La entrada estaba abarrotada de cajas. Yo, Alonso, rojo de esfuerzo, metía una más en la repisa alta. El polvo se posaba en mi calva como una escarcha gris.
¿Y para qué guardas todo eso? No es más que trasto gruñía mientras bajaba por la escuálida escalera.
No es trasto respondió firmemente Carmen, sentada en el suelo con un viejo baúl repleto de papeles. Es recuerdo.
Recuerdo bufó yo. Esa recuerdo me está partiendo la espalda. Dentro de un año lo tirarás de todos modos. No hay sitio.
Carmen no contestó. Sus dedos rozaron la cubierta desgastada de un álbum antiguo y lo abrió.
Mira dijo, sin oír mi refunfuño. La mejor del colegio. ¿Te acuerdas?
Me acerqué de mala gana. En la foto amarillenta aparecía una niña con lazos blancos que se aferraba al sol.
Sí, recuerdo murmuró, más suave. Llorabas porque el delantal te raspaba.
Y eso continuó es el campamento de la Aldea del Niño…
Arcoíris, asentí, mirando por encima de su hombro. Trajiste la concha de allí. La que sigue tirada por algún sitio de esta casa.
Volví a hurgar entre las cajas, pero sin el ímpetu de antes. Carmen pasaba página tras página. Allí estaba la juventud, la universidad, su boda: yo con un traje exageradamente amplio, ella con un vestido de encaje de su madre. Jóvenes, lisos, felices. Sonreían frente al objetivo sin saber lo que les esperaría en veinte años: este apartamento estrecho, mi queja perpetua, su leve resentimiento porque la romance quedó en el papel.
¡Cuidado! exclamó de repente Carmen.
Yo chocqué con una caja de cartón y su contenido se esparció por el suelo. Mientras seguía refunfuñando y recogía los libros, ella levantó del linóleo una pequeña caja de terciopelo. La abrió un poco.
Dentro, sobre una almohadilla de algodón, estaba la misma concha del campamento, varios distintivos ya desvaídos, una ramita de mimosa reseca y una hoja cuartelada de cuaderno escolar.
¿Qué es esto? pregunté, terminando de ordenar.
Carmen desplegó la hoja. Con una letra infantil y cuidadosa se leía: «Lista de mis deseos. 1. Ser doctora. 2. Saber tocar la guitarra. 3. Ir a Barcelona. 4. Casarme por gran amor».
Me la tendió en silencio. La leí de un vistazo, me suavicé, y luego resoplé:
No llegaste a ser doctora. Tampoco tocas la guitarra. Barcelona no te llama Y en cuanto al amor me trabé, sin atreverse a acabar la frase, y me masajeé la espalda. No te convertiste en doctora, pero ahora mi espalda duele como la de un anciano, por tanto archivo tuyo.
Carmen tomó la hoja de mis manos, la miró con detenimiento, se centró en el punto cuatro y luego en mí: en mi rostro cansado y polvoriento, en mis manos que acaban de mover cajas pesadas para liberar un hueco en su armario.
Casarse por gran amor no es vivir en una constante de romance, Alonso. Significa que cuando al marido le duele la espalda, la esposa le da un masaje. Y él, a cambio, lava los platos.
Volvió a doblar la hoja, la devolvió a la caja y cerró la tapa.
Vale suspiró. Tal vez tengas razón. Parte de todo esto se puede ordenar.
Posó la caja a un lado, entre los objetos más valiosos que jamás tiraremos. Luego se acercó a mí, me abrazó y apoyó su mejilla contra mi barba áspera.
Gracias susurró. Por todo.
Yo, sorprendido, la acaricié torpemente el cabello.
No te pongas así ¿Qué pasa? callé. ¿Me vas a masajear la espalda después?
Lo haré sonrió Carmen, apoyada en mi hombro.
Sabía que Barcelona y la guitarra quedaban atrás, en ese papel amarillento. Pero aquí, en el polvo y el estrecho recibidor, el aire olía a vida, no a sueños. Y esa vida también era felicidad, la que no se fotografía ni se pega en álbumes. Simplemente existía, y ello bastaba.







