no podía contar con la abuela. Menos mal que quedaba el fin de semana. Pero Eva apenas mejoraba, y cuando llegó la tarde del día de Nochevieja, rompió a llorar: — ¡No hay abeto! Y tampoco volverá Kika… ni papá… Tamara acarició el pelo de la niña intentando contener las lágrimas. Pidió a la anciana vecina si podía vigilar a Eva y salió afuera. El aire gélido golpeaba la cara; los copos giraban en remolino sobre la calle. Gente iba y venía, sonrisas y prisa por celebrar. Pero Tamara sólo pensaba en Kika. — ¿Dónde te habrás metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. Entonces, cerca de la plaza, se topó con un pequeño mercado de abetos. Un hombre robusto, enfundado en una pelliza, buscaba calor junto a los últimos ejemplares. Tamara se detuvo. — ¿Un abetito? Me quedan sólo dos. Puedo hacerte rebaja —se apuró el vendedor, con prisa por irse. “Seguro que le espera la familia, la esposa con la mesa puesta y los niños mirando por la ventana”, pensó Tamara melancólica. Una joven pareja compró uno de los abetos, y al momento el vendedor la animó: — Sólo queda uno. Si te animas, te ayudo a llevártelo a casa —dijo sonriendo. Pero Tamara vio en sus bolsillos vacíos que no podía. Ni la poca calderilla que le quedaba cerca de casa bastaba para semejante capricho. Sintiéndose fuera de lugar, reparó entonces en unas ramas caídas junto a un furgón. — ¿Me deja coger esas ramas? Si no las necesita… —preguntó suave. El hombre miró primero a Tamara, luego a las ramas: — Llévatelas, claro. Te ayudo —respondió enseguida, sacando un buen manojo para ella. Tamara no sabía cómo agradecerlo, y acabó justificándose: — Es que mi hija está mala y no deja de soñar con un abeto. Además se nos ha perdido la perra, y todo esto… no parece Nochevieja… El hombre escuchó atento. Él también sentía el peso de la soledad; recientemente su mujer le había dejado y no conseguía pasar página. Y entonces, otro hombre apareció preguntando por la última abeto: — ¿Cuánto por el abeto? —inquirió, mirando el ejemplar. — Ya está vendido. Prueba con el vecino, creo que aún le queda algo —respondió el vendedor. Tamara lo miró sorprendida. — Venga, que te acerco el abeto hasta casa —ofreció el hombre, sonriendo de repente cálida. Y Tamara entendió entonces que no era tan adusto como parecía. — Pero… no tengo dinero, ya se lo dije —se excusó ella. — Me acuerdo —asintió él, amable. Y entonces ocurrió el milagro. Algo que solo puede pasar en vísperas de la Nochevieja. El hombre abrió la furgoneta y Tamara vio a Kika, dormida sobre un jersey de lana. Al principio, la perra no entendía nada al verla. — ¿Pero cómo tiene usted a Kika? —balbuceó Tamara entre lágrimas. — ¿Kika? ¡Pero si yo la he llamado Abeto! Ha estado corriendo toda la mañana por aquí. Se le notaba que estaba perdida… Luego se acurrucó a mis pies y la subí a la furgoneta para que no se congelara, pobrecilla —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo. Le encantaban los animales y se llevaba bien con los niños. Pronto en casa de Tamara reinaba un calor y una alegría como jamás antes. Quizá era cosa del ambiente mágico de la Nochevieja, o quizá era simplemente el destino que unía dos almas buenas… No se sabe. Sólo es seguro que ahora la nueva familia es feliz. Y que, de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abeto.